La Paz (Bolivia) donde la altura hace de las suyas y el mate es lo único que te permite poder caminar lentamente

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     Antes de continuar, decir que fue sumamente entrañable el encuentro con la capital andina y sorprendente el cambio [para bien] que ha dado desde mi verano de voluntario hace dos décadas. Mejorada su red viaria, más limpia y mejores transportes en una ciudad de terrible orografía que, con las lluvias, no deja de padecer problemas y dolor.

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     Los cerros no dejan de desmoronarse como un terrón de azúcar en un café y al fundirse, como si de mantequilla se tratase, a veces engulle personas y enseres como si ese fuera el tributo para los dioses de la mitología. La lucha que mantienen sus autoridades contra ese problema ese, se me antoja, de titanes, aunque tratan de combatirla plantando árboles [recordemos que la ciudad está entre 3500-4500 metros de altura sobre el nivel del mar y, por ejemplo, en España a esa altura ya no hay vestigio alguno de vegetación] para tratar de frenar el drenaje que provocan las aguas torrenciales cuando deshacen su suelo.

     Lamentablemente, algunas zonas van perdiendo su encanto, su autenticidad. Por suerte, el mercado de los Brujos todavía tiene su encanto a pesar de los numerosísimos cierres y la chinanización de las mercancías. Pero, para un europeo, es el lugar más recomendable, no sólo para ver, sino incluso para comprar [inevitable, a pesar de todo, el negociar a la baja y, si se puede, hacer las compras agrupadas para tentar al vendedor, éste nunca venderá absolutamente nada si le representa un céntimo de pérdida; es un problema psicológico al que el comprador debe enfrentarse]. La máxima es: pidan lo que pidan, dividir por dos y nunca pagar más de tres partes del total [ellos todavía tendrán ganancia y el artesano es al único que explotan, a pesar de todo, en la soledad de la puna, esa persona, gracias a las artesanías que colocan los comerciantes puede sobrevivir sin tener que engrosar las innombrables bolsas de miseria de la mayoría de las grandes ciudades].

     En esa zona encontrará los mejores precios en cualquier tipo de artesanía, especialmente útiles son las confeccionadas con la lana de los camélidos andinos que, en algunos casos, superan el precio del oro, es habitual encontrar piezas confeccionadas con lana de alpaca y llama [la cara vicuña es difícil de localizar allí y su precio es verdaderamente de infarto] que dan un calorcito especial, aunque si no hace un frío como el de nuestra Alhama, no siempre es aconsejable comprar piezas para utilizar [otra cosa es para el recuerdo] porque acaba “atosigando” al usuario, especialmente en los lugares que ya están caldeados.

     La Paz es sorprendente y tiene pocas cosas para el turismo de masas. Las comodidades todas las imaginables, pero la altura hace de las suyas y el mate es lo único que te permite poder caminar lentamente. Allá donde fueres haz lo que vieres: en infinidad de lugares encontrarás al autóctono mascando hoja de coca, esa planta que, por sí misma, sólo ayuda al ser humano [pero si te pasas masticándola años, tendrás por seguro que te quedarás sin dientes] pero los que viajan buscando otras cosas más fuertes, pues eso: que se lo hagan mirar porque, posiblemente se encuentre ante los controles más exhaustivos y escrupulosos del mundo y en ellos muchos acaban conociendo uno de los sistemas penitenciarios más duros del orbe. Una cosa es masticar la hoja para sobrellevar el “mal de altura o soroche”, otra hacer de camello o mula. De verdad, no me sobrecogen esos supuestos “ciudadanos” que, cuando son cazados “in fraganti” tratan de dar lástima a la sociedad. ¿Por qué no se preguntan, cuando deciden hacer el viaje cargados hasta las cejas, del daño que provocarán si consiguen eludir los controles en sus sociedades de origen?

     Por supuesto, aconsejo tener controlado el equipaje y siempre con la precaución de cerrarlo adecuadamente para evitar tener sorpresas. Las autoridades son conscientes del problema y están preparadas con los más modernos medios donde, a veces, los chuchos son realmente fabulosos a la hora de “detectar” al vivo de turno. Dicho esto, volvamos a la ciudad, al ambiente paceño.

     Si uno llega por avión, debe saber que lo hace al aeropuerto más alto del mundo situado precisamente en EL ALTO, un suburbio que creció cuatro o cinco veces a como estaba en los noventa, cuando yo lo conocí. El caos y la anarquía urbanística se presentan aquí de una forma desvergonzada. Desde allí se puede presenciar La Paz en toda su amplitud y uno llega a entender ese caos urbanístico y las dificultades para moverse, aunque, salvo zonas aisladas de los confines, es fácil desenvolverse por la ciudad por la gran cantidad de transporte. Generalmente sólo hay que mirar el letrero y el itinerario, pero muchas veces toman “porque les va de camino” y te dejan donde pretendías ir sin grandes dificultades.

     La capital paceña atrapa al viajero por su multicolor ambiente e infinidad de mercadillos donde uno encuentra de todo [un problema pueden ser las farmacias, así que si el viajero tiene medicación constante en su país, lo mejor es ir con las correspondientes, al tiempo de estancia, en el botiquín; la globalización parece que no funciona en ese mercado, sólo si uno conoce el principio activo [conviene llevar la receta o el folleto informativo del medicamento] por lo general se llega a conseguir cualquier cosa, aunque a veces los precios no son precisamente baratos. La llamada economía informal inunda la ciudad en el horario central del día y comienza a decaer hacia las tres de la tarde [hay gente que necesitará varias horas para regresar al lugar de donde partió y combinar diversos transportes] cuando en muchos casos comienzan a bajar persianas y cada mochuelo regresa a su agujero. La noche no es la más atractiva aunque nunca tuve problemas en esta ciudad del altiplano.

     Las cosas más importantes, históricamente hablando, las tenemos en una zona bastante céntrica y a un tiro de piedra del Convento de San Francisco (1549) que podríamos considerar el punto neurálgico para iniciar el camino por la ciudad. La primera piedra de lo que hoy es La Paz se colocó el 20 de octubre de 1548 por Alonso de Mendoza en el paraje de Laja, pero apenas tres días después cambiaba a otra zona más benigna, hoy todo es un conglomerado de aquellos comienzos previstos para el descanso de caballerías y personas que realizaban la ruta Cuzco-Potosí-Cuzco donde las reatas de mulas cargadas de plata eran interminables en los tiempos de la colonia.

     Justo detrás de la Iglesia de San Francisco está la calle Linares [uno llegará antes preguntando por el Mercado de los Brujos] y ahí mismo encontramos el peculiar Museo de la Coca donde el curioso encontrará cuanta información precise de la planta andina por excelencia y usada desde tiempos inmemoriales, incluso la popular bebida refrescante a nivel planetario la lleva, así que no tenemos por qué pensar en negativo cuando uno habla de esa peculiar flora. Por cierto, hay un concurridísimo mercado dedicado a sus hojas que no deja de ser interesante de visitar para aquellos que sientan interés por esa peculiar parcela de las tradiciones andinas.

     Si además de las compras le interesa lo auténtico, entonces no se pierda las populares peñas, cualquiera le podrá hablar de ellas y el centro es donde está todo lo que aun viajero le pueda interesar, dependerá del tiempo que uno tenga para estar por la región. Si es una temporada larga, a tomárselo con calma y a dejarse llevar ya que no siempre lo más turístico es lo mejor. Por ejemplo en mi última estancia descubrí algunos rincones en la zona del Prado que se me escaparon en mi larga estancia de varios meses a mediados de los noventa.

     Una de las fiestas que más sorprenden al viajero son las del Carnaval Paceño, el colorido, la vestimenta y más de 500 danzas aseguran que uno encontrará algo que le llenará. El desenfreno es total y no hay que abusar de la famosa “chicha”; los nativos están acostumbrados pero no dejan de darse escenas chocantes, a veces, en sus fiestas se llega al estadio en que nadie conoce a nadie, con todo lo que eso significa y, en muchas ocasiones, el producto de esos momentos desbocados llegará unos meses después.

     En La Paz, respecto a la vivienda, nos encontramos en una situación inversa a lo que acontece en Europa, las casas más caras son las que están en la parte más baja del Valle y las más baratas son, casi siempre, construidas por los propios habitantes en los cerros que envuelven esa gran ciudad que parece alcanzar el cielo. El aire es más puro a medida que vamos bajando. Basta darse una vuelta hasta el Valle de la Luna para comprobar que las mansiones no son exclusivas del primer mundo.

     Desde La Paz hay varios lugares dignos para una escapada; encontraremos desde yacimientos arqueológicos a los impresionantes Yungas. Sólo hay que recordar que el transporte es lento debido a la endiablada orografía [por ejemplo el Valle de la Luna está a sólo cuatro kilómetros del centro, esa ínfima distancia en España en cualquier zona no montañosa apenas son unos minutos, allí se hace con media hora de por medio y no sé si los modernos GPS no se vuelven locos en aquellas tortuosas subidas y bajadas]. Si la estancia es corta, no se canse, tome un “city tour” a primera hora de la mañana y déjese llevar, prácticamente le mostrará todo lo que el viajero tiene interés y si su tiempo se lo permite patéese la zona central y le tomará el pulso a esta sorprendente ciudad. Hay un par de miradores y se está ampliando la red de teleféricos que permiten tener otra visión de la ciudad vigilada por el impresionante ILLIMANI [las mejores fotos a media tarde desde la calle Potosí o desde sus paralelas Comercio o Mercado].

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    Madre Luna
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    Hasta la próxima aventura, Juan Franco Crespo.

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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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