Bocas del Toro (Panamá), descubrir otro mundo

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     Cuando preparaba el viaje, estaba centrado y pensado para disfrutar de Costa Rica, país con muchísimos encantos y que no suele defraudar al viajero. Pero cuando llegas a los límites y ves lo cerca que tienes otros posibles destinos.




     Automáticamente te asalta la duda ¿por qué no? Y tras dejar los bártulos a buen recaudo, lo básico para una corta escapada y seguir el ejemplo machadiano: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

     Tras la escapada a Granada (Nicaragua), no creía que volvería a tener otra grata experiencia en tan próximo territorio, pero así fue; había que tener en cuenta el componente meteorológico al elegir la siguiente etapa. La temporada de lluvias es propicia para desastres naturales, en la región algo habitual, pero la vida sigue. Justo cruzar la frontera, el agua no nos dejará hasta llegar al archipiélago panameño de Bocas del Toro y ante esa realidad la duda del retorno para estar a tiempo de tomar el vuelo que pone fin al periplo centroamericano, una vez más.

     Lo normal es quedarse sin puentes [hubo que pasarlo a pie y con mucho cuidado para evitar las caídas y, previsiblemente, la desaparición en una zona donde el curso fluvial aumentó a un tamaño impresionante, en otras ocasiones esa infraestructura había desaparecido del paisaje fruto de la fuerza del agua que todo lo arrastra a su paso] y las peripecias para llegar a destino te someten a numerosas pruebas [estos días escuché por la Radio Internacional de China que el gigante asiático había concedido un crédito para afianzar la ruta San José-Puerto Limón que fue la que quedó afectada mientras yo estaba en la región] y donde todo el mundo sonríe, mientras uno, mentalidad europea, sólo encuentra dificultad. Al final acabas entendiendo por qué realmente allí todo fluye, aquí [recordemos el desastre que provocó la última nevada en las carreteras catalanas] un copo de nieve te pone a temblar.

     ¡Pero de todo se sale! Tras la semana de placer al máximo en un entorno natural privilegiado, tocaba dar media vuelta y regresar a recoger el equipaje que había dejado en mi último hotelito en Puerto Viejo [otro lugar idílico a donde se largan muchos jóvenes norteamericanos y europeos para olvidarse del mundo], todavía quedaban cuatro días de reserva, pero el tiempo amenazaba desastres [y los hubo justo tras instalarme en un hotelito de ensueño en Alajuela, en realidad era el chalet de un piloto de las líneas aéreas ticas –de Costa Rica- que se explotaba de manera familiar] y había que tomarse las cosas en serio así que, recogidas las pertenencias, a la carretera, a buscar el primer enlace [hay varios al día, incluso sin estar anunciados, es una especie de caos, pero siempre en movimiento, estás mucho menos tiempo que en nuestra encorsetada sociedad donde a la hora de la verdad nada funciona] que me devolvería a la central de San José y donde tomé el taxi para irme al alojamiento que previamente había reservado [después de esa noche que tenía reservada me fui a otro mucho más bonito, más barato y, sobre todo más limpio: la propaganda no siempre nos da lo mejor] cerca ya del aeropuerto y consumiría mis últimos días sin grandes contratiempos. ¡Mereció la pena!, apenas cinco kilómetros de taxi y a facturar tras la experiencia del litoral caribeño.

     El viaje a Bocas del Toro fue realizado sobre la marcha, tras bajar del autobús en Puerto Viejo, la información de escapadas a ese rincón panameño crearon la duda y tras reponerme del largo trayecto desde Granada (Nicaragua), contrataba la escapada, previamente había que saborear este territorio a pesar de tener infraestructuras muy básicas [también hacen que sean más económicas y que escapen a esos grandes conglomerados hoteleros de otras zonas tropicales] y excelentes platos con los productos del mar. Algunos paseos en bicicleta, los obligados chapuzones en unas playas solitarias y el descanso que tanto te agradece el cuerpo cuando ya estás al límite de tus fuerzas.

     Ofertas para Bocas del Toro hay para todos los gustos. El que llega hasta este rinconcito de la geografía costarricense, fronterizo con Panamá, tiene en su mente esa escapada que no defrauda pero, todo hay que decirlo, que nadie busque lujos y quizá por ello todavía está prácticamente virgen [ya se sabe, ropa liviana, calzado adecuado, vida informal] donde las “modas no existen” y el día a día es un verdadero milagro… ¡Menuda estampa hacía la chica de París con sus tacones de aguja intentando pasar el puente de Sixaola el día de lluvia torrencial! Pero al final hizo lo que debía: descalzarse o al agua. Una recomendación para cualquiera que se adentre por la región, no pierda nunca de vista el pasaporte, es el único lugar donde las cosas se complican si no estás pendiente, es un documento codiciado y cualquier despiste puede amargar el viaje a cualquiera. No hay que desconfiar, pero ciertas cosas son sagradas. Hay un impuesto turístico [qué rápidamente los gobernantes se apuntan a las modas de saquear el bolsillo del ciudadano] e infinidad de vueltas. No se complique la vida y siga a rajatabla las indicaciones de los responsables que le esperan al otro lado del río para seguir viaje. Si todo va bien, tras llegar al puesto fronterizo, los trámites pueden demorar un par de horas, todo depende de la gente que está en la inevitable cola.

     Recuperado el grupo, vuelta a otra “combi o microbús” que enfila la selva panameña rumbo a Almirante en donde se toma el Taxi acuático que te transportará hasta la región insular que pasa por ser la más turística del istmo y uno acaba comprendiendo “por qué” los ticos la ofrecen como destino o escapada turística a todo el que se pierde por Puerto Viejo de Talamanca.

     Nada más llegar uno descubre que es otro mundo, sus habitantes son afroantillanos y hay indios en varias comunidades. En la calle principal casi todo el comercio está copado por chinos y desde Bocas del Toro hay escapadas exclusivas que continuarán dejando extasiado al viajero. Una de ellas es la del Parque Marino Isla Bastimentos [histórica por los viajes colombinos], los Cayos Zapatillas, la Isla de los Pájaros o la Playa de las Estrellas. En definitiva, a la que te descuidas, descubres que necesitabas más días para visitarlo todo.

     A algunos de esos lugares resultará fácil llegar, a otro no habrá más remedio que apuntarse a alguna de las excursiones que, en cualquier momento, nos acaba sorprendiendo: están en manos de algún espabilado que viendo cómo se ponían las cosas en España decidió mirar otros horizontes y allí está de maravilla, viendo crecer la cuenta. Las escapadas son consustanciales a cualquier paseo por la calle central, todo el mundo las ofrece, sobre todo tras popularizarse la zona con uno de esos alienados programas en donde encierran a gente ociosa, en busca de no se sabe qué experimentos sociológicos y que acaban, a veces, desquiciando a los que se atreven a probar ese tipo de aventuras sin estar preparados ni física ni mentalmente.

     Allí hay una mezcla de lenguas que muchas veces te preguntas ¿pero qué es este galimatías? Nada menos que el guari-guari [inglés, palabras africanas, francesas, españolas…]. Bastarán unas cuantas horas por la zona y te acabas dando cuenta que hay algo que no cuadra ¿me habrán entendido? La respuesta llega con el pedido. Si acertó, está vencido el peor escollo. La noche es poco luminosa, propicia para las sombras, pero es una zona tranquila y el hotel escogido en la calle principal no tiene pérdida, así que no hay que preocuparse, media hora calle abajo hasta que finaliza el pueblo y media vuelta para desandar el camino. Cena, frutos del mar y la refrescante cerveza [conviene llevar repelente de mosquitos para evitarnos mayores contratiempos].

     Tras regresar al hotel, justo en su puerta, estaba la parada del microbús que te lleva a la Boca del Drago y una playa de transparentes aguas donde paseas con las estrellas de mar a tus pies, impresionante escapada y langosta fresca a precio de sardina y la señora del chiringuito sólo le tenías que preguntar si había posibilidad de comer; ella te contestaba: No tengo nada pero ¿usted qué quiere? ¿Pescado o Langosta? Entonces el chico se iba al mar con sus gafitas, su cayuco de tronco de madera y su arpón. ¡Voilà! En media hora volvía con su bolsa y una docena de ejemplares de considerable tamaño para satisfacer los estómagos de la decena de personas que ese día llegaron a tan paradisíaco lugar; te estaban preparando la comida mientras disfrutabas de ese rincón de paraíso con aguas transparentes, cristalinas y plenas de vida a poco que te introducías en el mar, alejándote de la arena playera..

     A media tarde toca retirada, a las cinco partía el microbús para la pequeña y coqueta capital insular. Decido hacer el camino bordeando la playa [los 5$ cubrían el viaje de ida y vuelta, pero la media hora caminando, disfrutando del hábitat, realmente merecía la pena] y aún quedó un cuarto de hora para deambular por el pequeño núcleo donde, el camino para el vehículo, finaliza.

     Frente a Bocas del Toro está la isla Carenero que pasa por ser una de esas cosas exclusivas que tampoco hay que dejar de visitar, por los mágicos 5$ cualquiera te lleva con sus “lanchas-taxi”; algo más lejos quedaba Bastimentos que pasa por ser uno de los paraísos hoteleros, pero que no recomendaría a nadie salvo si es para ir a instalarse a la parte privada, con su propio fondeadero y recatados lugares, lejos de curiosos, pero eso es otro mundo. Es fácil de ir y se cobra por la entrada al “exclusivo” enclave que dispone de una agradable zona de playa y precios de “potentado norteamericano”. Los lujos son para saborearlos y también para pagarlos. El enclave merece la pena aunque el día te lo pueden amargar si tienes la diosa fortuna de ser “acomodado” con un grupo de inconformistas “boludos” [argentinos] que se quejan hasta del polvo que levanta el “pick-up” al cruzar el brazo de isla y dejarte en una inmensa y solitaria playa. El embarcadero está situado en una zona de grandes mangles y miles de cangrejos te ofrecen un espectáculo de correrías impresionantes.

     Las compras [tampoco son imprescindibles, hay que pensar que tienes que acarrear con ellas] se pueden hacer tranquilamente cuando, una vez caída la tarde, uno regresa a Bocas del Toro para su merecido descanso. ¡Cómo cansa estar todo el día deambulando de una isla a otra! Hay artesanías de los indios kunas, también de los afroantillanos [los encontré muy distantes y su emplazamiento en Bastimentos tampoco es para volverse majara por la autenticidad]. Las tiendas están casi todas concentradas en la calle principal y uno descubrirá que están en manos de gentes que cambian continuamente de manos, cuando han hecho el negocio, lo traspasan y desaparecen en busca de mejores horizontes. De ahí esa especie de transitoriedad que inicialmente uno achaca al terrible clima tropical y las constantes lluvias que crean una atmósfera llena de humedad y movimientos ralentizados.

     A media tarde conviene perderse por algunos lugares para degustar los platos de mar, cocos, especies picantes, cervezas, etc. Al lado del embarcadero encontramos una lancha que siempre está disponible para ir a la otra isla que es de ambiente más selecto. En la Avenida Luis Rosell [¿Qué pinta este nombre catalán aquí?] Para postre, cuando llegué a Valls a comienzos de los setenta, un comerciante de zapatos se llamaba así, inevitablemente los recuerdos se agolparon, la imagen de la salida de Alhama, en el célebre autocar de Los Albertos, casi 24 horas hasta que me dejaban en las afueras de la que al final sería la zona de reunificación familiar [aunque no siempre todos estuviéramos trabajando aquí]. ¡Increíble lo rápido que la mente se sugestiona con sólo un nombre!

     En esa zona céntrica hay uno de esos establecimientos que nunca se olvidan La Ballena pero, la verdad, recorrer medio mundo para comer cocina mediterránea, no es para echar cohetes, sobre todo cuando descubres infinidad de sabores y platos sólo dejándote llevar por lo que los nativos te ofrecen en sus establecimientos. En definitiva, que recomiendo no dejarse arrebatar por los recuerdos de sabores o platos [nunca se me olvidará la paella que me pusieron en la frontera con los Estados Unidos], y dejarse por lo local, experimentar, probar, saborear…

     Bocas tiene de todo y para todos los bolsillos, pero conviene “atarlo” o corremos el riesgo de hacer noche en el Hotel de las Estrellas ante la demanda que a veces los desborda. Algunos lugares son exclusivos y casi siempre son los utilizados por las Agencias de Viajes para los que buscan privacidad y anonimato al estilo de las estrellas de Hollywood. A las veinticuatro horas de haber llegado ya conoces un puñado de personas y personajes, es uno de esos idílicos lugares con dimensiones realmente abarcables sin necesidad de estar utilizando otro transporte que no sean tus piernas.



















    Hasta la próxima aventura. Juan Franco Crespo.


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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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