Caribe: Dominica

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    Un nuevo país que, sin darme cuenta, aparecía en el horizonte tras el desayuno en la cubierta catorce del monstruo naval en el que este invierno realizaba un peculiar periplo caribeño. 

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     A medida que te acercas al puerto más te sorprendes porque la lujuriante vegetación casi llega a la misma arena –cuando la hay, lo normal son acantilados- de su contorno orográfico. A las ocho de la mañana andaba por las calles de Roseau que, sabedoras de la llegada de los navíos, habían comenzado a llenarse de tiendas multicolores y músicos de bienvenida tratando de alcanzar algunos dólares para su cotidiana y pacífica realidad.

     Nada más bajar, pasar el portal de bienvenida, el pequeño museo y, tras él, unas pocas tienditas en el proceso de montaje en lo que antaño fue el mercado de esclavos. Toca seguir ruta porque el sol, a las diez de la mañana ya te obliga a guarecerte ante su obstinada y lacerante realidad, no hay mucho tiempo para la contemplación y hay que aprovechar al máximo las primeras horas del día.

     Tomo la flecha hacia los Jardines Botánicos, por el camino, una animada charla con una bella profesora de Geografía que llevaba a su grupo a una clase práctica que arrancaba justo un par de calles más arriba, tras la despedida, tocaba continuar la senda hacia esa bella zona capitalina y tomar el Sendero de Jack que, serpenteando, te va llevando hacia la cima, mientras en cada curva vas saboreando el panorama a través del zigzagueante camino donde, la vegetación, apenas te permite otear el horizonte y tomar algunas fotografías. Otra alternativa es subir el camino que arranca casi en el cementerio y la casa del gobierno hasta la cumbre donde está la antena, la ermita y sus cruces: el mirador te deja extasiado ante la imagen que tienes delante. A tus pies tienes la bella y coqueta capital que también pagó un gran tributo al devastador huracán Irma; decenas de edificios son mudos testigos de aquella furia de la naturaleza. 

     El Jardín se creó en 1891 pero los sucesivos ciclones o huracanes casi lo han dejado sin sus grandes árboles y, por consiguiente, sin sombras para el viajero que, en el trópico, la necesita tanto como el agua; por suerte uno puede guarecerse bajo un buen seto de cañas de bambú con unos acogedores bancos o bien buscar los árboles de los “cacahuetes” como se me ocurrió bautizarlos por aquello de lo parecido del fruto, aunque en este caso es una versión gigante que pesa varios kilos.

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     La isla la encontramos a unos treinta kilómetros al sur de Guadalupe y casi similar distancia de la Martinica. Con 750 km² unas 100.000 almas que aprovechan las zonas costeras ante la ferocidad de su naturaleza y las impenetrables montañas con su más que enmarañada vegetación, su altura nos la encontramos en el norteño Cerro Diablillo (1447 metros), aunque prácticamente toda ella está cruzada por la montaña que la cuida y le ofrece un paisaje de ensueño, donde el verde es el dominante y los torrentes de agua cristalina que llegan hasta el mar, son sus eternos compañeros de viaje en el cautivante panorama.

     Dominica fue otra etapa de descubrimiento del Almirante de la Mar Océana, el inolvidable Cristóbal Colón que tantos novios tiene y tanta polémica despierta en muchas gentes que no tienen muy claras las ideas y quieren juzgar la historia como si los hechos estuvieran sucediendo ahora mismo. Él llegó a la isla el 3 de noviembre de 1493 [en la misma jornada que Guadalupe] pero su colonización fue tardía y, tal vez por eso, conserva su vegetación original aunque puede que influyera más el hecho de que franceses y británicos firmaran un pacto y los indígenas pudieron seguir tranquilamente aquí y en San Vicente. Sólo algunos misioneros fueron tolerados por sus gentes, entre ellos los padres dominicos que son los que por lo visto le dieron el topónimo definitivo, en este caso fueron Raymond Breton y Philippe de Beaumont, a decir verdad, parece que sus éxitos en la misión evangélica fueron bastante escuálidos. 

     París y Londres en 1728, por el Tratado de Aix-la-Chapelle, le siguieron confiriendo la neutralidad y los caribes, mientras tanto, daban cobijo prácticamente a todos los proscritos que llegaban a sus costas, hecho que hizo que la isla viviera algún que otro roce con las potencias coloniales aunque ya en el XIX, quedó claro que Inglaterra era la que se llevaba el gato al agua y en 1893 confinó a los caribes en la costa oriental entre los cursos del Bigluva y el Atouri –poco más abajo del antiguo aeropuerto-.

     En la capital podríamos decir que vive una cuarta parte de su población de los que personalmente me quedo con el recuerdo son los “rastas” que, a pesar de su escaso número no dejan de ser peculiares, como es el caso del cuarteto que me encontré “viajando” tras el colocón correspondiente en el templete detrás del destartalado Fort Youg que estaba en plena reconstrucción (en esa zona las iglesias y la biblioteca pública siguen siendo mudos testigos del gigantesco desastre natural que la región vivió hace un par de años). Por la ciudad, tranquila y destartalada, el bullicio y la alegría de su gente te hace pensar en lo difícil que es el ser humano, prácticamente sin nada y gozan de una gran facilidad para el contacto con todo lo que llega aquí, con todas las comodidades, siempre llevamos la queja y el malestar a nuestras espaldas: lo difícil que es encontrarte a alguien que te salude, allí todos Good Morning Sir, Hello, Goodbye, es lo más normal entre los viandantes que se desviven por informarte o contestar tus preguntas en busca de tal o cual rincón.

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     Hay momentos que te atrapan, en mi caso –al margen de las emisoras de radio que me encontré- citaría el Ruin Rock Café [no, no es el célebre Hard Rock Café, aunque a lo mejor está inspirado en él]. Es uno de esos chiringuitos que no se olvidan fácilmente, en su interior, bajo una techumbre de hojalata –en Bolivia le dicen calamina, si mal no recuerdo- que ha sido añadida a las cuatro paredes que quedaron en pie. Allí, una de esas cervezas locales que tampoco olvidas y, colgando, las banderas de cuatro países, una era la española. En una de sus paredes la piel seca de una gigantesca boa de una decena de metros y, como colofón: el lavabo. ¡Qué manera de contorsionarme para poder entrar!

     Tras dejar Roseau, aconsejo una escapada que arranca en el mismísimo Jardín Botánico (o nada más bajar a tierra en donde están las furgonetas y los taxistas) y en pocos minutos te encontrarás ante el salto de agua de Trafalgar, pero tras dejar el auto hay que caminar un estrecho sendero para encontrarnos con esa preciosidad. Por supuesto silla de ruedas o dificultades en el aparato locomotor pueden provocar que el placer se convierta en una total amargura. Aunque debo señalar que encontré gente en este periplo que se atreve con todo quizá el “tengo derecho” ha llegado muy lejos; en este caso es manifiestamente desaconsejable el viaje o bien buscarse un porteador [o sherpa como en el Himalaya] que quiera cargar con la pieza en los tramos más duros. Si llegó hasta aquí y tiene días por delante, en la zona nos encontramos con una coqueta posada de montaña suelde dar un buen servicio a precios todavía razonables. 

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     En ese mismo valle, por la zona derecha, podremos llegar hasta las fuentes sulfurosas y su clásico olor a huevo podrido puede crearle deseos nauseabundos, realmente demasiado fuerte, pero el espectáculo natural bien merece la pena el esfuerzo. Otra buena caminata es, tras dejar el pequeño pueblo de Laudat, la del Cerro Macaco (unas cinco horas de marcha) y nos encontraremos con el Freshwater Lake –uno de los tres que tiene Dominica- el paisaje es de los que quitan el hipo, la vegetación y su fauna bien merece la pena. Por supuesto buen calzado y cubierta la máxima superficie de nuestro cuerpo para evitar los arañazos y las picaduras de los insectos. Recordemos que el sendero va continuamente cubriéndose ante la frondosidad y el poder regenerador de la naturaleza. Saliendo de ese lago se puede llegar al Valle de la Desolación y contemplar que los volcanes no son cosa del pasado; los chorros de agua caliente pueden ser el acicate para no querer marcharse, aunque no estemos en Islandia, los géiseres son hermosos y merecerá la pena acercarse al famoso Boiling Lake [agua hirviendo hasta casi 100 grados, así que, si uno resbala y cae, se queda bien peladito y “pa’siempre].

     Si uno llega por vía aérea señalar que si no es al aeropuerto de Canefield, entonces lo hará por el Internacional y más viejo situado en el nordeste, entonces llegar hasta Roseau puede convertirse en una infernal, y cara, aventura. Las aguas destrozan los caminos con más rapidez de la que la administración consigue “parchearlos”. Si uno pretende hacer una temporada –una semana dan para saborear la isla en toda su plenitud- una buena opción puede ser utilizar la red local de autobuses; en muchos casos simples furgonetas en donde se aprietan los pasajeros sin que ello provoque rubor a pesar de que la oronda señora, que te tocó en suerte, no te deja ni asomar la nariz. ¡Divertida y fresca manera de conocer el talante de los nativos!

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     Incluso si el viajero tiene tiempo puede intentar llegar hasta la reserva de los caribes en Silybia, con tacto y un buen guía, hasta se dejan “encontrar” y tratarán de vender sus propias artesanías [por ahora no son Made in China, aunque todo se andará con esta etapa de globalización] en esta zona al sur del Aeropuerto Internacional de Melville, conducir por la izquierda y por sus carreteras no es algo que recomiende, como tampoco recomendaría el deporte de riesgo o Canyoning que dicen es los más solicitados por los viajeros que llegan a la isla. No es precisamente de lo más barato, pero la adrenalina cada uno se la gasta en lo que más placer le produce, de crío en mi Alhama natal, lo hacíamos a “pelo” por varias de las rajas de nuestros famosos tajos para alcanzar lo que entonces conocíamos como Llano Cuarenta y en donde se daba un peculiar tubérculo que denominábamos macucas. Un verdadero placer para el paladar y parece que ya se perdió.

     Finalizaremos con la referencia al proyecto minero que pretendía comprar 2/3 de la isla, sin duda hay algo allí que les interesa a los depredadores (por lo visto eran australianos), sabiendo lo que hicieron en Nauru, no me extraña que les dieran un portazo y quizá –yo no lo pude aclarar- eso provocó la declaración de Patrimonio de la Humanidad que engloba prácticamente la mitad de la isla (parte sur, muy escabrosa y difícil) que en su totalidad es un oasis a pesar de que algunos viajeros miraran más la teórica pobreza de sus gentes que, además, son extraordinariamente extrovertidos y amables con el visitante, sobre todo los que están más bregados con el viajero o trotamundos. ¡Una delicia de gente y de isla! 


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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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