
Siglo VIII a. C. a siglo VIII d.C.: es el turno de estos fragmentos de “Las edades de Cacín” (Eusebio Pérez Gómez, 2025) relativos a Cacín en la Edad Antigua, que abarca el periodo comprendido entre el final del Neolítico y la invasión árabe, pasando por la conquista romana.

Cacín en la edad antigua
El paso de la Edad Neolítica a la Historia Antigua es complejo; especialmente, en lo relativo a determinar cuáles son las pautas que nos llevan a definir una etapa plenamente histórica, diferenciándola del Neolítico, último eslabón de la Prehistoria. Una etapa que en nuestro entorno arranca con las primitivas culturas ibéricas al final de la Edad de los Metales, y termina con la conquista y romanización plena sobre el año 190 a.C. Posiblemente, conocían la escritura, y así lo acreditan los documentos gráficos hallados; pero conocemos su historia por los documentos escritos de historiadores griegos, entre los que cabe citar a Heródoto-, y romanos -como Plinio el Viejo y Estrabón-.
Centrándonos en nuestro medio geográfico, si la cuenca del río Cacín tuvo asentamientos neolíticos en el primer tramo de su cauce, concretamente en la desembocadura de los arroyos de las sierras de Alhama y Almijara y en los Tajos, como testifican los numerosos sepulcros hallados, es ahora (siglos VIII – IV a.C.) cuando todo el cauce del río adquiere una relevancia de primer orden.
Al final de la Edad de los Metales, concretamente a partir de la última fase de la Edad de Bronce - siglo VIII a.C.-, se han encontrado, en esta etapa tan temprana de la historia, cuando el ser humano estaba recién salido de las cavernas, yacimientos de soberbias fortificaciones, desde la costa malagueña hasta el interior de la Vega de Granada, cuyo eje conductor es el cauce del río Cacín. De entre dichos yacimientos, destacamos tres, a saber:
- La Mesa de Fornes, en la cabecera del río Cacín.
- El Cerro de la Mora en su desembocadura con el Genil.
- El Cerro del Alarcón, en la costa, en el cauce del río de Vélez.
Los tres fueron fortificaciones que testifican el importante desarrollo cultural y comercial que hubo en una etapa pre-ibérica (siglos VIII- IV. a.C.), entre las colonias fenicias de la costa malagueña y el interior de la Vega de Granada. La comunicación entre ellas se realiza desde la costa por el Puerto de Frigiliana, que cruza la sierra de Alhama; y, desde aquí, a través del cauce del río Cacín, desde su nacimiento hasta la desembocadura en el Genil. Otra ruta arranca desde el Cerro del Alarcón, y transcurre por el Boquete de Zafarraya, el Cerro de los Baños de Alhama, y el río Cacín.
1. El río Cacín, primera ruta de semitización y comercial de la vega de Granada.
Basándonos en el estudio de Juan Antonio Pachón y Javier Carrasco, potenciamos el lecho de nuestro río como la primera ruta, no sólo de comunicación entre la costa e interior de la Vega de Granada, sino que fue la arteria por donde fluyó una cultura de semitización desde el S. VIII hasta el IV a. C. Entendemos por semitización la asimilación de la cultura y tecnología de los primeros fenicios asentados en pequeñas colonias de nuestras costas.
Los fenicios, de origen cananeo, y comerciantes competidores con los micénicos y egipcios en el Mediterráneo oriental, desarrollaron una sólida actividad comercial, centrada en las ciudades de Tiro, Sidón y Biblos, sitas en la costa del Líbano actual. Destacan en la Historia por su avanzada tecnología en la navegación, y, sobre todo, en el descubrimiento del tinte púrpura, obtenido de una variedad de “murex”, pequeño molusco marino abundante en sus costas. El nombre de fenicios es de origen griego; ya aparece en la Odisea el término “Phoenix” que significa “púrpuras”. Y es así como se populariza este nombre de fenicios (“los púrpuras”), borrando el término cananeo propio de sus orígenes.
La importancia del descubrimiento del tinte púrpura fue tan trascendental, que les facilita comercializar en todo el Mediterráneo, extendiéndose hasta nuestras costas. Además del tinte, destacan por el desarrollo de la cerámica, con la aportación del torno alfarero, obteniendo unos recipientes de gran calidad y pureza, así como por el tejido, por la manufacturación de productos metalúrgicos, con la forja del hierro, y por la alimentación, descollando en la salazón del pescado.
Existen datos fehacientes de una primera colonización fenicia en las costas malagueñas de Frigiliana, Estepona y Torre del Mar. Desde estas colonias, se adentraron en el interior, por dos puertos de la cordillera Subbética mediterránea: El puerto de Frigiliana y el Boquete de Zafarraya. De ellos, el puerto de Frigiliana abre una ruta cruzando las sierras de Alhama, Almijara y Tejeda, para descender por el cauce del río Cacín, desde su nacimiento hasta la desembocadura en el Genil.
Como ya se ha indicado más arriba, estos yacimientos los encontramos en El Cerro del Alarcón, cerca de Torre del Mar; la Mesa de Fornes, en la cabecera del río Cacín; y El Cerro de la Mora, en Moraleda de Zafayona, cerca de la desembocadura del mismo río.
Sorprendentemente, la estructura de las tres fortificaciones es muy similar, y mantienen bastante paralelismo entre ellas, cuando sería lógico deducir que la fortificación de la costa gozaría de un material constructivo muy superior a los otros dos. En su estructura, son comunes los elementos constructivos. Como materia prima, se utilizan piedras de distintos tamaños, e irregulares entre sí, que se colocan de una forma aleatoria. De ello deducen los arqueólogos que la técnica aplicada es propia de los primitivos indígenas. Pero, extrañamente, el aplomado de las altas murallas, que superan los 5 metros, como en el caso de la Mesa de Fornes, el trazado en ángulo recto de los recintos interiores, la complejidad de dependencias, e incluso la presencia de torreones defensivos, nos llevan a deducir que aquí también está implícita la tecnología y mano fenicia.
La envergadura y monumentalidad de estas tres fortificaciones no se pueden concebir sin la interrelación entre ambas poblaciones. Por ello, los arqueólogos Pachón y Carrasco afirman que estamos ante una semitización de la Vega de Granada, que tiene su origen en las colonias fenicias de la Costa de Málaga; y, en el caso que nos ocupa, en Frigiliana, abriéndose por el puerto de montaña, y prolongándose a lo largo del río Cacín, desde la Mesa de Fornes hasta el Cerro de la Mora. Esta semitización se corrobora con la abundancia de cerámica hallada en los yacimientos de La Mesa y de La Mora, con grafitis y secuencias lingüísticas fenicias, lo que se puede interpretar como el nombre del alfarero o servidor. Es evidente que hay que leer estos signos no solamente como elementos epigráficos, sino como portadores de la cultura semítica fenicia más compleja, entre la que cabe citar la tecnología alfarera, el forjado del hierro, la industria textil y su tinte, la salazón del pescado, y el alfabeto.
Y todo esto, ¿a cambio de qué? La vega granadina y las riberas de los ríos, como el de Cacín, producían abundantes cereales, y en las sierras subbéticas afloraban filones ferrosos, e incluso se encontraba plata. Eran estas unas valiosas materias primas, que codiciaban los fenicios para su desarrollo económico. Por ello, es lógico inferir esta relación entre costa e interior, que trasciende en un potente desarrollo económico, en un tiempo pionero y bastante adelantado a las culturas túrdulas y bastetanas, y su consecuente romanización.
Es relevante, por tanto, detenerse brevemente para comentar lo que se ha encontrado en estos yacimientos.
2. Fortificación de la Mesa de Fornes. Por el Puerto de Frigiliana, se abre la ruta que cruza las sierras de Almijara y Tejeda, siguiendo los cauces de los ríos el Cebollón y río Grande, afluentes del Cacín, que confluyen en la pequeña depresión que hoy está ocupada por las aguas del Pantano de los Bermejales. Aquí, un poco más arriba, se levanta la Mesa de Fornes, como atalaya natural que vigila la conexión de los afluentes con la cuenca del río Cacín.

Los restos arqueológicos hallados en esta pequeña meseta de algo más de cuatro hectáreas, que han descubierto los historiadores arqueólogos J. Antonio Pachón Romero y J. Luis Carrasco Rus, ponen al descubierto una fortificación prácticamente inexpugnable, por la caída en terraplén de los acantilados, y la construcción de una muralla de piedra cinco metros de altitud, más dos metros de mortero superpuestos, que cierran el recinto. E incluso se han detectado pigmentos de colores blanco y rojo en las piedras, que podían tener como finalidad resaltar el poder de la fortaleza.
Esta fortificación de la Mesa de Fornes tuvo su máximo apogeo hacia el siglo VIII a. C., como centro económico, social y militar.
3. El Cerro de la Mora. Ubicado sobre un promontorio de 600 metros de altitud, debido a su situación geográfica, en la entrada sureste de la Vega de Granada, pudo ser núcleo principal y meta de esta ruta. Además, las excavaciones y estudios realizados por los prehistoriadores y arqueólogos Juan Carrasco, Mauricio Pastor y Juan A. Pachón han sacado a la luz restos arqueológicos de sucesivos asentamientos, que arrancan de la época argárica, y llegan hasta la plena romanización ibérica.

La exploración por estratos llevada a cabo desde el 1979 establece un primer asentamiento a 194 metros de profundidad, catalogado como fase I, que, por los análisis radiocarbónicos, se asocian con la cultura argárica.En la fase II, a 16 metros, aparecen productos fenicios. Esta es la fase del yacimiento que se corresponde con la Mesa de Fornes, desde el siglo VIII a. C. Aquí se han encontrado recipientes de cerámica con grafitis e inscripciones del alfabeto fenicio, y con sellos grabados en la superficie, conocida por cerámica estampillada, así como construcciones de trazado rectangular y muros rectos de impronta fenicia. Estos restos arqueológicos confirman la importante relación cultural y comercial que tuvo esta población primitiva con las colonias fenicias de la costa; y, en lo que toca a nuestro estudio, con los fenicios de Frigiliana, a través de la cuenca del río Cacín.
Pero sobre esta fase, se superponen otras, hasta llegar a la fase VII, que corresponde a una población ibérica tardía relacionada con los romanos de la época republicana, e incluso de la Roma Imperial, como atestiguan los fragmentos de “terra sigillata”, arcilla de lujo propia del Alto Imperio Romano, hallados in situ, y que corresponde al periodo comprendido entre los siglos I a.C. y III d.C.
4. Ruta del Boquete de Zafarraya.
La población fenicia de la fortificación el Cerro del Alarcón, citado anteriormente, se encuentra en la costa cerca de Torre del Mar, dentro de la cuenca del río de Vélez. Adquiere en los siglos VII a VI a. C. un desarrollo comercial de gran magnitud. Dentro de su fortaleza, se han hallado habitáculos de grandes dimensiones, que se interpretan como los primeros almacenes de productos, así como talleres metalúrgicos.
Es evidente que el Boquete de Zafarraya, alineado con el valle de Vélez Málaga, fue un paso natural que favoreció la relación comercial y cultural entre fenicios y primitivos íberos del interior.
Como hemos expuesto anteriormente, esta fortificación mantuvo un paralelismo estructural y constructivo con las fortificaciones de la Mesa y La Mora. Por su situación geográfica, es obvio -aparte de su relación comercial con estas- que abriera nuevas rutas tanto hacia el occidente, conectando con los Tartessos, como a través del Boquete de Zafarraya hacia el interior, hasta Granada. Pero esta ruta cruza perpendicularmente el cauce del río Cacín, con otras fortificaciones que la consolidan. En este caso sólo tenemos restos de esas fortalezas en el Cerro de los Baños, junto a los Baños de Alhama, y, desde aquí, supuestamente cruzaba el río Cacín por las vertientes más suaves, que coinciden con el asentamiento del pueblo. A partir de aquí, continuaba hacia Ventas de Huelma, desde donde posiblemente se bifurcaba la ruta por un lado hacia Chimeneas hasta Iliberis (Elvira), y por otro hacia La Malahá, y desde aquí hasta el Albaicín, donde se ha hallado un yacimiento con restos fenicios en el barrio de los Infantes (Barturen 2008-2008b).
Ello nos lleva a la nada descabellada hipótesis de que el pueblo de Cacín estaría asentado en la encrucijada de estas dos rutas comerciales, tanto siguiendo el cauce del río como cruzándolo, y que, posiblemente, fue otro asentamiento estratégico de control de las rutas.
5. Período Prerrománico en nuestra zona (siglos IV-II a.C.).
El primitivismo indígena del Sur de la Península Ibérica evoluciona, constituyéndose poblaciones ibéricas con un desarrollo cultural y tecnológico conocido por los griegos y fenicios. La cultura más trascendental la desarrollan los Tartessos, ubicados en la Andalucía Occidental. Ellos abrieron la Ruta del Estaño con las Islas Británicas, a través de la cual comercializaban con los fenicios y griegos este mineral, imprescindible para la obtención del bronce mediante la aleación con el cobre.
Sobre el solar andaluz oriental surgen otros pueblos, como los Túrdulos y Bastetanos. Nuestro espacio geográfico granadino, concretamente la zona en la que se encuentra Cacín, es tierra fronteriza de estas dos culturas.
Los túrdulos con la capital en Turdetania, hoy Porcuna (entre Córdoba y Jaén), llegaron hasta la vega del Genil. Hablaban una lengua de origen tartesio, y algunos investigadores creen que su escritura está relacionada con el alfabeto fenicio. Los clásicos, como Estrabón, los describen como rudos y cumplidores, con una economía basada en el cultivo de la vid y olivo, y en el pastoreo, basado en la cría de toros, ovejas y cerdos. Para Estrabón, era la civilización más avanzada de todos los pueblos iberos. A pesar de su rudeza fue un pueblo que se abrió a la cultura romana y el proceso de romanización fue pacífico e integrador, llegando a asimilar plenamente la civilización de Roma.
Los bastetanos, como los túrdulos, fueron el otro pueblo íbero que dominó la mayor parte de la provincia granadina, alcanzando su máximo esplendor en el s. IV a. C. Su centro político - económico fue “Basti”, ciudad cercana a Baza, en cuya necrópolis se descubrió en el 1971 la “Dama de Baza”, el símbolo más representativo de esta cultura prerrománica.
Territorialmente se organizaban mediante “oppidum”, recintos cerrados y fortificados asentados en lugares estratégicos, y que tenían suficiente autonomía para controlar sus territorios independientemente entre sí.
Para Plinio, estos “oppidum” son bastetanos, mientras que Ptolomeo los considera túrdulos, englobando finalmente toda esta región granadina como turdetana.
Puede interpretarse, por tanto, que, como consecuencia de la romanización, todo este territorio se amalgama bajo el nombre turdetano. El pueblo bastetano fue muy distinto a los turdetanos en su relación con los romanos. Se resistieron a la romanización, como demuestran los ajuares y restos arqueológicos en “Basti”, por su ausencia de cerámica u otros utensilios de procedencia fenicia y romana.
6. La conquista romana.
Los romanos, después de la segunda Guerra Púnica, emprenden una política de dominio y control de toda la vega de Granada. En el año 190 a.C., Emilio Paulo, general romano, atraviesa los territorios de túrdulos y bastetanos, llegando hasta Lyco, hoy Puente Genil; mas, sorprendentemente, son derrotados por los cartagineses.
Más tarde, Publio Cornelio Escipión, inició una expedición desde Bastetania, sometiendo definitivamente todo el suroeste de la provincia de Granada, donde nos incluimos, pactando con los nativos la explotación de las tierras. La conquista terminó en 179 a. C., cuando Tiberio Sempronio Graco incorporó este territorio a la administración romana, integrándolo a la Hispania Ulterior.
A partir de esta fecha, comienza la romanización, término muy familiar pero complejo a la hora de definirlo. ¿Se entiende por romanización un sometimiento absoluto, mediante el que se anulan las raíces culturales indígenas como la lengua, escritura, costumbres, propiedades…? Roma no estaba por la labor de imponer un sistema q ue traería como consecuencia una situación hostil, vengativa y sumisa a sus súbditos. Su política, aplicando la “Pax Romana”, era asegurarse el desarrollo económico, y garantizar la exportación de cereales, aceite y vino, así como minerales.
Según las investigaciones y estudios de especialistas como Mauricio Pastor y otros, hay que partir de la base de que Roma no practicó en ninguna de las regiones conquistadas una política consciente de descolonización con la idea de arrinconar género de vida, lengua, costumbres, leyes, ni divinidades indígenas… La incorporación de las provincias en la comunidad imperial está esencialmente ligada a la transformación de las comunidades indígenas en “civitates” [ciudades]. En efecto, la concesión del derecho de ciudanía a una comunidad indígena se puede otorgar sin que estén culturalmente romanizados. Se trata de un premio concedido a individuos destacados, fundamentalmente políticos, que supone, además, una serie de requisitos: ordenación urbana y modo de vida romanos, organización ciudadana, creando una fuerte burguesía acomodada y sobre todo méritos que fundamenten tal honor.
Nuestra comarca, con el epicentro en Loja, quedó integrada tras la última reestructuración de Augusto, en el año 27 a. C., en la provincia Bética. Fue una zona de transición entre los turdetanos más romanizados y los bastetanos con mayor pervivencia indígena. Esta región pudo tener bastante importancia para Roma, por su interés económico, especialmente en la producción agrícola; pero mantuvieron su carácter indígena, como se observa en las leyendas ibéricas de sus monedas.
Un ejemplo lo tenemos en Moraleda de Zafayona, en la ya comentada fortificación del Cerro de la Mora, donde se han encontrado restos arqueológicos muy primitivos desde el Argar (siglo IX a. C.), pasando por la etapa fenicia de semitización (siglo VII a. C.), continuando con asentamientos turdetanos de cultura primitiva, pero desarrollada (siglo IV a.C.), hasta la aparición de restos típicamente romanos, como monedas y la cerámica “terra sigillata”, alternándose con la industria indígena. Se mantuvo la arquitectura originaria, con piedras menudas y tierra apisonada, y sin ningún tipo de planificación, muy lejos del empleo del sillar de piedra, del ladrillo y mármol, y el diseño ortogonal de la ciudad romana.
No obstante, en estas poblaciones tipo Oppidum parece que se establecieron fuerzas romanas de una manera permanente en guarniciones militares. Se puede considerar que la combinación de estos tres elementos - población indígena, fortificaciones militares y fuerzas romanas - constituye el punto de partida hacia la romanización.
Se han hallado dos inscripciones funerarias romanas en las cercanías de Moraleda de Zafayona, datadas entre los siglos I y II. Aparecieron en el año 1961, y sus traducciones figuran bajo las correspondientes figuras (1 y 2) que incluimos:

Consagrado a los dioses Manes, Lucio Octavio…natural de…¿ Eensi? de ¿añosde edad, piadoso con los suyos(aquí está enterrado); paraél decretó el ordo de ¿ el pago de su funeral…
La mención de un ordo podría ser el nombre de la antigua ciudad que se oculta en el yacimiento del Cerro de la Mora.
La onomástica es auténticamente latina.
“Flaviano, hijo de…? De 18 años de edad…Luciano, hijo de …?, de 65 años de edad, (aquí están enterrados) … Sila Rufa, hija de…? años de edad, dedicó esta lápida a su hijo y a su esposo...”
Al igual que la anterior, se relaciona con el yacimiento del Cerro de La Mora, donde las excavaciones arqueológicas evidencian la existencia de una población romana importante, tal vez un municipio de Derecho latino.
Estas inscripciones atestiguan que las poblaciones indígenas tuvieron que reconocer la hegemonía romana, y, progresivamente, contribuyeron al fortalecimiento de su soberanía. Pero, a su vez, dicha romanización trajo beneficios positivos para los indígenas. En primer lugar, a las oligarquías y aristocracias de los turdetanos, a cambio de ofrecer sus servicios a los romanos, se les garantizaban sus privilegios, y se les otorgaba el derecho de “ciudadanos romanos”, que era el equivalente al mejor seguro de vida, adquiriendo el derecho por ley, de la potestad de todos sus bienes y patrimonio. Por otra parte, el ejército romano necesitaba soldados para reponer sus filas, y reclutaba a jóvenes indígenas, a cambio de un salario y la promesa de concederle en propiedad una parcela de tierra, una vez terminado su servicio militar, tras el que, consecuentemente, alcanzaba el status de ciudadano romano. Éste fue en definitiva el sistema de romanización de nuestra comarca, en la que el valle de Cacín era un espacio a considerar, por el agua y la fertilidad de su suelo.
En nuestro territorio, ya tenemos referencias de Alhama, nombrándola Plinio como ciudad insigne con el nombre de “Artigi Julienses”. Pertenecía al convento jurídico de Córdoba, que era dominio de los túrdulos. Alhama adquirió una importancia relevante en la época romana por Los Baños. Se han encontrado cantidades de cascajos de factura romana en la Meseta de los Baños; son restos de yacimientos de necrópolis y poblado.
7. El primer cristianismo en nuestra comarca.
Según la leyenda religiosa, allá por el siglo I o II d.C., vino San Cecilio, discípulo del Apóstol Santiago, enviado por San Pablo a Granada: fue el primer Obispo de nuestra ciudad y predicador del cristianismo. Acabó su vida como mártir insigne de Granada.
Posiblemente, en los primeros siglos de nuestra era, el cristianismo se extendió por nuestros pueblos; pero el primer documento que da fe de ello es del año 254 d.C. Cipriano de Cartago, en su carta 67, habla de la existencia de Iglesias de Hispana, y que sufrieron martirio los cristianos a consecuencia de las persecuciones de los Emperadores Valeriano, Decio y Diocleciano.
Pero será ya en el siglo IV cuando tiene lugar un acontecimiento cristiano trascendental, como fue el Concilio de Elvira, celebrado en Iliberis. En él participan 19 obispos y 26 presbíteros de nuestro entorno geográfico, presidiendo el concilio el obispo de Guadix. Este Concilio reafirma la existencia de comunidades cristianas alrededor de Granada, cuyos miembros pertenecían a diferentes estatus sociales. Se produce por todo el sur de Granada un largo período de paz dentro del cristianismo, que va a durar hasta el siglo V., cuando las invasiones bárbaras, y, en el sur de la Península, los visigodos, impondrán el arrianismo.
No obstante, en el año 589 tuvo lugar el Concilio de Toledo,en el que los visigodos, empezando por su rey Recaredo y su nobleza, se convirtieron al cristianismo. Como consecuencia de estas conversiones aristocráticas, se establece una cristianización de la oligarquía bética y de la aristocracia senatorial hispano-romana, que les permitía adquirir grandes propiedades agrícolas, construyendo basílicas o templos para fomentar el cristianismo. Así lo atestiguan inscripciones cristianas grabadas en piedra en las proximidades de Loja, que se conservan en el Museo Arqueológico de Granada, en la Iglesia de Loja, y otras en colecciones particulares.

Lanecrópolis visigoda en el término de Cacín.Conocemos también de esta época tumbas visigodas con ritual cristiano en el municipio de Cacín - concretamente, la Necrópolis de la Higuerilla, cerca del Turro. Así lo atestigua el trabajo de Francisco Javier Hernández titulado “Cacín: El Turro, Moraleda de Zafayona. Necrópolis visigoda”. Estas dos tumbas, excavadas en la roca, en el paraje conocido por “Fuente la Higuerilla”, se han localizado en un cúmulo rocoso, en medio de un campo cultivado, al margen izquierdo del río Cacín. No se han hallado inscripciones o restos que nos permita identificarlas. Hemos visitado estas tumbas: son dos fosas juntas con reborde y hendidura apropiada cada una para sellarlas con lápida de piedra, que supuestamente faltan. Están orientadas con cabeza al oeste y pies al este. Son prácticamente iguales, con una longitud de 1´95 y 1´99 m.; profundidad de 56 cm y 55 cm de ancho. Podría ser la tumba de un matrimonio de época visigoda, por su similitud a otras necrópolis de Tozar o Sierra Martilla (Loja).
Estela funeraria visigoda del s. VIII.
Los doctores e investigadores Pau Marimón Ribas, del Departament de Ciencies Historiques i Teoría de les Arts de la Universitat de les Illes Balears, y Jordi Pérez González, del Departamento de Historia y Filosofía de la Universidad de Alcalá, Facultad de Filosofía y Letras, han estudiado una piedra con inscripciones latinas, hallada en el pueblo. Hemos extraído parte del texto que dice:
“Una inscripción visigoda de carácter funerario se ha hallado en Cacín. Corresponde cronológicamente al reinado del rey Witiza. Procede de una colección particular, descubierta de una manera fortuita en la década de 1970, durante las obrasdereforma de una casa sita en el casco antiguo del pueblo. La pieza se encontraba incrustada en el interior de unapared medianera en un conglomerado de tierra y yeso.
En mayo de 2024 se llevó a cabo una exhaustiva autopsia de la inscripción incluyendo un extenso registro fotográfico y la medición precisa de sus dimensiones.
Se trata de una inscripción sepulcral individual, de forma rectangular, de piedra caliza marmórea, color beige claro.


Sus medidas son: 32,67cm de altura y 28,67cm de anchura, con un grosor aproximado de 11cm.
Es un texto íntegro que se sirvió de todo el espacio del soporte, sin una aparente fragmentación.
La inscripción dice:
(CHRISMON) IN OC TUMULO RECON DITUM EST CONDAM VI DELICET FALIDI ZOILONI VIXSIT ANNOS LXX VI RECESSIT IN PACE SUB DIE V KLDS APR++ES ANNO NONO REGNO GLORI OSI DOMNI NSI WITIZA NI REGIS (PISCIS)
Traducida:
((crismón)) En este túmulo está oculto el que en otro tiempo fue Falidius Zoilonius que vivió 76 años. Descansó en paz el 28 de marzo en el año noveno del glorioso reino de nuestro señor el rey Witiza {709} (pez)
Estamos frente a la primera inscripción que menciona al rey Witiza sobre soporte pétreo. Hasta la fecha, sólo hay dos testimonios epigráficos donde aparece el nombre de Witiza: uno, hallado en el claustro de Santa María de la Almudena de Madrid; el segundo testimonio, en la iglesia de los santos Justo y Pastor de Barcelona. Pero este otro Witiza fue hijo de Teodoro, que nada tiene que ver con nuestro monarca. También aparece este nombre en monedas que se acuñaron durante su reinado.
El epígrafe recoge algunas de las fórmulas más habituales en la epigrafía tardoantigua y medieval. Entre ellas, la expresión in hoc tumulo, con sus distintas variantes, forma parte del repertorio tradicional de la epigrafía tardoantigua occidental en contextos cristianos. En el caso de reconditum est, la locución se refiere también con ámbitos cristianos. Por su parte la fórmula recessit in pace, que suele aparecer tras la indicación de la edad del difunto, es frecuente en inscripciones del sur peninsular entre los siglos V y VII.
De particular interés para este estudio es la convención “anno regno domini nostri”, utilizado aquí en referencia al reinado de Witiza. El empleo de esta fórmula en la epigrafía no solo implica la aceptación de la monarquía, sino también un conocimiento avanzado por parte del autor del texto de las fórmulas diplomáticas y del funcionamiento de la corte. Ello sugiere, además, una cierta proximidad del difunto a los círculos del poder.
La datación por años del reinado es poco frecuente en las inscripciones funerarias en España. Por ello, esta fecha constituye una excepción a la tendencia dominante. Es un método de datación sólo empleado por individuos estrechamente relacionados con la corte del rey.
La simbología cristiana se refuerza con el uso inicial del crismón y el símbolo de cierre en forma de pez. El crismón, representación de Cristo, simboliza la victoria en lo militar y espiritual, manifestación del triunfo de la fe y la superación de la muerte. Por ello, es habitual en contextos funerarios. Otro tanto cabe afirmar del pez, dado que la palabra griega que designa este animal coincide con el acrónimo de la frase “Jesucristo hijo de Dios Salvador”.
Sobre los nombres, Falidius Zoilonius, es frecuente el de Falidius, pero no se conoce este nombre con la “L”. Zoilo y sus derivados son de uso frecuente.
Este documento, por su datación, está situado cronológicamente en una época en que la Bética era un dominio de bizantinos y visigodos. Quizás esta inscripción ejemplifica la existencia de personajes todavía fieles al poder del monarca, y confirma la presencia del mundo cristiano.
Como conclusión de este hallazgo, podemos considerar que Falidius Zoilonius fue el primer habitante de Cacín, que conocemos. Una lápida, hallada en el pueblo, con su nombre, edad y fecha, lo acredita. Una persona con poder y que posiblemente formaba parte de la corte del Rey Witiza. Teniendoen cuenta las otras lápidas visigodas del Turro, cabe entender que el valle del río fue una zona con asentamientos desde la época romana, a modo de villas, con familias nobles latifundistas que explotaban las tierras de regadío; y una de ellas fue la familia Falidius. Así se fue perpetuando hasta la llegada de los árabes, que crearon las primeras “coras” y alquerías, dando lugar a la alquería de Gassan (Cacín), primer núcleo urbano del pueblo de que tenemos datos.