El último alcaide moro de Alhama

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     Aquella noche de la batalla “Tenebrosa”, como se denominó a la de la pérdida de Alhama, él se encontraba fuera, con permiso real, en las bodas de su hermana. Hubo de sufrir por la pérdida de toda su familia y de la plaza, de la que era su alcaide. Muley Hacén consideró que no había sabido guardar bien tan preciada ciudad-fortaleza, por lo que mandó cortarle la cabeza. Este fue el triste sino del último alcaide moro alhameño.

     “ALHAMA, HISTÓRICA”
    Andrés García Maldonado
    El último alcaide moro de Alhama

     La leyenda poética, en palabras de tantos y tantos historiadores a lo largo de estos últimos cinco siglos, embelleció a placer la sorpresa de la toma de Alhama por los cristianos. Además del “¡Ay de mi Alhama!, se compuso el también bello romance que conocemos por “Moro alcaide, moro alcaide”.

     Este romance, que era muy corto, parece ser que se escribió a imitación de uno que fue incluido en el “Cancionero” de romances de 1550, el que pudo ser ampliado por Pérez de Hita, quien afirmó que su composición y origen venía de un “sentido y antiguo romance”. El mismo Menéndez Pidal sitúa su primitiva composición en la primavera de 1484, en el transcurso de la misma guerra de Granada y a dos años de la pérdida de Alhama por los musulmanes.

     Dos son los protagonistas a los que, en lo que a este romance se refiere en nuestra sección de “Alhama, Histórica”, hemos de hacer mención: al entonces alcaide moro de la ciudad-fortaleza y a su bella hija, Fátima, la que, según se narra, ante la caballerosidad y galantería de los nobles cristianos, se convierte al cristianismo tomando el nombre de María de Alhama, lo que está más en la leyenda que en la historia.

     En lo referente al alcaide, todas las crónicas y referencias históricas coinciden en que el alcaide de Alhama, en el momento de su conquista por los castellano-andaluces, se encontraba fuera de la misma, en las bodas de una hermana. Concretamente Eguílaz Yánguas, en su “Reseña histórica de la conquista del Reino de Granada”, vista desde las cónicas musulmanas, haciendo referencia a la fecha de la conquista de Alhama, nos dice: “Ocurrió este suceso en la noche del 9 de mahorram, año 887 (28 de febrero de 1482), hora en que los habitantes se hallaban entregados al sueño y estaba desamparada la alcanzaba, en la cual sólo se encontraba a la sazón la familia del alcaide”.

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     En los detalles que da de la escalada de las murallas de Alhama en el momento de su conquista, el cronista Fernando del Pulgar dice que entraron en la barbacana, de donde, puestas las escalas subieron al muro principal de la fortaleza, prendieron a la mujer del alcaide y a las mujeres que estaban con ella, y que el alcaide se encontraba ausente.

     El romance mantiene que el alcaide se hallaba en Antequera, en las bodas de una hermana, pero ello era bastante improbable, aunque esta hipótesis, en cierta medida, podía ser cierta. El mismo alcaide de Antequera, como a continuación veremos, había dado la libertad a la hermana del alcaide alhameño, la que hasta entonces era cautiva y se casaba con un caballero. Pudo el de Antequera hacerlo así y, más aún, hasta beneficiar con esta actuación al ejército cristiano al saber que se había decidido el ataque contra Alhama, dándose así el hecho de que el alcaide de esta fortaleza no se encontraría en la misma. Insisto que esto es una hipótesis más, que puede no tener fundamento alguno si el alcaide de Antequera tampoco tuvo noticia de la decisión de ir contra Alhama hasta pocos días o momentos antes de que se llevase a cabo el ataque.

     Que el alcaide de Antequera participó en la toma de Alhama está contrastado históricamente, concretamente Juan de la Mata Carriazo, tras hacer referencia a los preparativos e inicio de la empresa para sorprender a Alhama, afirma: “Se incorporaron a la expedición don Pedro Enríquez, adelantado mayor de Andalucía, don Pedro de Estúñiga, conde de Miranda, don Martín de Córdoba, hijo del conde de Cabra, y los alcaides de Jerez (Juan de Robles), Carmona (Sancho de Ávila), Marchena (Martín Galindo), Arcos (Nicolás de Rojas), Morón, Archidona y Antequera”.

     Rada y Delgado, partiendo de la “Historia de Granada” de Lafuente, así como de su “Historia de Madrid” de la que es coautor con Amador de los Ríos, sitúa al alcaide de Alhama en Vélez-Málaga, lo que tiene bastante más fundamento, siendo esta ciudad malagueña musulmana en aquellos momentos y, además, con muy estrechas relaciones con la de Alhama. También Carriazo sitúa al alcaide alhameño en esta ciudad hermana de la nuestra, “Como en Zahara el mariscal Saavedra, en Alhama el alcaide estaba ausente, asistiendo a unas bodas en Vélez-Málaga”.

     Lo cierto es que el alcaide musulmán de Alhama se encontraba ausente aquel 28 de febrero de 1482, habiendo pedido permiso al mismo rey de Granada para acudir a unas bodas, quien no solo se lo concedió sino que, pidiéndole quince días, aquél le concedió tres semanas.

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    La batalla

     Pero, como nos expone el romance, parece ser que Muley Hacén se olvidó pronto de esto y, tras no poder hacerse con Alhama en su primer intento, se encolerizó. Y no era para menos, así nos cuenta Pi y Margall aquél primer asedio una vez que se tuvo la noticia de la conquista de Alhama por los cristianos: “No bien hubo llegado a Alhama cuando vio devorados por los perros los cadáveres de sus esforzados defensores; encendiose más y más en ira, y sin enterarse de los recursos con que contaban los cristianos ni tomar en cuenta los peligros a que se exponía, lanzó a sus soldados a la muralla presentándose en perspectiva el saqueo, el placer de ver pasados por la espada a todos los castellanos. Podía convencerse a poco de cuán inútiles eran sus esfuerzos, porque caían sin cesar sus tropas precipitadas de lo alto de sus escalas bajo una lluvia de piedras, flechas y agua hirviendo; pero estaba ciego y enviaba unos tras otros los destacamentos, incitando más y más a la pelea a los que iban quedando de reserva. Pretendió infructuosamente minar y volar los muros; persuadido de la imposibilidad de alcanzarlo, quiso cortar las aguas y por este medio obligar a los cercados a morir de sed ya que no quisieran sucumbir a la fuerza de las armas. Tropezó con nuevos obstáculos y se vio empeñado en otras luchas; pero no cejó, ni retrocedió un solo paso, y acabó por fin por lograr su intento aunque a costa de mucha sangre. Más aún así no alcanzó la entrega de la villa. La voz de socorro que dio desde Alhama D. Rodrigo Ponce de León resonó en toda Andalucía... y tuvo al cabo el infeliz Muley que levantar el sitio sin poder atribuir más que al rigor de su destino los dolorosos resultados de su tenacidad, del valor de su ejército, del heroísmo con que sus soldados se arrojaron unos tras otros en brazos de la muerte. Entró Muley en Granada entre las maldiciones de sus mismos súbditos...”.

     Eguílaz Yánguas narra esta desolación y amargura de los granadinos, y por lo tanto del mismo Muley Hacén, cuando tienen que tomar la decisión de levantar el cerco de Alhama y retornar a Granada, así: “...Estas noticias produjeron el pánico entre los sitiadores, los cuales, obedeciendo la orden del alguacil, levantaron el cerco y tomados de dolor, de desesperación y de tristeza volvieron a sus hogares”.

     Entonces Muley Hacén, pensando quizás en lo descuidada que había estado la defensa de Alhama por sus propios moradores en el momento que la sorprenden los cristianos, olvidándose que la situación y murallas de Alhama hicieron que se tuviese la confianza de que su toma era a todas luces impensable, hubo de decidir la ejecución de quien había sido su alcaide en ella, l igual que hizo con el mensajero que le trajo la mala noticia de su persiana, como nos cuenta el romance “¡Ay de mi Alhama!.

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    Muley Hacén y El Zagal comentando el romance del "¡Ay de mi Alhama!

     Pérez de Hita, tras historiar la pérdida de Alhama así como el sitio que a ésta le pone Muley Hacén, indicando lo apesadumbrado que se encontraba este rey, escribe: “...Y muy triste y lleno de enojo por no haber podido remediar algo, envió por el alcaide de Alhama, que se había recogido en Loja debajo del amparo del alcaide de aquella plaza, llamado Vencomixar (1). Los mensajeros del rey, presentando los recaudos que para prender le llevan, le prendieron, diciendo que lo mandaba prender el rey, y que le cortasen la cabeza y la llevasen a Granada a ponerla encima de las puertas del Alhambra, porque fuese castigo para él y a otros fuese escarmiento, pues había perdido una plaza tan noble.

     Con esto fue el alcalde preso, habiendo respondido que él no tenía culpa de aquella pérdida; que el Rey le había dado licencia para que fuese a Antequera a hallarse en unas bodas de su hermana, que el buen alcalde Narváez la casaba allí con un caballero y la hacía libre de cautiva que era, y que el rey le había dado ocho días más de licencia que él le había pedido. Y que él estaba muy pesante de ello; porque si el rey había perdido Alhama, él había perdido mujer e hijos. No bastante esta disculpa del alcaide de Alhama, como digo, fue a Granada preso; allí le cortaron la cabeza y la pusieron en el Alhambra”.

     El romance que ha llevado a la leyenda lo sucedió al último alcaide musulmán de Alhama, en boga durante siglos, y con diversas composiciones, incluido en el “Cancionero” de romances de 1550 y probablemente ampliado por Pérez de Hita, como hemos comentado al principio, es el siguiente:

    “Moro alcaide, moro alcaide,
    el de la bellida barba,
    el Rey te manda prender
    por la pérdida de Alhama.

    Y cortarte la cabeza
    y ponerla en la Alhambra,
    porque a ti castigo sea
    y otros tiemblen en mirarla.
    Pues perdiste la tenencia
    de una ciudad tan preciada.

    El alcaide respondía,
    de esta manera les habla:
    “Caballeros y hombres buenos
    los que regís Granada,
    decid de mi parte al Rey
    cómo no le debo nada.

    Yo me estaba en Antequera
    en las bodas de mi hermana
    -mal fuego queme las bodas
    y a quien a ellas me llamara-,
    el Rey me dio la licencia,
    que yo no me la tomara,
    pedila por quince días,
    diómela por tres semanas.

    De haberse Alhama perdido
    a mí me pesa en el alma,
    que si el Rey perdió su tierra
    yo perdí mi honra y fama.

    Perdí hijos y mujer,
    las cosas que más amaba;
    perdí una hija doncella
    que era la flor de Granada.

    El que la tiene cautiva
    Marqués de Cádiz se llama,
    cien doblas le doy por ella,
    no me las estima en nada.

    La respuesta que me han dado
    es que mi hija es cristiana
    y por nombre le habían puesto
    doña María de Alhama.

    El nombre que ella tenía
    mora Fátima se llama”.
    Diciendo así el buen alcaide
    lo llevaron a Granada.

    Y siendo puesto ante el rey,
    la sentencia le fue dada:
    que le corten la cabeza
    y la lleven al Alhambra;
    ejecutose la justicia
    así como el Rey lo manda”.

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    La sentencia le fue dada: que le corten la cabeza y la lleven al Alhambra; ejecutose la justicia así como el Rey lo manda”.

     Menéndez Pidal, al comentar este histórico y bello romance, sitúa su primera composición hacia 1484, a unos dos años de la conquista de Alhama, en plena guerra de Granada, cuando aún nuestra ciudad, en el mismo corazón del reino granadino, está sometida a cercos e intentos de ser recuperada por los musulmanes, cuando más daño hacían estos romances, verdaderos “instrumentos” de guerra para desmoralizar al enemigo.

    Andrés García Maldonado

    - (1) “Vencomixar”, personaje musulmán que se convirtió al cristianismo tras la toma de Granada, no era el alcaide de Loja, lo era en aquel momento de 1482 Ibrahim Aliatar, padre de la bella Morayma, esposa de Boabdil y la única mujer a la que amó este último y desdichado rey de Granada.
    - Imágenes extraídas de la serie Isabel de TVE
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