A Julio Arrebola Arrebola. "Cuando se aúnan inteligencia, constancia y solidaridad"

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     Alhama ha contado con personas de un valor excepcional, bien por su entrega, bien por su preparación y dedicación al trabajo que realizan. O por todas estas cualidades y virtudes a la vez, sumándoles un alto sentido de lo que es la solidaridad bien entendida. Una de estas, sin lugar a dudas, es Julio Arrebola.

    "Cartas alhameñas"
    A Julio Arrebola Arrebola
    "Cuando se aúnan inteligencia, constancia y solidaridad"
    Andrés García Maldonado

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    Querido Julio:

     Desde que tenía unos ocho años, se me ha quedado la imagen de verte -cuando íbamos camino del cine a la función de la tarde o cuando volvíamos de la misma ya de noche- trabajado, en tu taller de la "Callecilla del Cine" -calle Juan Miguel Pérez Garzón-, reparando relojes, con una dedicación absoluta, totalmente absorbido en tu tarea. Por supuesto, se te reconocía una maestría superior en esta tarea no tan sólo en Alhama, sino en toda nuestra comarca y muchos otros lugares de las provincias de Granada y Málaga.

     Llegaste a Alhama a mediados de la década de los cincuenta, a los pocos meses de casarte, con el propósito, como hiciste, de abrir un taller de fabricación y reparación de aparatos de radio. Entonces había pocos de estos receptores, lo que no es de extrañar pues, como me has contado, había bastantes viviendas que pagaban la electricidad a un tanto alzado, las que no tenían contador y poseían una sola bombilla y algunas que contaban con alguna más las tenían conmutadas, lo que suponía que cuando se encendía una se apagaba la otra.

     Comenzaste reparando radios a la par que los hacías nuevos aparatos receptores. Pronto, tu calidad técnica y tus asequibles precios, con muy cómodos plazos para pagar, te hicieron, como decimos, destacar en este menester en toda la comarca y fuera de ella.

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    El matrimonio Arrebola-Altea

     Tu prestigio técnico era tal que, finalizando la década, el joven coadjutor de la parroquia, se dirigió a ti con la idea de conseguir poner en marcha en Alhama una emisora parroquial. A pesar de que le hiciste ver el mucho trabajo que tenías y que siempre te había gustado cumplir con los clientes, lo que al menos por aquellos momentos te impedía distraer el más mínimo tiempo a otra cosa, el joven sacerdote insistió una y otra vez. En momento alguno se dio por vencido y, por supuesto, como tú no has sido nunca de piedra -como bien sabemos los muchos que te hemos tratado- accediste y, dedicando horas de la noche, hasta de la madrugada, tras las intensas jornadas de trabajo de cada día, te pusiste manos a la petición: "Me di cuenta que la emisora que pretendían hacer funcionar no estaba bien, pedí el esquema de la misma para hacerla de nuevo yo. La hice con arreglo a su esquema, pero funcionaba con un ruido realmente infernal, no dejando oír al locutor. Entonces comprendí que les habían dado un esquema de onda corta y tenía las bobinas de onda normal, así como otra serie de cuestiones técnicas inapropiadas, lo que me llevó a desmontarla en su totalidad y aprovechando sus mismos materiales hice una a mi criterio y funcionó estupendamente, pues se escuchaba hasta en Jaén, siendo locutor nuestro inolvidable amigo Juan Castro Valladares".

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    Hermanas, hermano y madre de Julio

     Por aquellos mismos años, viendo la necesidad que había de ellas para desplazarse las clases menos favorecidas del pueblo al campo para sacar un mísero jornal, adquiriste un camión de bicicletas y las vendiste, prácticamente en su inmensa mayoría, en cómodos plazos a todo comprador. Dada la injusticia social que se venía manteniendo y acentuando para el tiempo que se iba viviendo, muchísimas familias alhameñas, buscando mejorar su presente así como un futuro mejor para sus hijos, comenzaron a emigrar, especialmente hacia el Norte, País Vasco y Cataluña. Antes de partir, alguna de estas personas fueron a ti a entregarte la bicicleta adquirida a plazos, ya que, al menos por el momento, no iban poder seguir cumpliendo con los plazos de pago acordados. Tú, ni en un sólo caso, aceptaste esto, lo que hubiese supuesto que el comprador perdía cuanto llevaba abonado. Sólo indicabas que se las llevasen consigo y que cuando pudiesen te pagasen, bien enviándote el dinero o cuando volviesen por Alhama en alguna ocasión. Y resulto que, pasado más o menos tiempo en cada caso, ni uno solo de esos alhameños emigrantes dejó de pagar, bien remitiéndote un giro postal ó cuando volvieron por aquí a pasar unos días en Alhama, después de estar unos años lejos de ella.

     Me he permitido, querido Julio, recordar en especial estas dos historia tuyas, de las tantas loables a las que se pueden hacer referencia, porque muchos alhameños, las nuevas generaciones sobre todo, difícilmente saben de ti así como de estos años pasados. Considero que es muy saludable, humana y moralmente, que los ejemplos que personas como tú han dado de entrega, esfuerzo y solidaridad en nuestro Alhama no se pierdan; es más, es justo refrescarlos para general conocimiento y reconocimiento.

     Claro está que tu forma de ser, talante y condiciones de persona cabal a lo largo de toda tu fecunda vida, no se improvisa. Viene todo ello dado desde la misma cuna, se labra en lo mejor de la persona, en la inteligencia y el espíritu, a lo largo de los primeros años de la vida, niñez y juventud, y se consolida para siempre cuando comienza la persona a introducirse en la madurez.

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    Rosa (izq.) y su nieta María José

     Naciste en nuestra hermana villa de Zafarraya, en 1926, siendo hijo de Rafael Arrebola Pascual y de María Arrebola Pascual. Cosa curiosa -como dices tú-, tu padre y tu madre tenían los mismos apellidos pero no les unía el más mínimo parentesco familiar. Los Arrebola y los Pascual, en ambos casos, eran ramas familiares distintas en este caso.

     Como afirmaban tus familiares, fuiste un niño fuera de lo normal. Mientras otros jugaban en el amplio corral de tu casa, tú no lo hacías siempre con ellos. Te gustaba más contemplar a albañiles, carpinteros, herreros, zapateros y otros artesanos efectuando sus peculiares trabajos, sin dejar de preguntarles el por qué de tantas cosas. Siempre fuiste un chaval muy despierto y sumamente atraído por todo aquello que suponía la aplicación de cualquier técnica o pericia, quedándote a la primera con toda clase de detalles o pormenores. En esta línea, el no va más para ti eran las horas que pasabas siguiendo las reparaciones relojeras que llevaba a cabo aquel señor de Jayena que, de tiempo en tiempo, llegaba a la posada de Zafarraya para efectuar esta tarea.

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    La hija de Julio, Fina (en el centro), con sus dos hijas

     Todo esto no quita para que, entre observaciones y aprendizajes, no dejases de ser un niño algo travieso, por lo que tu padre gestionó que la nave de la que era propietario, cuyas ventanas daban al patio de tu misma casa, se convirtiera en escuelas municipales, las de don Antonio Duarte Gutiérrez y de doña Carmen Jiménez Lima. Consideraban tus padres que así te tenían más vigilado que en cualquier otro lugar.

     Tu padre os sacaba para adelante tanto con el camión marca "Reo" que tenía, haciendo de corsario a Loja y, una vez a la semana, a Málaga, como con una pequeña taberna. El camión os sirvió a ti y a tu hermano para practicar la mecánica, realmente avanzasteis en la misma, y la taberna para saber de relaciones y comportamientos humanos, lo que siempre te ha servido como avezado analista de la condición humana.

     Se quemó el camión y tu padre, con su amigo Luis Molina Moreno, a principios de 1936, compro uno nuevo, ni más ni menos que un "Chevrolet", que, a los pocos meses, al iniciarse la Guerra civil, lo requisó el denominado “Batallón Granada”. Al principio pensaron que todo aquello de la sublevación iniciada por el ejercito de África venía a ser una “escaramuza” para cambiar el Gobierno, y se fue con su camión y el citado batallón de chofer, dándosele de baja por una enfermedad momentánea que tuvo y que le salvó de mayores complicaciones.

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    Julio, en la primavera malagueña

     Mientras tanto vosotros, tu madre, tus hermanos y tú permanecisteis en Zafarraya hasta noviembre de aquel 1936, hasta que unos milicianos os echaron a la calle de vuestra casa, pretendiendo según manifestaban que el pueblo quedará vacío, dados los combates militares que se estaban produciendo por hacerse con el Llano. Así, con varias mantas y unos cuantos duros de plata, desde Ventas, gracias a un amigo camionero de tu padre, fuisteis escondidos hasta Málaga donde os encontrasteis con vuestros padres y su familia.

     Recuerdas como a tus diez años viviste todo aquello, quedándosete grabada para siempre la reunión familiar para decidir si os ibais para Almería o aguantabais a ver qué pasaba en Málaga. Se decidió permanecer en esta ciudad y lo mismo que visteis aquella larguísima e interminable “procesión” camino de Almería "con toda clase de gente, unos con carrillos de mano, otros con colchones y otros con toda clase de cosas", a los pocos días contemplasteis la vuelta de muchos de ellos, la mayoría ya sin sus cosas.

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    Con si hija Marina y ahijados

     Decidisteis la vuelta a Zafarraya, un viaje desastroso, sólo contabais con el tren suburbano que llegaba a Ventas y, desde ahí, a vuestra casa a pie. Cuando llegasteis a ella, una profunda desmoralización más: la encontrasteis abierta y totalmente vacía, se lo había llevado todo, no dejando absolutamente nada, “ni una silla para sentarse”. El aprecio con el que contaban tus padres hizo que en el mismo día tuvieses lo más imprescindible para poder habitar la misma. Con mucho esfuerzo, poco a poco, todo fue volviendo a la normalidad, se abrió la taberna primero, después la fabricación de carbón con los chaparros que teníais, la panadería con tu hermano y tú como ayudantes, situándote a ti en los cilindros ya que al ser más pequeño no alcanzabas a echar la masa.

     A los 14 años dejaste la escuela y conseguiste entrar en el Ayuntamiento como chico de los recados. Pronto, gracias a tu inteligencia y buena disposición, te pusiste a escribir en aquella vieja máquina marca "Royal" y con cuatro dedos -como hemos aprendido todos los que hemos sido “autodidactas” en este aprendizaje- te defendías excelentemente. Ello hasta el punto de que, además de los escritos municipales, se te encomendaron muchos del Juzgado de Paz, enseñándote el secretario del mismo -que a su vez era sobrino del de el Ayuntamiento-, entre otras cosas, a llevar el registro de nacimientos, defunciones y matrimonios que, por cierto, se celebran a las cinco de la mañana, para que los novios pudieran irse de viajes en la Alsina que salía a las 7, y tú tenias que llevar, cada vez que había una boda, los impresos correspondientes para que los firmasen los novios.

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    Con sus primos hermanos

     Eras toda eficacia con tan pocos años llevando las tareas administrativas del Ayuntamiento y las del juzgado. Así, no es de extrañar que aquel vendedor de Hispano-Olivetti, el que se llegó por el Ayuntamiento para venderle una máquina nueva, que bien la necesitaba, se quedara impresionado al verte trabajar y como escribías a máquina con tan pocos dedos. Te dijo que podía enseñarte a escribir con todos los dedos de las dos manos y, además, sin mirar al teclado, cosa que consideraste imposible, y fue cuando el secretario del Ayuntamiento afirmó que eso era posible, “porque en la Diputación Provincial él había visto a un escribiente que lo hacía así”. Entonces el viajante te dejó un ejercicio para que lo hicieras, practicando con todo los dedos, cuando te fuese posible y que fueses a verle a la fonda antes de empezar a practicarlo, por si querías que te lo explicase. Cuando fuiste a la fonda aquel señor se había ido al encontrar una combinación que lo llevaba hasta Granada.

     Tú, con tu capacidad y constancia, dándole toda clase de vueltas al ejercicio y practicándolo reiteradamente en todas las líneas del teclado, conseguiste en no mucho tiempo escribir con todos los dedos y sin mirar al teclado, ¡faltaría más! Otro ejemplo de tu inteligencia aplicada a la experimentación y a la incansable perseverancia.

     Al secretario no le gustó mucho este gran avance tuyo, pero no tuvo más remedio que, contando tú con tan sólo dieciséis años, hacerte “oficial mecanógrafo”, con una paga de dos mil pesetas al año, que aunque ahora no parezca nada, para aquellos años era algo en el tiempo que se vivía. Eso sí, si antes el secretario y compañía hacían poco, ya hicieron baste menos.

     Fue el ingreso de tu hermano en el ejército lo que te llevó a, dejando el Ayuntamiento, ayudar a tu padre en la cafetería y en cuanto era necesario, además de seguir atendiendo la mecánica del camión. Además hiciste un curso de radiotelegrafista y radio, obteniendo muy buena puntuación.

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    Julio y su hija Marina, y en la imagen pequeña con sus dos hijas, Marina y Fina

     El café estaba junto al cine que acaban de abrir en Zafarraya, pronto comenzaste a colaborar con el operador en las proyecciones, hasta el punto que fuiste el que te diste cuenta como éste se hacía el imprescindible dejando el proyector con alguna dificultad para que no pudiese ser puesto en marcha cuando el mismo no estuviese. Todo ello hasta que tú descubriste y destapaste la trampa, pasando a trabajar a la cabina y efectuando los primeros exámenes para operador que se convocaron, los que superaste, aunque el propietario del cine seguía sin abonarte remuneración alguna por tu trabajo.

     Pasando algún año, pensaste incorporarte voluntario a Aviación, pero te informaron mal, indicándote que tenías que permanecer como mínimo cuatro años, lo que a ti y a tu padre os pareció mucho tiempo. Entonces te decidiste por el Centro de Transmisiones de Madrid, lo que suponía un año menos. Efectuaste el correspondiente examen de ingreso y obtuviste el número uno en primero y segundo de radiotelegrafía y operador de radio, lo que rápidamente hizo que se te designasen profesor.

     Nuevamente tu sorprendente capacidad para estas actividades, te llevó a “enfrentarte” con un aparto denominado "Hell", al que nadie le encontraba la posibilidad de su adecuada puesta en marcha. Receptor alemán y que había sido usado en la Guerra civil española, no sabiendo nadie en aquel centro especial de transmisiones porqué había piezas que no tenían utilidad alguna, lo que se convirtió en una incógnita que despertó el interés de cuantos formaban parte de aquella dependencia militar. Tras pasar por tus manos quedó todo concretado y resuelto. Jamás has olvidado la cara de sorpresa y admiración hacia ti que pusieron el alférez Lagi, tu jefe inmediato que tanto te apreciaba y valoraba, y el mismísimo comandante del Centro.

     Así. y con tantas otras verdaderas hazañas técnicas estabas rifado y, sobre todo, respetado y muy bien considerado por todos. La relación de experiencias y logros técnicos que llevaste a cabo dan para escribir un libro. Es realmente admirable que una persona, que no tuvo la posibilidad de pisar la Universidad, pusiese en evidencia tal talento natural, tal inteligencia para la técnica y para el razonamiento, dejando perplejos a todos cuando llegaba cualquier problema de esta índole, fuese el que fuese, de aparatos fabricados en países avanzados en este sentido y tú, hasta sin las más mínima instrucción, desmontando y volviendo a montar el aparato en cuestión, resolvieses todo problema por muy complicado que fuese. ¿Dónde hubieses llegado de haber podido ir a la Universidad, a una Escuela Superior Técnica, o haber nacido años después?

     Ascendiste cada año que estuviste en el Ejército, pasas un tiempo en Sevilla atendiendo también esta actividad, tuviste varios destinos en Madrid y, cuando decidiste marcharte del Ejército, hasta te dejaron la puerta abierta por si decidías volver en dos o tres años. Ya licenciado te quedaste unos meses más para resolver varios problemas técnicos pendientes.

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    Julio disfrutando de la naturaleza en su cortijo

     Cuando te fuiste para el Ejército, ya tenías novia, una apreciada chica natural de Arenas del Rey, Marina Altea García, con la que contrajiste matrimonio el 18 de octubre de 1954. Residisteis primero en Zafarraya y, aunque no te faltaba el trabajo allí, decidiste venirse a Alhama buscando un pueblo con algunas posibilidades más para tu actividad profesional.

     Tu idea, en principio, era seguir haciendo aparatos de radio y reparaciones de estos, pero un día, precisamente, mi inolvidable tío Paco, Paco Maldonado Velasco, hermano de mi madre, buen amigo tuyo, te pidió que le reparases su reloj y como tenías conocimiento de esto desde tu niñez, se lo arreglaste perfectamente y pronto comenzó a entrarte trabajo en abundancia para reparar relojes y comenzaste a dedicarte a esta actividad también, la que fue requiriendo cada vez más tiempo que, lógicamente, tenía que obtenerse del que dedicabas a hacer radios.

     Y como tenía que ser, así ha sido toda tu vida. Una vida, apreciado Julio, de constancia y entrega, experimentando y abriendo nuevas posibilidades para no dejar jamás de avanzar. Transcurriendo los años, supiste que eso de la jubilación, en el sentido de dejarlo todo y dedicarte únicamente pasear, es para los que han pasado por la vida sin saber lo que le gusta, dicho de otra forma, los que jamás han tenido una vocación, una ilusión permanente, un sueño elevado por realizar, un algo especial a alcanzar día tras día, como te ha pasado y sigue pasándote a ti por muy torcida que, en ocasiones, se te haya puesto o ponga la vida.

     Querido y entrañable amigo Julio, como siempre, ahora más que nunca, con mi afecto a tu Marina, excepcional amiga, y a tu hija Fina, recibe un fuerte abrazo.

     Andrés

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