Un héroe en mangas de camisa: Pepe Sales, el del Cerezal

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    Hay muchos tipos de héroes. Unos son fácilmente reconocibles porque cubren sus hombros con una pomposa capa hecha de fama, orgullo y afectación; otros, en cambio, pasan desapercibidos ya que prefieren vestir ropas sencillas. Pepe Sales es uno de ellos.

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     Sierra Tejeda, o lo que es casi lo mismo, la Maroma. Con el corazón dividido entre las provincias de Málaga y Granada, resulta inconfundible y magnífica en cualquier época del año. Pintada de azul en verano y de blanco en invierno, surcada por veredas invisibles en la distancia que conducen hasta su descomunal vértice geodésico, es la cumbre más elevada del Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama y una de las más populares. También es el lugar de asentamiento de históricos núcleos de población que se aferraron a sus laderas hace siglos -pueblos, pedanías, cortijadas, ventas y casas aisladas- y prosperaron, en mayor o menor medida, gracias a sus abundantes recursos naturales. Muchos de ellos se perdieron para siempre; otros permanecen habitados y, por lo tanto, vivos todavía.

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    Un arroyo desciende desde la Maroma, entre cascadas en miniatura que borbotean sobre un lecho de guijarros blancos

     Sierra Tejeda o la Maroma, que no se conciben la una sin la otra, y, muy cerca, la hermosa ciudad de Alhama de Granada. En su término municipal, al pie de la sierra, se encuentra el cortijo del Cerezal Alto, limitando con espesos pinares y profundas barranqueras orientadas al norte que encauzan arroyos de aguas transparentes. Y en ese cortijo, al cuidado de una casa que no ha dejado de habitarse durante generaciones y de unos terrenos que se cultivan desde que los primeros labradores llegaron a esas tierras, un genuino hombre de campo llamado José Márquez Márquez, a quien todos conocen mejor por su apodo: Pepe Sales.

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    José Márquez Márquez, Pepe Sales

     Escogimos para ir a verlo un día de principios de verano -cuando todavía no apretaba el calor- en el que nos dieron la bienvenida un agreste paisaje típicamente serrano y un cielo de un azul prístino, surcado por nubes blancas que parecían desplazarse a cámara lenta. En su casa del Cerezal Alto se encontraba Pepe, departiendo cordialmente con su hijo mayor y unos amigos comunes -Pedro Aguilar y Jesús Cuartero, con quienes ha colaborado en varios proyectos editoriales gracias su profundo conocimiento de esas montañas-. Tras los saludos iniciales y la posterior marcha de sus invitados, nuestro anfitrión se dispuso a atendernos con toda la amabilidad que suele desplegar este hombre de trato sencillo y carácter acogedor, que hacen que, en su compañía, uno se sienta cómodo al instante.

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    De izquierda a derecha: Pedro Aguilar, Pepe Sales y Jesús Cuartero, en la entrada del cortijo Cerezal Alto

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    Tarzán, el mastín, dormita echado a la sombra del muro, guardando -en teoría, pues es un perro tranquilo y amistoso- la entrada al cortijo

     Quiso Pepe, antes que nada, mostrarnos su casa, de la que se siente lícitamente orgulloso. Fue restaurada con sus propias manos y las de sus familiares a lo largo de muchos años, con todo el cuidado y fidelidad al estilo original del cortijo del que han sido capaces. Gracias a ello el Cerezal Alto, que lleva generaciones en manos de su familia y que él decidió convertir en su hogar permanente -pues la vida de campo es la única que le gusta-, luce hoy mejor que nunca. Pepe y los suyos reacondicionaron con laboriosa dedicación -casi con mimo- las tres pequeñas viviendas originales de que constaba el cortijo para convertirlas en una sola casa familiar con varias habitaciones y estancias útiles para el trabajo cotidiano del campo, más unos corrales y otras dependencias. Su propiedad no se convirtió, como muchas de esa misma zona, en un lugar ruinoso y dejado de la mano de Dios, sino que toda la familia reinvirtió allí esfuerzos y ganancias roturando y manteniendo campos de cultivo, reparando fuentes y cercas, conservando y acondicionando caminos, acequias y corrales y modernizando el cortijo -que tiene hasta teléfono, aunque aún no ha llegado la electricidad- en la medida de sus posibilidades.

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    Corredor de acceso al patio interior y vivienda principal

     Todo en este lugar respira el amor y respeto incondicionales que siente la familia Márquez por el pasado del Cerezal Alto, sensación que se percibe nada más cruzar el umbral de su casa. Cada piedra cuidadosamente restaurada, cada utensilio conservado con cariño y expuesto en el zaguán a la mirada de quienes les visitan, rinden cumplido homenaje a las usanzas y costumbres de otros tiempos. Una amplia colección de arcaicos enseres y aparejos -algunos útiles todavía, otros ya del todo obsoletos- cuelga de un muro de piedra, contando una digna historia de vidas transcurridas entre el ajetreo del campo y los quehaceres tradicionales; evocando un pasado indudablemente arduo, pero tal vez más acogedor y más humano. Todos y cada uno de los objetos expuestos pertenecieron a esa casa y sus habitantes. "Estas cosas las vi yo en manos de mis abuelos y de mis tíos", afirmaba Pepe, "y en vez de tirarlas cuando ya no hicieron falta, las guardamos aquí para tenerlas de recuerdo".

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    Cuidadosamente conservados y colocados se muestran los enseres que formaron parte de la vida cotidiana de los antiguos habitantes del cortijo
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     Entre otros objetos llamó nuestra atención un pequeño hornillo portátil, de aquellos que se encendían con leña menuda e incluso con trocitos de carbón, que sirvió para calentar los alimentos lejos de la casa, en las heladas intemperies de otros inviernos, cuando un plato de comida bien caliente -que reconfortase cuerpo y alma- era indispensable para afrontar la dura tarea diaria.

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     Reparamos también en una elemental -pero efectiva- trampa de madera diseñada para atrapar pequeñas "alimañas", como se denominaba en otra época a ratas y ratones, lirones, musarañas y otros animalillos hambrientos que solían frecuentar casas y graneros. Estos micromamíferos representaban a menudo un considerable quebradero de cabeza para las gentes del campo -cuando contaba cada grano de cereal que se perdía- por su natural instinto de roer y devorar todo lo que encuentran a su paso.

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     Y el imprescindible candil de aceite, hoy definitivamente apagado, que iluminaba las oscuras noches sin luna de antiguamente. Su presencia no faltaba dentro de la casa, cuando las mujeres se reunían a remendar la ropa bajo su luz temblona y amarillenta, ni fuera de ella, pues los hombres lo utilizaban para echar una última mirada a los animales del corral, antes de retirarse a descansar. El sempiterno candil, testigo silente de largas conversaciones alrededor de la lumbre y de dulces veladas "pelando la pava" -eso sí, ante los padres de la novia, que una pareja no debía quedarse sola antes de contraer matrimonio-, mientras en la imaginación de los pretendientes resonaba esa temida estrofilla que los futuros suegros recitaban -medio en broma, medio en serio- cuando consideraban que la visita se alargaba demasiado:

    "El candil se está apagando,
    y en la alcuza no hay aceite.
     Ni te digo que te vayas,
     ni tampoco que te sientes…"

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    En un ángulo del patio se conservan, en perfecto estado y listas para ser usadas, una práctica chimenea y un juego de trébedes que se utilizan durante las labores de la matanza -para cocer cebollas y distintos tipos de embutidos- y para preparar generosas raciones de comida en grandes sartenes, los días de fiesta en los que se reúne allí toda la familia. Justo enfrente hubo, en otros tiempos, un horno para cocer el pan, que se eliminó en una reforma posterior porque ya no se utilizaba y ocupaba mucho espacio.

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    Hasta el último rincón del cortijo evidencia el cariño con el que se ha ido recuperando
     
     Pepe Sales nos invitó a pasar al interior de su casa y a sentarnos a su mesa -"De mi casa no os vais a ir sin comer", dijo llanamente-. Compartimos pues, con él y José Antonio, su hijo mayor, un delicioso almuerzo a base de verduras cultivadas por ellos mismos y un delicado vino del terreno, también de elaboración propia. En la intimidad de su hogar, pausadamente, pude observarlo con atención mientras nos contaba algunos detalles de su vida. Tiene seria la mirada y las facciones agradablemente curtidas, propias de un hombre que ha pasado toda su vida expuesto a las inclemencias de muchos inviernos y veranos aguantados -disfrutados también- en las montañas. La expresión de su cara es ciertamente sobria, pero tras esa compostura -no aprendida, sino nacida de muy adentro- acecha una sonrisa sincera, de hombre íntegro, que conserva intactos el ancestral sentido del honor y la caballerosidad que tenían antes los hombres del campo, aquellos que tasaban con mesura gestos y palabras, y de los que tan poquitos, desgraciadamente, quedan ya.

     Nuestro hombre nació en el año 1939, poco antes de que concluyese la Guerra Civil, en el cortijo del Robledal Bajo, que era a la sazón propiedad de su abuela materna y donde sus padres se alojaban por aquel entonces. Las faldas de Sierra Tejeda estaban salpicadas de cortijillos y ventas diseminados por todas partes, fincas aquellas generalmente de mediano tamaño, habitadas por laboriosas familias de condición modesta que mantenían animado el lugar con su continuo trajinar. Cuando Pepe cumplió los siete años su familia se trasladó al vecino cortijo del Cerezal Alto, que se convirtió desde aquel momento en su hogar -el único que ha querido desde entonces-, donde su familia continuó creciendo, al nacer allí sus dos hermanos menores. Entonces el caserío constaba de tres viviendas de reducido tamaño, en las que se acomodaron Pepe, sus padres y sus cinco hermanos junto con otros familiares.

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    El cortijo del Robledal Bajo, lugar de nacimiento de Pepe Sales, en la actualidad

     En su diminuta casita -de la que hoy ocupa el espacio una cocina recientemente reformada- se acomodaron los ocho, haciendo la vida en una habitación con chimenea, un dormitorio en el que dormía toda la familia -los más pequeños en la cama de sus padres y los mayorcitos a su lado, en un catre apañado con cuatro palos y un colchón de farfollas de maíz- y una cámara superior, que utilizaron primero como granero y después acondicionaron como segundo dormitorio, cuando los muchachos fueron creciendo.

     Pepe continuó su narración mientras caminábamos junto a él hacia uno de sus lugares predilectos: el Cerro del Cerrajón, un monte que se encuentra a las espaldas del cortijo y desde cuya cima, redondeada y coronada de rocas, se disfruta de una amplia panorámica. Aquella posición nos permitió conocer los terrenos y lindes del actual cortijo Cerezal Alto, al que pertenece una propiedad de cuarenta fanegas de extensión. A pesar de sus setenta y ocho años, nuestro amigo subía delante de nosotros con paso ágil y seguro por la empinada ladera que asciende envuelta en olor de romero y mejorana, animado seguramente por la perspectiva de descubrirnos, desde ese punto elevado, la belleza de su lugar. Ese día, además, el campo lucía espléndidamente bajo aquella atmósfera pura, diáfana e inefablemente luminosa de finales del mes de junio.

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    Desde el vértice de piedra del Cerro del Cerrajón, la panorámica de toda la cara norte de Sierra Tejeda y sus estribaciones es imponente

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    En el horizonte la cumbre invisible del Pico Tejeda, más conocido como la Maroma

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    Cortijo del Cerezal Alto desde la ladera del Cerro del Cerrajón

     Pepe miraba a la lejanía y, extendiendo el brazo, señalaba uno por uno y por sus nombres ancestrales -los que les dieron los lugareños- cada cima, barranco y vaguada, cada río y cada arroyuelo, porque todos tienen unos apelativos locales que, hasta que Jesús Cuartero y Pedro Aguilar no los recopilaron para la Editorial Piolet, apenas constaban en los mapas. De la misma forma describía los cultivos que recogían cuando se hacía la "cosecha de la caña", es decir, de cereales y legumbres: garbanzos, trigo, avena y avenate, beza, lentejas y lentejillas morunas -especiales para alimentar al ganado-, y las vegas a la orilla del río en las que cultivaban el "verdeo", esto es, las hortalizas: tomates, cebollas, patatas, pimientos, habichuelas y demás verduras, todo para el consumo de la casa. Eran tiempos laboriosos en los que trabajaba toda la familia: mayores y pequeños, varones y hembras, allí no se escapaba nadie de la faena diaria ya fuese arando, segando, trillando, pastoreando el ganado u ordeñando cabras y ovejas. Y claro, con tanto quehacer, de lo último que tenían tiempo los niños del Cerezal Alto era de acudir a la escuela. Pepe Sales decía: "Yo pisé la escuela por primera vez cuando llevé allí a mis hijos, pero aprendí a leer, escribir y a lo más preciso por un maestro que venía varias veces a la semana a darnos clase por los cortijos".

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    La vega dedicada al cultivo del "verdeo" sigue siendo la misma, aunque ahora se dedica menos terreno a ese menester
     
     Así era; un maestro ambulante, don Francisco Villalobos, natural de la cercana localidad de Canillas de Aceituno -al otro lado de Sierra Tejeda- era el encargado de instruir en lo más básico a los niños cortijeros; el buen hombre recorría a pie aquellos caminos y se quedaba a dormir donde le viniese bien para continuar con sus clases al día siguiente. Parece ser que era conocido por su seguimiento al pie de la letra del refrán "La letra con sangre entra", pues solía tener la mano algo larga a la hora de tratar con sus alumnos, pero desde luego enseñaba, y enseñaba bien. Pepe Sales refería que en el Cerezal Alto se reunían ocho niños -él, sus hermanos y los chiquillos que venían del vecino cortijo de Venta Palma- para dar clase todos juntos. Don Francisco cobraba cinco duros al mes por cada alumno, honorarios que no estaban mal para los tiempos que corrían.

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    La era del cortijo, hoy en desuso; a la derecha unas ovejas en el corral, al que da sombra una frondosa higuera

     La familia de Pepe era autosuficiente, y lo poco que les faltaba acudían a comprarlo a Alhama o a la cercana Venta de Rodríguez -propiedad de un hermano de su padre-, donde se había instalado un pequeño economato en el que los habitantes de los alrededores podían adquirir ciertos artículos con los que no contaban en los cortijos: aceite, azúcar, harina, arroz, etcétera. Durante la posguerra pasaron necesidad, como en todas las casas; Pepe recordaba las famosas cartillas de racionamiento con las que acudían a Alhama a recoger la escasa asignación de alimentos y otros bienes de primera necesidad -pesados al gramo y medidos al milímetro- que correspondían a cada familia.

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    Hace muchos años que ya no vive nadie en la Venta de Rodríguez; aun así sus propietarios la siguen manteniendo para que no se venga abajo

     Luego llegó la posguerra y los oscuros tiempos de la lucha antifranquista, que se extendieron por todas las sierras de España y que alcanzaron, cómo no, a Sierra Tejeda. En uno de aquellos enfrentamientos entre la guardia civil y "los de la sierra" o guerrilleros maquis -entre los que también se ocultaban estraperlistas y otros delincuentes comunes- perdió la vida un miembro de la familia de Pepe, su tío Francisco Márquez Navas, hermano de su padre, al que un mal día se llevaron de su propia casa. Al poco tiempo su familia colocó una cruz de piedra al pie del Barranco de las Piletas, lugar cercano al punto donde el pobre Francisco cayó.
     
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    En la cruz de piedra que recuerda el nombre de su tío, caído muy cerca de ese lugar

     Pepe prosiguió su relato. "Éramos pobres pero tampoco nos faltaba de lo importante, y aunque era una vida de mucho trabajo para todos, estábamos conformes porque no conocíamos otra cosa". Cuando llegaban las fiestas de Alhama o de Játar -la función, como se les llamaba antiguamente-, los jóvenes se marchaban allá a pie o subidos en una borriquilla, con un hato de ropa limpia y zapatos de vestir liado en una taleguilla de tela para cambiarse luego y componerse justo antes de entrar en el pueblo. De esta manera llegaban presentables a la feria, con el calzado libre del polvo del camino y los vestidos de sus hermanas, guapas por cierto como ellas solas, perfumados de membrillo o alhucema.

     Pepe Sales no ha salido en toda su vida del cortijo, desde que llegó allí con siete años, porque sencillamente no quiere vivir en otro sitio. Tan sólo se alejó de su terreno los quince meses en los que cumplió con el servicio militar, que lo llevaron hasta Almería y Granada. Fue al término de éste cuando conoció a la que sería su mujer, una guapa jovencita llamada Francisca Rodríguez García -Paquita para todos- que vivía en el cortijo de El Alcornocal -hoy completamente abandonado-, y con la que, después tres años de relación, se casó en el año 1968. Con ella comenzó la etapa más dichosa de su vida: la aventura de crear su propia familia.

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    En el día de su boda con Paquita, junto a los padres de ambos

     Los recién casados se instalaron en el cortijo del Alcornocal con los padres de Paquita hasta que, pasados tres años, se mudaron definitivamente al Cerezal Alto, que se convirtió a partir de entonces en el hogar definitivo de Pepe, su mujer y sus dos hijos, José Antonio y Manuel. Fue aquella la época más feliz, sosegada y fructífera de las vidas de ambos, durante la cual prosperaron en el cortijo y sacaron a sus hijos adelante. Cuando los chicos estuvieron en edad escolar fueron enviados a estudiar a Granada, al tiempo que Pepe y Paquita continuaban trabajando sin descanso, allá en Cerezal Alto. Los pequeños José Antonio y Manuel finalmente crecieron, se casaron y se instalaron en Alhama de Granada, ya con sus propias familias; mientras tanto Pepe y Paquita compraron una vivienda en el pueblo, aunque sin dejar su vida apacible en la casita del Cerezal.
     
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    Pepe Sales durante su servicio militar. A la derecha Pepe y Paquita. Ella era muy apreciada por su dulzura y simpatía con todo el que se acercaba al cortijo a visitarlos

     Pero el tiempo pasaba irremisiblemente, y con él llegaron el progreso y el abandono paulatino de los modos de vida rurales. Mientras los cortijos de los alrededores se iban quedando vacíos porque sus habitantes no encontraban más solución que emigrar a la ciudad, Pepe Sales y su mujer se aferraron con decisión a su campo y sus animales, manteniendo vivas la casa, las tierras y una larga tradición familiar como labradores y ganaderos.

     Los tiempos estaban cambiado, sí, y en más de un aspecto. "Empezamos a ver más excursionistas que cortijeros por estas sierras", nos contaba Pepe. "Yo me los encontraba camino de la Maroma muchas veces, unos iban perdidos en la niebla, otros se habían accidentado, alguno hasta con los huesos rotos me lo encontré, tirado a la orilla del camino, y tuve que cargármelo a las espaldas hasta mi casa porque cómo iba a dejar allí a esa criatura. Han sido muchas las veces que me he visto en esas, siempre procurando ayudar en lo que podía, yo y mi mujer también, que no fueron pocos los que me llevé a mi casa para socorrerlos y darles algo de comer. Paquita y yo dábamos aviso a las autoridades y a las familias de que los había encontrado; no fueron pocos tampoco los que se quedaban a dormir aquí en el cortijo si les pillaba la tormenta, la nieve o lo que fuera, y siempre lo hacíamos muy conformes porque, ¿qué otra cosa íbamos a hacer? Cuando te encuentras a alguien en una situación de esas lo único que te sale es ayudarle en todo lo que buenamente se pueda".

     Efectivamente. Con el auge de los deportes al aire libre, excursionistas y paseantes de todo tipo comenzaron a frecuentar -muchos de ellos sin la preparación o equipación adecuadas- los parajes que antes fueran territorio exclusivo de pastores y labradores, expertos conocedores de aquellas montañas. Dados la excelente predisposición y conocimiento de Sierra Tejeda de Pepe Sales, nuestro amigo ha tenido la oportunidad de ayudar a muchas personas -y de salvar vidas, sin duda alguna-, en multitud de ocasiones y de la forma más altruista y compasiva que se pueda imaginar. Del mismo modo cazadores, agentes de la Guardia Civil, guardas forestales e incluso estudiosos del terreno como sus amigos Pedro Aguilar y Jesús Cuartero, han contado con la amplísima experiencia de Pepe siempre que lo han precisado porque Pepe Sales es, ante todo, un hombre generoso que -desde la modestia más absoluta- disfruta siendo útil y poniendo todo lo que tiene a disposición de quien lo necesite.

     El merecido reconocimiento a esta labor de entrega le llegó en el año 2001 gracias al acreditado Patronato de Estudios Alhameños, que le otorgó el Premio 'A una labor alhameña' en el Salón de Actos del Ayuntamiento de su ciudad, Alhama de Granada. "Yo venía de arar en el campo y me llamaron por teléfono para decirme que me daban un premio, y yo ¡no sabía por qué!", comentaba Pepe sonriendo. "Me alegré mucho, y ese día vinieron toda mi familia y mis amigos a verme cuando me lo entregaron, qué buen rato pasamos".

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    Dos momentos del solemne acto de entrega de su premio "Alhama" a José Márquez Márquez

     José Márquez Márquez, Pepe Sales, ya está algo cansado y, aunque goza de buena salud, ha delegado en su hijo mayor el cuidado del Cerezal Alto. Viudo recientemente, marchó durante unas semanas a Barcelona en compañía de sus familiares, pero ello sólo le ha servido para reafirmarse en algo que ya sabía: para él no existe otro lugar en el mundo donde reclinar la cabeza y descansar que en su amado Cerezal Alto, la tierra que fue testigo de las vidas de sus antepasados y de la suya propia. Allí no se encuentra solo, pues su hijo José Antonio acude a diario a cuidar del campo y los animales y el resto de la familia -sus hermanos, su hijo Manuel, sus nueras, sus cinco nietos y ese biznieto que llegará muy pronto, con el otoño- van a verlo con frecuencia. Hasta su querida Paquita permanece allí de alguna forma, acompañándolo en todo momento, igual que hizo en vida. "Tengo tranquilidad y el cariño de mi familia y mis amigos, ¿qué voy a querer más?", terminó su historia nuestro amigo. Y es así. Pepe Sales goza del cariño de su familia y amigos, y del respeto de sus paisanos y de todo aquel que llega a conocerlo. Imposible desear nada más.

     Existen, en efecto, héroes que legítimamente enarbolan su capa de brillo acerado y deslumbrante, felices de que todos puedan reconocerlos. Otros, como nuestro amigo Pepe, pasan por ser hombres grises y corrientes, que renuncian a ascender a la cumbre y se quedan a vivir, pacíficamente, a la sombra fresca del valle. Porque para conseguir realizarse y dar color a sus sueños -esos que todos tenemos-, no necesitan sentirse admirados, ni envidiados, ni vivir de tejas para arriba. Sólo tomarse con verdadera honestidad la obligación de vivir. Y eso ya los hace brillar con luz propia -más brillante que ninguna otra-, sin capas ni ornamentos de ningún tipo. Per se.

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    Diploma otorgado a José Márquez por el Patronato de Estudios Alhameños

    Texto y fotografías, Mariló V. Oyonarte.
    Con la colaboración de Francisco Ortiz Villarraso.

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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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