Ana, la del Cortijo del Pincho

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    Ana Funes Díaz es, con sus recién estrenados noventa y cinco años, la vecina de más edad del municipio de Jayena. Hoy repasamos con ella casi un siglo de historia a través de sus recuerdos.
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    Ana Funes Díaz

     Hace sólo unos días, el pasado ocho de septiembre, celebraste tu cumpleaños, Ana. Nada menos que tu nonagésimo quinto cumpleaños, tu noventa y cinco cumpleaños. ¡Muchas felicidades y que sea enhorabuena! Eres la persona más anciana -que no la más vieja; no es lo mismo- de Jayena; eso significa que nadie queda ya en ese pueblo que naciese antes que tú. ¿Dinos, qué se siente al llegar a esa cifra, que a muchos nos da vértigo? Casi un siglo de historia, no ya sólo de tu lugar sino de otros muchos sitios, han visto pasar ante sí tus ojos castaños, que no han perdido en absoluto ni su brillo ni esa expresión, casi joven todavía, casi inocente a pesar de lo vivido, que llama la atención nada más conocerte. Y no, Ana; no digas que con los años has perdido todo lo que eras y que ya no estás guapa, porque no es verdad. Es más bien al contrario: hay muchos detalles en tu aspecto que suavizan los efectos de la edad, como por ejemplo la paciente y sincera sonrisa que no se borra de tus labios mientras hablas conmigo. Y fíjate, además, en lo que dice tu hija mayor: que eres coqueta y de siempre te ha gustado cuidarte -la crema facial todos los días, la peluquería cada semana, tu ropa, tan arregladita-; eso también se tiene que notar, ¿verdad?

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    ¡Feliz cumpleaños, Ana! Fotografía de Ana García Funes

     Tu buen carácter es de sobra conocido en Jayena: cuando pregunto cuál es el camino de tu casa, todos tienen algo agradable que decir sobre ti. "Una buena familia desde siempre", apunta Jesús; "Ya verás lo agradable que es, da alegría hablar con ella", comenta Adrián; "Son gente magnífica, ella y sus hermanas", añade José. Tus vecinos, que te conocen de toda la vida, te quieren y te respetan... por algo será. Debes sentirte orgullosa.

     Llamo a la puerta, me invitas a entrar en la que fue casa de tus padres -tu casa hoy- y me siento entre tu hermana Fernanda, tu hija Ana y tú. A pesar de que acabamos de conocernos, con vuestro trato cariñoso me hacéis sentirme, al poco, como en familia. Y efectivamente, no se tarda en descubrir que es cierto lo que opinan tus paisanos: el buen humor y la cordialidad deben ser innatos en todos vosotros; tu hermana Fernanda, además, es risueña como un cascabel, como una niña. Me miras con curiosidad porque no me conoces, Ana, y a la vez te esfuerzas por escucharme educadamente -con noventa y cinco años, tu oído no es ya el que era- y contestar las preguntas que te voy haciendo, que os hago a las tres, en realidad. Y como las protagonistas de aquella antigua serie de televisión, "Las chicas de oro", Fernanda, Ana y tú, las tres junticas, con vuestra animada conversación -una cuenta una cosa, la otra cuenta otra-, comenzáis a desgranar un pasado amable que, como si una brisa fresca entrase repentinamente por la ventana, se hace presente por momentos, próximo e inasible a la vez, en el mismo salón de vuestra casa.
     
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    Ana Funes y su hermana Fernanda comparten el mismo buen humor

     Ana -Anita, como te decían en otros tiempos-, naciste el ocho de septiembre de un lejano 1922 en Jayena, en la misma casa que hoy habitas, cuando el tuyo era un municipio que, según contáis Fernanda y tú al alimón, era entonces más grande y tenía más habitantes e incluso más casas que ahora. Una localidad dedicada enteramente a la agricultura y la ganadería, y dependiente para casi todo de la cercana Sierra de la Almijara. Tus padres, Fernando Funes y Carmen Díaz, al igual que poseían su casa de la calle Carril, eran dueños de un cortijo situado a unos seis kilómetros de distancia, conocido como el Cortijo del Pincho. Naciste en Jayena, sí. Pero apenas pasaron unos días desde que te "hicieron las entrañas" -así llaman los jayeneros a la antigua costumbre de hacer una señal de la cruz en la cara y el pechito de los recién nacidos-, te llevaron tus padres al cortijo de la familia, porque al fin y al cabo estaban a finales del verano y había mucha faena en el campo. "Que nazca un niño es una alegría, pero el pan es el pan, y hay que acudir a las obligaciones cuanto antes".

     El cortijo del Pincho. Al pronunciar ese nombre cambia perceptiblemente el tono de la conversación, así como la expresión de vuestras caras, que se vuelve… no sé, casi diría que radiante: es evidente que entramos en una parte muy especial de vuestra historia.

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    La antigua casa familiar de Fernando y Carmen es hoy el hogar de su hija, Ana Funes Díaz

     El Cortijo del Pincho, como lo conocen en Jayena, o el Cortijo de las Pilas, como lo conocen en Las Albuñuelas, ha sido y es para vosotras igual que un talismán, testigo durante cuatro generaciones de la historia de vuestra familia. Sus terrenos se extienden entre ambos términos municipales, que ocupan noventa fanegas por la parte de Jayena más otras sesenta por la de Las Albuñuelas. El caserío comprende varias viviendas construidas en hilera, rodeadas por una plantación de almendros que debe ser un regalo para la vista cuando llega la primavera. Escucharos hablar del cortijo es llegar a la conclusión de que si el valor de un lugar se midiese por el apego que se siente por él, el cortijo del Pincho tendría, sin duda, un precio incalculable: tanto es el cariño que os inspira. "Felicidad, aquello es para nosotras la felicidad", decís las dos, textualmente. Y por un instante me vienen a la cabeza los pobres cortijos que no tuvieron tanta suerte y fueron abandonados por sus dueños, y que sin el calor de una familia que acaricie sus piedras se vienen abajo lentamente, con toda su historia a cuestas, sin que nadie lo pueda remediar.

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    El Cortijo del Pincho o de las Pilas. Fotografía de José Morales Aguado

     Vuestro padre, Fernando, compró esos terrenos a su propietario entonces -un terrateniente de la época- poco a poco, con mucho esfuerzo, con el dinero que iba pagando en renta como colono por las viviendas y la tierra de labor. Allí pasabais largas temporadas con el resto de la familia -"Ocho hermanos éramos: siete hembras y un varón"-, en compañía de otros familiares así como de los muchos trabajadores que os ayudaban en las tareas del cortijo. La moderna carretera que lleva hasta allí era entonces una vía pecuaria; un simple camino de herradura que enlazaba Jayena y Fornes con Las Albuñuelas, frecuentado por innumerables arrieros, pastores con su ganado, jornaleros y trabajadores que, a pie o montados en bestias, pasaban por la misma puerta de vuestra casa. Tan al paso quedaba, que a todos los efectos el cortijo del Pincho funcionaba como una venta en la que muchos viajeros -por no decir todos- paraban a descansar del camino, beber agua, echar un ratico de conversación con vuestro padre y comerse un buen plato de migas o puchero. En la chimenea había siempre una olla de grandes dimensiones en la que hervían los garbanzos y el tocino, o una sartén repleta de migas, de aquellas que tenían abrazaderas y mango largo para cogerlas, "porque eran tan grandes como el vuelo de una mesa camilla", dice Fernanda. Incluso las familias de gitanos errantes, que pasaban por allí ocasionalmente con su colorida parafernalia de burros y caravanas, se quedaban a comer con vosotros. Con todos os llevabais bien.

     Cultivados principalmente de cereales -trigo, cebada, garbanzos, lleros, mánganos, habichuelas-, aquellos terrenos, diligentemente explotados, daban de comer a muchas familias de Jayena y Las Albuñuelas, pues con vosotros trabajaban y vivían, según la temporada, las familias del pastor, del porquero, del gañán, del trillero, del segador… "Casi medio Jayena andaba por allí", dices tú. "Bregando unos y otros, todo el día para arriba y para abajo; navegábamos mucho, pero éramos muy felices y el cortijo parecía que tenía agua bendita, porque todo el mundo estaba a gusto", añade Fernanda con una sonrisa que, en verdad, es mucho más explícita que sus palabras..

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    La familia de Ana al completo con sus padres, sus hermanos y los novios de algunos, durante la feria de Jayena, principios de los años cincuenta del siglo XX

     Se me va el santo al cielo atendiendo a vuestro relato; describís todo tan bien que es como vivir los hechos con vosotras. Que en la casa se hacía la comida para todos a diario, dueños del cortijo y trabajadores; que los cerdos se criaban por piaras, de manera que en vuestra casa no se hacía una, sino varias matanzas -desde el mes de septiembre hasta la misma Navidad-, porque hacía falta mucho de todo para dar de comer a tanta gente. Que había un gran horno en el que hacíais el pan, el pan de aceite y las magdalenas y otros dulces, y que en la época de "la cabaña" aquello era un no parar también, con la fabricación de los quesos y requesones.

     Que también hubo momentos amargos, y es que la guerra civil y su consecuente posguerra os sorprendieron moceando, contáis. Las cosas de la vida, que a veces juega así de cruelmente con nosotros. Cuánta dilapidación de alegrías, ilusiones y proyectos de futuro, perdidos para siempre durante esos años para tantas muchachas -y no digamos ya muchachos- de tu edad entonces, Ana. Recuerdas cómo os dieron aviso de que debíais marcharos del cortijo cuanto antes, porque algunos iban prendiendo fuego a las casas -en el incendio de la iglesia se calcinaron muchos documentos importantes de Jayena y sus habitantes, entre ellos tu partida de nacimiento-. Os fuisteis todos, deprisa y corriendo, camino de Las Albuñuelas, literalmente con lo puesto -incluida una olla llena de puchero que estabais a punto de comeros cuando se os avisó- y sin querer, o sin poder aunque hubieseis querido, mirar atrás. El cortijo del Pincho quedó, como otros, arrasado por el fuego, así como sus campos y muchos de sus animales.

     Tras un tiempo viviendo primero en Las Albuñuelas y luego en Alhendín, volvisteis a vuestra casa de la calle Carril, y poco a poco fuisteis reconstruyendo el cortijo y sus dependencias. Aunque no todo había concluido: todavía os quedaba por pasar la época de "los de la sierra", que añadió más miedo a vuestro miedo. Cada cierto tiempo, los maquis se acercaban a vuestra casa en busca de suministros que llevarse a las montañas -herramientas, sacos llenos de panes, quesos y tocino-; afortunadamente nunca os hicieron daño, a ninguno. ¿Y qué decir de cuando llegaron las hambres? La gente de los pueblos acudía a espigar, como podía, a eras y sembrados; algunos pobres ancianos famélicos de aquellos que iban pidiendo pan por los cortijos llamaban también a vuestra puerta; vuestro padre les daba de comer y luego les permitía que se llevasen con ellos un poco de grano. "Llenad las talegas en el pez de trigo que hay en la era", les decía, compadecido de tanta necesidad. "El pez era el montón de grano que se quedaba después de trillar y aventar, que era alargado, así como con la forma de un pez", aclara Fernanda.

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    Fernanda, a la izquierda, y Ana, a la derecha, en el cortijo del Pincho

     Con el tiempo os hicisteis mayores, convirtiéndoos en unas guapas mozuelas a las que rápidamente salieron pretendientes. A ti, Anita, te pidió relaciones aquel muchacho tan apañado de Las Albuñuelas, Joaquín García Navarro se llamaba, ¿verdad? Venía a la fuente del cortijo porque trabajaba en una caldera de extracción de esencias de plantas aromáticas, que se ponía allí por temporadas. Al poco de conoceros Joaquín quiso convertirse en guardia civil, y cuando os casasteis -en Jayena, como no podía ser de otro modo- llegó para ti el momento más esperado y temido a un tiempo: el de dejar tu casa y tu tierra por primera vez; una ausencia que no imaginabas duraría tantos años, hasta la jubilación de tu marido.

     Muchos han sido los pueblos y ciudades donde os llevó la profesión de Joaquín: vuestro primer destino fue Vélez Rubio, al que siguieron varias localidades de la provincia de Albacete; por último, recalasteis en Barcelona. En un principio Joaquín intentó solicitar destino cerca de Jayena, pero fue vano el intento: los mandos militares consideraron que el guardia civil y su familia debían ser castigados a no volver a su tierra por haber tenido Joaquín un pariente en Las Albuñuelas que se había unido a los guerrilleros de la sierra. Durante todos esos años fuera de Jayena -de Granada- tuvisteis siete hijos, y cada permiso que se concedía a Joaquín lo aprovechabais sin dudar un segundo para volver a vuestro pueblo, y sobre todo al cortijo del Pincho.

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    Joaquín, Ana y sus siete hijos, en una plaza de la ciudad de Barcelona

     Volvisteis definitivamente a Jayena cuando, al cumplir los sesenta años, Joaquín se jubiló. Teníais muy claro que queríais regresar al lugar de vuestras raíces después de tanto tiempo; habitar de nuevo en la casa donde naciste, Ana, para cerrar, de alguna forma, el círculo de tu vida. Cuando Joaquín falleció tú continuaste adelante, siempre adelante con tu buen ánimo por bandera. Tus siete hijos se hicieron mayores y terminaron -como vosotros a su edad- haciendo sus vidas fuera, también: Barcelona, Tarragona, Madrid, Motril y Granada capital. Hoy, lejos de estar sola, tienes a tu lado a dos de tus hermanas: Fernanda, de ochenta y cinco años, y Encarna, de ochenta y siete; las tres junticas -"las Pinas", como se os conoce en Jayena- sois las últimas representantes de aquella gran familia que regentó el cortijo del Pincho. Aunque la vida siempre compensa: ahora tú eres la cabeza visible de otra gran familia, la tuya propia: tus siete hijos, diez nietos y una biznieta, que te visitan a menudo, cada vez que pueden. Entonces aprovecháis para reuniros, como siempre, en el lugar en el que más os apetece estar: en el cortijo, que como un gigantesco imán atrae a toda la familia; allí cabéis todos -hijos, nietos, hermanos, tíos, sobrinos…- y sois felices por igual. Como si el corazón de varias generaciones de Funes se hubiese convertido en uno solo, y estuviese ubicado allí.

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    La familia Funes se reúne en el cortijo del Pincho siempre que tiene ocasión

    Ana, te acordarás de José Morales Aguado, el hijo de "Moralicos"; ya sabes, el antiguo gañán del cortijo. Trabajó durante muchos años con vuestro padre, y José se crió allí con vosotros, con tu familia, ayudando en pequeñas tareas como guardar los chotillos o llevar a los cerdos a comer al rastrojo; incluso acompañando a algunas de tus hermanas a la fuente, para que no fuesen solas. Pues, ¿sabes una cosa? Tiene que ser verdad lo que dice tu hermana Fernanda acerca de que el cortijo "tiene agua bendita", porque este otro Moralicos -heredó de su padre el cariñoso diminutivo que le pusisteis- también guarda, de su paso por aquella vuestra casa, recuerdos muy gratos.

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    José Morales Aguado se crió como trabajador en el cortijo del Pincho

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    El cortijo del Pincho, en la actualidad
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     Nos acercamos al cortijo hace unos días y, dando un paseo, completamos un breve recorrido por las casas y sus alrededores. Ahora, el terreno que antaño fueron campos de cereales, está sembrado de añosos y retorcidos almendros, que resisten verdes a pesar de la sequía de este año. La antigua casa familiar en la que vivíais está restaurada, y los viejos corrales y pajares convertidos en viviendas rehabilitadas por y para toda la familia. También para José, como trabajador, la vida en el cortijo del Pincho fue buena: "Aquí nunca nos faltó de nada, ni siquiera el pan, que entraba también en el pago de mi padre: una hogaza diaria de las que había entonces, de setecientos gramos", recuerda Moralicos. "Todas las mañanas me acercaba yo a la casa y decía: 'buenos días, que vengo a por el pan de mi papa'. Y me entregaban mi hogaza. En el cortijo además de cultivos había mucho ganado, y cuando se hacían los requesones, en la época de la cabaña, me llamaban a mí siempre para rebañar las ollas. ¡Lo bueno que estaba aquello…! Hasta teníamos nosotros cedido un rodalillo de terreno para plantar nuestros garbanzos, habichuelas y tomates y otras cosas. La familia Funes siempre nos trató muy bien, de verdad que yo no tengo de aquí nada más que recuerdos buenos. Me acuerdo todavía de algunos compañeros que trabajaban con nosotros: Paco Gaspar; un pastor al que le decían 'Sombrerón'; un trillero que venía de la zona de la costa, que ahora no me viene el nombre a la cabeza…"

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    Un banco de piedra tallado frente a las viviendas; debajo, Ana y Fernanda abrazadas, a la izquierda de la imagen, junto a otros familiares

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    Las mujeres del cortijo haciendo la matanza. A la derecha, Fernanda

     Fuimos también a ver la fuente de la que obteníais el agua para el gasto de la casa. Se encuentra al final de un caminito que en otros tiempos fue sendero, a unos cincuenta metros de las casas, y que -como curiosidad- cae en el término municipal de Las Albuñuelas. Moralicos contaba que aquella había sido una fuente alta, de caudal abundante, que tenía una teja por caño y alimentaba, un poco más abajo, a una gran alberca. Hoy continúa manando el agua, pero el terreno se ha ido rellenando por las lluvias y el poco uso, y aparece muy cambiada respecto a como debió ser en esa época. Aun así, se puede reconocer todavía el lugar donde estuvo la alberca, que ahora es una charca rodeada de juncos y tomada al asalto por ranas de todos los tamaños. Pero hay que reconocer que incluso en su actual estado, sigue siendo éste un bonito paraje, Ana.

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    El camino que lleva a la fuente

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    Un hilillo de agua mana del caño; más abajo, los restos de la alberca en la que se lavaba la ropa y se bañaban animales y personas

     Luego caminamos hasta a la era, situada en un pequeño altozano al otro lado de la carretera, con sus impresionantes vistas a la sierra de la Almijara. La explanada empedrada, aunque en buen estado, se encuentra hoy en completo desuso -lógicamente, pues ya no se cultivan cereales en el cortijo-. Antes de que esa vía de asfalto la separase de las casas se llegaba hasta ella por una corta vereda bordeada de trigales, verdes en primavera y dorados en verano, por la que incontables cargas de grano y paja, cuenta Moralicos, subían y bajaban a diario en la época de la cosecha.

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    La era del cortijo del Pincho

     Con los años y el inevitable cambio generacional, el cortijo del Pincho ha ido pasando a manos de vuestros descendientes, pero continúa íntegramente en poder de la familia Funes; ahora son vuestros hijos, sobrinos y nietos quienes, lejos de desprenderse de la finca, continúan, cada uno a su ritmo, arreglando y acondicionando las viviendas por dentro y por fuera. El futuro de vuestra ancestral casa de campo, desde luego, no puede ser más halagüeño. Todo indica que ese lugar continuará formando parte de vuestras vidas durante muchos años más.

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    Interior de distintas estancias del cortijo, reformadas conservando sus elementos originales. Fotografías, archivo de la familia Funes

     Hace unos días, Ana, te llevaste una gran sorpresa, que no por inesperada deja de ser bien merecida. En plenas fiestas de tu pueblo recibiste una bonita muestra del respeto de tus vecinos, con la alcaldesa Vanessa Gutiérrez Pérez al frente de todos, que te homenajearon cariñosamente por ser la mujer -en realidad, la persona- más mayor de tu pueblo, junto con tu también vecino Antonio Salcedo Dionisio, cuatro años más joven que tú. Ambos recibisteis el cariño de Jayena en forma de un ramo de flores, una placa conmemorativa, el abrazo afectuoso de vuestra alcaldesa y el aplauso sincero de vuestros paisanos en un día que, seguramente, no olvidaréis ya, ni Antonio ni tú.

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    Dos momentos de la celebración junto a la alcaldesa de Jayena, Vanessa Gutiérrez, y Ana, su hija

     La vida continúa. Y al igual que el cortijo del Pincho, tú también permaneces, Ana, aparentemente frágil pero resistiendo con firmeza el embate permanente del día a día. Hoy vives feliz y recogida -con tu gato Mir y dos gallinillas que cuidas en el patio- en la casa donde naciste hace noventa y cinco años, y donde seguramente terminarás tus días. Eres además una mujer que discretamente, sin aspavientos -como has hecho toda tu vida-, se esfuerza a cada minuto por continuar siendo independiente y no dar quehacer a nadie: acudes a comprar al supermercado de Adrián Aguirre, te acercas al banco para sacar tu dinero, vas a la peluquería cuando te hace falta y te gusta llevar las cuentas de todo lo de tu casa. Y siempre con la sonrisa, con tu sempiterna sonrisa dibujada en la cara. Ese empeño tuyo por sentirte útil y activa es, con certeza, lo que te ayuda a serlo plenamente.

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    Las hermanas Funes Díaz están tiernamente unidas

     Las personas como tú dais lecciones de vida, amiga Ana. ¿Y sabes por qué? Pues porque no se dejan vencer por la melancolía ni se arrinconan a sí mismas; porque a pesar de sus efectos evidentes, no se amilanan ante la invisible e implacable mano del tiempo. Olvidándote de los años y los achaques tú te arreglas, te pones guapa -sí, guapa- y sales a la calle; vas y vienes, dejas que tu mirada se enrede en la hermosura de las cosas y abres tus oídos a la música que otros producen, pero que atesoras con las mismas ganas de siempre -y feliz de poder hacerlo-, antes de que todo se lo lleve el invierno. Es el camino por el que has decidido avanzar, el camino que crees mejor. Gracias por mostrárnoslo a todos.

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    Texto y fotos: Mariló V. Oyonarte



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    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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