
Celebramos el rescate de siete siglos de valiosísima información concerniente al entorno de Sierra Almijara que, por fin y para siempre, quedará a disposición de todos.


Imaginemos tener la posibilidad de echar un vistazo a los papeles que guardaban las cuentas, trabajos, cargos y balances de los cortijos Almijara, Cabañeros, Cueva de la Umbría, Cueva de Funes o Cueva Colica y sus terrenos –por citar unos pocos–, hace uno o dos siglos. Qué cosechas y de qué cultivos se recogían; cuántos rebaños de vacas, cabras y ovejas pastaban en el territorio; las cantidades que abonaban los arrendatarios de esos cortijos –con sus nombres, apellidos y hasta apodos– a los amos de las tierras de la Almijara, etcétera. Pues, ¿y qué decir respecto a otros aprovechamientos serranos? Las toneladas de madera de pino que se cortaban y llevaban al aserradero; el número de vaqueros, esparteros, leñadores, cosechadores de aromáticas, caleros o carboneros –también con nombres y apellidos– que solicitaban permiso para faenar en las sierras limítrofes de Otívar, Lentejí, Almuñécar, Játar, Frigiliana, Nerja, Jayena, Cómpeta o Alhama de Granada; a cuánto iba el jornal –en dineros o en especie, que todo valía a la hora de cobrar– de los guardas de campo, de los de caza, de los pastores, de los labradores por cuenta ajena y hasta de los trabajadores del palacete de Cázulas… Toda esta información, e infinitamente más, se encuentra recogida en el Archivo de Cázulas, una monumental colección de documentos antiguos que, hasta hace muy poco, era de propiedad absolutamente privada.

Pero empecemos por el principio, partiendo de la base de que la historia local de nuestras ciudades, pueblos y también zonas rurales es más importante de lo que a priori pudiera parecer: da su verdadera dimensión a los grandes acontecimientos nacionales, lo que equivaldría a decir que “muchos pocos hacen un mucho”, y que los hechos de menor relevancia también construyen la gran historia. Esa otra parte –la historia local– se apoya, en gran medida, sobre documentos frágiles (papeles que son muy antiguos), dispersos (que están localizados en muchos lugares diferentes) y a menudo inaccesibles (que se encuentran en las solas manos de sus propietarios). Debemos saber que, durante muchos siglos, una parte sustancial de incontables archivos históricos municipales, parroquiales, notariales o familiares ha permanecido en manos privadas, por lo tanto, fuera del alcance de la investigación científica y del conocimiento público. Esta situación fue común a muchos lugares, y viene heredada de una larga tradición de retención patrimonial y escasa conciencia del interés colectivo o, en otras palabras: que las grandes familias o entidades privadas poseedoras de esos legados, simplemente los conservaban para ellos y sus descendientes, sin plantearse compartirlos con nadie más.
Pero ocurre que los archivos no son meros depósitos de papeles antiguos: constituyen los cimientos del conocimiento histórico de un territorio. En ellos se conservan padrones, protocolos notariales, libros de cuentas, correspondencia, apeos, catastros, ordenanzas, pleitos, testamentos, memorias familiares, escrituras, partidas de nacimiento, matrimonio, defunción y mil cosas más… documentación, en definitiva, que permite reconstruir la vida cotidiana, las relaciones sociales, los sistemas productivos y hasta la mentalidad propia de una comunidad, a lo largo de los siglos. Cuando estas colecciones de papeles pertenecen a particulares —y ya no digamos si, además, se encuentran en malas condiciones de conservación— la Historia se fragmenta, se vuelve parcial y, en muchos casos, irrecuperable.

Hay que tener en cuenta que ha pasado desde siempre y en todas partes, que numerosos documentos fueran custodiados de forma particular por familias relevantes, antiguos escribanos, grandes terratenientes o instituciones eclesiásticas. Y no se trataba de que sus tenedores actuasen con mala fe: es que durante mucho tiempo se consideró lógico que el poseedor de un documento fuese dueño también de la información que contenía, de ahí que “todo quedara en casa”. Sin embargo, ha pasado el tiempo y, desde una perspectiva actual, se considera que los archivos históricos locales, aun cuando sean privados, poseen un valor público indiscutible no sólo porque documentan hechos de interés general, sino porque nos permiten a todos ejercer el derecho de conocer nuestro pasado, el de nuestros antecesores y el de nuestro lugar (por no añadir que la investigación etnográfica se ve seriamente limitada cuando estos archivos no están disponibles para historiadores y especialistas). En las comarcas rurales, donde la tradición oral ha sido insustituible —y menos mal que así ha sido durante generaciones—, la pérdida o inaccesibilidad de documentación histórica ha supuesto, en muchos casos, la triste y en ocasiones definitiva desaparición de tradiciones, modos de vida y saberes ancestrales.
Por este motivo, recuperar esa documentación para todos ya no es sólo una cuestión académica o patrimonial, sino una responsabilidad. El paso de los archivos históricos locales privados a manos públicas —mediante adquisición, depósito, donación o convenios de custodia— no implica desposeer de ellos injustamente a sus propietarios de siempre, sino incluir tan preciada información en un sistema profesionalizado de conservación, catalogación y acceso general que, al final, siempre termina repercutiendo en toda la sociedad: permitirá actividades educativas, tesis doctorales y otras publicaciones, exposiciones, recuperación de toponimia, genealogía, estudios costumbristas, historia agraria… es decir, devolverá a las comunidades el conocimiento —y reconocimiento— de sí mismas. Allí donde los documentos antiguos están disponibles, la historia deja de ser una narración truncada y recupera su voz plural, analítica y, sobre todo, humana.


Las comarcas que forman parte del Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama atesoran una historia rica y compleja; buena parte de esa memoria se encuentra recogida en el Archivo de Cázulas, una inmensa colección de documentos históricos que, durante más de siete siglos —con anterioridad incluso a la llegada de los Reyes Católicos a ese territorio— había pertenecido a una casa en particular. Las distintas generaciones de propietarios del Señorío de Cázulas, primero, y la Sociedad Cooperativa Agrícola de Cázulas, después, fueron los encargados de custodiar esa ingente colección de legajos, libros y pergaminos que reunían no sólo documentación acerca de casi seis mil hectáreas de territorios de Sierra Almijara con sus pueblos y cortijos, sino también gran cantidad de información referente a otros lugares del Reino de Granada y la Corona de Castilla, en un período de tiempo que abarca desde el año 1364 hasta el último tercio del siglo XX.
El Archivo de Cázulas, que acreditados estudiosos e historiadores como los catedráticos de la UGR Manuel Titos Martínez y Antonio Malpica Cuello han estimado tan relevante como el célebre Archivo de Simancas, incluye manuscritos firmados y sellados por varios reyes de España, primeras ediciones de cartografía del territorio, bocetos de construcciones, cuadernos de administración de fincas, libros de contabilidad, protocolos notariales, padrones, escrituras de propiedad, partituras musicales, biblioteca, apeos de tierras, ordenanzas, pleitos por aguas, montes y ganado, testamentos, correspondencia privada y daguerrotipos y fotografías desde mediados del siglo XIX a mediados del XX. Todos son papeles originales, de los cuales una parte ha conseguido llegar a nuestros días tras sobrevivir heroicamente a siete siglos de guerras, invasiones, incendios, incuria, expoliación, humedad, moho y ratas hambrientas, y constituyen una base documental imprescindible para conocer la vida y usos de los habitantes de las comarcas de Sierra Almijara.
Su penúltima propietaria y heredera legítima por familia, María del Mar Bermúdez de Castro Seriñá y Lillo —tercera y postrera marquesa de Montanaro—, murió sin descendencia, y el Archivo de Cázulas, tras avatares como haber pertenecido y ser expoliado por miembros de la antigua RUMASA, pasó finalmente a ser propiedad de la Sociedad Cooperativa de Cázulas de Otívar, que compró una parte de la Sierra de Cázulas y todo lo que en ella había por treinta y tres millones de pesetas, a finales de los años setenta del pasado siglo. Esta entidad adquirió dos mil doscientas hectáreas de los antiguos territorios marquesales; con las tierras se incluyeron también el palacete, algunos enseres familiares de doña María del Mar y todo el Archivo de Cázulas —en regular estado de conservación, por cierto, desde que la marquesa falleció y el palacete quedó deshabitado—. La Cooperativa tuvo y mantiene su sede en la antigua Venta de Cázulas y, aunque se habilitó allí una estancia exprofeso para guardarlo, el Archivo de Cázulas adoleció durante muchos años de los cuidados expertos que hubieran necesitado unos documentos tan sumamente antiguos.




En octubre de 2018 tuve la primera oportunidad de acceder a tan preciada colección de documentos, gracias al permiso previo de la Cooperativa de Cázulas; necesitaba documentarme de cara a la redacción de varios artículos sobre esa zona y su familia más prominente, la de los marqueses de Montanaro. Aunque, con la mejor voluntad, el Archivo se había almacenado en una habitación en la segunda planta de la sede de la Cooperativa, no era aquel –en absoluto– un lugar idóneo para su conservación: la humedad era mucha y el polvo también, por no mencionar el hecho de que algunos roedores habían conseguido entrar y hacer de las suyas entre aquellos cartapacios, la mayoría con una antigüedad de siglos. Pese a mi nulo conocimiento en la materia, tomé conciencia enseguida de la trascendencia de la documentación que tenía delante, y de la necesidad imperativa de sacarla de allí. Bien es cierto que algunos estudiosos e investigadores de la Universidad de Granada habían estado trabajando con ellos con anterioridad y que incluso se habían realizado ciertas publicaciones al respecto, pero no se había ido más allá y aquellos papeles históricos seguían sin recibir la atención que merecían, enfloreciéndose poco a poco e incluso perdiéndose para siempre bajo una pegajosa y cada vez más compacta capa de insectos muertos, papel roído, moho y polvo. Junto al archivo se habían almacenado, en una nave aparte, algunos muebles y objetos que pertenecieron a la familia marquesal: los que sus descendientes primero, RUMASA después y, por último, muchos años de dejadez, habían arrumbado allí, a merced de la carcoma.
Tras esa primera, volví en otras ocasiones a consultar el Archivo, maravillándome siempre de que tan increíble legado no estuviese en un lugar más conveniente. Comenté entonces el asunto –bendita inspiración– al historiador, investigador y catedrático de la UGR Manuel Titos Martínez, que me acompañó a Otívar y supo ver ipso facto lo que allí había; fue gracias a su mediación como se consiguió que la directora del Archivo Histórico Provincial de Granada, Eva Martín López, y el director del Archivo de la Real Chancillería de Granada, David Torres Ibáñez, se desplazasen junto con Manuel Titos y conmigo a la sede de la Cooperativa y revisaran personalmente una pequeña muestra del Archivo. Hay que señalar la buena disposición del presidente de la Sociedad Cooperativa Agrícola de Cázulas, José Luís Bueno Ruiz –portavoz de los socios de la misma–, quien desde el principio dio el visto bueno a toda la operación. Por fin, el 26 de diciembre de 2025, el Archivo de Cázulas fue cedido oficialmente a la Junta de Andalucía. Ese mismo día se hizo efectivo su traslado a la sede del Archivo Histórico Provincial de Granada, donde ha quedado en depósito y está siendo saneado, clasificado, digitalizado y preservado por expertos. En un futuro cercano se pondrá, por suerte para todos los interesados, a disposición de quien lo solicite.






Todos estamos, pues, de enhorabuena, porque esta recuperación tendrá un impacto directo en múltiples ámbitos del estudio de las comarcas rurales de Sierra Almijara: su historia social y agraria; el uso particular y comunal de montes, pastos y otros aprovechamientos de la sierra; las sucesivas transformaciones del paisaje; los oficios tradicionales; los trabajadores, sus nombres y sus salarios; los cambios de propiedad a lo largo de siglos; las relaciones familiares, de trabajo, de amor y de amistad entre los locales; las costumbres populares; los procesos migratorios que marcaron esos territorios a lo largo del tiempo y también la paulatina adaptación de esas comunidades serranas a la era moderna.
Recuperar el Archivo de Cázulas supone, no nos quepa duda, reivindicar la voz de los pueblos, los cortijos y los habitantes de Sierra Almijara. Su historia dejará de ser un relato falto de información –basado únicamente en los recuerdos de los más viejos–, y nos ayudará a comprender mejor un territorio marcado por una secular e inevitable relación entre el hombre y la montaña; por la dureza de un medio habitado y la perseverancia, a pesar de las dificultades, de sus moradores –muchas generaciones de hombres, mujeres y niños con sus penas y alegrías, con sus vidas y sus muertes– a lo largo de la historia. Ahora más que nunca, de su historia.

Escrito por Mariló V. Oyonarte
Fotografías, Archivo de Cázulas y Mariló V. Oyonarte