Caribe: Islas Caimán

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    Las islas Caimán fueron avistadas por Cristóbal Colón en 1503; inicialmente bautizadas Islas Tortugas gracias a la gran cantidad de quelonios que los intrépidos navegantes encontraron en ellas.

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     Posiblemente estas islas sean uno de esos puntos que la mayoría de la gente sabe por donde están gracias a las continuadas referencias de prensa y otros medios de comunicación que hacen alusión de manera recurrente a los paraísos fiscales y la carestía de vida que, de esta manera, evita a los mochileros que sí pueblan mayoritariamente otras islas del Caribe y su eterno verano; diríamos que han primado la calidad o, si lo prefieren, la gama alta del turismo que inunda la región y que aquí encuentra una, digamos, gran seguridad, incluido el tema económico y lejos del fisgoneo de los curiosos.

     Las islas Caimán fueron avistadas por Cristóbal Colón en 1503; inicialmente bautizadas Islas Tortugas gracias a la gran cantidad de quelonios que los intrépidos navegantes encontraron en ellas y en muchos casos diezmaron por aquello de ser una especie de larga vida y fácil de transportar en bodega para la despensa en las largas travesías. La isla mayor tiene 220 kilómetros cuadrados (el grupo en su totalidad apenas 259) y unos 50.000 habitantes de infinidad de procedencias que viven con una pasmosa tranquilidad a pesar del bullicio con el que se ven sorprendidos en nuestros días.

     Este grupo de islas se localiza al sur de la Perla de las Antillas (Cuba); concretamente entre Jamaica y la isla de la Juventud o isla de Pinos como se denominaba antes de la Revolución Castrista; apenas tiene unos miles de habitantes, pero en su aeropuerto, al Este de la capital, tiene un gran movimiento de naves, los norteamericanos bien saben de ellas.

     Se convertirían en colonia británica en 1670 y las dos más pequeñas serían incorporadas a esa realidad administrativa en 1833. Las islas fueron una dependencia de Jamaica entre 1873 y 1959, en esta última fecha el grupo de las Caimán pasaría a ser administrado directamente desde Gran Bretaña que, desde 1972, únicamente se cuida del tema de las relaciones exteriores, todo lo demás está en manos de los políticos locales que funcionan bajo la presencia constante del Gobernador que está instalado en esa franja de tierra que te lleva a la mítica oficina de correos del Infierno.

     El representante de su Graciosa Majestad goza de unos privilegios que me recuerdan a los virreyes españoles de tiempos pretéritos. ¡Menuda residencia en la zona exclusiva de Seven Mile Beach por donde anduve camino de la célebre oficina del Infierno! Sí, sí, HELL lo han convertido en una atracción turística de primera y que los taxistas complementan con la visita a la Granja de Tortugas, la planta potabilizadora, las degustaciones y la zona de los delfines en la que mucha gente acaba interactuando con los mamíferos marinos. Algunos aprovechan ese paseo para ir hasta Spanish Point, prácticamente donde finaliza la carretera por este lado occidental de Gran Caimán.

     Si lo que uno busca es un baño, mejor hacerlo un poco más al sur, cerca del exclusivo Marrito donde el precio de una cerveza puede quitarte, de golpe, la sed, pero si has llegado hasta aquí merece la pena sentarse, disfrutar de la brisa marina y permitirse el lujo de tomar alguna de las rubias de cebada que llegan hasta este recóndito territorio insular del Caribe.

     George Town, cuyo origen es el fuerte británico homónimo, para por ser la capital y uno de los grandes centros financieros a nivel planetario. Mansiones que te dejan alelado y ejecutivos que parecen salir de la célebre city londinense. ¡Cuánta elegancia se gastan, a pesar del calor, llevan corbata y mayoría de féminas zapatos con tacón de aguja!

     La gran variedad de su fauna puede verse en el famoso Parque Botánico de Isabel II (aunque podría darse el caso que parte de sus inquilinos ya los hayamos encontrado en la zona de Hell donde, campan a sus anchas, especialmente las osadas iguanas y o en la granja de Tortugas, cerca de esta última está la atracción con los delfines que hace las delicias de los más pequeños). Pero si lo que busca es tranquilidad entonces deberá de tirar hacia Pequeño Caimán que apenas tiene un centenar de personas que conviven con grandes zonas de manglares que, en ocasiones, están superpoblados de aves marinas.

     Si hemos llegado hasta aquí, lo más impresionante quizá sea meterse bajo el agua para una de esas experiencias inolvidables. Se trata de viajar en el célebre Atlantis XI, una de esas maravillas salidas del cerebro humano y que no te deja indiferente. El viaje es totalmente grato (que no gratis): siempre la misma presión –la del mar- que no provoca malestar en el oído ni necesitará cámara de descompresión.

     El submarino fue uno de esos negocios que a veces se montan sin saber cómo irá la cosa, o eso creemos que pensó Dennis Hard cuando se puso a buscar y convencer al grupo de inversores que apostaron por el proyecto que le proponían. Hoy la empresa ha sobrepasado el mítico número de 10 millones de personas transportadas y goza del alto prestigio que otorga la certificación de la Oficina Naval de los Estados Unidos (donde también tiene tres puertos para realizar similar trabajo). La idea lanzada en 1983 quedaba plasmada con el primer Atlantis I que entraba en servicio en 1985. Entonces la capacidad era de 28 pasajeros (ahora ya se acomodan un total de 48 personas en cada inmersión). La compañía tiene más de una decena de esos cacharros instalados en cinco países; en Caminan es, posiblemente, la experiencia estrella y, por supuesto, los críos quedan atrapados ante la espectacularidad del viaje que, gracias a la variedad de los peces y la limpieza de las aguas, uno parece estar nadando en lo que se conoce como el Parque Marítimo Nacional de Gran Caimán.

     La claridad de las aguas de la zona y la inusitada riqueza de su fauna marina harán que la hora que uno se pasa metido en el ingenio sea un suspiro y en realidad no querrá creer que la experiencia acabó tan rápido. Suele tomarse casi al lado del Viejo Fuerte en la parte izquierda si uno se coloca en tierra y mirando al mar, cerca del pantalán de cruceros. Hemos de señalar que, en la plaza, antes de salir del recinto portuario, paneles informativos y personal orientarán sobre todo aquello que se puede hacer por estos lares. Mucha gente prefiere largarse a navegar y jugar con las rayas, un espectáculo sumamente popular gracias a que la National Geographic filmó aquí uno de sus exquisitos reportajes. Generalmente es una excursión de éxito y un autobús te lleva directamente desde el pantalán hasta la Ciudad de las Rayas y, dependiendo del crucero con el que hayas llegado, te pueden hacer hasta un 3x1: Rayas, Delfines y Tiki Beach con un pequeño snack en la zona de barbacoa.

     Bucear en esas aguas es uno de esos placeres que no siempre se saborean fuera de la región, otra opción es tostarse bajo los nunca misericordiosos rayos solares, en este caso casi en el mismo George Town tienes esa famosa ubicación, cualquier taxista te llevará a la Tiki Beach-Seven Mile Beach en donde el viajero encontrará todo tipo de comodidades para creer que eres el rey Midas (luego nos llegará la factura que puede amargar a más de uno si antes no calculó bien en donde se estaba metiendo: las hamacas no son gratis por muy bien alineadas y limpias que nos las encontremos; forman parte del negocio; en Jamaica encontré playas que tienes que pagar para acceder a ellas).

     Si su visita aún le dejó tiempo libre, entonces no vendría mal una escapada, aunque sea breve, al Museo Nacional para hacerse una idea de lo que en realidad son estas célebres islas que nada tienen que ver con una famosa radio clandestina del exilio cubano que llegaba a España como un verdadero cañón por la onda corta en los añosx noventa. Hoy prácticamente todas las emisoras de este tipo han desaparecido del éter aunque algunas organizaciones compran tiempo para lanzar sus proclamas y programas desde otras estaciones, algo que les resulta mucho más barato, pero naturalmente ya no tienen el encanto de ser emisoras clandestinas porque están siendo emitidos desde estaciones legalmente constituidas aunque no por ello los gobiernos hacia los países que dirigen sus programas estén muy contentos ya que la onda corta, por su propia característica no puede ser borrada con un clic como sí sucede con todo el tráfico de Internet.

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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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