Caribe: Islas Guadalupe

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     En el segundo viaje del Almirante fue cuando el médico de la expedición escribía en su cuaderno, tras 38 días de navegación, que la noche del 2 de noviembre de 1493 Cristóbal Colón ordenaba a todos estar en guardia porque el estado de los vientos indicaba que había tierra en la zona y apareció, ante sus ojos, la Deseada [nombre con el que se bautizó ante las ganas de los expedicionarios por encontrar tierra]: era el alba del 3 de noviembre cuando divisarían también Dominica y María Galante [a una la bautizó con ese nombre por ser domingo y a la otra por el nombre del barco en que viajaban].

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     Ese mismo día avistaron Las Santas y Guadalupe, tierra en la que finalmente desembarcarían el lunes 4 y el nombre le fue impuesto siguiendo la promesa que Colón realizó a las religiosas del Monasterio de Guadalupe en Extremadura. Señalar que las Pequeñas Antillas no estaban en el punto de mira de los españoles de aquellos tiempos y se fueron convirtiendo prácticamente en tierras de paso, refugio de bucaneros y piratas [a algunos les fue tan bien la cosa que acabaron siendo nombrados Caballeros por su Graciosa Majestad y es que, cuando se trata de trincar, poco importaba su procedencia para la escalera social de la época], otros los países estaban al acecho para ocuparlas a la primera oportunidad.

     Fue el caso de Guadalupe –al menos conservó el topónimo, aunque en francés- los compañeros de Belain d’Esnambuc: Lienart de l’Olive y Du Plessis tomaron posesión, en nombre del rey galo, de la isla [en el lote iban las más pequeñas y próximas de La Deseada, María Galante y Las Santas en la actualidad administradas por la isla mayor que también lo hace con St Martin –parte francesa- y St Barthélemy] y la de Martinica: era 1635 cuando la Compañía de las islas de América, como se denominó la ambiciosa empresa de rapiña que quebraría apenas en 1649, tras largos dimes y diretes, el gobernador francés acabó siendo el dueño absoluto de las tierras insulares junto a algunos de sus familiares. Los problemas no acabaron y llegó otro momento donde la propiedad pasa a Colbert (por acuerdo con Luís XIV) que, en 1664, funda otra compañía que correrá la misma suerte y en 1674 el monarca las rescata para el dominio real.

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     La isla era conocida como “isla de las bellas aguas o Karukera” por los caribes que la poblaban, se asemeja a una mariposa; otro sobrenombre es “Isla Esmeralda” y está enclavada en el corazón de las Pequeñas Antillas. En realidad son dos islas, Grande Terre y Basse Terre separadas por el Río Salado. La parte oriental o Grande Terre ocupa 588 km² y es también la zona más poblada y, posiblemente, la más bella de Guadalupe, aunque habría que recorrerla más detenidamente para poder afirmarlo de forma categórica, tiene rincones realmente paradisíacos y complejos que satisfacen al más exigente de los viajeros de nuestro tiempo, al menos para los del mercado francés.

     La Basse Terre [un topónimo bastante recurrente en la región, parece que los franceses sólo tenían un único nombre cuando llegaban a un lugar] es el lado occidental y tiene 848 km² y está la capital administrativa. Es la zona volcánica por excelencia y donde encontramos la máxima altura bautizada como La Soufrière: 1467 metros. Sus laderas exhiben una lujuriante vegetación que ha acabado atrayendo a numerosas empresas que han creado complejos hoteleros que explotan las islas a precios realmente competitivos si vivimos en el hexágono; de otra manera tendremos que intentar negociar algún paquete vía Francia para que realmente no parezca que hacemos el primo. Vaya que no es un mercado al que las agencias de viajes españolas le presten mucha atención aunque (hoy) con Internet han cambiado las cosas y el viajero, incluso, es el que marca la pauta para muchos viajes que no siempre encuentra ofertados en nuestro mercado porque el español no es precisamente lo que más encuentras en tu caribeño deambular.

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     Sólo hay una cosa: los ciclones, el gran drama de estas tierras y todavía el del 2017 está muy presente en muchas de ellas [Road Town en las Vírgenes me dejaron realmente desolado: ¡Cuánta devastación!]. Las Antillas Francesas dejaron la moneda propia y ahora se usa el Euro, ello te facilita la vida cotidiana [otra opción es disponer de dólares norteamericanos, billetes pequeños o corres el riesgo de cargar en el periplo caribeño con infinidad de monedas locales que, generalmente acaban en las cajas de petición y solidaridad que te encuentras en los aeropuertos, esos pequeños billetes te sirven para los caprichos: la cerveza entra de miedo con aquellos calores] digamos que suelen tomar el billete de 5 o 10 euros en otras que no son administradas todavía por Francia y Holanda, aunque no siempre tienes esa facilidad.

     En total Guadalupe tiene 1680 km², Basseterre es la capital administrativa y Pointe a Pitre [algunas cartas de mis tiempos de adolescencia deben de estar por ahí, estamos hablando de los años sesenta, cuando Fernando Aranda, Andrés Gil y el que esto escribe fundan el Club Filatélico Mulhacén en nuestra natal Alhama; ese sería mi primer encuentro con esta tierra], se lleva la vida comercial gracias al puerto y el aeropuerto, también dispone de la Terminal del Ferry que te lleva a algunas de las islas de la región, incluida Dominica y Santa Lucía.

     Las más de treinta comunas en que están divididas las islas administrativamente ofrecen infinidad de oportunidades y, en algunos casos, hasta nos sorprenderá, a poco que podamos interactuar con los nativos, su facilidad para la juerga. Esencialmente esa comunicación se hace en francés, aunque de tanto en tanto también te encuentras gente que te habla español; lo más frecuente es el uso del criollo que no dejará de sernos extraño; es el resultado de todo un proceso de asimilación y dolor que arranca con la llegada de los primeros cargamentos de esclavos en el XVII; recordemos que los europeos los compraban en el Golfo de Guinea [algunas ciudades españolas de la época también fueron plazas esclavistas aunque hoy nadie quiera recordar aquellos hechos, sin ir más lejos, la propia Barcelona] y desde allí los transportaban a tierras recién descubiertas.

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     Llegados aquí tendríamos que preguntarnos otros muchos éxodos masivos de población que, es verdad, no son del mismo tipo, pero que tampoco dejan de lacerar, sería el caso de los miles de “jameños” que a mediados del XX se vieron empujados a dejarlo todo y buscar tierras de promisión en otras latitudes de la geografía española [reciente la manifestación en Madrid de la España despoblada] o para estar más al día, las grandes oleadas de africanos que siguen jugándose la vida y pagan fuertes sumas a los traficantes [curiosamente nadie les llama esclavistas aunque en el transporte y pasaje no hay mucha diferencia con aquella época, quizá porque el maniqueísmo en que nos desenvolvemos nos hace “disimular” la realidad, la cruda realidad del desarraigado].

     Ese pasado será algo consustancial en estas tierras insulares y que, digámoslo también, no siempre han acabado superando y juegan al victimismo por aquello de extraer el máximo de recursos de la metrópoli. En verdad los charlatanes [léase políticos] tienen un esquema muy similar en todas las latitudes y venden una milonga que no les reporta nada, pero que la gente cree y sigue tan alienada por la realidad y el consumismo. A pesar de todo, la alegría de los guadalupenses te contagia, aunque no es extraño encontrarte algún expatriado galo con muy malas pulgas pero, cuando sale alguno de este tipo, rápidamente sigo mi camino porque lo que no arreglaron los siglos tampoco lo podré solucionar en unos minutos: es un estadio mental que les cuesta superar.

     Resaltar que en contra de lo que sucede en otros pagos donde las bachillerías de nuestros políticos pueden hacernos repetir los errores; en Guadalupe te tropezarás con infinidad de monumentos, pulcros y bien conservados, honrando a los que dieron su vida o a los que lucharon hasta lograr la emancipación y total finalización de aquella época de siniestro esclavismo. En algunos casos encontraremos restos de su pasado azucarero, por ejemplo en Baillif donde aún se fabrica un gran ron, pero hoy predominan grandes campos de piñas tropicales –a veces te encuentras sesudos turistas que preguntan en qué árbol crece esa fruta tropical- y es una zona que por sí misma bien merece una detenida visita para disfrutar de sus artesanías y su pasado.

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     Casi sin movernos, geográficamente, la comuna [equivale a nuestros ayuntamientos] de Basse Terre, apenas 6 km² y casi 15.000 habitantes, a los pies del volcán, encontraremos lógicamente la mayoría de los edificios públicos, alguna oferta museística, quizá lo más impactante es Fort Delgrès en donde hallaremos un gigantesco busto de este luchador que en mayo de 1802 se enfrentó a las tropas francesas [a nosotros apenas un lustro después nos cayeron encima y nos dieron garrotazos hasta el gran triunfo de Navas de Tolosa] y su legado aún perdura en la memoria; es una figura que puede servirnos para hacer nuestra propia introspección. Si llegamos hasta aquí, señalar que unos kilómetros más arriba tenemos algo increíblemente bello: El Parque Zoológico y Botánico en donde los más pequeños pueden disfrutar con especies no siempre visibles en el Viejo Continente (mangostas, iguanas, cangrejos, pájaros multicolores…)

     Creemos que lo mejor para descubrir una nueva tierra es perderse por las carreteras locales, donde el curioso viajero no resultará defraudado, encontrará rincones realmente insuperables. Infinidad de parcelas cultivadas con los más diversos frutos, sobre todo tras dejar atrás el monocultivo de la caña de azúcar: ananás, café, bananas… pueden sorprender al viajero si, además, su aparato locomotor lo permite, hay senderos que pueden llevarte a rincones realmente mágicos. Entre ellos colocaría el salto de Carbet que en temporada de lluvias es impresionante –sin olvidar que estamos en una isla y el adjetivo no puede servirnos par compararlas con otras cataratas-.

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     En fin, Guadalupe tiene mucho que ofrecer, a pesar de su relativamente pequeño tamaño, poco más de 1600 km², pero sirven para mostrar al viajero un microcosmos que no siempre encuentra en territorios mucho más amplios. Lo ideal es tomar un mapa, dividir los días que pensamos pasar por la región, de tal forma que el recorrido no sea repetitivo e ir avanzando en nuestro deambular. Incluso para visitar las islas próximas [desde Pointe a Pitre se puede ir a dos de ellas con una tarifa de apenas 60€, y hay otros dos puertos, uno en la zona este nos llevaría a La Deseada y otro en la zona Sur que nos llevaría a Las Santas: un par de días nos permitiría hacernos una idea de lo que son las islas y disfrutar de su gastronomía, especialmente sus pescados]. Digamos que las carreteras –red principal- están bastante bien aunque hay que dejar la velocidad y los nervios fuera de esa grandiosa experiencia de descubrimiento; merecen una visita pausada, saboreando todos sus rincones y sus sabores.

     En fin, la ruta principal es casi circular, así que es en la que tendremos que fijarnos a la hora de buscar nuestro alojamiento. Personalmente recomendaría, como mínimo, los puertos de Trois Rivières, Pointe a Pitre o Saint François. Como siempre, lo mejor será viajar fuera de temporada, disfrutaremos igual, aunque algunas actividades turísticas estén en receso, pero a Guadalupe llegan diariamente turistas franceses y eso es así durante todo el año, aunque decae cuando llega la temporada de lluvias y ciclones. En todo caso recomendaríamos una pausada visita a la página oficial del turismo insular para conocer épocas y fiestas para nuestro viaje a este paraíso tropical. Eso sí, una vez allí cualquier hotel tiene material suficiente para el visitante que puede tranquilamente alquilarse su coche e ir a su aire.

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     Una visita al modernísimo Memorial ACTe –me recuerda a alguna de las construcciones de los Juegos Olímpicos de Pekín-; se trata, a pesar de su lozanía, -inaugurado en 2015- de realizar un viaje que no deja indiferente, la época de la esclavitud en este antiguo ingenio azucarero logra, verdaderamente, su propósito: remover conciencias. Por suerte tienen audioguías multilingües, al momento de la visita las había en Alemán, Francés, Criollo, Español, Inglés e Italiano y permiten al visitante perderse por sus casi dos mil metros de exposición pausadamente o incluso detenerse en un par de restaurantes para no tener que perder tiempo a la hora de reponer fuerzas. ¡Que lo disfrute! Por supuesto, si es un estudioso de esa etapa de la historia del hombre, su magnífica biblioteca tampoco le defraudará.

     Una fiesta que no pude disfrutar fue la de San Lorenzo, es la de las cocineras (10 de agosto) me la recomendaron por su vistosidad, pero siempre que llegué a esta tierra fue en invierno, así que el caluroso verano que hace tres décadas pasé por la región, tampoco me da muchas ganas para escaparme a contemplarla. Digamos que las damas lucen una vestimenta especial, sobresale su rico y bordado delantal, la cofia que portan en la cabeza es de una gran vistosidad y sobre ella va colocado el pan dulce y los enseres habituales de la profesión. La fiesta concluye en la Catedral [por cierto bastante ajada, el clima tropical no da tregua, pero impresiona el gran fervor de sus gentes: centenares de fieles acuden al servicio dominical, al menos los días que me acerqué a ella]. Es un lugar ideal para el descanso y el recogimiento, sobre todo si el sol está ya en pleno día y, eso, en el trópico pueden ser tranquilamente las 8 o las 9 de la mañana.

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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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