Caribe: Barbuda

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    Mi primer contacto con este nombre fue en los años sesenta del pasado siglo cuando, en los intercambios de sellos, un día llegó una estampilla de este territorio y poca cosa más sabría de la isla en mi Alhama natal. Serían años después cuando, a través del imprescindible catálogo francés Yvert et Tellier, descubriría algo más sobre ella, su exiguo tamaño y su población que en pleno siglo XXI tampoco debe generar mucho correo.

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     Ahora tuve la oportunidad de saborear algo más y la isla ya no me será tan extraña puesto que de tarde en tarde llegaba correo de su liliputiense núcleo urbano denominado Codrington que, si mal no recuerdo, fue donde echó raíces un militar que llegó a un alto cargo hace algunos siglos. Evidentemente, a pesar de su “industria”, debemos de colegir que el personaje tuvo coraje porque, aún hoy, la vida no es nada fácil en esta tierra de apenas 160 kilómetros cuadrados y unos 1500 habitantes. Administrativamente forma parte de las Leeward (para nosotros serían las Islas de Sotavento o de las Pequeñas Antillas) junto a Anguilla, Antigua, San Cristóbal, Nevis, Montserrat y Redonda.

     Todas formaron parte del imperio colonial británico que, en 1958 se agruparon para formar la efímera Federación que apenas duró cuatro años, vaya que, aunque vecinos, las relaciones no eran para tirar cohetes. En la actualidad depende de Antigua, pero sigue conservando una gran autonomía que pasa, incluso, por poseer sus propios signos postales. Ya se sabe si un derecho dejas de ejercerlo lo pierdes y ellos han conservado esa prerrogativa que hace que, a veces, aparezcan piezas con sus signos postales franqueando el sobre y ello es un plus en estos momentos donde ver un sello en un sobre es tan extraño como encontrarte con un dinosaurio cuando caminas.

     Antiguamente se le denominó Dulcina y, geográficamente, la encontramos a unos 40 kilómetros al nordeste de Antigua; su único emplazamiento habitado está ubicado prácticamente en el centro de la isla, junto a la gran laguna salada. Se trata de una isla plana que me recuerda a Anguilla, de suelo calcáreo y rodeada de arrecifes coralinos, algo que no hace de ella una tierra de lujuriante vegetación, su altura máxima apenas sobrepasa los sesenta metros y destacan sus paradisíacas playas en donde a uno le sobra el tiempo y el espacio que puede disfrutarse desde su flamante infraestructura hotelera, algo que explotan bastante adecuadamente y le confiere ese tono idílico que a veces da la exclusividad: el sol abrasador, ¡faltaría más!, se verá atemperado por los alisios que estabilizan el mercurio en la trancha de 25-30 grados, a pesar de todo, caminar sin protección es aquí una de esas barbaridades que cometen las gentes del primer mundo con más frecuencia de lo que uno cree.

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     Como tantos otros puntos de la región, fue descubierta por Colón, concretamente fue en el viaje de 1493 y permaneció bajo el dominio de los caribes hasta 1528 cuando aparecen los colonos desde San Cristóbal capitaneados por Littleton, pero no lograron cristalizar el asentamiento y ante el problema de la falta de agua desistieron de quedarse en ella. Fue a finales del XVII cuando el coronel Codrington [había ostentado el cargo de gobernador de las Leeward] la recibió en propiedad y, avispado el colega, puso en marcha un “criadero de esclavos” que luego revendía al resto de propietarios de plantaciones de caña de azúcar que entonces era un monocultivo imprescindible, fue la época dorada de la caña de azúcar que abastecía el mercado europeo, ante la falta de agua, criaba esclavos.

     La agricultura nunca prosperó debido a las características de su suelo y la falta de agua hacía el resto así que, incluso hoy, sólo encontraremos pequeños huertitos para subsistencia y de los que extraen lo básico para su dieta: calabazas, coles, mandioca, maíz, ñame, etc., los autóctonos complementan su dieta con la pesca costera y lo que llega con el ferry tradicional desde Antigua. ¡Deliciosa la langosta recién pescada para el viajero es uno de esos momentos de éxtasis! Quizá lo que llama la atención es su fauna y la explotación como coto de caza para los que aman la parte cinegética de la misma, en ella se pueden cazar jabalíes y gamos aparte de una extraordinaria cantidad de aves entre las que sobresale la célebre fragata y (dicen que) aquí tenemos la mayor colonia de esta preciosa ave marina, la mayor de todo el orbe si exceptuamos las de las ecuatorianas islas Galápagos que parece han saltado a los medios ante los atropellos que allí se han cometido y corren el riesgo de quedar totalmente destruidas.

     Llegar a Barbuda no deja de ser una pequeña aventura, pero hoy en día es relativamente fácil y cómodo, tenemos el barco, avión o los helicópteros. Generalmente te dejan en una pista cercana a Codrington y si es privado y de la jet, entonces suele usarse el exclusivo complejo privado de Cocoa Point Lodge que dispone de cabañas que son capaces de satisfacer (incluso) al más exigente de los viajeros sin olvidar siempre que el entorno tampoco da para muchas “delicatessen”. Pero si uno tiene ganas de emular al protagonista de la novela de Daniel Defoe [Robinson Crusoe, por cierto, unas islas que administra Chile y que también tuvieron un gran susto hace algunos años cuando el tsunami les asestó un durísimo golpe] hoy se puede obtener la colaboración de los lugareños que prestan servicios y cabañas a precios más que económicos si hemos tenido la dicha de llegar hasta aquí tampoco será necesario regatear mucho.

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     Al margen de la fauna y flora, nos queda la tranquilidad del entorno que es para no querer marcharse. Hay pocos restos históricos, pero por aquello de nuestro pasado común, quizá alguien tenga ganas de pasar por Torre Martel [Martello Tower le llaman ellos] que a mí me sugirió que podría haber sido levantada por algún jameño ya que había varias familias con ese apellido en el pueblo de mi infancia. Esos restos corresponden al antiguo faro que construyeron los españoles, recordemos (de paso) que si vamos a ella deberemos tener el correspondiente billete de regreso [si vas con el ferry que realiza visitas de grupos esa exigencia no se produce ya que sales a media tarde para Antigua con el mismo medio de transporte].

     Lo más habitual es llegar en una excursión de un día [suelen partir desde Saint John’s y los realiza Barbuda Express, generalmente zarpan a las nueve de la mañana y poco después de las cinco ya estás de regreso en la capital de Antigua, todo dependerá de las condiciones de navegación. Los cruceristas lo tienen bastante justo, pero no es imposible, incluso en algunos casos esos mismos barcos ya incluyen una visita expresamente para los que desean escaparse a retozar en sus lindas playas de fina arena blanca. Si uno corre el riesgo deberá de atar bien el paquete para que no te dejen tirado, aunque los operadores son conscientes de ello y tratan de dar un servicio de primera, pero los navíos zarparán de Saint John’s no mucho más tarde de las seis.

     Otras compañías turísticas operan desde English Harbour [allí se reparaban los navíos de su graciosa majestad en tiempos de la colonia] y luego estarían las demás opciones como el vuelo que apenas es de quince minutos y te deja cerca del poblado que parece sacado de África antes que del entorno caribeño en el que realmente nos encontramos. Otras veces algunos viajeros contratan vuelos charters o aerotaxis. En fin, que nada mejor que preguntar en los hoteles o en las empresas de turismo de la zona, la información básica también en la oficina de turismo que, a veces, incluso tiene casas para alojarnos que tampoco desmerecen.

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     Por lo práctico me inclinaría por llevar un “paquete con todo ajustado” y en el que generalmente se incluye viaje, comida, baño y traslados [insuperable la preciosa Bahía Princesa Diana, aguas cristalinas que te hacen pensar en lo que es el paraíso]. En el mismo paquete va la visita a las cuevas, pero hay que tener presente, a la hora de reservar, hay dos rutas diferentes, en este caso hay un buen trecho caminando, a pleno sol, merece la pena evaluar si es lo más conveniente, en cualquier caso siempre con buena protección solar si no queremos llevarnos un mal recuerdo. Hay varias cositas más, pero para poder abarcarlo todo, a pesar de lo exiguo del tamaño, tendríamos que pensar en una pequeña estancia de 2-4 días para disfrutar de este pequeño pero idílico rincón del Caribe. Para ir al santuario de las aves, especialmente las fragatas en el denominado Cedar Tree Point, se suele tomar un barquito en las aguas saladas de la laguna interior de Codrington.

     En fin, Barbuda merece una tranquila escapada, nos desintoxicaremos y, puede, que no deseemos retornar a casa. En pocas palabras, tiene todo lo necesario para olvidarnos de nuestra cotidiana realidad, en algunas zonas no hay nada que se parezca al WIFI con lo que los que están enganchados se ven abocados a disfrutar de un entorno no siempre disponible para la mayoría de los mortales.

     Eso sí, hay que ser previsores y llevar buena maquinaria fotográfica para poder inmortalizar las aves que, lógicamente, necesitan ser captadas desde lejos. Si necesita direcciones, hoy las redes nos ofrecen más de lo que necesitamos y teniendo en cuenta el estado en que las dejó el Irma en el 2017, algunas cosas todavía están en vías de reconstrucción; en cualquier caso, suerte en su elección y disfrute del paraíso, si es amante de las aves no olvide tiene una cita. Sea previsor y hágase uno de esos regalos inolvidables: disfrute de la gran colonia, en época de celo, los extraordinarios buches rojos (inflados) de las fragatas resultan espectaculares.

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    Hasta el próximo viaje.


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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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