Los maquis en nuestra comarca

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     La historia de “El Espartillo” y  "Medioquilo", de Alhama y "El Cornudo", de Zafarraya 

    Acceso a la web

    Una página web reúne los testimonios de los principales guerilleros españoles


    04/08/2008.- La provincia de Granada estuvo dividida en cuatro zonas guerrilleras: la del triángulo Alhama de Granada-Loja-Moraleda de Zafayona (al suroeste), la de Sierra Nevada (Alta y Baja Alpujarra), que se extendía hasta la Sierra de Gádor (Almería), y la del norte, que lindaba con tierras de Córdoba y de Jaén. No es de extrañar, por tanto, que la provincia granadina fuera la que más quebraderos de cabeza diera a las autoridades del país, las cuales con el nombramiento del teniente coronel Eulogio Limia Pérez —el 15 de octubre de 1949— transformaron las zonas guerrilleras o simplemente de apoyo de esta región en un auténtico campo de experimentación. Sigue en "Leer más".

    Enlaces detenidos

    Principales zonas de operacione guerrilleras


     Testimonios recogidos en varios puntos de la provincia, pero en particular en Alhama de Granada, Loja y Salar, dan fe de que, en el invierno de 1948-49, las partidas encontraban mayor asistencia que nunca en el pueblo llano. Recuérdese que Granada es la segunda provincia de España respecto al número de enlaces detenidos. Un campesino de Salar nos dijo: "-Eso es fácil de comprender: la gente había visto desaparecer muchas partidas y se volcó en ayuda de las que quedaban para que no desapareciesen del todo.

     A los enlaces detenidos hay que agregar los pastores ejecutados en plena montaña por no haber seguido al pie de la letra las instrucciones contenidas en los bandos que delimitaban las zonas reservadas —es decir, auténticas zonas de guerra—, bandos que, en la mayoría de los casos, casi ningún pastor alejado de sus lares pudo conocer a tiempo. Supimos, también, de cortijadas incendiadas completamente, tras haber dado a sus habitantes un plazo de horas para evacuarlas—so pretexto que eran utilizadas por los guerrilleros como refugios— que no se les permitió llevarse más que lo puesto y los cuatro bártulos que pudieron cargar en las caballerías."

     
    Al teniente coronel Eulogio Limia Pérez —cuyo comportamiento en el interrogatorio de varios guerrilleros y enlaces se nos ha asegurado que fue correcto— se le atribuye la limpieza de las partidas granadinas, después de haber hecho lo propio por tierras de Toledo y de Ciudad Real. No hemos podido recoger un solo testimonio de que en la Mancha practicara la táctica de la tierra quemada —como ocurrió por Granada—, de lo que se deduce que las partidas manchegas eran más escurridizas y que sus bases —o puntos de apoyo— principales eran más difíciles de localizar que las granadinas. Porque ¿cuándo y cómo se puede dictaminar que una guerrilla va a menos? ¿Al disminuir las acciones y los encuentros? Mal barómetro sería éste. ya que durante ese cuarto de siglo de lucha guerrillera (1936-1960), tanto en e! monte como en el llano, esos altibajos se dieron con bastante frecuencia y otras tantas veces se pudo leer que «se había exterminado tal o cual partida importante», para dar a entender que el movimiento armado antirrégimen andaba de capa caída. Esto. para citar un caso concreto, sucedió en Cataluña, respecto del grupo de «Quico Sabaté». al que antes de su muerte real (el 5 de enero de 1960) se dio por muerto —y a su partida por aniquilada— por lo menos media docena de veces. Se nos puede decir que la guerrilla no podía durar eternamente. Es cierto, pero la verdad es que duró mucho más de lo que nadie podía augurar: hubo muchas partidas que se mantuvieron en activo ocho, diez y doce años. Y tanto tiempo de presencia en las sierras es una realidad que nadie puede tratar a la ligera ni despacharla con cuatro frivolidades, u ofreciendo medias versiones de los hechos, por muy respaldadas que estén en atestados, informes, escritos o reseñas generales.

     
    En todo caso, volviendo a las tierras granadinas, una de las acciones de las fuerzas represivas que mayor resonancia tuvo, por lo menos sobre el terreno, fue el asalto, a cargo de más de 300 guardias civiles, a los pueblos de Salar y de Loja (con 93 detenciones en el primero y 61 en el segundo), donde cabe señalar que tan sólo ocho militantes clandestinos estaban ausentes de sus domicilios cuando se realizó la razzia. Pues bien, pretender haber llegado a concentrar a más de 300 policías uniformados sin que a nadie llamase la atención la llegada a los citados términos —tenidos, y no sin razón, por auténticas bases guerrilleras— de un número tan importante de miembros de la Benemérita, es algo que no entendemos muy bien, ya que, despreciando, al enemigo, las gestas propias...

     No, no es fácil detectar la verdad, pero lo que sí puede recalcarse es que esa ofensiva de las fuerzas del orden, en los años 49-50, coincidió, casualmente, con la decisión del Partido Comunista (el primer comando de recuperación, mandado por «Antonio el Catalán», desembarcó en las playas tarracocastellonenses, a fines de agosto de 1950) de disolver las guerrillas del monte.

     
    En Modín nos hablaron de 10 ó 12 vecinos de Los Olivares que se echaron al monte «aburríos y acorralaos» y que serían cazados a tiros en cosa de 3 o 4 semanas. Andaban por la Sierra de la Hoz, donde estuvo el frente durante la Guerra Civil. Por allí había un grupo de 7 u 8 guerrilleros que eran de Tierra la Baja. Merodearon por aquellas tierras durante un par de años y luego desaparecieron. Según me indicaron, este grupo estaba muy bien organizado y la mejor prueba de ello es que no tuvo ni una sola baja. Casi siempre esas partidas exterminadas en días o en semanas no eran tales, sino pequeños grupos de campesinos a los que, un día sí. y otro también, se les insultaba incluso en plena calle —«¡tú, bájate de la acera, que eso es para las personas honradas, que las bestias debéis andar por el arroyo!»— o en los cafés —«tú, si fueras un hombre, hace ya tiempo que te hubieras marchado con los tuyos a la sierra»—. Al final, se juntaban media docena de «aburríos y acorralaos» y se echaban al monte, sin llevarse siquiera una mala escopeta —ya nos darán armas los maquis—, se decían el uno al otro para tranquilizarse.

     
    Lo que ocurría muchas veces es que, antes de que se toparan con los maquis, las fuerzas vivas de aquel sector —puestas poco menos que en pie de guerra en cuanto se enteraban de que algunos vecinos habían abandonado el pueblo con intención de reunirse con los de la sierra— ya los habían exterminado. Así ocurrió, en otros lugares, con vecinos de los pueblos de Zafarraya y Venta de Zafarraya.

     
    De Agrón se marcharon a la montaña unos 25 o 26 hombres jóvenes. Había de todo: solteros, casados. Unos lo hicieron movidos por las ideas, los menos, y otros, los más, por miedo. Estuvieron en la Sierra de Albuñuelas un par de años. Sólo se salvaron tres: dos que se entregaron y uno al que hicieron prisionero. En Agrón, como es notorio, los guerrilleros recibieron ayuda de todas clases. Un viejo del lugar me dijo: «Es que cuando la gente tiene ideas es muy difícil sacárselas de la cabeza.» Alli nos hablaron de varios jefes de partida: del «Espartillo» —que era de Alhama de Granada—, del “Cornudo” —que era de Zafarraya— y de uno que era de Alfamate, que tuvo varios apodos, entre ellos el de “el Serrano”. Por allí exterminaron a un grupo de 7, que formaba parte de una partida importante que tenia sus bases en la Sierra de Loja. En esa partida había guerrilleros oriundos de Alcaucin, Alfamate y Alfarnatejo (Málaga).

     
    Estuvimos en el Cortijo de las Ánimas —a unos 12 kilómetros de Alhama de Granada—, cuyo dueño es Adolfo Ramos. Lo secuestraron los guerrilleros en noviembre de 1950 y pidieron un rescate de 500.000pesetas (3.000euros), luego 300.000 y al final lo soltaron por 100.000 ptas.

     Fueron a buscarlo 9 guerrilleros y se lo llevaron al pinar del Cerro Lucero. "Dos de ellos —me dijo— tenían más de 50 años y los demás rondaban los 30. El más proselitista era uno que hacía de barbero, que me afeitó dos veces en los cuatro días que duró la detención. Cambiaron 3 veces de campamento. Salvo unas horas de descanso, al filo del mediodía, siempre estaban andando de una base a otra. Pude comprobar que en muchos cortijos tenían gente que les informaba de las idas y venidas de los guardias y de las Contrapartidas.» Después de su liberación, en el Cortijo de las Animas pernoctaron dos contrapartidas: una formada por 9 hombres y otra por 12. Parecían bien dispuestos y le dijeron que les daban 1.500 pesetas por maquis muerto... Y que uno de ellos, tomándoselo a broma, le dijo:
    «Y ya sabe usted, compadre, que de noche todos los gatos son pardos-..»

     
    Al Jefe de partida que lo secuestró le llamaban Felipe "Clemente"(hnos Jurado Martín), al que matarían más tarde en el Cortijo del Guarda, junto con 5 de sus hombres. Una Contrapartida estuvo esperándolos, escondida, durante dos semanas. Otra partida fue sorprendida por un fuerte destacamento de guardias en el Barranco de las Piletas, donde mataron a 8 guerrilleros, cuyos cuerpos cargaron en un carro y pasearon por todo el pueblo (Alhama de Granada).

     
    A mediados de enero de 1947, el cuartel general de los guerrilleros se encontraba en el Pinar de Alhama. Los destacamentos estaban formados por unos 150 hombres. Esta impresionante partida la apercibió un pastor del señor Ramos, por una barranca que conduce a un lugar llamado El Infierno. La actividad guerrillera empezó allí en los primeros meses de 1940. El último guerrillero muerto por aquellos parajes, en la primavera de 1952. fue «el Culito del Salar». Al «Chato del Salar» lo mataron en una refriega, cuando intentaba realizar un secuestro en un cruce de carreteras. El que iban a secuestrar —un tal Juan Morales— también murió en el tiroteo.

     
    Nos contaron que “el Espartillo” y "el Cornudo" actuaron de concierto muchas veces y que anduvieron por aquellas sierras cuatro o cinco años. "El Espartillo”, que era libertario, y por tanto antimilitarista, había desertado de ambos ejércitos: del republicano y del franquista.

     Proyectó pasar a Francia y lo detuvieron en Barcelona, cuando fue a ver a su novia, que estaba vigilada. Al no poder atribuirle muerte alguna se libró de la pena capital. Hoy viven en la zona norte del país.

     
    A medio camino de Alhama de Granada a Játar, en una huerta tan feraz como bien cuidada, nos presentaron a Paco Aguado y a su mujer, Mariana. A él lo llamaban «Medioquilo» y cuando se echó al monte tenía 39 años. Estaba entonces de mayoral de pastoreo en el Cortijo del Lobo. Se escapó en noviembre de 1947 porque lo denunció —para ocupar su puesto— otro pastor, acusándolo de ser un enlace de la guerrilla. Aguado me asegura que por aquellas fechas se había tropezado varias veces con los guerrilleros, pero que él no era enlace de nadie. «Ya que con el fusilamiento de mi padre y de mi hermano mayor la familia estaba bien servida, ¿no le parece?»

     
    Fue a detenerlo una Contrapartida y él saltó por la parte de atrás de su casa y se metió bosque adentro. «En cambio —me dice—, el pastor que me denunció sí que había hecho negocios con los guerrilleros y yo lo sabía, porque en el monte se sabe todo.» Los de la contrapartida dispararon contra él; pero no le dieron. Anduvo con la guerrilla por toda la provincia e incluso hizo de práctico con ocasión de la visita de un gran jefe de la guerrilla, al que acompañaron por varias sierras de Granada y de Málaga. El jefe de la partida se llamaba Manuel Pérez Rubio, ex capitán republicano, y era de Motril. También estuvo con «el Polopero», el cual, según Paco Aguado, era un tipo muy poco "echao p'alante" para ser jefe de partida.

     
    Aguado se entregó a la policía para que soltasen a su mujer, que llevaba dos años en la cárcel y se estaba quedando ciega. Lo interrogaron en el tristemente célebre Cuartel de las Palmas, de Granada, adonde le condujo el capitán Caballero, en su Land-Rover («la guiñaposa» llamaban al coche los guerrilleros). «Tuve que vérmelas con el teniente coronel don Eulogio Limia y con el comandante Antonio Diaz Carmona, que se portaron conmigo correctamente. Claro que ellos sabían que yo una vez, dando la cara por él, había salvado de manos de los guerrilleros a un guardia civil llamado Franco Ríos, que era de Sevilla, y que estaba en el puesto de La Ventilla, en el pueblo de Talará.»

     
    A “Medioquilo” lo condenaron a 25 años y un día. Y cumplió diez años y dos meses.

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    Fuente: PAISAJES DE LA GUERRILLA

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