Caribe: San Martín (Sint Maarten)

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    Otro de esos puntos que aparecen en el mapa, no fácil de ubicar, pero ahí está, a pesar de su liliputiense tamaño y su peculiaridad de pertenecer a dos naciones: su carretera circular apenas necesitará más de un par de horas para recorrerla en su parte perimetral.

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     Merece la pena entretenerse en el camino, escudriñar el horizonte como ya hicieran los primeros intrépidos navegantes de la península que quedaron extasiados de su belleza natural y disfrutar de esta pequeña porción de tierra conocida por San Martín. Apenas ocupa 86 km² [52 la parte francesa y 34 km² la holandesa] que goza de una gran pujanza económica a pesar del desastre padecido en el 2017 cuyas huellas son todavía bien visibles. En el momento de mi paso centenares de lujosos yates yacían, destrozados, en los amarres en los que estaban atracados cuando Eolo se hizo dueño de los cielos y desató una furia tropical que nadie recordaba; aún se están cuantificando, por parte de las aseguradoras, los destrozos provocados que, imagino, no siempre serán cubiertos ni todos los propietarios conseguirán sacar algo de aquella catástrofe.

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     Descubierta por Cristóbal Colón el día 11 de noviembre de 1493, como marcaba la costumbre de la época, se bautizaba con el nombre del santo del día y hasta hoy. Como en otras pequeñas islas de la región, los españoles tenían suficientes tierras a las que ir y prácticamente nunca aparecieron por allí con intenciones de colonizarla hasta el año de 1640 [llegaron para hacerse cargo de las tierras que les correspondían por el Tratado de Tordesillas], pero años después la abandonaron definitivamente ante el elevado costo de su mantenimiento. Entonces nuestros vecinos galos y los holandeses se lanzaron a por ella; ante las broncas, adoptaron un pacto al que se llegó con el conocido” Tratado de la montaña de los acuerdos”. Fue firmado el 13 de marzo de 1648 y, si alguien tiene curiosidad en saber sus interioridades, podría intentar consultar una hilarante historia, el relato del sacerdote Du Tertre en su “Historia general de las Antillas”, seguro tendrá buenos momentos.

     Si uno consulta las guías o pregunta en turismo, te dirán que los primeros pobladores llegaron en el siglo I, procedentes del actual Brasil, los arawaks y se largaron antes de que llegaran otros pueblos: eso de quedarse quietos parece que no iba con ellos, recordemos que el asentamiento de poblaciones todavía estaba en pañales y hasta la sedentarización, en algunas partes del orbe, lo usual era ir mudándose de emplazamiento. La siguiente oleada fueron los caribes aunque, en el caso concreto de la isla binacional, los españoles no encontraron a nadie y los dos primeros asentamientos que perduraron fueron realizados por holandeses y franceses que serían desalojados en 1633. Una década después, en 1644, aparecerá el legendario Peter Stuyvesant [y no fue para vender tabaco precisamente] que, al frente de una escuadra naval y casi un millar de hombres asedió durante semanas a los españoles allí acantonados. Fue cuando el personaje, que llegaría al cargo de gobernador de Nueva York [entonces denominada Nueva Ámsterdam] perdía la pierna, tras el impacto de un cañonazo.

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     Soldados y colonos españoles recibieron, como premio a su bravura, el honor de poder partir con vida; algo que realmente contrasta con nuestro revisionismo histórico cuando queremos hacer pagar, varias generaciones después, los platos rotos a otros, e interpretamos la historia según nos conviene. Este hecho tampoco serviría para mucho, pues años más tarde, en 1648, la isla quedaba libre. Podemos colegir que la ocupación fue una sucesiva oleada de pueblos que vivieron en el minúsculo territorio, hasta los norteamericanos la llegaron a ocupar en 1943, entonces construyeron el aeropuerto, inicialmente militar, bautizado como Princesa Juliana y que hoy, tal y como despegan los aviones hacia la montaña, cuenta con un trozo de pista que, sobre plano, es en realidad la carretera/puente sobre esa laguna llena de restos del último y destructivo huracán.

     Los hechos históricos que vivía Europa afectaban a este minúsculo territorio, pero tal y como la conocemos en la actualidad, se acabó consolidando en 1816. Desde ese año esa peculiar dualidad administrativa ha permanecido inalterable. La parte francesa, junto con San Bartolomé, conforman un cantón que depende de la isla de Guadalupe y de ahí que su carretera principal lleve la letra G que correspondería a esta otra isla; apenas tiene 70.000 almas con conforman un microcosmos y un crisol de razas y religiones que no dejará de sorprendernos [casi la mitad en cada parte, sin tener en cuenta una población fluctuante similar de ilegales]. Infinidad de orígenes conviven y hacen negocios de todo tipo [junto a San Cristóbal, son las que tienen los precios más competitivos, otra cosa son los hoteles, mayoritariamente ocupados por norteamericanos y canadienses, no siempre tienen tarifas asequibles para visitantes de otros orígenes o bien el precio a pagar no deja de ser generalmente alto]. Cabría señalar que los ciudadanos gozan de mayores beneficios fiscales y sociales es en la parte francesa, incluso cubren los estudios universitarios de los jóvenes en Europa.
    En Marigot, que hace las veces de capital de la parte francesa, su aeropuerto está destinado a vuelos de pequeñas aeronaves para ir a los minúsculos destinos de las Pequeñas Antillas; para los vuelos intercontinentales o procedentes de América del Norte se utiliza el Princesa Juliana y, tras recoger el equipaje, uno está listo para pasear, sin problemas, por toda la isla, no hay controles aduaneros ni de equipaje dado su carácter de puerto franco además, si antes te han revisado/escaneado el equipaje en diferentes lugares y lo que interesa es que te gastes la pasta ¿para qué molestar? Eso sí, se recomienda lo mínimo de equipaje, pues allí se necesita bien poco y hay infinidad de ofertas para vivir en plan caribeño y a precios no precisamente escandalosos –para eso están los establecimientos hoteleros y la comida: todo se importa, prácticamente nada se produce-.

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     Ambas naciones fomentan el comercio, libre de impuestos y las disposiciones administrativas alientan a los grupos inversores o ciudadanos con posibles, para realizar inversiones inmobiliarias, uno de ellos es el mismísimo inquilino actual de la Casa Blanca que dispone de una gran casa. Cerca de la costa, cuando regresaba del aeropuerto, camino de la minúscula capital Philipsburg, encontré una urbanización para millonarios con toda clase de lujos y detalles, pensada exclusivamente para que no tengan que abandonar sus límites porque, por lo visto, los ídolos del deporte, la música o el papel couché, acaban colapsando el tráfico cada vez que salen a pasear o hacen acto de presencia por alguno de los lugares de divertimento. Según nos comentaron, eso es nada si se compara con la locura durante el mes de carnaval cuando prácticamente todo el tráfico rodado se interrumpe o se va a paso de tortuga. Por cierto, durante mi estancia había una fuerte discusión ciudadana por la Placa del 50 aniversario del Carnaval y que, por lo visto, cada X tiempo, debe ser renovada. No me quedó claro, pero, al parecer, ese acto vendría a significar la renovación del censo de vehículos y la posesión de la placa la que te autorizaría a circular por la isla sin correr el riesgo de que tu automóvil sea retirado de la vía pública. Algo similar a nuestros autos con la etiqueta de la ITV sólo que allí, este año 2019, trajo su polémica por parte de algunos grupos religiosos que consideraban que el hecho de aludir al Carnaval atentaba contra sus creencias. El resultado era una bronca constante y era divertidísimo escuchar los pros y contras por las ondas de la emisora hispana de la isla. El problema entre ciudadanos y legisladores estaba servido y la parte holandesa, que prácticamente funciona como si fuera un estado independiente, o al menos con una gran autonomía para la gestión de sus asuntos, tiene su peculiar y liliputiense parlamento que tuvo que tratar el tema para bajar la protesta.

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     La capital de la parte holandesa sufrió grandes desperfectos con el huracán (de hecho, aquel año pocas semanas después tenía proyectado un periplo caribeño que tuvo que ser cambiado hacia otras islas que sufrieron menos destrozos). Nada más bajar del monstruoso navío, en una moderna y funcional Terminal Marítima, uno podía comprobar, en 2019, la furia de los elementos en ese placentero paseo que, estando nublado, se hizo de forma tranquila hasta el mismísimo casco histórico donde aparecen los edificios administrativos más viejos de Philipsburg y alguna iglesia que “entonces no voló”. En algunos tramos sólo quedaba el solar de lo que hasta ese fatídico temporal habían sido hoteles o prósperos negocios. En la frontera, varios kilómetros al norte, destacan los soportes de la enseña francesa y las fechas conmemorativas del tricentenario de tan peculiar convivencia sin grandes encontronazos pero nunca encontrarás a la policía.

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     La coqueta capital la fundó en 1763 un escocés llamado Philips y simplemente añadió burg y tenía el nombre para la capital de San Martín que tan orgullosamente muestran las matrículas de los coches y cualquier elemento identificador. Bastante limpieza y una simpatía a raudales, incluso uno se puede topar con alguna sorpresa ya que hay una buena colonia dominicana, algunos llegados con lo puesto tras la pérdida de todos sus enseres después del paso del temporal, pero han espabilado y comprendido, perfectamente, aquella máxima del toreo “más cornás da el hambre”. Deambulando acabamos en una zona comercial,.cercana a la colonia china, poco antes del gran lago salado que hay detrás de la zona marítima de la capital. Encontramos una señora que nos arregló el día. ¡Qué dotes para la venta! Quería una pieza para un compromiso de un paisano de quinta que, en el Cortijo de Moyano, aprovechando el encuentro del 2018, celebrado al cumplir los 65 años, o sea, el año de la jubilación para los que han llegado hasta aquí, me pidió una determinada camisa y yo le preguntaba a la señora si habría de mi talla.

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     Al final cargué con una decena de piezas y 200$ menos en el bolsillo. Como todo iba como la seda charlamos, largo y tendido, se nos ocurre preguntar por el aeropuerto y el célebre “subidón de adrenalina” que los guiris colocan en Youtube, no porque tuviéramos mayor interés, sino por saber si quedaba muy lejos. Mili, la hija que en aquellos momentos rondaba por allí, seguía la conversación y cuando la señora nos explicaba que podría llamar a algún conocido (de confianza) para que nos llevara, nos lanzó la oferta, a sabiendas de que era imposible rechazarla. Ni habiéndolo proyectado nos habría salido tan perfecto, nos dio precio, asentimos y faltó tiempo para ponernos en marcha tras cargar toda la compra y a recorrer la isla, incluyendo el famoso aeropuerto Reina Juliana al que la gente se acerca para ver si las aceleraciones de los gigantescos aviones los hacen volar “a pelo” hasta el agua.

     Al final fue una excelente anfitriona que nos hizo disfrutar de casi cuatro horas de excelente verbo y experiencias en este mundo, tan diferente al latir dominicano, pero donde ya han asentado su cotidianidad y se ganan muy bien la vida, la madre vendiendo y ella como guía de los acaudalados grupos de América del Norte. Gracias al poderoso papel verde y la mayoría del turismo de esa procedencia, los precios de la vida no son bajos pero para eso tienen el dinero, y se lo gastan, sin mucha preocupación, a juzgar por lo que comprobamos en los establecimientos próximos a la alambrada del recinto aeroportuario.

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     El aeropuerto parece recién levantado, reconstruido con inusitada rapidez, es visitado de forma regular por grandes compañías aéreas que trasiegan viajeros hacia esta zona, donde lo lúdico y la ludopatía, van de la mano. Se trata de una terminal aérea, moderna y funcional, que da a un trozo de costa conocida como Sunset Bay –una pequeña carretera y alambrada la separan de la arena- que ofrece el espectáculo, desde primeras horas de la mañana. Allí están los guiris a la espera del gran “monstruo del aire” mientras empinan el codo –aquí debes pagar por usar el WC- y en una tabla de surf van anotando las horas de los grandes aviones, que calientan motores de espaldas al mar, y la adrenalina sube ante aquella descomunal bestia que desarrolla una extraordinaria potencia para iniciar la maniobra de rodadura y despegue que será efímera, ante lo limitado de la pista. Infinidad de videos en Youtube de esa experiencia que, por lo visto, es la más popular –al margen del juego y las bebidas- que atraen a gentes llegadas desde los más inverosímiles rincones del orbe.

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     Personalmente recomiendo un largo paseo hasta Pic Paradís, la experiencia de la tirolina o la subida en telesilla no debería dejarse para el último momento y desde allí otear la totalidad de San Martín, incluso pueden visionarse el resto de islitas, entre ellas la prácticamente plana de Anguilla y a la que recomiendo ir para ver otro peculiar territorio, en este caso de cultura inglesa ¿o debemos decir caribeña? Suele haber barcos que hacen la ruta desde ambas capitales Philipsburg o Marigot, incluso veleros que preparan periplos de varios días por toda la región; pero cada uno debe saber sus proyectos, su tiempo y su pasta, para acometer otras aventuras, en muchos casos hay que ser previsor no sólo de comida y bebida, sino de medicinas y protectores solares. En cualquier caso lo mejor es recabar la información en las correspondientes oficinas de turismo o en los mismos hoteles en los que uno esté alojado.

     Como curiosidad podríamos traernos –en el equipaje facturado, faltaría más- alguna botella del peculiar licor local Guavaberry que allí se usa para realizar infinidad de cócteles y con los sabores más variados. Para su elaboración se utilizan las bayas que se recolectan a pie de carretera o por los lugares que todavía no están totalmente desmontados por la fiebre inmobiliaria. La tienda es toda una delicia y te resulta agradable encontrar ese colorido y es pleno Caribe, tuvieron un gran gusto al montarla; los bebedores empedernidos tienen un motivo más para darse una vuelta por ella.

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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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