Escapada a las antípodas: Nueva Caledonia

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    Si me lo hubieran dicho hace años no me lo habría creído, pero yo tenía un sueño y, llegado el caso, este se desvaneció por obra y gracia de unos individuos que, una vez llegan al poder, se pasan por el forro todo lo pactado y a los que se sacrificaron los asaetean y los despluman. Para más regodeo, encima de ser ellos los que incumplen, te endilgan el desastre de su acción a la ciudadanía.

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     Así que, llega el momento, no tengo el dinero y, además me han escaqueado “una extra” por obra y gracia de la Generalitat que hacía años venía enseñando los dientes y los afectados no querían verlo [pero tranquilos, no será la primera ni la última vez que esos “idolatrados” harán lo mismo, viene a ser una especie de ADN que es difícil de eliminar]. Mi proyecto, mi sueño, se iba por la “reondilla” ¿se acuerda alguien en el pueblo? ¡Cómo corrían los jugadores del Andaluz cuando de críos se nos ocurría decir que venían los del tricornio., pero… ¿Por qué no hacer una escapada que, en cierta medida, responda a ese año mágico de mi paso a la etapa dorada de la “jubilación?

     Tocaba hacer números y estos comenzaron prácticamente al inicio del curso cuando, dependiendo de cómo me afectase la normativa, cumplía los años en mayo y por muy mal dadas, generalmente, ya no se cambia la legislación de un día para el otro, ya estaba metido en los planes, buscándome la vida teniendo en cuenta que en septiembre ya no tenía que regresar al “tajo” laboral, libre de la losa y premura del tiempo que durante más de tres décadas me obligaba a estar el día 1 en el imprescindible lugar de trabajo.

     En algún momento escribí sobre mi amiga de adolescencia que vivía en una isla remota y que, entre carta y carta, me hacía soñar en una época maravillosa de la vida: la adolescencia y el servicio militar; de paso me enviaba unos sellos que enganchaban al más pintado por las bellísimas imágenes que a veces veíamos en el Cinema Pérez, sobre todo con algunas cintas como la inolvidable Robinsones de los mares del Sur; las aventuras de Stevenson, Michener o Defoe. El resultado era indiferente, pero las islas estaban ahí. Manos a la obra, a calcular lo que necesitaba, planificar los vuelos y, sobre la marcha, iría haciendo camino para una vez acabada la faena y dejadas atrás más de tres décadas de docencia, salir pitando, siguiendo ese pensamiento mítico de circunnavegar la Tierra [me quedé a sólo tres husos horarios para completarla, pero no pierdo la esperanza porque como decía mi amigo Eduardo Muñoz de la calle Guillen cuando jugábamos a las canicas en el céntrico e histórico patio del cuartel o en la pared del castillo: mientras hay vida hay esperanza].

     El buscador de vuelos dando sobresaltos y al final hay uno que entra en el presupuesto, será un trayecto más largo, pero añade un nuevo aliciente, siquiera de pasada, deambular unas horas por territorio japonés. Confirmación, pago y a dejar temblando las finanzas; tenía un semestre por delante y tocaba hacer hucha, administrar los escuálidos recursos para cuando llegara julio poder iniciar el despegue hacia las antípodas. Sólo tenía reservado un hotel junto al aeropuerto de La Tontouta que acababan de inaugurar unos meses antes.

     Tras abandonar las instalaciones, a preguntar por el Hotel que, en el plano, aparecía a unos centenares de metros del mismo, pero nadie sabe nada, cuestión de otear el horizonte y en la gasolinera próxima a la carretera Sur-Norte –la mejor de la isla, pues la que va por la otra orilla había sufrido los azotes de las huracanas lluvias y el viento y estaba cortada por varios puntos y así continuaba un mes después-, tras localizarlo y descansar como un lirón, los 15.000 kilómetros del trayecto, resultaba que el hotelito, apenas visible desde la carretera, estaba al lado de las instalaciones del aeropuerto, agazapado entre grandes árboles y casi mimetizado con el hábitat que lo cobija. Apenas eran diez minutos como comprobaría tras escapar unos días a Vanuatu: el país de la felicidad azotado por la furia del huracán en el 2015.

     El trayecto Barcelona-Helsinki-Tokio-Nouméa se hace pesado [al regresar la escala en Japón se realiza en Osaka] aunque, como en las aventuras de Willy Fog, al ir hacia el Este, se hacía más llevadero, pero el “tute” se hizo notar y tras la dormida de casi 24 horas en el coqueto establecimiento cerca del cómodo y moderno aeropuerto que apenas tenía unos meses de servicio, construido y financiado con fondos de la Cámara de Comercio, me dejaba listo para disfrutar de unas tierras que en conjunto representan cerca de 20.000 km² y apenas información que rápidamente comencé a tener gracias a los excelentes puntos “I” de todo el territorio o a los indicadores que tan frecuentemente y de una manera estratégica te encuentras a lo largo de las rutas que, una vez dejada la zona capitalina, apenas es transitada y parece que estás viviendo una “Road Movie”. Tocaba iniciar el reconocimiento, disfrutar de su paisaje y sus gentes que, desde 1853, con diferentes estatus administrativos, forman parte de la República Francesa. El vehículo, prácticamente en rodaje, se portaba de maravilla y como si fueras en un barco, sólo tenías que poner rumbo norte.

     Las tierras que hoy conocemos como Nueva Caledonia fueron pisadas por el ser humano hace unos 5000 años y eso se sabe gracias a los restos neolíticos de la denominada cultura lapita que entre otras habilidades, eran excelentes navegantes y mejores agricultores aunque, lógico es decirlo, la naturaleza es pródiga y apenas tienes que dedicarte a sacar las malas hierbas para sobrevivir –algunas islas basan su vida en torno al ñame y el taro, tubérculos que realmente te permiten vivir sin necesidad de trabajar en el concepto que nosotros conocemos. Descubrí que el paisano de Albolote [que lo habían hecho jefe tribal en una de las islas de las Vanuatu, estando entre sus obligaciones la de “blanquear” un poco la tribu en cuestión. Finalmente, cansado de aquella vida y con nocturnidad, huyó en una pequeña barquita y encaminó sus pasos hacia Australia donde escalaría posiciones en el imperio periodístico de Murdoch donde acabó siendo jefe de la sala de linotipia] que se me acercó en el aeropuerto de Barcelona y que llevaba más de medio siglo viviendo en el país continente, en un mundo donde la temperatura es constante y en torno a los 25 grados, con una quietud tropical, que sólo rompen las olas y los vientos cuando llega la época de las lluvias, tampoco necesitas muchos más.

     Nueva Caledonia se convirtió en una colonia penal y prácticamente ese fue su destino durante la segunda mitad del XIX; los penados iban llegando desde la metrópoli de manera constante. Los documentos y fuertes que ví me hacían recordar escenas de aquella célebre película de Papillón [aunque la historia se basaba en un penal de la Guayana Francesa]. Administrativamente, tras los hechos sangrientos de finales del XX, se establecieron las tres provincias actuales [Norte, Sur e Islas Lealtad]. Las dos primeras forman la Isla Grande y suman más de 16.000 km², son tierras que proceden del supercontinente Gondwana y, junto con las de Nueva Zelanda, se separaron de la deriva continental australiana hace 85 millones de años, todavía hoy, flora y fauna de aquella etapa de la historia de la Tierra siguen sobreviviendo en estas latitudes remotas.

     La vegetación y la benignidad del clima fue lo más impactante, aunque lógico sea decirlo, los canacos resultaron muy accesibles y amables, incluso en algunos casos hablaba con ellos en español que les enseñan en las escuela, como el día que me topé con la Playa de Franco. Tampoco te deja indiferente la gran explotación minera [25% de las reservas mundiales de níquel] es también su cruz que a veces afea el paisaje con millones de toneladas de escoria visibles a centenares de kilómetros, incluso desde alta mar como pude ver en mis diferentes derrotas por la región.

     Los nativos practican una agricultura de subsistencia [en algunas islas todavía viven como antaño y el europeo es un “personaje realmente exótico”, sería el caso de las Bélep], otras nacionalidades viven prácticamente al margen de ese sistema y, salvo los productos frescos, todo es de importación y el nivel de vida para un visitante es mucho más elevado que el del territorio metropolitano. El alto poder adquisitivo que provoca la minería [generalmente llevan especialistas que están unos años y viven muy bien durante los meses que son destinados a una isla con 400 kilómetros de largo por 50 de ancho, sumamente tranquila y con rincones realmente idílicos y meca de los turistas de alto poder adquisitivo de Nueva Zelanda, Australia y Japón] junto a ellos, otro fragmento de ingresos altos es el sector público que da empleo a un tercio de la población y con el sector terciario, basado en el turismo, conformaría las tres patas básicas del sistema que hace posible una economía en expansión, creando riqueza incluso para algunos españoles, que de todo me encontré por aquella lejana tierra. No hay grandes complejos turísticos pero tampoco falta en donde alojarse y sentirte un sultán, sobre todo fuera de temporada, como era la época en la que viajaba por la región.

     Tras el copioso desayuno en el coqueto TONTOUTEL tocaba iniciar el camino hacia el gran norte, en determinados momentos del recorrido, me parecía estar en territorio australiano. Enfilaba la Route 1 Oeste vía Boulouparis-La Foa, con parada para la comida y una pequeña escapada al anfiteatro de Sarraméa que te permite tener una magnífica vista de la isla desde aquella impresionante atalaya natural casi en pleno centro geográfico donde el paisaje te atrapa. Hacia media tarde llegaba a Bourail donde acabaría haciendo noche en la bellísima y solitaria Bahía de las Tortugas que era donde se ubicaba la Casa de Huéspedes que me recomendaran en el turismo de la cabecera distrital.

     Bourail es una comuna de 800 km² y 6.000 habitantes, se trata de un cruce de caminos [algo similar a La Foa, en total hay cinco puntos que permiten cruzar la isla Grande por tortuosas carreteras de montaña en el sentido este-oeste o viceversa] en el que conviven seis tribus y cuyas planicies se conocen popularmente como el Lejano Oeste Caledoniano; celebra una feria anual desde 1877 y en la que los productos agropecuarios son la estrella de la muestra. El par de días que estuve por aquí me permitieron conocer la zona rodeada de impresionantes campos verdes y unas solitarias playas, pero los quince grados invernales no daban muchas ganas para zambullirse. En Guaro-Deva-Poe se me antoja que en verano debe haber un gran ambiente festivo porque encontré inmensos lugares para la acampada y equipamientos para la práctica del submarinismo [recordemos que hay varias zonas acotadas e integradas en la lista mundial de la UNESCO]. También tiene más de un centenar de kilómetros de senderos señalizados, numerosos proyectos hoteleros y un flamante campo de golf de cara a centrar un polo de desarrollo turístico en esta parte del centro de la isla que quiere convertirse en un polo de atracción para el potente mercado turístico asiático.

     Si hay algo que verdaderamente me sorprendió fue el célebre camposanto neozelandés que hay poco antes de llegar a la población. Impresiona la pulcritud con la que se cuidan los restos de aquellos que, encuadrados en la ANZAC, dieron su vida durante la II Guerra Mundial. Otro cementerio es el árabe que acoge a los deportados de la Kabilia que llegaron a la isla a finales del XIX según me comentaron, pero esa es ya otra historia.

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    Hasta la próxima aventura, Juan Franco Crespo

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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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