"El Honor Es Mi Divisa". Un día para recordar (Epílogo)

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     El feliz epílogo a dos historias que coincidieron una vez, en tiempo y lugar, y que el rodar de los años hizo caminar por senderos distintos.

     Forma parte de la vida el perder y el encontrar. Pero también, el reencontrar. Reencontrarse con personas y lugares; despertar recuerdos, imágenes o sensaciones que parecen olvidados, pero que sólo duermen, acurrucados en un rincón de la memoria, esperando quizá que una mano simbólica -una palabra, un olor añorado, una simple casualidad- los haga regresar. Es la experiencia que han vivido dos familias, la de José Antonio y Carmen, y la de Vicente y Facunda, cuya amistad, que comenzó hace más de setenta años, se vio interrumpida por los avatares de la vida, y que han recuperado hoy, sólida y renovada, a pesar del tiempo transcurrido.

     Sucedió el pasado ocho de septiembre. La publicación de unos artículos que describen el día a día de dos amigos guardias civiles y sus familias en el antiguo cuartel Puesto de Pinar de Alhama, animó a José Antonio y Facunda -protagonistas y supervivientes de aquella época- a reunirse de nuevo, tras décadas de obligado distanciamiento impuesto por los cambios de destino militar de sus familias. La emotiva cita, que puso un broche de oro común a dos historias que caminaban en paralelo y se bifurcaron después, tuvo lugar en Granada, en casa de Facunda, donde, por ley de vida, no estaban todos los que fueron, pero sí fueron todos los que estaban.

     Poco hay que contar -porque pertenece al ámbito privado- sobre ese reencuentro, que ha escrito un capítulo inolvidable en la historia de las dos familias. Que fue un momento pleno, íntimo y emocionante para quienes allí se reunieron. Que un prolongado y tierno abrazo entre José Antonio y Facunda borró en pocos segundos los casi sesenta años transcurridos desde la última vez que ambos se vieron, en vida de sus respectivos marido y mujer -Vicente y Carmela- que estaban también presentes, en el corazón de todos. Que fue una reunión alegre, donde no tuvo cabida la melancolía: instantes de felices recuerdos compartidos, animada conversación, risas espontáneas y serena nostalgia de la niñez, de la juventud, de la compañía de otros tiempos. Y que se produjo, tal vez, un momento de catarsis, pues algunos de los que formaron parte de ese reencuentro y que han vivido de cerca todo el proceso que ha llevado hasta él, no han vuelto, dicen, a ser los mismos. Porque, al conocer desde otra perspectiva ciertos detalles de las vidas de sus padres, han llegado a comprenderlos a ellos -y quizá también a comprenderse a sí mismos- un poco mejor.

     Las dos familias seguirán viéndose siempre que les sea posible, de ahora en adelante. Se ha cerrado el círculo que involuntariamente había quedado abierto, tanto tiempo atrás. Y es que, como dice la canción, sesenta años "no son nada". Como si nunca hubiera existido aquel lejano día del año 1956 en el que cuatro íntimos amigos -José Antonio, Vicente, Carmela y Facunda- se vieron obligados a despedirse, forzados por un cambio de destino, allá en el antiguo cuartel de La Resinera. Si ya lo escribió Sir Francis Bacon…

    "Viejos libros para leer,
    viejos leños para quemar,
    viejos vinos para beber,
    y viejos amigos para conversar".

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    El reencuentro de Facunda y José Antonio, ocho de septiembre de 2016. Un día para recordar

    Para conocer sus historias aquí tienes los enlaces:

    >>> Ir al capítulo I.

    >>> Ir al capítulo II.

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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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