A Francisco Castillo Romero. "Nuestros primeros estudios"

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 “Jamás he olvidado, y han pasado algo más de cincuenta y cuatro años, aquella mañana en la que me diste la patada en los huevos. Físicamente, has sido el único que me ha propinado un contunden golpe en estos cuerpos redondeados. Simbólica y figuradamente son varios los que lo han hecho o, al menos, lo han intentado. Aún hoy en día me la sigue dando una que otra persona.”

"CARTAS ALHAMEÑAS"
Andrés García Maldonado
A FRANCISCO CASTILLO ROMERO
"Nuestros primeros estudios"

Querido Paco:

 Jamás he olvidado, y han pasado algo más de cincuenta y cuatro años, aquella mañana en la que me diste la patada en los huevos. Físicamente, has sido el único que me ha propinado un contunden golpe en estos cuerpos redondeados. Simbólica y figuradamente son varios los que lo han hecho ó, al menos, lo han intentado. Aún hoy en día me la sigue dando una que otra persona. Alguna concreta paisana, en este sentido, pega más fuerte que una mula -quizá lo sea- y con perseverancia ya de muchos años.

 Nuestra amistad viene desde que usábamos chupete y jamás se ha roto ni en un sólo instante, aparte de esto de la patada y muy por encima de la misma. Este hecho, aunque sorprenda, no fue más que una genuina e inusitada expresión más de tu potencia deportiva a uno de tus mejores amigos desde que nos trajeron al mundo en la misma calle de Enciso, separándonos únicamente tres casas y con tan sólo once días de diferencia.

 Amigos de siempre y para siempre. Respetándonos y apreciándonos durante toda nuestras vidas. Los amigos de la niñez y primeros años de la juventud, permanecen en lo más selecto de nuestra memoria. Más aún cuando han seguido siéndolo a lo largo del tiempo, como es nuestro caso. Hasta el punto de que cuando me acuerdo de los inicios de nuestros estudios de Bachillerato, además de otros de los veinte y pocos que comenzamos examinándonos de ingreso, recordando a todos, tú eres uno de los tres primeros que viene a mi remembranza.

 ¿Recuerdas cómo, terminada la feria, la que no solía salirse de sus días fijos del 8 al 11 de septiembre, salvo si el día 12 era domingo y se le sumaba, volvíamos a nuestra escuela-academia? La de don Juan, don Juan López Villén, la que atendía magníficamente nuestro querido maestro y profesor Agustín Molina Jiménez y, en lo que se refería a la denominada “academia” para bachilleres, también nuestro inolvidable Manolo Vinuesa, que tanta pedagogía sabia aplicar, especialmente con sus equipos de “romanos” y “cartagineses”.

 Comenzaba nuestro curso y, durante horas, estábamos con los alumnos de educación secundaria de la Escuela Pública, la primera del Paseo, donde hoy está la Oficina de Turismo, los que reservaban para nosotros la denominación de “estudiantes”. Parece ser que ellos venían a ser alumnos casi de tercera, pues también estaban los de la “permanencia”, que continuaban en clase por la tarde una hora más que ellos. Nosotros, los estudiantes de Bachillerato, teníamos la “dichosa suerte” -que aunque no lo entendiésemos entonces, lo era- de entrar a las nueve de la mañana, ellos a las diez; salíamos a las dos de la tarde, ellos a la una; volvíamos todos a las tres de la tarde, ellos se iban, a callejear la inmensa mayoría, a las cinco, nosotros a las siete y no para jugar, sino para hacer deberes, claro está, quien los hacía. Todo este horario de lunes a sábado incluido.

 Eso sí, los jueves, que ellos tenían toda la tarde libre, nosotros en vez de entrar a las tres lo hacíamos una hora después, a las cuatro. ¡Y hay que ver lo que daba de sí aquella hora! En los meses fríos, hasta para echar un partido de fútbol en la era de la Parra, donde empleábamos más tiempo en bajar a recoger la pelota que en practicar el deporte rey; y en los últimos meses de curso, mayo y junio, hasta bajábamos al río a bañarnos. En los primeros años en pelotas y después en calzoncillos que, estrujados y retorcidos tras el baño, llenaban de humedad la cartera escolar.

 La verdad es que se enseñaba y aprendimos. Aquella frase de Agustín de que las lecciones bien aprendidas son las que no se olvidan y que hay que aprender para no olvidar, era la gran realidad de aquellos años de nuestro Bachiller Elemental en Alhama como alumnos libres del Instituto “Padre Suárez” de Granada. Ahora bien, también los maestros y profesores no olvidaban aquello de que “la letra con sangre entra”, y don Juan, que en algún momento se manifestó contrario a la aplicación generalizada del "reglazo" en la palma de la mano y no solía usar regla o vara, ejercía su manera particular de “animarnos” a ser aplicados y estudiosos, propinando unas cocas que en la historia de todos nosotros se han quedado.

 Las varas, generalmente de almendro u olivo, solían facilitarlas al maestro alumnos que buscaban granjearse la simpatía del mismo. No tardábamos mucho en ver, todos satisfechos, como la misma, antes que después, golpeaba la mano del dadivoso compañero para que no olvidase las faltas de ortografía que acaba de cometer en el dictado o para recordarle que había que estudiar algo más.

 ¿Te acuerdas lo contentos que nos pusimos aquel día que se nos dijo que no tendríamos clase con don Juan al encontrarse de viaje? Dicha que se vio de pronto truncada cuando, faltando menos de media hora para concluir las clases de la tarde, se presentó y comenzó a preguntarnos la lección. Entonces sí cogió una cisca y –todos a nuestros doce ó trece años con pantalón corto- ordenando que formásemos un cerrado circulo, se situó en el centro y comenzó a rotar con la flexible vara en la mano aplicando la misma certeramente sobre nuestras piernas. Pronto surgieron por doquier las naturales exclamaciones de “¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!”. Cuando él, molesto porque no habíamos preparado los deberes de Matemáticas, exclamó: "¿Qué ¡Ay! ¡Ay!, ni ocho cuartos? ¡Aquí lo que no hay es vergüenza!". Y continuó aplicando reiteradamente la cisca, al tiempo que decía que el que se apartase del círculo sería atendido personalmente. A parte de estas actuaciones, propias de aquel tiempo, era un gran profesor y creo que, al menos en nuestros años, creo la mejor "academia de enseñanza" que tuvo Alhama.

 Después, ya en el curso de 1961-62, la valentía y entrega de mi madre hizo que nos trasladásemos toda la familia a Granada. Nuestra salida profesional eran los estudios, no tenía ella propiedades como para quedarnos en Alhama y, además, nuestro pueblo no contaba con la posibilidad para estudiar el final del Bachillerato Elemental y, mucho menos, el Superior, Félix Luis ya entraba en cuarto y Juan Manuel se encontraba en Granada ya hacía años. Así, vendió las fanegas de tierra que poseía y compró un piso en la capital.

 Eso de irnos a vivir a la capital al principio me encantó. Como recordarás cuando nos llevaban a Granada se pasaba bien, tenía algo de festivo y mucho de distinto a nuestra vida diaria, salvo cuando íbamos a examinarnos que de todo había.

Francisco Castillo Romero
 Pronto empecé a acordarme de todos vosotros mis buenos amigos y compañeros de Alhama. Sobre todo de aquellas tardes de horas y horas, hasta bien entrada la noche, jugando en la calle Enciso, a la que se venían primos y amigos desde varios puntos del pueblo. Donde las niñas y mozuelas jugando al corro cantaban aquellas canciones que se nos han quedado, con su peculiar entonación, grabadas en el corazón, a pesar que desde hace muchos años, décadas y décadas, ya no se escuche aquello de “han puesto una librería con los libros muy baratos, con un letrero que dice aquí se vende barato, María dame la capa que me voy a torear, la capa no te la doy que el toro te va a matar,…” y tantas otras prendidas desde entonces en lo mejor de nuestros sentimientos.

 Después ya nos veíamos en vacaciones y en todas las escapadas que podía hacer a Alhama, ingeniándomelas de multitud de maneras. Seguimos juntos en muchas cosas, compartimos ilusiones e inquietudes por nuestra Alhama. Formaste parte en cuatro ocasiones del Comité Organizador del Festival en primeras ediciones. ¿Te acuerdas del follón que liamos en la tercera cuando se nos ocurrió indicar, a todo un Patio del Carmen abarrotado de público, que se levantasen de los asientos los muchos que ya estaban sentados y que la totalidad de los cientos de personas que había saliesen a la calle para volver a entrar? Se nos ocurrió numerar las sillas en tres bloques distintos, A, B y C., y cada uno con su numeración propia. Pocas personas dieron con su asiento, produciéndose un verdadero "caos" organizativo. La verdad, lo he pensado en muchas ocasiones, no sé cómo alguien no nos partió, no ya los huevos, pero sí la mismísima cara.

 Recordando a tu padre, mi buen e inolvidable amigo Emilio, que con tanto efecto siempre me trató y se portó conmigo, hombre de visión elevada y nada común en su tiempo, concejal ejemplar, y quien aceptó ser secretario general del Patronato en su primera etapa, así como también miembro de la organización del Festival en su novena edición, fuiste uno de los tres primeros que llamé para la reconstitución del Patronato, en 1991, y sin la menor pega lo aceptaste y, con otros inolvidables amigos, volvió a ponerse en marcha. Ocupándote normalmente en estos cargos de las cuestiones económicas. Tu vocación profesional creo que ha sido la Economía, así has desarrollado tu carrera profesional con merecido éxito y relevancia.

 En fin, todo esto me ha llevado a recodar aquellos comienzos de curso de nuestra niñez y, sobre todo, la suerte que tuvo Alhama y los alhameños al conseguirse, tan sólo unos años después, el Colegio Libre Adoptado. La más importante iniciativa de nuestro pueblo en toda su fecunda Historia. Puso al alcance de muchos lo que era tan injustamente sólo para unos pocos, la Enseñanza Media completa como puerta a otros estudios y carreras. ¡Qué bien nos hubiese venido a nosotros! A mi quizá me hubiese cambiado toda mi vida al seguir residiendo en Alhama, al menos unos años más. Bueno, sí, esto son ya cábalas, vamos a dejar la vida como ha ido transcurriendo y en otras cartas contaremos cosas y detalles que deseamos que, aunque sencillas y propias de una época, no queremos que se pierdan definitivamente cuando llegue nuestra marcha.

 Lo dicho, jamás he olvidado aquella patada a los huevos. La llevaste a cabo emulando la agilidad de Di Stéfano, la potencia de Puskas y la velocidad de Gento, los jugadores del Real Madrid admirados, junto con los mejores del Granada, por la mayoría de los amigos, salvo por Rafael Franco, nuestro “Franquillo”, que adoraba a los del Barcelona y, futbolísticamente hablando, nos lideraba.

 Fue a la altura de la casa de mi tío Manuel Velasco, donde confluye nuestra calle con la de Salmerones. Llevaba yo una cesta con un par de docenas de huevos y tú llegaste y, no sabiendo cuál era el contenido y sin aviso alguno, poniendo de manifiesto tu atlética destreza, le arreaste una certera patada. No quedó ni un huevo entero.

 Tu madre, inmediatamente tuvo noticia de la ejecución de tu ejercicio deportivo, reparo el daño y tú te llevaste unos cuantos cachetazos. Y después, como siempre, huevos repuestos, paz y gloria entre nosotros, dos niños que eran muy buenos amigos y lo fueron para siempre. Hasta el punto de que hasta dormimos en la misma cama en un viaje que hicimos a Granada. Pero de esto ya hablaremos en otra ocasión, ahora dejemos que, una vez más, los malévolos -por no emplear otra expresión sin lugar a dudas más apropiada- piensen lo que quieran, en razón a las simpatías y ganas que nos tengan a cada uno.

 Querido Paco, con esta “Carta alhameña”, he querido recordar y sentir desde lo mejor de mi corazón a todos aquellos amigos y compañeros. Creo que no me olvido de ninguno si efectuamos la relación completa de los mismos, pero no me he atrevido a hacerlo por si se me pasa tan sólo uno de ellos. Especialmente hemos de mencionar al dinámico de Bernardo Espejo Fernández y al bueno de Paco Palomino Corpas, así como a don Juan y a Manolo Vinuesa, que se nos han ido preparando el sendero hacia el lugar en el que puede que volvamos a vernos todos juntos alguna vez. Eso sí, aunque a todos los recordamos y apreciamos, la verdad es que ni tú, ni yo, ni más de uno de los compañeros, tenemos mucha prisa en este reencuentro total, al menos, por ahora. Creemos y queremos la Eternidad, pero, precisamente, como es para siempre, queda tiempo, mucho tiempo, para disfrutarla.

 He considerado que el momento apropiado para esta misiva eran estos días, este inicio del curso en el que vemos como nuestros nietos en edad de hacerlo se incorporan a sus colegios, cincuenta y tantos años después de aquél año de 1961, en el que concluyó nuestro segundo curso de Bachillerato, cuando nuestro estudios continuaron por distintos lugares y, como estudiante, yo dejé para siempre nuestra querida Alhama.

 Como siempre, entrañable amigo Paco, sinceros y afectuosos saludos para todos nuestros amigos y compañeros de aquellos años y, para ti, un fuerte abrazo.

Andrés.

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