Lola Mari y el regreso al hogar

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    No todos los emigrantes ni toda la gente joven se marchan de los pueblos para siempre: hay quienes apuestan por quedarse en sus lugares de origen para intentar salir adelante.

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    Lújar, escoltado por sus montañas, entre el mar Mediterráneo y Sierra Nevada

     En Lújar no se escucha ruido ninguno por las calles. Apenas circulan coches y no hay comercios o tiendas que congreguen a sus puertas los inevitables y parloteantes corrillos de vecinos; por no haber, ni siquiera hay un colegio. El silencio y la tranquilidad son los dueños indiscutibles del lugar desde que el grueso de sus habitantes en edad de trabajar emigró con sus familias. No se oye nada, no. Se diría, incluso, que es más fácil escuchar los pasitos acolchados de los perros y gatos que pululan por el pueblo que las voces de sus amos -la mayoría ya ancianos- en esta pequeña localidad situada al sur del macizo de Sierra Nevada, sobre la falda de una montaña que lleva el nombre del pueblo: la Sierra de Lújar.

     Su historia, como la de todos los pueblos, está llena de momentos de esplendor a los que siguieron otras tantas etapas de decadencia. Lújar posee también su particular tesoro natural: la sierra -que por desgracia sufrió un incendio en el verano de 2015, del que aún continúa recuperándose-, de cuyos recursos dependió directamente la vida de la población durante siglos. Dicen los papeles que Lújar y sus pedanías reúnen una población cercana a los quinientos habitantes, pero quienes habitan allí afirman que a lo largo del año no son muchos más de cien, y que es sólo durante el verano, cuando vuelven algunas familias para descansar y visitar a sus parientes, cuando el pueblo se anima un poco más. Afortunadamente el turismo rural y la presencia cada vez más frecuente de foráneos errantes, incansables buscadores de rincones anónimos, calmos y bucólicos a sus ojos, ayudan a que esta pequeña localidad- mal que bien- siga adelante.
     
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    Las empinadas calles lujeñas no han perdido, con los años, su sencillo tipismo
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     "Aquí no tenemos ruidos de ninguna clase y se vive a gusto, esa es la verdad" comentan Lola Mari y Mariluz, dos vecinas de Lújar. "Somos todos como una familia grande, con sus más y sus menos, desde luego, pero con mucho cariño también, porque nos conocemos las familias de mucho tiempo. Aunque también es verdad que no hay trabajo para la gente joven, que las comunicaciones con otros sitios no son buenas y que el pueblo está lleno de cuestas, y eso a las personas mayores, que son la mayoría, no les gusta porque les resulta trabajoso moverse de un sitio a otro. Por eso, Lújar se está quedando vacío. Los que seguimos viviendo aquí lo hacemos por apego, por cariño a nuestro pueblo y a nuestras raíces, porque para nosotros sería mucho más fácil mudarnos a Motril, por ejemplo, que está cerca y tiene de todo", cuentan estas lujeñas, con expresión circunspecta.

     Las dos amigas saben muy bien de lo que hablan. Nacieron y se criaron en Lújar, de donde son oriundas también sus familias, y -cada una por diferentes razones, y por caminos también distintos- optaron por ir contracorriente y quedarse a vivir allí para siempre. Para siempre en un pueblo donde la edad media de sus habitantes no baja de los setenta años; para siempre, en un sitio donde -en principio- las posibilidades de prosperar para dos mujeres como ellas son casi nulas; para siempre, instaladas en un aislado núcleo rural en el que la mitad de las casas están deshabitadas o en franca ruina, y donde la otra mitad se encuentra irremediablemente abocada a sufrir ese mismo destino, si no se hace algo al respecto.
     
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    Lola Mari (a la derecha) y Mariluz (a la izquierda), en casa de la primera. A sus pies Tango, el perro pastor

     Lola Mari Medina Cabrera y su amiga y vecina, Mariluz Ruiz López -de cincuenta y cinco y cuarenta y cinco años, respectivamente- decidieron intentarlo: no abandonar su pueblo y contribuir, con su presencia y actividad, a que Lújar no perezca y continúe, de alguna forma, siendo viable. Cada una a su manera; cada una según sus circunstancias personales. Ambas son mujeres de mediana edad, pero a efectos prácticos parecen las jovencitas de un lugar donde, de un centenar y pico de vecinos, tan sólo tres de ellos son niños menores de diez años -"¡malhaya sea el paso del tiempo!", que dicen los viejos-. Atrás quedaron las pandillas de chiquillos incansables, reidores y bulliciosos que subían y bajaban a la carrera, mil veces al día si era menester, las empinadas calles lujeñas.

     Mariluz, la más joven de las dos, nunca ha dejado Lújar -si exceptuamos el tiempo que dedicó a sus estudios-."Yo tenía pensado irme de aquí", cuenta ella. "Me imaginaba viajando por todas partes, recorriendo el mundo y conociendo mucha gente. Entonces llegó al pueblo un alemán, de estas personas que buscaban para vivir un sitio tranquilo para llevar una vida campera, y lo que pasó fue que nos conocimos y nos enamoramos. Así que me quedé aquí con él, por amor", dice ella con una sonrisa blanca, que le ilumina el rostro. "A mí me gusta mucho mi pueblo, me encantan los animales y la vida del campo, por eso y aunque no estaba en mis planes, no me pesa haberme quedado. Tuve una infancia que fue una maravilla: jugando todo el día en el campo, dando carreras con mis amigos, libre de ir por donde quisiera. Ya había pocos niños entonces, yo era la única niña en la pandilla, pero no me importaba; ahora pienso que tuve mucha suerte y que la sigo teniendo, porque llevo la vida que me gusta".

     Mariluz es fotógrafa profesional, labradora y lo que haga falta; de carácter curioso, le gusta aprender cosas nuevas y asiste con frecuencia a cursos de todo tipo. Ella y su marido -a quien todos en Lújar conocen como Rudi- cuidan sus animales y cultivan su tierra, actividades de las que obtienen casi todo lo que necesitan. Mariluz disfruta dando largos paseos por el campo, sola o acompañada de su perro Luky, y junto a su marido ha alcanzado un grado de satisfacción tal con la vida que llevan, que ambos necesitan muy poco más de lo que ya poseen -y la felicidad, ¿no consiste precisamente en eso?-. Aunque viajan a Alemania con frecuencia para ver a la familia de Rudi, los dos piensan que para ellos el mejor sitio para vivir es Lújar, donde les gustaría permanecer hasta el final.

    "Mariluz es una persona muy comprensiva, muy servicial, que sabe escuchar de verdad… me apoya muchísimo y yo a ella también, en lo que puedo. Para mí es una amiga maravillosa", comenta Lola Mari -un poco emocionada, porque es todo corazón- cuando su amiga no la oye.
     
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    Mariluz y su marido, Rudi, con sus dos yeguas de raza árabe, Bea y Esmeralda

     La de Lola Mari es otra historia. Ella, en cambio, sí se marchó del pueblo. Fue hace años, cuando Lújar aún hervía de vida: casas llenas, familias numerosas y mucho ganado -mulos y burros, cabras, ovejas- por todas partes; tanto había, que las colas que se formaban en la fuente para abrevarlos daban la vuelta a una manzana entera. Casada desde los 16 años -en el año 1978-, Lola Mari tuvo a sus tres hijos mayores todavía viviendo en su pueblo. Por aquella época sus amigos comenzaron a emigrar, y a su marido, Paco -que hasta entonces había sido pastor y guarda forestal- también le llegó su oportunidad: se trataba de un puesto de trabajo en Barcelona. No era cuestión de desaprovechar la ocasión, tal y como estaban las cosas en el pueblo y ellos con tres hijos pequeños, así que allá se fueron todos; Lola Mari lo acompañó durante las vacaciones de los niños. Era el año 1989. Una vez en Barcelona, ella contempló la posibilidad de trabajar también y aportar algo a la apurada economía familiar. Y así, lo que empezó siendo un traslado temporal, se convirtió en una estancia de más de veinte años. En ese tiempo tuvieron una hija más y lograron, a base de mucho esfuerzo, alcanzar una situación económica estable que incluía trabajo fijo para ambos, un estupendo piso en Barcelona capital -rodeado de extensas zonas verdes y muy bien comunicado con el centro-, buenos colegios para sus cuatro hijos, comodidades de todo tipo y muchos y buenos amigos allí. Eran felices; aparentemente, aquella familia lo tenía todo.

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    A la izquierda, Lola Mari. A la derecha (de la mano de su madre), con su familia, en Lújar

     Durante esos años las responsabilidades laborales fueron en aumento -las ganancias, por descontado, también- y, mientras sus hijos crecían y se educaban, el maremágnum del ajetreo diario fue engullendo a Lola Mari poco a poco, insidiosamente y sin que ella se percatase de nada. Como le gustaban tanto los animales, tenían en casa perros, gatos, pájaros, hámsters y peces; ella disfrutaba cuidándolos, pero eso añadía aún más tarea a sus tareas. La familia prosperaba, los hijos se hacían mayores, el tiempo pasaba cada vez más rápido. Atrás había quedado el pequeño y apartado Lújar, allá en las sierras del sur de Andalucía, con sus casillas blancas y sus calles en cuesta, con sus bosques de alcornoques, sus campos de almendros y olivos y su horizonte azul, sus viejos corrales de piedra y sus ancestrales senderos empedrados. Todo había quedado muy lejos … o, al menos, eso parecía.

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    Las ruinas de los corrales del Haza Cabera; debajo, la vía romana empedrada que une Lújar con la pedanía motrileña de Lagos
     
     Con el tiempo, Lola Mari empezó a sentir que le faltaba algo. Al principio era sólo de vez en cuando; luego, esa molesta sensación se hizo diaria: echaba de menos ciertas cosas a las que se había acostumbrado en Lújar y que hacía mucho ya -notaba con pesadumbre- no podía disfrutar. Eran simples y sin aparente trascendencia, como el hecho de levantarse por la mañana y abrir la puerta de su casa, de par en par, a la luz resplandeciente del nuevo día; respirar el aire -fresco aún de la noche y perfumado de jazmines y de higueras- y asomarse a su tranco para mirar el horizonte, diáfano incluso más allá del mar, amando intensamente el pedazo de mundo que tenía al alcance de sus ojos. Añoraba el perceptible silencio de la sierra, las despreocupadas conversaciones con sus vecinas de toda la vida y el familiar sonido de los animales cuando, a la tarde, volvían del campo envueltos en una serenata de balidos y cencerros, camino de la fuente donde iban a saciar la sed de todo el día.

     Lola Mari fue consciente de que se estaba ahogando en Barcelona; que ya no podía disfrutar de nada, aunque lo intentase. El reloj, al que llegó a aborrecer, mandaba en su vida, y el estrés y la ansiedad le provocaron una depresión que amenazó con arruinar del todo su salud: se le cayó el pelo, dejó de comer y de dormir e incluso- y esto ya era terriblemente indicativo- se olvidaba cuidar bien a sus queridos animales. Llegó a pensar que aquella perenne sensación del puño aplastándole el pecho le provocaría un infarto, y ese temor constituyó el punto de inflexión que la hizo reaccionar. "¡Yo valoraba mucho más tener cerca la naturaleza y los animales que disponer de un buen trabajo y una buena casa!" Se planteó seriamente, junto a su marido, la posibilidad de simplificar su vida y volver a Lújar. Ante todo debía primar su salud y felicidad; su marido, por supuesto, la apoyó en todo momento. Lo comentaron con sus hijos, que ya eran mayores, y después de hacer muchas cábalas, la familia al completo salvo su primogénito -que ya estaba independizado-, decidió volver al pueblo. Era el año 2009.
     
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    Lújar, siempre acogedor, estaba esperando la vuelta de Lola Mari y su familia

     Tras veinte años de ausencia, volvieron a instalarse en Lújar. "Montamos un bar que fue bien durante un tiempo, pero como casi todos los negocios en el pueblo, terminó cerrando porque cada vez había menos gente", cuenta Lola. Finalmente, ella y su marido optaron por el modo de vida más inmediato, que también -habían de reconocerlo- era el que más les gustaba: labrar la tierra y cuidar animales, igual que hicieron sus antepasados. Construyeron con sus propias manos la casa donde viven, sus hijos volvieron a Barcelona -ciudad llena de oportunidades para quien quiere buscarlas- y Lola Mari y Paco se quedaron en Lújar. Hoy recogen sus almendras y aceitunas, sus calabazas, patatas, tomates, cebollas, y pimientos -o berza, como dicen los lujeños- y muchas clases de frutas. Y lo que no cultivan ellos lo obtienen de sus vecinos, porque la ancestral y enriquecedora cultura del trueque no se ha perdido todavía en Lújar. Lola y Paco cuidan amorosos de su campo y de sus mulillas, gallinas, gansos y otros animales domésticos, que les proveen de todo lo que van necesitando. Ambos felices, ambos satisfechos; ambos, por fin, en paz.

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    Lola cuida sus gansos y gallinas para obtener huevos y carne de excelente calidad

     Su forma de vida cambia poco a lo largo del año- qué saben el campo y los animales de fiestas o vacaciones-. En invierno es atareado: siembran las patatas y cebollas, recogen almendras y aceitunas y cuidan de que los animales no pasen frío ni les falte la comida y el agua; asimismo salen al campo a recoger leña para encender la chimenea y preparan los apaños para la matanza, cuando llega el momento. Cuando los días son más cortos, se dan prisa -"aligeran las faenas"- para aprovechar las horas de luz natural. Las tareas de la casa también llevan su tiempo, así como bajar a Castell de Ferro o a Motril para comprar las poquitas cosas que necesitan y de las que no se pueden autoabastecer. En verano, desde luego, hay más tarea recogiendo cosechas y regándolo todo. Hacer la matanza, preparar queso, requesón y varios tipos de conservas… "¡La verdad es que no paramos ni un momento!", exclama ella, entre risas. "Estamos todo el año para arriba y para abajo y no tenemos tiempo para mucho más".

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    Lola Mari con sus dos mulas, Boni y Rosi. A la derecha, exquisito queso de cabra hecho por ella misma

     "Lo único que echo de menos", continúa Lola, "es tener más vecinos con los que hablar, porque ya vamos quedando pocos en el pueblo. Cuando yo era chica, Lújar era un hervidero de gente; luego me vine de Barcelona y ya se notaba el cambio, y en los años que llevo de vuelta, en Lújar se han muerto muchos viejos. Cada vez que la campana de la iglesia toca a muerto yo me echo a temblar, y pienso: ¡hala, otra puerta cerrada! Ay, lo que me acuerdo de las tardes de antes, cuando las vecinas nos salíamos al tranco de la puerta y una sacaba el vino, otra el queso, otra jamón, pan o lo que tuviera, se ponía todo en una mesa con las sillas alrededor, y a hablar hasta las tantas, al fresquito. Ahora las puertas están cerradas, unas porque las casas están vacías, y otras porque los dueños son viejos y no tienen ‘ganicas’ de asomarse a la calle", comenta Lola Mari con nostalgia. "Algunas casas se están arreglando porque gente de fuera las compra para venirse en vacaciones, pero de aquí a que el pueblo recupere otra vez la alegría que tenía… "

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    Algunas casas no terminan de caerse porque Lola Mari las mantiene para guardar animales y enseres
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    Tres generaciones de lujeñas: Lola Mari y su madre María Luisa, con el retrato de la abuela Antonia, que sigue muy presente en sus vidas
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    La abuela Antonia era muy apreciada en Lújar por su maestría preparando dulces como pestiños, roscos y borrachuelos. Fotografía de Mariluz Ruiz López

     Lola Mari vive muy cerca de la casa de su madre, María Luisa, una mujer fuerte, optimista y de carácter abierto, muy del terreno, que recuerda con añoranza -pero sin pena- el Lújar de su niñez. "¡Huy, cómo nos lo pasábamos de bien…! Jugábamos a las procesiones, y eso era que hacíamos una cruz con el tronco de una pita, y detrás íbamos todos cantando canciones igual que hacen los curas; también nos gustaba mucho a las niñas jugar al "pirri" -juego parecido a la rayuela- y al escondite, que lo llamábamos "piedra libre", porque había que tocar una piedra con otra al escondernos y al encontrarnos".

     Del mismo modo recuerda María Luisa los tiempos de la posguerra, tan atroces en Lújar como en todas partes, que ella sufrió siendo pequeña; relatos de angustia, hambre y penalidades que ya hemos oído en otras bocas: "Comíamos tantas hierbas que parecíamos animales, porque no había otra cosa; recogíamos hinojos y unas matas que llamamos vinagreras, y era a todas horas comiendo hinojos de todas las maneras: cocidos, fritos, guisados… con los cupones y cartillas de racionamiento no había casi de nada tampoco. Pero eso sí, ¡comíamos con una alegría lo poco que había…! Sartenadas de gachas o de lo que hubiera, a nada le hacíamos ascos. Era una vida penosa, pero estábamos todos bien fuertes y sanos. ¡A mí me parece que antes nos poníamos menos malos que ahora!", termina María Luisa con un gracioso guiño.

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    María Luisa en la fuente, cuando no había agua dentro de las casas. Debajo, Lola Mari con su primer hijo, antes de marcharse a vivir a Barcelona
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     Lola Mari, inquieta por naturaleza y amante a ultranza del modo de vida de antes -el que ella ha elegido-, es una excelente cocinera, y una de sus aficiones consiste en recopilar y salvar del olvido las recetas lujeñas más antiguas; aquellos sabios guisos, sencillos pero consistentes y nutritivos, que mantuvieron en pie a generaciones enteras de trabajadores del campo. Una de ellas -que aprendió directamente de su abuela Antonia y con la que ha participado en un programa de televisión en Canal Sur- es el plato conocido como "zalamandroña lujeña". Se trata de una clásica receta de verano, hecha a base de berza- en el habla local se denomina así a tomates y pimientos-, calabaza, otras verduras propias del tiempo, arroz y sardinas frescas.

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    La zalamandroña lujeña es un delicioso plato tradicional. Fotografía de Mariluz Ruiz López

     ¿Y qué será del futuro, de su futuro? Lola Mari y Paco lo tienen muy claro: continuar viviendo en su casita de Lújar -que les gustaría ir ampliando poco a poco, para recibir con comodidad a sus hijos y nietos cuando van de visita- mientras la salud de ambos no lo impida. Y seguir manteniendo el ganado y los cultivos, rescatando ancestrales recetas culinarias y adoptando a los animalillos que vagan sin dueño por las calles de su pueblo, ahora que Lola, por fin, tiene humor, tiempo y lugar para ello. "Yo no soy rica, ya veis que no tengo muchas cosas, pero tengo la grandísima suerte de haber podido permitirme elegir la vida que quiero, y por eso aquí estoy. La vida en una gran ciudad está bien, no digo yo que no, pero no es para todo el mundo. Desde luego, ¡para mí no!", concluye, sonriente.

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    Algunas zonas de Lújar empiezan a mostrar la falta de mantenimiento

     Lola Mari, como Mariluz y todos aquellos que han preferido el encanto de una vida sencilla, aprecia en lo que vale la particular hermosura de su pueblo, frágil como todas las hermosuras, y la inestabilidad de su permanencia. Lújar es su paraíso, donde no hay reloj sino días y noches, veranos cálidos o fríos inviernos, donde el tiempo ni se pierde ni se gana, tan sólo transcurre; donde trabajar, pero también esperar -a que madure la cosecha, a que prenda el fuego en la chimenea, al nacimiento de una nueva nidada de pollitos- siempre compensa. Cuando ella y su marido escaparon para siempre de la cultura de la prisa y la productividad desaforadas fue cuando, de verdad, se encontraron a sí mismos.

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    Boni y Rosi miran confiadas. Saben que Lola Mari siempre cuidará de ellas

     
    RECETA DE LA ZALAMANDROÑA LUJEÑA,
    recopilada por Dolores María Medina Cabrera (Lola Mari)

    Ingredientes:

    - Berza (tomates y pimientos, en el habla lujeña)
    - Calabaza
    - Patatas
    - Cebolla
    - Ajos
    - Arroz (medio puñado por persona)
    - Sardinas muy frescas
    - Orégano
    - Aceite de oliva
    - Sal

    Preparación:

    Se parten en trozos regulares todas las verduras y se colocan juntas en la cazuela. A continuación, se añaden el aceite de oliva, el orégano y la sal, y se remueve para que todo quede bien mezclado. Se cubre de agua la verdura y se coloca al fuego; cuando la patata y la calabaza están cocidas se agrega el arroz, y por último, cuando a éste le falten cinco minutos para estar cocinado, las sardinas, ya limpias y descamadas. Servir caliente.

    ¡Riquísima!

     

    Vídeo de la receta de la Zalamandroña (5 minutos)


    Escrito por Mariló V. Oyonarte
    Fotografías y vídeos, Mariló V. Oyonarte.

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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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