El trabajo en temporada hortofrutícola duplica la población del Llano de Zafarraya

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    Noelia Jiménez, publicaba este pasado 3 de septiembre en el diario IDEAL, una información sobre como el trabajo en temporada hortofrutícola duplica la población del Llano de Zafarraya.

    El efecto multiplicador de las judías verdes y los tomates

    El trabajo en temporada hortofrutícola duplica la población del Llano zafarrayero, arrendado en un 80% a marroquíes

     Zafarraya -y la vecina localidad de Ventas de Zafarraya- es un inmenso huerto cuya producción hortofrutícola proporciona trabajo y sustento económico a la amplia mayoría de la población. La oriunda -los algo más de 2.000 habitantes censados en 2016- y la inmigrante, fundamentalmente marroquíes y en menor medida senegaleses y población de países sudamericanos, que durante los meses estivales y parte de la primavera y el otoño duplican la población del Llano zafarrayero.

     Según los propios vecinos, el 80% de las tierras de esta rica zona agrícola -importante productora de judías verdes, tomates y alcachofas, entre otros cultivos- está a día de hoy arrendada a residentes de origen marroquí, población en muchos casos establecida en Zafarraya durante todo el año pero que, al mismo tiempo, atrae a una numerosa cantidad de temporeros procedentes de su mismo país de origen. «Hay gente de aquí que todavía cultiva sus tierras; antes en la zona predominaban los minifundios, pero desde que se creó la comunidad de regantes del Llano, la cosa cambió. A muchas familias empezaba a no compensarles hacerse cargo de los cultivos porque los hijos se iban del pueblo y empezaron a alquilarse a gente de fuera. De eso hace ya más de dos décadas», apuntan muchos, casi siempre reacios a dar sus nombres. Según algunos testimonios consultados por IDEAL, por los arrendamientos se llegan a pagar hasta 3.000 y 4.000 euros por fanega.

     Y es que, aunque para vecinos como Rafael Ortigosa «no hay problemas de convivencia o al menos nada que no pase en otros sitios», para otros la cuestión es «complicada». «No convivimos; sencillamente ellos van a lo suyo y nosotros a lo nuestro», afirman otros zafarrayeros. «Ellos vienen aquí a trabajar, como nosotros hemos hecho décadas atrás, simplemente. ¿Conflictos? Siempre hay alguno que mete la pata, pero los de aquí también», argumenta Rafael. «Sí que hay problemas; no ha habido enfrentamientos graves, pero hay situaciones tensas», comentan otros.

    «Ellos vienen aquí a trabajar, como nosotros hemos hecho décadas atrás, simplemente»

     En realidad, el ambiente que se percibe en el pueblo una mañana de agosto es completamente normal. Trasiego de hombres y mujeres con sus faenas diarias y mucha población inmigrante trabajando en los campos o haciendo un breve descanso en algún bar. Muchos de ellos están en las terrazas de los dos bares que regentan otros compatriotas y alguno que otro, aunque los menos, se acercan a los bares del pueblo. Como Mohamed, de Nador, al que todo el mundo llama Juan en el pueblo. «Fui de los primeros que llegué, hace ya 30 años. Desde entonces vivo aquí. Yo solo. He trabajado mucho en el campo, siempre para propietarios de Zafarraya», comenta Mohamed mientras toma el café de la mañana en un establecimiento de la localidad. «Nunca me he sentido mal aquí. Siempre me han tratado bien», dice uno de los aproximadamente 350 empadronados procedentes de otros países.

     Pero él, Mohamed, ya es un zafarrayero más. Sin embargo, desde mayo hasta mediados de octubre, las diversas campañas de cultivos hacen que Zafarraya multiplique su población por dos, «o más incluso», aseguran algunos en relación al número de temporeros que llegan hasta el lugar. No hay datos oficiales y la alcaldesa de Zafarraya, Rosana Molina, ha preferido no hacer declaraciones sobre esta realidad social, que cada verano llena de trabajadores temporales el municipio y su rico llano agrícola. «La cuestión es que hay muchas irregularidades y aquí nadie hace nada. Muchas de las tierras tienen trabajadores mal pagados, sobreexplotados, y hay situaciones que habría que denunciar, como que en muchas ocasiones no se están cumpliendo los convenios. Además, la Mesa de Integración que crearon en 2016 no ha funcionado», dice José Manuel Arrabal en relación a un órgano puesto en marcha el año pasado. Este grupo de trabajo contaba con la participación de la delegación del Gobierno, sindicatos, Guardia Civil, Ayuntamiento y Cruz Roja, entre otros representantes, pero este año no se ha convocado.

    Cada uno a lo suyo

     En los campos de Zafarraya, llenos de hortalizas y frutas de temporada y con decenas de temporeros trabajando en cada parcela, el ambiente también es relativamente fluido, aunque algunos agricultores apuntan a «una diferente vara de medir» a la hora de aplicar obligaciones tributarias y cuestiones legales entre los propietarios locales y los arrendadores de origen extranjero. Parcela con parcela están la de Salvador Bolaños, vecino del municipio, y la de Abderrahim, que lleva un cultivo de judías verdes. Y entre ellos todo parece normal. «Aquí no hay problemas. Ellos trabajan lo suyo y nosotros lo nuestro. Mucha convivencia en realidad no hay. Normalmente todo va bien», comenta Salvador mientras recoge y organiza calabacines y tomates con la ayuda de su hijo y su mujer. Lo mismo apunta Abderrahim, que, acompañado por un grupo de trabajadores y, sobre todo, trabajadoras, dice parco que «no hay ningún problema» con los vecinos y nos invita sin inconveniente a pasar a la zona de cultivo. «Llevo dos años viniendo, para temporadas de dos meses», detalla.

     Mientras, en el pueblo, los bares regentados por inmigrantes están llenos únicamente de compatriotas. Reacios a fotos y, por supuesto, también a decir sus nombres, no tienen reparo en quejarse de las condiciones en las que trabajan. «Se cobra 3, 4 ó 5 euros la hora y hay gente que paga y gente que no, de nuestro país y de aquí; nos cobran 80 y hasta 100 euros por la cama y estamos metidos en algunas casas hasta 20 personas», relatan muchos temporeros, siempre anónimos por temor a represalias. «El problema está en cómo trabajamos, no con la gente de aquí. Nunca me he sentido discriminado», cuenta un joven mientras descansa de su faena en el campo. Un campo, el del Llano, que aumenta considerablemente la población de la zona, aunque en este caso más que «por vacaciones», por trabajo.

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