El Camino de Ezequiel

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    Los antiguos caminos, las gentes que los recorrían, que los cuidaban y los amaban… El nombre del histórico camino del Barranco de las Piletas, que unía las tierras de la Comarca de Alhama de Granada con las de la Axarquía malagueña por el Puerto de Sedella, continúa ligado al nombre de Ezequiel, el humilde peón caminero que lo cuidó durante gran parte de su vida.

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    Arriba, vista del Barranco de las Piletas desde el cortijo Cerezal Alto, en el término de Alhama de Granada. Abajo, vista por satélite del mismo barranco. La línea amarilla representa parte del antiguo camino de arriería que enlazaba la Comarca de Alhama con la Axarquía de Málaga

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     El Barranco de las Piletas es una quebrada fresca y umbría que se abre de norte a sur en la cara granadina de Sierra Tejeda, en el término municipal de Alhama de Granada. Hasta no hace demasiado tiempo un cómodo camino empedrado, conocido también como "el Camino de Ezequiel", lo recorría en toda su extensión, pero hoy ese camino se encuentra enterrado casi en su totalidad bajo las piedras y la maleza; literalmente se ha borrado de la vista y de los mapas. Sólo quienes pasaron por allí en sus mejores tiempos -y quedan ya muy pocos- pueden dar fe de que el camino del Puerto de Sedella que atravesaba el Barranco de las Piletas representó durante muchos siglos una de las rutas más transitadas entre las provincias de Granada y Málaga, al mismo nivel que aquellas que han tenido la suerte de llegar indemnes hasta nuestros días, los caminos del Puerto de Frigiliana y del Puerto de Cómpeta. El camino del Puerto de Sedella nada tenía que envidiar a los dos anteriores pero cayó, como otros, víctima del progreso: las nuevas carreteras y modernas vías de comunicación lo relegaron al olvido más absoluto. El "Camino de Ezequiel" formaba parte de un complejo entramado de rutas de arriería, imprescindibles hasta hace unas décadas para la supervivencia de pueblos enteros a uno y otro lado de las sierras de Tejeda y Almijara, a los que enlazaba entre sí a través de los puertos de montaña.

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    Mapa del tramo de esta ruta arriera entre la Axarquía de Málaga y la Comarca de Alhama. En color rojo, el trayecto que atravesaba el Barranco de las Piletas hasta alcanzar el Puerto de Sedella (pulsar para vista ampliada)

     El Barranco de las Piletas, situado hacia la mitad del trayecto entre Alhama y Sedella, gozaba de una orografía que lo convirtió en una de las vías más cómodas para franquear la parte occidental de Sierra Tejeda. Su inclinación relativamente suave y la escasa constricción de sus paredes facilitaban el paso continuo de personas y cabalgaduras. Sólo en los tramos más cercanos al Puerto de Sedella -conocidos como "las Repechás"- el terreno se empinaba considerablemente, o bien se estrechaba dando lugar a pasillos umbrosos, húmedos y resbaladizos -las llamadas "angosturas del barranco"- en el arranque del barranco, por encima de la Venta Palma. A lo largo del recorrido había que cruzar numerosas veces el Arroyo de las Piletas, que recibía ese descriptivo nombre por las oquedades pétreas en forma de cuenco que iba labrando el agua con su paso continuo por el lecho del río, durante todo el año. Esas formaciones recordaban a las piletas que se usaban antiguamente para dar de beber a los animales.


    Formaciones en forma de cuenco o "pileta" que dan nombre al Barranco



     Se trataba un camino largo y difícil pues, por mucho que se aprovechasen las mejores zonas de paso, atravesar a lo ancho todo un macizo montañoso como era -y como sigue siendo- Sierra Tejeda tenía sus complicaciones, especialmente cuando llegaba el invierno y las lluvias continuas lo embarraban todo hasta puntos insospechados impidiendo el paso de las bestias cargadas, que resbalaban y se hundían hasta las rodillas en aquel cieno blando y pegajoso. Por ese motivo, el camino que ascendía por el Barranco de las Piletas tenía muchos tramos empedrados. Y no se trataba de un empedrado cualquiera sino casi de una calzada; un trabajo cuidadosamente realizado para resistir el desgaste del paso continuado y de las inclementes intemperies de la montaña. Para que no se deteriorase demasiado especialmente durante los meses que van de noviembre a marzo, el camino requería un mantenimiento constante. Esa labor era llevada a cabo -y de qué manera- por un solo hombre: Ezequiel Martín Caños, natural de Árchez, en la provincia de Málaga.


    En la vertiente sur de Sierra Tejeda se encuentra Árchez. Fotos de Beatriz López

     Cuentan quienes le recuerdan todavía -no se conserva ninguna fotografía suya- que Ezequiel era un hombre alto y robusto, de pelo entrecano, ojos negros y tez morena; serio, cariñoso con los suyos, honesto y, sobre todo, un trabajador entregado. Nacido a comienzos del siglo XX, estaba casado con Matilde López Portales y vivía junto a ella y sus cinco hijos -Antonio, Paco, Ezequiel, Teresa y Pepe- en un cortijillo situado a las afueras del pueblecito de Árchez, en la Axarquía malagueña, al otro lado de Sierra Tejeda. La de Ezequiel era una familia muy humilde, que tan sólo contaba con ese pedazo de tierra donde cultivaban viñas y unos olivillos; unas pocas gallinas, cinco colmenas de abejas y dos cabras completaban su escaso patrimonio. Por no tener, su terreno no tenía ni nombre: era conocido por todos simplemente como "el cortijo de Ezequiel". Ezequiel trabajaba en el campo, de sol a sol. Pero ello no bastaba para dar de comer a su familia todos los días; por eso, cuando llegaba el invierno y los alimentos escaseaban, todos lo pasaban mal. Un buen día nuestro hombre discurrió que no tenía más remedio que buscar algo más para poder sacar a su familia adelante. No le asustaba el trabajo por duro que fuese, y pensando llegó a la conclusión de que una buena forma de ganarse unas perrillas diarias podría ser haciéndose cargo del camino empedrado que llevaba desde su pueblo -esa ruta arriera pasaba por delante de la puerta de su casa- hasta Alhama de Granada. Él mismo anduvo por allí en muchas ocasiones y había podido comprobar que el camino necesitaba cuidado constante para estar en condiciones. Dicho y hecho; desde ese momento Ezequiel pasó a ser el peón caminero extraoficial del camino del Barranco de las Piletas.

     Su trabajo suponía un gran sacrificio para toda la familia. Ezequiel se marchaba durante los meses del invierno; durante ese tiempo Matilde y sus cinco hijos se las apañaban como mejor podían, soñando con la idea de que el cabeza de familia regresara bueno y con la talega llena de monedas. La espera merecía la pena, pues con las primeras flores de la primavera aparecía por la puerta un Ezequiel agotado pero sonriente ante la perspectiva de entregar a su mujer y sus hijos los sacos que llevaba en el burro -cargados hasta los topes de lentejas, garbanzos, harina, queso y los afamados panes de Alhama- aparte de varias talegas repletas de gordas, perrillas e incluso algún duro, que -magistralmente administrados por Matilde- les sacarían de apuros durante una buena temporada. El momento de abrir los sacos se convertía en toda una fiesta para la familia, especialmente para los hijos, que rodeaban a Ezequiel dando saltitos de alegría mientras éste repartía las ricas viandas como si fuesen regalos de los Reyes Magos. 

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    Arriba, inicio del Barranco de las Piletas, en los alrededores del cortijo de Venta Palma. Abajo, vista aérea del mismo lugar. La línea amarilla señala el antiguo camino

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     Cada invierno Ezequiel tomaba del ronzal a su burrillo "rabón" -el animalito había nacido sin cola- llevando en los serones una porra, un escardillo, una espuerta y una azada, que eran sus herramientas de trabajo. Durante ese tiempo Ezequiel vivía, literalmente, por y para el Barranco de las Piletas. Desde que salía el sol por Sierra Nevada hasta que se ocultaba detrás del Puerto de Sedella se podía ver a nuestro hombre ataviado con unas zapatillas canilleras, unos trapos raídos que le cubrían las espinillas y su humilde vestimenta -del todo insuficiente para los rigores del invierno en aquel lugar tan frío- cargando con todo a la vez: la porra, la azada, la espuerta y la escardilla, yendo de arriba abajo y de abajo arriba a lo largo de los casi siete kilómetros que existen desde el punto más bajo del barranco -la Venta Palma- hasta el más alto -el Puerto de Sedella-. Su autoimpuesta labor consistía en mantener ese camino de arriería en el mejor estado posible para el paso de hombres y animales. No resultaba tarea fácil, y menos para un hombre solo.

     Pero la virtud más valiosa de ser humano es la única que comparte con los animales: el coraje. Y si algo tenía Ezequiel era coraje de sobra para sacar adelante su trabajo, por duro que fuese. Así que con sol y con lluvia, si nevaba o granizaba, nuestro hombre, aparentemente incansable -cuán engañosa puede ser la realidad- removía la broza que obstruía el cauce del arroyo Piletas para que el agua no rebosara e inundase el camino; rellenaba con tierra los huecos entre las piedras si éstas se quedaban descarnadas por la fuerza de la lluvia; encauzaba el agua del arroyo cuando éste se desbordaba durante una tormenta; rompía con fuertes golpes de su porra el hielo que se formaba sobre el empedrado cuando hacía mucho frío, convirtiendo el camino en una peligrosa pista de patinaje para las bestias y su valiosa carga; eliminaba la nieve para que en todo momento la ruta fuese transitable; apartaba las rocas que caían desde lo más alto si se producía un desprendimiento; entresacaba piedras de un tamaño apropiado para reempedrar las zonas más expuestas y cortaba hasta el último matojo que crecía en las orillas del camino que pudiese dificultar el paso. Tan pulcro y despejado estaba todo -"daba gloria de verlo"- que dicen que por allí se podía pasar sin problemas de noche y sin luz ninguna, porque el propio camino guiaba los pasos del caminante.


    Todavía pueden verse algunos tramos del camino empedrado de Ezequiel

     El Barranco de las Piletas era una vía de comunicación imprescindible por la que pasaban a diario cientos de personas andando o sobre sus caballerías, cargados con distintas mercancías. Ezequiel era un personaje bien conocido por todos los que pasaban por allí, que lo saludaban gustosos valorando en su justa medida el excelente trabajo de aquel hombre. Por eso se acordó pagarle algo -una gorda, una perra chica o un duro, en función de los posibles de cada cual- por cada vez que se anduviese por ese camino tan bien acondicionado. Quienes no llevaban dinero solían entregarle una taleguilla de trigo, de harina o de garbanzos, un trozo de queso, un pan… Todo le venía bien al bueno de Ezequiel, que agradecía con una inclinación de cabeza cada entrega que se le hacía. Había días en los que el trasiego de personas era tanto que Ezequiel llenaba su talega de monedillas. Esto era algo sabido, pero él jamás sufrió un robo -ni siquiera en los peores años de la posguerra- porque quienes lo conocían sabían de su esfuerzo, trabajando todo el día con ahínco mientras saludaba a los viajeros con las manos agrietadas por el frío y los pantalones de pana, remendados por mil sitios, eternamente empapados de agua. Sólo se permitía un descanso durante el almuerzo, que hacía a base de un pedazo de pan con un arenque, un trozo de bacalao seco o de tocino.


    En los Tajos del Búho (llamados así porque en ese lugar solía anidar todos los años una pareja de aves de esa especie) se produjeron desprendimientos que han sepultado el camino. Abajo, vista aérea de la zona

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     El Barranco de las Piletas era célebre por sus bajas temperaturas durante el invierno. Su orientación al norte y los vientos helados procedentes del interior formaban un tándem que lo convertían en un paraje gélido, sobre todo para la gente que provenía de la costa. Había veces incluso en que los mismos arrieros tenían que volverse por el mismo camino ante la imposibilidad de avanzar por culpa de la capa de hielo que se formaba en algunas umbrías, tan gruesa que ni siquiera la porra del vigoroso Ezequiel podía eliminarla. Por eso al terminar su jornada laboral, cuando desparecía ya la luz diurna, Ezequiel recogía sus herramientas y bajaba hasta el cortijo del Cerezal Alto, donde la familia de Pepe Sales tenía por costumbre acogerlo desde hacía años, compadecida de su agotamiento y falta de medios. Todas las noches cenaba con ellos un plato de olla caliente y dormía a cubierto luego, allí donde hubiese un hueco libre -él se conformaba con poco- en el pajar, en la cocinilla o en alguna cámara.

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    El barranco atesora rincones en los que se forman pequeñas cascadas de gran belleza

     Con tantas idas y venidas a lo largo de los días, las semanas, los meses y los años, Ezequiel no sólo conocía hasta el último vericueto del barranco, sino también a todos los que transitaban por él. Unos se paraban a charlar unos minutos; otros pasaban de largo, cada uno con su particular alforja cuestas -que las bregas de los hombres pesan a veces más que el plomo-. Estaba Carmen, por ejemplo; era una pobre viuda de Salares que tenía varios hijos a su cargo. Tres veces por semana bajaba por el camino de Ezequiel aquella pobre mujer, que ya no era joven, encorvada bajo el peso de un saco de naranjas que llevaba a la espalda, pregonando el género por aquellos cortijos de Dios con su vocecita cascada. Aun así, la sonrisa no se borraba nunca de su cara. Con el dinero que recaudaba se volvía para Salares con tres cuartillos de harina de trigo -la excelente harina que se molía a la orilla del río Marchán- para hacer panes y vender el excedente. O aquel hombre -tan menudo de cuerpo que de lejos casi parecía un niño- al que todos en la zona conocían por Paco Ché, que murió de frío junto al Tajillo Cucarra una helada noche de diciembre. O Ceferino, el locuaz y dicharachero arriero de Canillas que siempre andaba contando chascarrillos; había heredado el oficio de su padre, su abuelo y su bisabuelo y se había empeñado en que su hijo lo aprendiese también, por lo que solía llevar al chiquillo montado sobre su mula, junto a la carga. Cada rincón del camino guardaba la memoria de mil anécdotas e historias, reales unas y otras no. Como la de La Fuentecilla, que hoy apenas se ve detrás de una maraña de hierbas, pero antaño fue un abundante nacimiento que cambiaba la temperatura del agua -a voluntad, a decir de algunos- según la estación del año: muy fresca en verano y tibia en invierno, "para que nadie tuviera motivos de queja".

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    Detrás de esa maraña de hierbas está la Fuentecilla, de donde todavía mana un hilillo de agua

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    El Tajillo Cucarra. Con esta roca como todo abrigo pasó el pobre Paco Ché sus últimas horas. Debajo, vista aérea de la zona

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     Pasaban los años y la Historia iba desgranando sus distintos episodios también a lo largo de ese camino empedrado, que fue testigo directo de hechos como la guerra civil y la desoladora "desbandá" de simpatizantes republicanos del año 1937; de la cruel posguerra y la época en la que frecuentaba aquellos lares "la gente de la sierra"; del arriesgado oficio de los estraperlistas y el férreo control de los caminos -también el de Ezequiel- por parte de la Guardia Civil... Hombre discreto como pocos Ezequiel escuchaba, veía y callaba; siempre fue enemigo de meterse en líos así que se entregaba a su trabajo en cuerpo y alma, sin hablar casi con nadie y atendiendo sólo al buen estado de "su" camino. Porque, a pesar de las circunstancias, aquella vía de comunicación seguía siendo muy transitada de día y de noche. Interminables recuas de mulos y burros con sus serones de esparto o de goma bien cargados de chumbos, pasas, higos, naranjas, uvas, pescado, vino, harina, legumbres, lana de oveja, panes y otros bienes continuaban cruzando las montañas a diario. La vida, sencillamente, tenía que proseguir.

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    Recua de bestias cubriendo la zona conocida por los arrieros como "los puertos", cerca de las Llanadas de Sedella


    La "Cueva de los Civiles". En esta oquedad solían aguardar los guardias a la gente que pasaba por el camino para decomisarles la mercancía si sospechaban que iban de estraperlo. Debajo, vista aérea de la zona

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     Cuando la oscuridad sorprendía a los caminantes en el interior del barranco existían varias opciones para pasar la noche. La primera, alcanzar la Venta Palma o la Venta de Rodríguez, donde además contaban con economato y una tasquilla. El problema era que en ambos lugares había que pagar por dormir y no todos los arrieros podían permitirse ese lujo. Otra posibilidad consistía en alojarse en el Cortijo del Cerezal Alto, si había sitio libre; allí no cobraban a nadie, pero el lugar solía estar siempre lleno. Si no quedaba espacio en ninguno de aquellos hospedajes, los arrieros no tenían más remedio que acomodarse en ciertos lugares que aprovechaban como último recurso, a los que llamaban con admirable sentido del humor "la Posada de la Estrella". El Barranco de las Piletas también tenía la suya. Consistía en una pequeña explanada llana, muy cerca del arroyo, donde podían acomodarse los viajeros y sus animales con relativo espacio entre ellos; tendidos al raso sobre los aparejos de las bestias intentaban pasar la noche de la mejor forma posible. Las distintas "Posadas de la Estrella" que había repartidas por toda la sierra debían su nombre al Lucero del Alba -el planeta Venus-: su aparición en el cielo nocturno poco antes del amanecer avisaba a estos hombres de que era la hora de levantarse y continuar su camino.

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    Esta pequeña explanada era la Posada de la Estrella. Debajo, el tramo del camino empedrado que pasaba junto a ella


     El Barranco de la Piletas atesoraba a lo largo de su recorrido rincones de gran belleza natural, pequeñas cascadas y una profusa vegetación de ribera. Una de esas cascadas, con una caída de casi diez metros que daba lugar a una poza de aguas cristalinas, se ubicaba justo al comienzo de la zona conocida por todos como "Las Repechás". Era ahí donde el camino se inclinaba, ya en su último tramo, para ascender al Puerto de Sedella. Se trataba de una zona de grandes pendientes y un fuerte desnivel, donde los desprendimientos eran frecuentes. En la actualidad y dado su estado de completo abandono, esos desprendimientos de roca y arena son visibles por todas partes. Del mismo modo la gran cascada ha quedado casi oculta por la vegetación.

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    Desprendimientos de piedras a lo largo del barranco. Debajo, vista aérea de los mismos; se puede observar que el camino ha quedado sepultado por ellos

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    La cascada que señalaba el comienzo de la parte más inclinada del camino, "Las Repechás"

     Cerca ya del Puerto de Sedella el camino se bifurcaba en dos ramales. El de la izquierda pasaba por unas antiguas chozas de pastores conocidas por el curioso nombre de "Chozas de Gurripipi", alcanzaba el puerto y bajaba hacia la zona de Cómpeta, Canillas de Albaida, Árchez y Corumbela. El ramal de la derecha atravesaba los verdes chortales del "Chorrillo del Buen Viaje", coronaba el puerto y descendía hacia la parte de Salares, Sedella y Canillas de Aceituno. El paraje del Chorrillo del Buen Viaje, protegido de los fuertes vientos que soplaban arriba en el puerto, era un punto ideal de reunión donde los arrieros que iban y venían hacían un alto en su camino para comer algo y beber en las aguas de la fuentecilla que daba nombre al lugar, llamada así porque ésa era la frase que se decían unos a otros cuando reemprendían la marcha: "¡Que llevéis buen viaje…!"

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    El paraje de Las Repechás. Al fondo, el Puerto de Sedella

     Cuando por fin se coronaba el Puerto de Sedella sólo restaba dejarse caer hasta los pueblos blancos y las laderas soleadas, de clima suave y amable -como orientadas al sur- de la Axarquía. La parte más dura del camino había quedado atrás. Al fondo, en el horizonte, el mar Mediterráneo y sus tintes verdeazules anunciaban a los viajeros que se encontraban en la provincia de Málaga.

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    La cumbre pedregosa del Cerro Malascamas despedía a quienes continuaban su ruta más allá del Puerto y las Llanadas de Sedella. Debajo, el camino enfilaba directo hacia los pueblos de Málaga. Fotografías de Carlos Luengo

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     Nuestro amigo Ezequiel -a quien no hemos podido ver pero sí imaginar-, el último peón caminero del Barranco de las Piletas, continuó al pie del cañón mientras su edad y sus fuerzas se lo permitieron. Su marcha a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, como una premonición, coincidió con la decadencia de la actividad arriera. Esa profesión centenaria agonizó con la llegada de las carreteras, los vehículos motorizados y el consecuente abaratamiento de las mercancías, transportadas a partir de entonces en grandes cantidades. Gradualmente los arrieros fueron desapareciendo de los caminos: unos volvieron a labrar la tierra y otros emigraron. Con la despedida de Ezequiel el camino del Barranco de las Piletas -el Camino de Ezequiel, como era conocido por todos- enfrentó su decadencia definitiva. Ezequiel murió en Canillas de Aceituno en el año 1978.

     Hoy son muy pocos los que recuerdan aquel popular camino empedrado tal y como era. El Barranco de las Piletas, sin viajeros y sin un Ezequiel entregado que lo conserve, se ha ido cerrando en un proceso natural de reconquista por parte de la Madre Tierra. El crecimiento sin control de la vegetación, los desbordamientos estacionales del arroyo, los desprendimientos naturales de rocas y arena y la absoluta falta de paso -¿quién iba a aventurarse por allí ahora?- han hecho desaparecer el histórico camino bajo las piedras, el matorral y desamor de los hombres; pocos son los lugares donde todavía se dejan ver algunos tramos, como un recordatorio de lo que fue y ya no es. Una de las pocas personas que saben aún su recorrido original es Pepe Sales, del Cortijo Cerezal Alto, que conoció a Ezequiel siendo un niño y hoy, ya octogenario, nos sirve de guía. A través de las imágenes y los recuerdos filtrados por su memoria hemos podido conocer la historia de esta ruta emblemática de Sierra Tejeda.

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    Pepe Sales, del Cortijo Cerezal Alto, al pie del Barranco de las Piletas

     Tal vez deberíamos plantearnos que estos senderos, verdaderos retazos etnográficos y culturales de nuestra historia, no deberían desaparecer tan tristemente como lo están haciendo. Podrían tener un futuro si les concedemos la oportunidad: muchas personas estarían dispuestas a seguir caminando por ellos no ya por obligación como los antiguos arrieros, sino por el puro placer de recorrer sus paisajes cargados de relatos y leyendas de niños arrieros, de mujeres valerosas, de fuentecillas mágicas, de Posadas de la Estrella y de Chorrillos del Buen Viaje.

     El camino del Barranco de las Piletas, el viejo y olvidado Camino de Ezequiel… todos los caminos descaminados, en definitiva, lo merecen.

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    Texto y fotos: Mariló V. Oyonarte.

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    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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