Caribe: Trinidad y Tobago

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    Fueron localizadas por Cristóbal Colón en su tercer viaje, en 1498, cuando llegó hasta las actuales costas venezolanas. Recordemos que los británicos las agruparon en islas de sotavento y barlovento.





     Las dos islas tienen poco más de 5.000 kilómetros cuadrados [concretamente 4828 y 300 respectivamente], actualmente habitadas por poco menos de millón y medio de habitantes de los que unos 60.000 estarían residiendo en la tranquila y sorprendente islita de Tobago, ideal para el submarinismo, los peces multicolores y el solaz en este mundo tan ajetreado.

     Fueron localizadas por Cristóbal Colón en su tercer viaje, en 1498, cuando llegó hasta las actuales costas venezolanas. Recordemos que los británicos las agruparon en islas de sotavento y barlovento. En el caso que nos ocupa abarcarían desde Dominica hasta Trinidad o grupo de las Islas Windward.



     El primer gobernador de la isla fue el español Diego de Sedeño que tomó posesión en 1532, pero sería Jiménez de Quesada el que completaría la incorporación de la totalidad del territorio insular en 1592, justo un siglo después de la primera llegada al Nuevo Mundo, lo que indica que los mayoritarios arawak y caribes no se lo pusieron fácil a aquellos hombres a pesar de que hoy nos quieran hacer creer, mentes iluminadas, el desastre de aquel encuentro. El gran salto poblacional se daría cuando Carlos III permitió la emigración ilimitada en 1783 por el célebre Tratado de Paz de París.

     Evidentemente, la presencia española fue escasa y tenían otras preferencias, en concreto hasta 1802 pertenecieron al Reino de España [El Tratado de Amiens les dará estas tierras a los británicos]. Como ya comentáramos en otras entregas caribeñas, nuestros compatriotas se largaron de estas latitudes en busca de fortuna a la parte continental, fue cuando rápidamente las potencias europeas del momento se pusieron manos a la obra: eran los okupas del momento, estas tierras caerían bajo el mando de Su Graciosa Majestad que estaría aquí hasta 1962, cuando declararon la independencia dentro de la Commonwealth, creando entonces una especie de Mercado Común que denominarían CARICOM, era 1973, trataban de alcanzar la autosuficiencia alimenticia, aunque después de casi medio siglo ese es un reto no conseguido y este país está de suerte ya que las divisas entradas con el petróleo le han dado un respiro que no han tenido otras islas que se las habían prometido tan felices con la emancipación.




     Hoy podemos decir que el monocultivo en el que han caído es el del turismo, aunque uno se pregunta si al ritmo que vamos, esto les podrá durar mucho ya que la generación que nos sigue parece que lo tendrá todavía más difícil llegada la edad del retiro. Gracias a su clima, si exceptuamos la época de los huracanes, es ideal para andar holgazaneando por aquellas latitudes y disfrutando platos sabrosos a precios de menú en el más modesto de nuestros chiringuitos, aunque si te descuidas y te metes en uno de categoría, entonces te puede costar la torta un pan. Vaya, que los ociosos abuelitos norteamericanos y canadienses vienen a darle un buen respiro a la mayoría de la población y muchos puedan comer algo más que sancocho.

     Trinidad es la mayor de las Pequeñas Antillas, por lo tanto es también la más habitada y cosmopolita. Deambular por Puerto España es una de esas cosas de las que uno no se olvida con el paso del tiempo y atravesar calle de ocho carriles, en torno a la Terminal de cruceros, con un tráfico endiablado, no es tarea nada fácil, a simple vista se antoja imposible. Pero se produce uno de esos agradables hechos que, a un europeo, acostumbrado a tener que acelerar el paso en el semáforo, le sorprende cómo se comportan los conductores autóctonos.



     No había semáforos, no había pasos cebra señalizados, pero milagro, es verte en la acera con la intención de pasar y te hacen señal con los brazos para que accedas a la calzada con toda la tranquilidad y sin forzar la marcha –los mayores todavía son apreciados en aquellas latitudes- y, cuando te aproximas al centro de la calzada, ya comienzan a pararse los coches del otro lado de la marcha para darte paso con una gran sonrisa. Jamás me había encontrado nada similar, nosotros en Europa nos creemos el ombligo del mundo y allí me encontré una exquisita cortesía por parte del automovilista, como si todavía no hubiera llegado la época del estrés.

     Una agradable forma de descubrir que la cortesía no está reñida con la velocidad y que no te la juegas cuando quieres atravesar la calle. Después vendrán más sorpresas, como el calor o la alegría de sus gentes, sin contar que eran unos días muy normales porque el éxtasis se alcanza en su famoso carnaval que en nada, dicen, tienen que envidiar a los brasileños. Especialmente atractiva es su música de percusión [calipso o Steel Band] que atrapa a aquellas gentes que parecen estar hechas para el baile y la juerga. Desde sus edificios más altos, es posible divisar la costa venezolana.



     Racialmente la isla presenta un mosaico que también se refleja en sus construcciones: españoles, ingleses, franceses influirían en su espíritu y a mediados del XIX, acabado el sistema esclavista [1834], llegarían hindúes, chinos, sirios, libaneses que acabarían dando lugar a uno de los mosaicos más cohesionados de los que he vivido: cada uno va a lo suyo y nadie se molesta, saben que tienen un país y que todos se necesitan [aunque me imagino que hay también sus recelos]. Recordemos de paso que el mercado esclavista generó pingües fortunas en los mercados de Barcelona, Valencia, Sevilla o Islas Canarias pues en estos puertos, aunque la gente se rasgue las vestiduras, se traficaba en aquella época con seres humanos ¿se puede uno abstraer de la corriente histórica?

     En realidad fueron plazas fuertes en ese negocio y numerosas familias que hoy van de sobrados por la vida, resulta que hicieron sus fortunas en aquel macabro negocio de la época que, recordemos, los europeos compraban en los mercados del Golfo de Guinea a donde los llevaban los que los capturaban en el interior del continente. ¡Vaya que no es un pasado tan lejano, pero que tampoco tenemos por qué olvidarnos de él! Debemos colegir que la explotación del hombre por el hombre no ha cesado desde que el bípedo se puso de pie, aunque uno quiera pensar que es libre. Pero sería conveniente preguntarse ¿hay alguien que no haya tenido servidumbre y, por lo tanto, necesidad de “entramparse” con alguien? Es como cuando [tras pagar unos años de hipoteca] dejas de pagar unos meses y el banco ejecuta la misma; el que la habitaba creía que la casa era suya, pero llegado ese momento, descubre que en realidad es del banco; dejas de pagar y rápidamente ves que tu teórica libertad está cimentada sobre una ruina.



     Pero volvamos a las calles de Trinidad, a sus gentes, demasiado calor, demasiada humedad… Lo normal a partir de media mañana es buscar el lugar de la sombra y algún chiringuito para apagar la sed o refrescar el gaznate, como prefieran. En mi caso concreto sería BOCAS en donde se podía pagar con dólares americanos [ellos te darán la vuelta en moneda local] algo que no siempre sucede, pero generalmente es posible cuando el negocio lo lleva el mismo propietario. Ya se sabe, dólar a dólar, haces un puñado y me recuerda a la argentina que conocí en Ushuaia y que cada año veranea en Mallorca gracias a esos dólares que dejan los que por allí se pierden: le podías pagar con cualquier billete [chileno, brasileño, europeo o americano] y, si había que devolverte, te lo hacía en moneda americana si tenía. Me explicaba que ese dinero es como si no entrara en caja, que lo guardaba para el día del viaje al archipiélago balear: sencilla forma de pagarse unas vacaciones sin prácticamente esfuerzo. Total si no vendo no gano nada, si vendo, aunque sea de esa manera, siempre estoy ganando, después de todo son clientes ocasionales y no te puedes permitir el lujo de decirles que no le puedes vender lo que están dispuestos a comprar aunque no sea moneda argentina. Aunque de broma le pregunté si admitía PATAGONES y ahí comenzamos a reírnos a mandíbula batiente.

     Ese abigarrado cosmos de gentes de los más inverosímiles orígenes lo celebran a lo grande con una misa anual en la que el calipso es el contrapunto de partida que da paso al carnaval. Otra de las grandes fechas es la de la comunidad budista, los hindúes tienen un templo, dicen de lo más hermoso, en una pequeña isla deshabitada y a la que van a celebrar sus tradicionales fiestas en familia. Digamos que el hombre blanco es un “rara avis” [apenas un 1%] por aquellos lares; es cierto que gracias al petróleo gozan una renta superior a la media y parece que no han caído en el populismo de su vecino continental y tratan de ser pragmáticos para no ser contaminados por los encantos de la República Bolivariana que, una vez más, gracias a desmontarlo todo, los ha llevado directamente al momento más ruinoso desde que arrancaran la independencia a España.
    Su capital ofrece de todo, hasta gigantescas construcciones que buscan el cielo en la moderna y funcional área de negocios junto a su flamante Terminal de Cruceros. Allí nos encontramos edificios de todo tipo y los más viejos fueron azotados por los huracanes, muchos estaban cerrados durante mi estancia y otros seguían la frenética construcción, se ve que el ladrillo es un negocio de primera para los especuladores de medio mundo que encarecen infinidad de lugares y, cuando te descuidas, desaparecen y te dejan los mastodontes que son todo un problema.



     Los parques reflejan el típico estilo inglés, el mejor, sin duda, el Parque de la Reina y, al otro lado nos encontramos el Museo Nacional, si hace mucho calor puede servir para compensar nuestra deshidratación; personalmente prefiero irme a otro lugar más cotidiano y con gentes del lugar que disfrutan de la suave brisa que da el abanico tradicional colgado en el techo.

     Si hemos consumido parte de nuestro tiempo en ese magnífico rincón trinitario, no estaría de más darse una vuelta hasta el Ayuntamiento y detenerse en la Catedral neogótica de culto anglicano levantada en 1816, muy ajada tras el paso de la furia de la naturaleza que, arrancando en el Golfo de Guinea, se echa al Atlántico para morir en territorio norteamericano tras haber dejado el caos y la desolación a su paso por la zona caribeña. Tiene Puerto España unos coquetos jardincillos, aunque no abundan las sombras, si quieres bajar unos agrados tendrás que introducirte en el interior del templo que suele estar abierto de par en par.

     Otra arteria muy concurrida y abigarrada es la nunca solitaria Frederick Street (estatua de Colón incluida y a la que nadie parece molestarle con lo que colegimos que prima el pragmatismo y sobra estolidez en gentes de medio mundo que van repartiendo intelectualidad pero son incapaces de analizar la historia sin meter la pata). Si pasó por la Catedral anglicana, tiene otra más, la Catedral Católica levantada unas décadas después, allí impresiona la bóveda de madera de mediados el XIX. Puede acercarse a la célebre Queen Street donde luce, esplendorosa, la famosa mezquita Jama Masjid. Si está un tiempo prudencial por Puerto España, quizá le dé para escapar a Tobago (había un ferry nocturno sumamente barato) y, si puede, darse el gustazo de una de sus soberbias langostas con cerveza local que no siempre se localiza; lamentablemente la de la botella verde está colonizando todo el orbe con inusitada rapidez: no deja de ser otro tipo de colonización, suelen comprar las cerveceras locales y luego ya todos sabemos lo que sucede.



     Cerca de la capital encontramos un fuerte que nos impresionará Fort George, fue levantado en 1605 y nos da una remota idea de lo que eran capaces de hacer aquellos arquitectos militares que sembraron de fortificaciones infinidad de puntos sensibles no sólo de las Antillas, sino de todo el continente. Aquí podríamos hacer un inciso y señalar que aquellos titulados no se parecen en nada a los que hoy tenemos aquí y ahora; en pleno siglo XXI se estafa al discente y se estafa a la sociedad. Allí todavía perviven construcciones de hace 400 años y aquí hay edificaciones que no aguantan un vendaval de 50 kilómetros por hora o los 50 litros por metro cuadrado en cuestión de segundos. Reclamas y con suerte, caras destempladas: ¡Y a mí qué me dices!, entonces me viene a la memoria la cueva del VIVI y sus vecinos en donde nunca entró el agua en mi Alhama natal.

     Quizá (si no viajó a Tobago, que pasa por ser un paraíso ornitológico) el santuario de pájaros de Caroni (10 kilómetros al sur de Puerto España) les pueda llegar a sorprender, suelen preparar excursiones para observar miles de ibis rojos, garzas, etc. Incluso si se atreve la emoción está asegurada si se anima a ir remontando el río Wayama o pasar un rato por los pantanos llenos de manglares y caimanes evitando, eso sí, sacar la mano fuera de la barquita. Una semana, bien atados los enlaces, nos permitirá tener una remota idea sobre la isla mayor y descubrir sus encantos, incluso bajo tierra, sería el caso de las Cuevas de Aripo que no tienen nada que envidiar a otras mucho más cercanas a nuestra residencia habitual, pero allí son una agradable atracción, aunque requieren una buena locomoción y madrugar para evitar el abrasador sol que cae a media mañana.

     En el área del Ara Wright Nature Center podemos admirar al célebre Guácharo que a mi personalmente me devolvieron a las zumayas del Cortijo Las Cuadras cuando, en pleno verano, era un placer dormir al raso sobre la paja con Luna llena, uno de esos momentos que nunca olvidas, aunque, llegados hasta aquí, uno tenga que preguntarse ¿hay algún niño que hoy disfrute de esa visión nocturna en plena naturaleza? Para los playeros nada mejor que las recoletas caletas de Toco.

     Y un último inciso para los amantes del avistamiento de aves, en este caso, una vez llegado a Tobago, deberá dirigir sus pasos hacia Charloteville y tratar de hacerse un hueco en alguna de las barquitas que llevan hasta la reserva ornitológica de Little Tobago, 180 hectáreas ocupadas por un santuario prácticamente virgen que es mostrado por expertos guías locales, con suerte hasta la famosa Ave del Paraíso que trajo, desde Papúa Nueva Guinea, Sir William Ingram en 1909, se aclimató a esta zona de aguas limpias, sol abrasador y ritmos caribeños que pueden hacerte soñar que estás en el paraíso.

     Si tiene tiempo no dude en darse el gustazo de saborear una de las grandes langostas que preparan al aire libre utilizando un bidón partido a modo de fuego y sobre el cual descansa la parrilla en la que van depositando los suculentos manjares [esperemos que no aparezcan los animalistas y les priven de su modus vivendi]. Es evidente que muchos remilgados no se atreverían en sus países de origen [por aquello de las condiciones higiénicas a las que nos han sometido en la acomodada sociedad occidental] pero allí se las zampan como si fueran unos Carpantas de primera. Vaya que parece que no han comido en su vida esa gran delicia que allí es algo cotidiano para los guiris o robinsones que se pierden por estos lares.

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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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