Martinica

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    Hace poco más de tres décadas visitaba, por primera vez, el denominado Caribe Francés: fue un viaje extraordinario y sorprendente por cuanto en nada se parecía al Caribe Español (léase Cuba, Dominicana o Puerto Rico donde el idioma te hace disfrutar de ese legado común que, sin querer, afectará al resto de emociones toda tu vida). Aquel tiempo inicial en la isla francesa me hizo ver que realmente, a veces, lo preconcebido no siempre coincidía con la realidad.


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     En este invierno del 2019 me sorprendía cuando, nada más pisar Fort de France, deambulaba por sus calles como si hubiera sido ayer aquella visita de principios de los noventa. Debo señalar que han mejorado mucho las infraestructuras y los transportes: por 1.45€ tomas un autobús “ecológico”, me hacía recordar a los autobuses habaneros aunque se trataba aquí de algo mucho más moderno, limpio y funcional: ideal para desplazarse hasta la capital insular en unos minutos y prácticamente te deja en el mismísimo centro. Si, además, es la zona en la que has escogido tu alojamiento, entonces lo acabaste cuadrando. ¡Una preocupación que hay que tomar al escoger ese servicio que, hecho con tiempo, Internet te puede casi regalar si se compara con el precio que uno encuentra en plena temporada!

     Las máquinas, en fin, nos facilitan la vida una barbaridad determinados caprichos que no siempre las agencias de viajes al uso suelen ofrecernos (recordemos que lo que importa, muchas veces, no es otra cosa que la factura, por aquello de las comisiones que se llevan los vendedores) y hay que intentar escapar del clásico corsé y arriesgar un poco, sobre todo si el territorio ya te es conocido.

     Buena gente, amabilidad con el visitante y un sol que luce, incluso, en el mes más invernal del hemisferio norte, así que lociones protectoras no deben de faltar en ese equipaje y, para evitar problemas, mejor en el facturado en origen y que no siempre será respetado por los servicios de seguridad (especialmente si haces escala en territorio norteamericano, la Ley les permite abrir cualquier cosa y luego te dejan un volante en varios idiomas en el que te advierten que se entretuvieron en oler hasta el último rincón de tus cosas y, además, que no puedes reclamar nada) y te evitas el enojoso paso del control donde, si el recipiente sobrepasa una cantidad de líquido, te será retirado sin contemplaciones; a veces tienes problemas con la medicación y te pueden llegar a pedir, incluso, las recetas del galeno correspondiente.

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     Fort de France, en sí mismo, no es un destino playero aunque en la gran explanada central, justo al lado de la Base Naval o el Fuerte, uno tiene un buen espacio para bañarse (si hay suerte -incluso- acompañado de iguanas, andan por allí, casi al lado de las duchas públicas y provocando algún que otro susto al personal que no las conoce). Lo habitual es alojarse en poblaciones del otro lado de la bahía que disponen de establecimientos hoteleros acondicionados para el turismo de playa; si luego quieres buscarte la vida, como poder viajar por la isla, puede significar encontrar infinidad de idílicos paisajes (se puede recabar ayuda en la Caseta del Turismo casi al lado de la estatua de Belain d’Esnambuc –que ha salido varias veces en este periplo caribeño-). La Oficina central está casi frente a la Biblioteca, al final del paseo, unos doscientos metros tras dejar esa gran superficie que sirve para solaz y disfrute de los capitalinos y sus visitantes. Basta tomar como referencia la estatua de la Emperatriz Josephine –lamentablemente decapitada- por lo visto no goza, casi dos siglos después, de mucha simpatía en su propia tierra.

     Tomado el primer contacto, el viajero comprobará que la resultará fácil moverse por el casco histórico de esta capital en constante transformación, aunque sin cambiar lo básico. La red de transporte público MOZAÏK permite moverse con cierta tranquilidad y las máquinas tienen el español incorporado para la expedición de los billetes que dan casi 100 minutos para realizar correspondencias o cambiar de destino y orientar los pasos hacia otros lugares en las denominadas nuevas zonas habitacionales o simplemente las sucesivas zonas residenciales que crecen a un ritmo que podrían llegar a colapsarla.

     Otra opción es deambular por las grandes zonas o superficies comerciales –por aquello de refrescarse- que incitan al consumo o en caso contrario nos podemos decantar por adquirir algún circuito que suele partir precisamente muy cerca de la Caseta de Turismo, esos trayectos te permiten visitar la totalidad de la isla, lo mejor es reservar fuerzas y hacerlo en varios días. Por supuesto hay varias terminales de transporte para poder moverse a ritmo local o incluso el acuático para visitar otras islas de la región, pero, atención, en este caso hay que llevar el pasaporte, no suele valer el DNI, hay que ir con la documentación en regla o simplemente no te dejarán acceder a esos barcos que conectan con otros países independientes.

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     La animación o el ambiente está en ese frente marítimo y el lado comercial, con algo cultural, lo encontraremos en el Perrinon Mall –el mercado local estaba cerrado y bajo carpas lo realojaron en la plaza de ese complejo- que está cerca del Espacio Cultural Camilla Darsières, antiguamente fue el ayuntamiento, ha sido trasladado a un moderno y funcional edificio. Al margen de los establecimientos culturales, todos están a un tiro de piedra. No dejaría de recomendar un paseo por el Cementerio de La Levée que está al lado del Mercado de Pescado, desde esta zona es posible encontrar el transporte para ir a las montañas circundantes, incluida la zona de La Balada, ideal para refrescar el ambiente cuanto el astro rey pega con toda su potencia. Una entretenida visita a todo lo que hay en la zona puede darnos para juntar de días de asueto, lógico que cada cual busque aquello que le interese, así que es el viajero el que ha de diseñar su propia hoja de ruta pero sin plantearse retos imposibles.

     La isla tiene 1080 km² y cerca de medio millón de habitantes censados (luego está la clásica población flotante que siempre hay en los centros receptores de turismo) de los que prácticamente la quinta parte están en el entorno capitalino actual, aunque no siempre esta fue la capital, ello se produjo tras la célebre erupción del 8 de mayo de 1902 que destruyó la norteña Saint Pierre (siempre te explican que en esa gran catástrofe hubo un superviviente: el preso que esos fatídicos momentos estaba en la prisión). La actual capital se fue desarrollando partiendo de un pequeño núcleo del XVII, entonces había una cincuentena de casas que se levantaron en torno a unas tierras pantanosas e insalubres, hoy prácticamente nada queda de ese aspecto físico y podemos decir que es una ciudad que en nada tiene que envidiar a las del territorio metropolitano francés: ¡Qué gran pena ver a arder esa maravilla parisina de Notre Dame!

     En fin ¿por dónde comenzar una vez vista la capital? Lógico que pensemos en la zona de Balata que permite ver una gran parte de la vegetación y la zona capitalina tras subir las primeras pendientes. Los Jardines nos pueden entretener infinidad de horas y los fotógrafos profesionales se lo pasan en grande cuando llegan en período de floración ante la calidad y variedad de especies florales que allí se encuentran. Sin duda es un lugar idílico que no defrauda, la naturaleza y el tesón de su propietario, han creado un rincón de inigualable belleza.

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     Tras dejar ese gran pulmón natural, lo lógico es seguir por la misma carretera hasta toparnos con los rótulos del Dominio Esmeralda en Mourne Rouge, donde nuevamente sus jardines nos cautivarán y conoceremos el mimo que les deparan sus cuidadores y tras ese pequeño bocadillo tocará seguir hacia delante, seguramente tomaremos la carretera hacia la izquierda camino de la antigua capital de Saint Pierre que, además, suele ser una de esas visitas obligadas en cualquier circuito turístico que se precie y en donde todavía es posible encontrar los restos del furioso volcán de hace más de un siglo. La ciudad renació bajo nuevos parámetros y la vida continuó aunque sus habitantes prácticamente desaparecieron aquel fatídico día de 1908 (los amantes de esta historia encontrarán libros y otros materiales con fotografías de la época que no dejarán de impactarle). Por supuesto, si el tiempo acompaña hay también la opción de tomar alguno de los múltiples senderos –los franceses son empedernidos caminantes y los tienen muy bien señalizados- para subir al célebre Monte Pelée y poder contemplar la mayor parte de la isla y sus múltiples plantaciones que aparecerán de forma intermitente por esos caminos que nos pueden dar una idea de cómo se consiguen algunos de los productos tropicales que regularmente comemos en casa o bien los que se destinan al ron, aunque no sea precisamente esta la zona azucarera de Martinica que la encontraremos en su lado oriental, donde infinidad de destilerías pueden visitarse y realizar degustaciones, la más cercana a la capital es la Favorite, pero hay más de una decena, vaya, que uno puede –incluso- planificar una ruta de catas… ¡Mientras sea otra persona la que conduce!

     Como ya hemos dicho, hay infinidad de recovecos que te sorprenden, pero para una corta visita, lo normal es irse hacia la zona de Trinidad donde encontraremos una península que permite disfrutar de las playas que no suelen estar muy concurridas, en la misma zona hay una reserva natural y los restos de un viejo castillo, también hay algunas instalaciones gubernamentales, como la Estación Meteorológica y algún que otro faro. La otra zona playera por excelencia estaría en el sur de la isla, posiblemente sean Las Salinas la más popular de todas las playas, las palmeras permiten disponer de amplias zonas sombreadas hasta prácticamente la misma orilla. Por cierto estaríamos muy cerca del puerto de Le Marin desde donde es posible trasladarse con el ferry hasta la vecina Santa Lucía –otro barco lo hace desde Fort de France y un tercer puerto sería Saint Pierre; o sea que desde estos tres puntos uno puede moverse a precios no siempre altos, por las naciones más próximas Dominica en el norte o Santa Lucía en el sur, y por supuesto el resto de islas que administrativamente pertenecen a Francia- cuestión de comparar los precios y buscar el puerto que más se acerca a nuestros intereses viajeros aprovechando que estamos por la región. Recordemos que la isla dispone de una buena red viaria aunque en algunas zonas la orografía no es muy buena, las curvas serán inevitables, salvo en contados tramos que en nada tienen que envidiar a las carreteras europeas, un purista acabaría diciéndote que aquello es Europa.

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     Fue descubierta en el cuarto viaje colombino en 1502; en cierta medida un viaje de rehabilitación tras haber caído en desgracia en 1499. El almirante tomó posesión de ella pero los españoles no se quedaron y llegaríamos al XVII cuando aparecieron los franceses con Belait d’Esnambuc –su estatua la encontramos en la gran plaza de la Sabana mirando al mar, en su lado izquierdo tendríamos el Fuerte, la base Naval y un poquito más alejada la terminal de ferries entre islas. Este personaje había partido a finales de agosto de 1635 a bordo del Capitán Drouault con varios marineros, el padre Hyacinte y unas 150 personas más que decidieron dejar atrás esa joyita que hoy conocemos por San Cristóbal [Saint Kitts]. Así comenzó la presencia europea en Martinica y la isla quedó integrada a todos los efectos a Francia. A decir verdad, el legado y la honestidad –algo que en esta época de globalización parece que no se da- de unos buenos políticos y funcionarios acabaron dando buenos dividendos a pesar de los fracasos de las sucesivas compañías que se fundaron.

     Señalar que tras mis varias visitas, cada vez que regreso encuentro rincones que me sorprenden, aunque es cierto que consume más de lo que produce, pero al entrar en el Euro se ha vuelto más cosmopolita, más abierta y mucho más atractiva. Ideal para olvidarse del mundo de locos que nos ha tocado vivir y que permite desconectar sin pensar que estás solo en este mundo, pues con más de cien mil personas a tu alrededor, difícilmente puede imaginarte que eres el último Robinson Crusoe de la historia. Advertir que aunque cada vez cueste más encontrarlas, en algunas zonas de caminos o senderos, las serpientes serán habituales, en cierta medida estaríamos viviendo las mismas angustias que padecieron los primeros colonos. Uno, a pesar de estar en pleno XXI, también puede toparse con los ofidios. Nada nuevo para un jameño acostumbrado a estos bichos que encontraba en su niñez por los Tajos, el Camino de la Trucha o la Huerta Perrute, por citar algunos ejemplos de aquellos andurriales que se convirtieron en nuestro patio de colegio cuando todavía se vivía al aire libre y los profesionales de la enseñanza no eran acusados por los padres de ser los responsables de los desaguisados de sus retoños. ¡Qué tiempo tan maravilloso para una infancia feliz, a la que nos descuidemos nos entregarán con un chip instalado nada más nacer, algo que entonces se hacía en casa y no había lugar a terribles pérdidas o cambios de criaturas! Vaya, que mirándolo con la visión que te da la distancia, no todo ha sido progreso en según que capítulos de nuestra cotidianidad.

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     Un par de semanas disfrutando de este paraíso –el implacable sol es lo único que te acaba matando- puede producir un efecto reparador que nunca logrará el mejor de los galenos por mucha farmacia que te recete y es que, muchas veces, las enfermedades de la engolada sociedad occidental no las cura ni la más milagrosa de las pastillas, aunque, lo peor, es comprobar que esa angustia existencial la mayoría de los mortales no se la quitan de encima porque no dejan de utilizar la dichosa telefonía móvil que contamina hasta el más hermoso de los rincones y de las experiencias viajeras y hace creer que, en realidad, mucha gente, sale de casa pero sigue en casa el estar interactuando a cada segundo. Eso de enviar una postal se ve que está pasado de moda. ¡Y luego se quejan del facturón de gastos que reciben poco antes de volver a su cotidiana realidad!

     Y para el final, conscientemente, dejé la referencia a la Emperatriz y su infancia., para los amantes de estas historias, aquí tienen los datos básicos, sólo hay que tomar una barquita e irse a Trois Ilets, preguntar por La Pagerie, allí encontrarán la casa-museo, los jardines, la efigie, en fin, todo lo alusivo a la mujer que más lejos llegó en la historia de la isla, por no decir de la historia de Francia, sus ejércitos prácticamente casi habían ocupado toda Europa. Por cierto, mientras que siendo crío los maestros nos enseñaban en las escuelas del Paseo –donde está actualmente la oficina de turismo de Alhama- las epopeyas de la Guerra de Independencia, resulta que de adulto y, aquí en Cataluña, esa guerra es la del Francés, o sea, que hay cosas que no tienen remedio.

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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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