Un pastor auténtico

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     Puede que José sea el último pastor que vive como se hacía en los tiempos de nuestros bisabuelos. Renunció a todo, siendo un muchacho, para dedicarse en cuerpo y alma a sus animales. La suya es una historia que merece la pena conocer.

     Hola, José, aquí nos tienes. Tal y como te prometimos, el protagonista del artículo de hoy eres tú. Como ves, se titula "Un pastor auténtico", porque para nosotros eso es lo que eres, aunque igualmente podría haberse llamado "Historia de un hombre feliz" o incluso "Crónica de un sueño cumplido"; esos títulos también resumirían a la perfección este breve relato de tu vida. Aunque, pensándolo bien, es muy posible que no llegues a leer estas letras ni a ver tus fotografías, porque no utilizas internet ni tienes ordenador, teléfono móvil o tableta… total, ¿para qué los quieres? Todo lo que necesitas, y más, ya lo tienes. Pero lo que importa es que te hacía ilusión la idea de contarnos tu historia para publicarla, y nosotros lo hacemos encantados, porque tu forma de entender la vida es tan inusual, tan valiente en los tiempos que corren, que merece la pena darla a conocer.

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    José "Faragüit" es un pastor como los de antes

     Eres un pastor de ovejas que, en pleno siglo XXI, trabaja del mismo modo que se hacía antiguamente; un incansable y fiel continuador de los usos tradicionales de ese oficio milenario. La tuya fue, además, una elección vocacional, meditada y asumida con las consecuencias que conlleva una existencia lejos de toda comodidad y compañía. Gracias a esa decisión, vives haciendo lo que más te gusta: instalado en plena montaña, libre e independiente, dueño absoluto de tu tiempo y de ti mismo, consagrado durante el año entero a un oficio que te encanta, atento a lo que demanden tu rebaño y tus dos perras pastoras, cuyas necesidades te importan mucho más que las tuyas propias. Porque si tus animales están bien, tú estás bien: "yo lo único que quiero es que las ovejas y las perrillas tengan la barriga llena y estén tranquilas, eso para mí es lo más grande que hay", afirmas muy convencido.

     No deben quedar muchas personas así como tú, José, tan incondicionalmente entregadas a esa labor. De hecho, hasta no hace mucho abundaban en la sierra otros pastores que vivían todo el año de igual forma que tú lo haces, diseminados por las laderas junto a sus rebaños de vacas, ovejas y cabras; tú lo recuerdas bien, puesto que todos os conocíais. Pero los tiempos han cambiado y hoy son los aficionados a la montaña, con su sofisticada equipación deportiva y moderna tecnología, quienes recorren, ya por puro placer, aquellos senderos históricos que sirvieron para ganarse la vida a muchas generaciones de pastores errantes. Senderos por los que todavía sigues caminando tú, el último y más anciano heredero de esa tradición.
     
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    Sierra Nevada cuenta durante el verano con abundantes pastos de alta montaña

     Hay muchos detalles que no sabemos sobre ti. Te conocimos en Sierra Nevada, aunque dices que has pasado tu vida recorriendo también la Almijara y otras sierras andaluzas, cumpliendo con la ineludible trashumancia a la que se ven obligados pastores y rebaños cada cambio de temporada. Desconocemos tus apellidos y el lugar donde naciste; tampoco tenemos más fotografías tuyas que las que te hizo Carlos aquel día, ¿recuerdas? mientras charlábamos contigo tranquilamente, resguardados de la brisa de alta montaña tras un murete de piedra que habías construido tú mismo. Porque, si bien estábamos en pleno mes de agosto, el aire de Sierra Nevada a esa altitud era, por momentos, tan fino y cortante como el del mes de enero.

     Con una educación y cortesía exquisitas -los buenos modales que se aprendían antaño- nos ofreciste las mejores piedras para sentarnos, antes de sentarte tú mismo. Y cuando te invitamos, al comenzar nuestra charla, a compartir con nosotros unos dulces que llevábamos en la mochila, los aceptaste casi con timidez de niño. "Muchas gracias", dijiste sonriendo, "aunque ya me tomé esta mañana la leche y el pan". Incluso te disculpaste con delicadeza por la modestia de la ropa que llevabas puesta -tu digno y honrado atuendo de pastor- diciendo que no esperabas ver a nadie ese día.

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    Desde apostaderos como éste, José vigila atentamente a su rebaño

     Pues claro que no nos esperabas, José. Ni a nosotros ni a nadie en absoluto, porque como siempre, cada día desde hace incontables años, te pasas los días contigo mismo bajo el inmenso cielo de Sierra Nevada, o de la Almijara, o de donde quiera que te encuentres, con la pacífica compañía de tus perrillas y tu rebaño de ovejas blancas. Y todos tan perfectamente integrados en el paisaje, que hay que hay que esforzarse para distinguiros entre los riscos de la ladera; sólo el eco de un discreto balido o el sonido casual de algún cencerro delatan vuestra presencia. 
     
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    Mangui y Blanqui, las dos perras pastoras, dormitan, casi invisibles entre las piedras

     Nos contaste que se te conoce por el nombre de José "Faragüit" porque tu padre nació en el pueblo de Guájar Faragüit, y que el próximo 30 de noviembre -dentro de nada- cumples setenta y siete años. Que eres el octavo de diez hermanos, de los que viven ya muy pocos; que llevas cuidando el ganado desde que eras chico, y que no sabes hacer otra cosa más que eso y labrar la tierra, pero que ambas faenas son lo que más te gusta en el mundo.

     Ya desde niño, mientras te encargabas de vigilar que los chotos y los corderos de la familia no se metiesen en los sembrados, disfrutabas con aquella tarea. Y cuando, más mayorcillo, te hicieron responsable de llevar el rebaño entero a campo abierto, supiste que eso era lo que querías hacer para siempre, defendiendo tu postura con la vehemencia de quienes tienen claro su porvenir. Por eso has sido pastor toda tu vida. En las montañas te hiciste muchacho primero, hombre luego y anciano por fin, caminando infatigable tras las ovejas, aprendiendo a conocer por su nombre cada rincón de tu enorme casa, que es la sierra; durmiendo donde te sorprendía la noche o en refugios hechos por ti mismo, con lo mínimo imprescindible y sin embargo disfrutando a manos llenas de ese modo de vida, que a muchos parecería -con la mentalidad regalona que tenemos hoy en día- no ya difícil, sino directamente imposible.

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    La expresión facial de José refleja su bondad y sencillez

     Porque la nuestra es una cultura hedonista, en la que el placer y la satisfacción inmediatos, el consumo compulsivo y la posesión son lo que prevalece. Lo queremos todo y en el momento, y si no lo logramos, la impaciencia, el estrés y la ansiedad nos comen por dentro. Por eso es tan gratificante, José, encontrar -cuando y donde menos te lo esperas- a personas como tú: libres de las cargas que impone la sociedad actual, ajenas a los "logros" que arrebatan la voluntad de otros -reconocimiento, prestigio, dinero, poder-, que los convierten en seres con el alma como un saco sin fondo, imposible de llenar. Pero tú no necesitas que nadie, salvo tú mismo, te reafirme. Y ahí permaneces, viviendo en tu paraíso particular, lejos de todo menos de la vida real, esa que la mayoría de nosotros, desgraciadamente, hemos olvidado ya.
     
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    Un saco de plástico es su mochila, y una vieja botella su cantimplora

     Contabas que durante muchos años -casi cincuenta- te dedicaste a ir de un lado para otro con tus ovejas. En los meses del verano, Sierra Nevada y sus jugosos pastos de alta montaña eran vuestro hogar, pero cuando entraba el mes de octubre y los primeros hielos se adueñaban de las cumbres -ya se sabe que las ovejas, a pesar de su capa de lana, son muy frioleras-, tú y tu rebaño liabais el hato camino de la verde y acogedora Sierra Almijara, que con su clima más templado era un buen destino durante la temporada de frío -los duros inviernos de otros tiempos-, en los que Sierra Nevada bostezaba bajo una gruesa capa de nieve.

     Durante siete u ocho días -que se convertían en diez o doce, si el rebaño iba "de pariera"- caminabas sin descanso arreando a perros y ovejas, a lo largo de una ruta que pasaba por Lanjarón, Ízbor, Vélez de Benaudalla, Molvízar, Salobreña, Almuñécar, La Herradura, Maro y Nerja, desde donde accedías a la serranía almijareña. Por allí permanecías desde octubre hasta primeros de mayo, época en que las nieves de Sierra Nevada comenzaban a fundirse, y las praderas y borreguiles de altura recuperaban el terreno un año más. Las ovejas decidían por sí mismas el mejor momento para regresar -"ellas solicas, sin que nadie les dijera ná", explicabas orgulloso-. De alguna forma que escapa a nuestra torpeza humana, su instinto animal les avisaba que ya era hora de ponerse en marcha otra vez.

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    Incluso mientras descansan, los perros pastores vigilan el ganado

     También tuviste una novia. Se trataba de una malagueña de carácter alegre e inquieto llamada Victoria; era, según tus propias palabras, "bonica como un pincel y una polvorilla que no se estaba quieta". Pero tras cuatro años de relaciones y llegado el momento de dar el paso definitivo hacia el matrimonio, comprendiste que a partir de entonces deberías bajar de la montaña, recogerte con tu mujer en una casa del pueblo y formar una familia. Y es que Victoria, lógicamente, no estaba dispuesta a vivir tan aislada y austeramente como tú lo habías estado haciendo hasta entonces.

      Ay, José… entonces le viste las orejas al lobo de la vida convencional, del encierro y la rutina, y tuviste la certeza de que sería imposible hacerla feliz a ella si volvías a la sierra tras la boda, al igual que tampoco serías feliz tú si te asentabas en el pueblo. Por eso no te casaste. Renunciaste para siempre a una esposa, a unos hijos -¡con lo que te gustan a ti los niños!- y a un hogar familiar cómodo y confortable, y lo hiciste convencido de que era lo mejor para ella y para ti. Porque todos aspiramos a alcanzar la felicidad. Tú, honestamente, ibas tras la tuya.

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    Las manos de José cuentan una larga historia de vida a la intemperie

     Ha pasado una vida entera; hoy estás jubilado, y aunque posees una cómoda casa en el pueblo y cuentas con familiares que podrían cuidar de ti, nos dices que sigues prefiriendo la vida en la montaña y ser pastor hasta el último de tus días. Por fortuna tienes buena salud, y gracias a eso te apañas bien. A pesar de tus casi setenta y siete años y de los achaquillos que inevitablemente van apareciendo con la edad, recorres a diario, feliz por poder seguir haciéndolo, los viejos senderos que te han acompañado a lo largo de tu vida; que te han visto crecer, madurar y envejecer, andando -cada vez más despacito- a la vera de tus ovejas. Cuentas además con la valiosa ayuda de tus inseparables Blanqui y Mangui que, pendientes de cada gesto que haces, te comprenden, quizá, como nadie más podría hacerlo.

     Cada cierto tiempo, tu sobrino Baltasar y tu amigo Manolo suben con dos caballos hasta el refugio donde duermes, para darte una vuelta y comprobar que todo va bien. También te proporcionan los suministros básicos que necesitas para arreglarte allá arriba: comestibles no perecederos, pilas para tu linterna, cuchillas de afeitar, ropa limpia y de abrigo, algún medicamento. Tú sólo bajas al pueblo las fechas que consideras más señaladas: el día de San José, las fiestas de Navidad y poco más. Ocasionalmente -y si no hay más remedio- también vas para acudir al médico, cuando estás enfermo.

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    Subiendo hacia el refugio de José
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     Tu día a día, según nos contaste, consiste en levantarte con la amanecida, acompañar a las ovejas adonde quieran ir esa mañana -pues son ellas las que deciden el momento y el lugar-, vigilar que ningún imprevisto interrumpa la tranquilidad del rebaño mientras carea por las laderas y volver todos juntos, pausadamente, cuando ellas lo deciden. Con la puesta de sol, las ovejas se recogen solas en la majada mientras tú te retiras a tu refugio, donde sueles cocinar un reconfortante guiso caliente para ti y tus perrillas antes de irte a descansar, justo cuando la noche cae sobre la sierra.

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    El cayado, la bolsa de comida y la botella de agua de José

     Pasas mucho tiempo sin hablar con nadie, salvo contigo mismo y con tus animales, a los que llamas por sus nombres -Mangui, Blanqui, Lucera, Negrita, Calcetines, Margarita…-, una semana tras otra, cada día igual que el anterior, pues la montaña no entiende de lunes ni domingos. Cuando te preguntamos en qué sueles pensar todas esas horas que pasas en soledad, mirando al horizonte -si echas de menos algo o a alguien, si te han quedado cosas por hacer- respondiste sencillamente: "yo sólo pienso en las ovejas y en que llueva para que tengan qué comer". Luego te llevaste un momento la mano delante de los ojos; pensamos que reías, y en realidad te habías emocionado. "¡Hacía una pilísima de años que nadie me preguntaba eso…!" dijiste casi riendo, casi llorando -entre risas y lágrimas, como el título de aquella película-. Y es que todos, absolutamente todos, en algún momento, echamos de menos algo que no tenemos, ¿verdad?

     La semana siguiente organizamos un pequeño grupo para ir a buscar tu refugio. Sabíamos que no estarías allí, pero teníamos tu permiso para visitarlo, incluso nos explicaste cómo abrir la puerta, para poder verlo por dentro. Tras cinco horas de marcha por un difícil sendero de alta montaña, siguiendo las indicaciones que nos diste, logramos dar con él. Y no era fácil.

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    Aproximándonos a la entrada del refugio de José
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     Has aprovechado una oquedad de la roca para levantar unas paredes de piedra seca; a ese pequeño recinto has añadido una puertecita de madera que impide la entrada de animales al interior. Alrededor del refugio se extiende un terreno inclinado, cubierto por una capa de varios centímetros de espesor de estiércol de oveja, y muy cerca, construidas en piedra también, tienes la majada para el rebaño y una caseta donde duermen las dos perrillas. Desde ese privilegiado altozano disfrutas de unas vistas infinitas que se extienden hasta el horizonte, allí donde la línea del cielo se confunde con la del mar Mediterráneo.

     Abrimos con cuidado la endeble puertecita y accedimos al interior. Éste se reduce a un espacio de pocos metros que distribuyen una zona para almacenar agua y alimentos, otra para guardar cayados y herramientas, un rinconcito para el hornillo hecho con piedras en el que cocinas por las noches, y una esquina donde se extiende tu lecho, muy sencillo. Entrar en tu refugio, José, fue tomar verdadera conciencia del alcance, de la trascendencia de tu elección en la vida. Porque hay que tener las ideas muy claras para -pudiendo vivir mucho mejor- arreglártelas día tras día en ese lugar, tan lejos, tan solo y con tan poco.

     Antes de irnos te dejamos una nota escrita, firmada solamente por Carlos y por mí, pues no conoces al resto del grupo. Allí se quedó, sujeta en el cerrojo de la puerta. Pensábamos que tal vez el vientecillo de levante se la llevaría volando, pero afortunadamente no fue así. Luego hemos sabido que sí la leíste, y que te hizo tanta ilusión encontrarla que incluso la tienes guardada entre tus cosas.

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     Amigo José, no es sencillo ser tan fiel a uno mismo como lo eres tú. Pero está demostrado que el hombre es, ante todo, un ser adaptable: hay quienes viven en el hielo, quienes viven en el desierto, y quienes viven cerca de los volcanes. Tú vives en las montañas, porque así lo deseas. Mientras la mayoría de nosotros nos protegemos contra la intemperie, la enfermedad o la soledad con todos los medios de que disponemos en una época que presume de su tecnología, lo más avanzado que tienes tú, solo allá arriba en tu refugio, es una pequeña linterna de mano.

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    Vista desde el interior del cobertizo de José

     Hay quien pensaría que vives demasiado precariamente y es verdad que, a primera vista, lo parece. Pero ¡es tan cierto lo que dice el refrán…! No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Después de conocerte, de comprender tus prioridades, podemos afirmar que eres un hombre afortunado, sí. Porque el deber primero que tenemos para con nosotros mismos es el de ser felices, y eso es lo que mejor sabes hacer tú: has logrado ser una persona feliz con la vida que has escogido libremente.

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     Volveremos a verte; allí donde estés te buscaremos. Queremos escucharte de nuevo, mientras te diriges a nosotros con tu mirada franca, con esos modales tan correctos que parecen sacados de otra época y con tu voz suave, que se casca con facilidad porque no estás acostumbrado a hablar mucho rato. Pero, sobre todo, queremos seguir aprendiendo tu filosofía de vida, aparentemente simple, aparentemente estoica, aparentemente resignada.

     Porque, no nos engañemos… es sólo eso, aparentemente.

     ¡Hasta pronto, José!
     
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    Texto: Mariló V. Oyonarte
    Fotografías: Carlos Luengo



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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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