“Pa que llores por algo”

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     En alguna ocasión lo he dicho y, en honor a la verdad, tengo que repetirlo, que, pese a los usos de la época, no me dieron mucha leña durante mi niñez; es decir, ni padres ni maestros abusaron conmigo del castigo corporal. Tampoco fui un niño demasiado travieso, más bien, tímido. Pero hubo ocasiones, sí, las hubo. Y no sé si por excepcionales o por la profunda huella que estas vivencias dejan en nuestras infantiles mentes, el caso es que estoy seguro de recordar todos y cada uno de aquellos episodios.

     Creo que estaréis de acuerdo conmigo, los que ya tenéis una edad, en que las madres de nuestra niñez se descalzaban con mucha facilidad. Flexionar la pierna, sacar la zapatilla y aplicarla a nuestro trasero eran gestos semiautomáticos inherentes a la condición materna. Lástima que las madres de ahora no hagan nada por conservar tan sanas costumbres. Debe de ser la dificultad que entraña el descalzarse las modernas deportivas.

     Llorar por un capricho, llorar por cualquier cosa, llorar por nada, es algo que todos hemos experimentado y cualquier niño de hoy hace con suma facilidad, como lo hacíamos los niños de antaño. Pero he visto en muchas ocasiones, y lo veo, cómo la mamá atrae hacia sí a su hijo, lo acaricia, le habla, lo tranquiliza y, como último recurso, lo aparta unos momentos para que “piense sobre lo que ha hecho”. Y esto, ahora en serio, sí que me satisface y llena de alegría mi corazón de abuelo.

     Cualquier berrinche nuestro, cualquier capricho (yo, si me caía cerca de casa, no consentía que nadie me levantase antes de que mi madre llegara; mi vecino Manolillo pedía llorando agua en la “cerola” y, cuando se la daban, decía que él en la “cerola” no bebía), pues eso, cualquier situación de este tipo desencadenaba casi con toda seguridad el automatismo de la alpargata. Y, mientras recibías los zurriagazos, oías a tu madre decir: “toma, pa que llores por algo”.

     Y sin embargo, para hacer justicia a aquellas benditas mujeres, a mi madre, a todas las madres, tengo que decir que sus zapatillas parecían estar acolchadas, que sus golpes sonaban pero no herían, y que, estoy seguro, cada alpargatazo lastimaba mucho más su corazón que nuestro trasero.

     Capítulo aparte merece el cinturón paterno, la correa. Ocasiones excepcionales, contadísimas; casi siempre, un simple gesto; pero un gesto que te hacía temblar y que te echaba abajo en un segundo todos los palos de tu quimérico sombrajo. Llorabas, pataleabas, gritabas… y tu madre, a su manera, intentaba normalizar la situación. Pero si tu padre, que hasta ahora observaba serio, sin intervenir, posaba su mano sobre la hebilla y decía: “como yo me tenga que quitar la correa…”

     Oí yo también en ocasiones esta frase y temblé ante la amenaza de aquel disuasivo gesto. Y en una ocasión, sólo en una, la amenaza se hizo castigo, abandonando aquella ancha correa de hebilla dorada su noble tarea de sujetar, para dedicarse a enrojecer y calentar mis tiernas posaderas.

     La culpa fue de Alejandro, de Alejandro y de sus siempre apetitosos y apetecidos helados. Este hombre, alegría de los chiquillos y suplicio de madres, que recorría las calles del pueblo en las frías mañanas de invierno pregonando sus tortas y bollos. Que tantas veces lo vimos enfilar la calle El Sol, ofreciendo sus gallos y sombreros de caramelo con sus originales canciones:

    Niños y niñas,
    venid volando,
    que el tío los gallos
    ya está llegando.

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     Y en las calurosos tardes veraniegas, el rico helado mantecado. Y con su helado, en su carrito, andando desde Alhama, llegó Alejandro a Santa Cruz aquella mañana del trece de junio, fiesta de S. Antonio en Valenzuela. Y quiso el destino que por la cuestecilla de la plaza anduviésemos Salva y yo que, al ver al heladero y su carrito, acudimos inmediatamente a curiosear. No se le ocurrió otra cosa al buen hombre que invitarnos a acompañarlo a las fiestas de nuestros vecinos, con la promesa de que nos invitaría a un helado. Y allá vamos los dos mocosos empujando alegremente el carro, carretera abajo, hasta llegar a nuestro destino. ¡Cuánta gente en Valenzuela! Vecinos y forasteros. Y fiesta por todo lo alto: misa, verbena, el puesto del turrón, la churrera… y el helado de Alejandro.

     Degustamos Salva y yo nuestro rico helado y miramos todo los demás; sólo mirar, porque dinero… Y, sin darnos cuenta, el tiempo se nos echó encima. Casi medio día y nosotros en Valenzuela. Echamos a correr por el camino de la alameda, pero nos habíamos entretenido demasiado. Junto al río me esperaba ya mi padre (tal vez alguien habría informado ya de mi paradero), que, sin mediar palabra, cogió una de mis orejas y no la soltó hasta entrar en la casa. Sin preámbulos, se quitó la correa y, mientras me hacía reflexionar sobre mi imprudente aventura, me propinó la única paliza que yo recuerdo haber recibido de él. Nunca me lo confesó, pero estoy seguro de que tampoco él la olvidó en su vida.

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