San Vicente y las Granadinas

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    Las islas de San Vicente y las Granadinas se localizan al norte de Granada, por debajo de Santa Lucía (será nuestra próxima etapa). La mayor es la que da nombre a un país que tiene 389 kilómetros cuadrados y algo más de 110.000 almas (más del 90% en ella y unas 10.000 en el resto de islas que, en muchos casos, tienen sus propios y vistosos sellos de correo).

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     Las islas de San Vicente y las Granadinas se localizan al norte de Granada, por debajo de Santa Lucía (será nuestra próxima etapa). La mayor es la que da nombre a un país que tiene 389 kilómetros cuadrados y algo más de 110.000 almas (más del 90% en ella y unas 10.000 en el resto de islas que, en muchos casos, tienen sus propios y vistosos sellos de correo).

     Parecía como si aquella isla hubiera sido siempre mi residencia, con qué facilidad me encaminé por la coqueta Kingstown y, sin embargo, era la primera vez que estaba en este país que tantos recuerdos me traía de los bellísimoa sellos que preparaba una empresa de Nueva York; eran la base para la sección de novedades filatélicas que durante varias décadas me hizo viajar por todo el orbe sin moverme de casa. Una época en la que sin darme cuenta me había hecho con la ubicación, la capital, la moneda, de todas las naciones que emitían sellos e, incluso algunas, que aún sin serlo, reclamaban con ese sencillo soporte de papel su presencia en el mundo. Desde aquella etapa hasta hoy, ha llovido lo suyo y hemos perdido infinidad de cosas, aparentemente, sin darnos cuenta y viendo cómo, los cambios, se sobreponen a una velocidad de vértigo, así que viajar por el Caribe es también un sedante, aunque, podríamos colegir, que algo adictivo. Finalizas un viaje y ya estás pensando en la posibilidad de darte otra vuelta, aunque los ecologistas no dejan de amargar a la gente con sus lamentos y la cantidad de contaminación que deja un avión. Vaya que hoy, cuando viajas, la agencia de viajes correspondiente te entrega el dossier, con infinidad de detalles, que nada tiene que ver con el viaje y sí que pueden dejarte un sentimiento de culpa infinito, como si tú fueras el responsable de todo lo que sucede en este mundo.

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     Las islas de San Vicente y las Granadinas se localizan al norte de Granada, por debajo de Santa Lucía (será nuestra próxima etapa). La mayor es la que da nombre a un país que tiene 389 kilómetros cuadrados y algo más de 110.000 almas (más del 90% en ella y unas 10.000 en el resto de islas que, en muchos casos, tienen sus propios y vistosos sellos de correo). Nada más bajar en la coqueta Terminal: un edificio que me recuerda a la India, sólo tienes que caminar hacia la izquierda y en apenas cinco minutos estás en pleno centro de la ciudad, tres calles paralelas a la costa o frente marítimo, el resto ya se complica y significa subir y bajar como si estuvieras en un tiovivo. Las cuestas no dejan lugar al sosiego, si hay sol, mejor no intentarlo porque allí, Lorenzo, es inmisericorde.

     Hacia la mitad de ese paseo nos encontramos con el bullicioso (y oloroso) mercado del pescado con numerosas camionetas esperando pasajeros para realizar su transporte por toda la isla (aunque no la parte norte que prácticamente está sin carreteras y una infernal orografía, algunas zonas sólo accesibles por mar). Casi frente a ese mercado y a la escultura que honra a los caídos en la I Guerra Mundial (divide la calle de doble dirección), está el mercado de productos frescos de impactante colorido, algo característico de toda la región caribeña, especialmente en las Pequeñas Antillas. Durante el camino uno se va encontrando infinidad de paisanos que se dedican a las artesanías de hoja de palma (sombreros parecidos a los vietnamitas) y rudimentarios bancos confeccionados con los palets que aquí tienen una nueva vida gracias a las manos de estos hacendosos trabajadores. Es un producto bastante buscado por su utilidad en trabajos de diferentes tipos. ¡Y pensar que en donde vivo centenares de ellos engrosan las hogueras de San Juan!

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     La mayor parte –sobre todo en la zona norte- está prácticamente virgen, aunque hay algunos senderos para los que aman las caminatas, llega un momento que la carretera simplemente deja de existir y sólo con tu aparato locomotor podrás continuar camino. Lo normal es desembarcar en sus accidentadas playas o roquedales en la zona de influencia del volcán Soufrière que tiene el pico más alto de la isla: 1234 metros -[la última erupción provocó una evacuación de casi 25.000 personas, era el año 1979] que hace de la región una orografía realmente tortuosa. La isla apenas nos da una distancia de 30x18 kilómetros que no son fáciles de recorrer. ¡Nada que ver con otras liliputienses naciones antillanas en cuanto a su difícil suelo que, frecuentemente, es azotado por salvajes cursos de agua, especialmente durante la temporada de lluvias que todavía complica más la vida a los lugareños!

     La descubrió, faltaría más, Cristóbal Colón en su tercer viaje, en enero de 1498, y bautizada con el santo del día. Los belicosos caribes mantuvieron a buen recaudo a los europeos y sólo en el XVII lograron poner pie, sobre todo porque los indígenas la utilizaban para realizar rapiñas y atacar a los colonos de otras islas de la región. Fue en 1654 cuando Du Parquet envió varias naves para escarmentarlos y castigarlos por la masacre que habían realizado, donde religiosos y colonos europeos, fueron salvajemente asesinados. Las islas crecerían con otros caribes que fueron expulsados de Martinica o Santa Lucía o los conocidísimos cimarrones negros que huían de las plantaciones y aquí encontraban unos espacios de libertad consentida y acabaron dando lugar a lo que hoy se conoce como los caribes negros. De ahí que los pobladores sean diferentes y, curiosamente, muy conversadores y amables, entre ellos tendríamos a Davina, que aprendió un español impecable y sin acento en una estancia de seis años en Caracas gracias a una de tantas becas que en su momento dio Hugo Chávez. O el distribuidor de la cerveza local con el que compartimos unas horas de charla y disfrutamos de su simpatía y amistad en un mediodía inolvidable.

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     Pero volvamos a la historia, los caribes negros protagonizarían una impresionante masacre de colonos británicos y fue el motivo que tuvo Londres para capturarlos y deportarlos, nada menos que 5.000 fueron embarcados y los acabaron abandonando en la entonces Honduras Británica (Belice desde la independencia). Tras la liberación o la abolición del mercado esclavistas, llegaron colonos portugueses primero e hindúes después (1861): como resultado el mestizaje de la población se acrecentó y hoy resulta difícil saber el origen de esa población servicial y amable que alegremente puebla las calles.

     La isla sería declarada Estado dentro de la Commonwealth en 1969; una década después sería una nación independientes y entraba como miembro de pleno derecho en las Naciones Unidas (no es que sirvan para mucho, pero tienen su utilidad, sobre todo en países en conflicto o con graves problemas provocados por la naturaleza, aunque el personal a su servicio vivirá un lujo impensable para el común de los mortales en esos estados en los que hacen acto de presencia y que pueden ser de vital cordón umbilical para un occidental cuando se los encuentra). 

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     Administrativamente le pertenecen las islas de Bequia (5.000 personas), Canouan (algo menos de 2.000), Mustique (poco más de mil), Mayreau (unas 300 personas), Tobago Cays (prácticamente deshabitados, se necesita permiso especial para acceder con yate a esa zona que hace las veces de Parque), Union (unas 2.000), Palm (complejo privado de alta gama, apenas un kilómetro, playas y palmeras preparadas para el más exigente de los que por allí recalan) o Petit Saint Vincent de idéntica función. En Baliceaux (situada frente a Petit Nevis) los ingleses tuvieron su campo de concentración para los Black-Caribes deportados a Honduras; así hasta sobrepasar la treintena de islotes que hacen las delicias de los yates de pequeño calado las usan para su peculiar y particular recreo, excepto las más pequeñas y exclusivas, prácticamente todas disponen de una pequeña pista que las conecta con el resto del orbe a partir del Aeropuerto Internacional que entró en servicio hace poco en la zona oriental de San Vicente.

     El país, gracias a algunos de esos exclusivos rincones para millonarios (en algunos casos una simple habitación ronda los 1.000$ por día), goza de una merecida fama como paraíso para los que aman la tranquilidad y la discreción; algunas celebridades, que no desean ser molestadas por nada ni por nadie, viven aquí al abrigo de la indiscreción y, a veces, tan invisibles que ni la misma gente que los atiende saben quiénes son. Es evidente que mochileros y trotamundos no tienen mucha posibilidad de andar por estos rincones, aunque igual se lo puede permitir alguno de los que andan por la madrileña urbanización de Galapagar. Pero vaya si uno tiene un par de semanas, una tarjeta sin límite y buenos aparatos locomotores, seguro que es capar de soportar el pausado ritmo sin WIFI, incluso de algunas de esas delikatessen culinarias que no siempre están disponibles por otros pagos, en muchos de estos rincones no se produce absolutamente nada, así que frecuentemente el viajero se encuentra consumiendo prácticamente los mismos productos que cuando está en casa, aunque, si puede, consuma pescado local.

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     Si queremos recorrerlas, los servicios turísticos tienen bastante bien solucionado ese tema e incluso las tarifas están fijadas en varios tablones para que el visitante pueda decidir libremente, de acuerdo a los precios, aunque no se arruinará si contrata un periplo por toda la isla (o la parte que esté transitable). Contra lo que pueda creerse, en realidad su escaso tamaño no significa facilidad para recorrerla. Si tomamos el lado izquierdo (o bien la zona oeste) por la pomposamente denominada Leeward Highway, la primera y merecida parada será en el Jardín Botánico (incluso alguien les puede recomendar iniciar la visita en el Fuerte Charlotte que estuvo en servicio hasta 1873 y está bastante bien conservado, es una estupenda atalaya para tener otra bella perspectiva de esa coqueta capital que apenas pasa de las 30.000 almas). 

     El Jardín lo montó el gobernador George Melville en 1765 y allí podrá contemplar, si no se cansó ya, el fastuoso árbol del pan que, dicen, es fruto de las semillas que llevara el capitán Bligh en 1795 [este es un personaje que entró en la historia por su proeza, recuerden el botín de la Bounty y la isla Pitcairn]. Otros le dirán que en realidad ese hermoso ejemplar es fruto de un esqueje. Yo ni lo discutí entonces ni lo haré ahora, porque en nada desmerecerá el famoso ejemplar de “Autocarpus incisa”, cuyo fruto puede consumirse en la zona del mercado, donde te lo venden cocido a fuego lento entre las cenizas, a mí me recordaban mi infancia feliz cuando algunas tardes del crudo invierno, la “pava de leña y serrín” de la Fragua Montoya nos dejaba un puñado de patatas asadas que tomábamos con delicia y, además, nos calentaban las manos que mucho inviernos se llenaban de sabañones. Otras veces, cuando comencé a trabajar con poco más de diez años, se las comprábamos al Neo que manufacturaba unos garbanzos tostados que nos sabían a gloria.

     Siguiendo hasta el norte por esa carretera de la costa, encontraremos una buena cantidad de asentamientos que nos ayudarán a ver cómo viven las gentes por estos pagos y la felicidad que irradian con tan poco. La carretera, al final, nos llevará hasta Richmond. Con eso casi habremos recorrido la parte del oeste y unos cincuenta kilómetros de ruta sin posibilidad de ir más arriba, tocará bajar a la capital y tomar la otra Highway, la de Windward que por el lado este nos podrá llevar hasta Fancy [el microbús local apenas te cuesta 5€ o poco menos de 10 si tomas ida y vuelta, pero conviene ser madrugador y no perder el viaje de retorno, no es muy aconsejable si nuestro tiempo es escaso y a partir de Georgetown, casi llegando a la denominada zona de Waterloo [nada que ver con el refugio de ese personaje de ascendencia jienense que se chotea del personal], la carretera se convierte en una de carácter secundario que en la temporada de lluvias queda cortada ante la cantidad de agua que descarga el meteoro sobre la montaña y transforma las otrora tranquilas torrenteras en barrancos impetuosos.

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     Arnos Vale se parece a un paradisíaco lugar de alto standing [podemos visitarlo en el camino de vuelta, tras dejar atrás el nuevo y flamante aeropuerto]. Cerca de Indian Bay se divisa la isla de Young a la que se accede en pequeñas barcazas que, ante la falta de otra cosa, uno puede imaginarse cómo son esos complejos exclusivos de otras más pequeñas y de propiedad privada. Sin duda, salvando el tipo de construcciones, uno puede compararlos con cualquier lugar de la costa española, sólo que a pequeña escala, como lo es todo en este país. Si continuamos por esta carretera nos encontraríamos con la segunda población con más de 10.000 habitantes que hacen de Calliagua o Callaquia (el topónimo lo encontré escrito de las dos formas) que no nos dejará indiferentes. Es increíble la cantidad de pescado y hortalizas que consiguen con unas parcelas que, por momentos, me devolvían al típico “trozo” catalán [tajón diríamos por Alhama, o al menos así lo recuerdo desde mi niñez], siguiendo la carretera nos daríamos de bruces con el Aeropuerto Internacional de Argyle que entró en servicio hace un par de años, por esta zona encontraríamos algunas playas de arena negra (aunque la mayor parte están en la zona occidental) que denotan el vulcanismo de la isla. Si queremos llegar hasta algún asentamiento caribe, lo lógico es dejarse llevar por el conductor y, tras dejar atrás el Valle Peruano [Peruvian Vale], cerca de Biabou Bay, tomaríamos un desvío a la izquierda que tendremos que recorrer con mucho cuidado y sin pasarnos los minúsculos rótulos hacia Greiggs, allí tendríamos que preguntar y, a lo mejor, hasta podríamos congeniar con algunos de los últimos caribes –pero que en nada se parecen a aquellos belicosos guerreros fruto, sin duda, de varios siglos de mestizaje- que nos podrían permitir hacernos una idea de cómo era la isla en la época colombina. Con cuidado, y teniendo en cuenta que esa es su tierra, un poco de suerte nos puede permitir hacer alguna foto, pero no hay que tomarlos como algo exótico y, llegado el caso, hasta te facilitan esa tarea, a veces, con un pequeño detalle, tienes suficiente para que ese pueblo te deje una grata impresión.

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     Tras este desvío, tocará regresar y como la tortuosa ruta da para mucho más, la propuesta o el consejo es descender hasta el cruce de caminos y tomar el de la izquierda hacia el norte, siguiendo el curso del río hasta encontrarnos con la Highway en North Union. Si alcanza a llegar a Fancy creerá que ha aterrizado en el pueblo del fin del mundo (nada que ver con la película del mítico faro patagónico que se rodó cerca de Cadaqués).

     Como no hay más remedio que regresar por esa misma carretera, para variar un trozo de camino, lo mejor es tomar la parte de la derecha en Peruvian Vale que nos puede dejar en las proximidades de una cresta fortificada que en su día sirvió para atrincherarse a los Black-Caribs. Es una zona realmente dura y en frecuente reparación, numerosas zonas señalizadas nos indicarán varias fuentes de agua mineral que invitan a beber, pero uno tiene que ser precavido, por aquello del estómago que, a veces, no está para demasiados experimentos.

     Si tiene tiempo de sobras y quiere vivir el auténtico estilo vicentino, pregunte en Kingstown por las furgonetas que desde tempranas horas de la mañana inician sus recorridos hasta prácticamente todos los rincones habitados de la isla. Alquilar no es imposible y sólo se necesita el carnet de conducir y, en el mismo acto, por unos 50€, tienes un permiso temporal que luego puede servirte como recuerdo, sobre todo si salvaste el pellejo en tan infernal orografía.



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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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