Historia de un cortijo: la Cueva de la Umbría

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    Confundidas entre las rocas de la sierra resisten apenas las ruinas de un pequeño cortijo, el más humilde de la Almijara. Antonio Recio, descendiente de sus últimos habitantes, nos describe cómo se vivió allí.

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    Mirando hacia Otívar y Lentejí, la quebrada vertiente sureste de la Almijara; al fondo el mar Mediterráneo

     Hace mucho tiempo, allá por el siglo XIX, llegó a la Almijara una familia de la nobleza, rica e influyente. Su última heredera fue María del Mar Bermúdez de Castro y Seriñá Montes y Lillo, señora de Montanaro, aunque todos la conocían simplemente como "la marquesa". La marquesa de Montanaro fue -hasta 1971, año de su muerte- un típico ejemplo de la más rancia aristocracia rural española; recibió de su padre un marquesado con siglos de antigüedad, y contaba con grandes posesiones por toda España. Una de las fincas más queridas de doña María del Mar era Cázulas, situada en la falda sureste de Sierra Almijara; se trataba de una gran hacienda que sobrepasaba las 5.500 hectáreas de extensión y mantenía varios miles de cabezas de ganado entre cabras, ovejas y vacas. La propiedad incluía casi todo el término municipal del pueblo de Otívar.

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    Doña María del Mar Bermúdez de Castro y Seriñá Montes y Lillo, tercera marquesa de Montanaro, más conocida como Marquesa de Cázulas o, simplemente, "la marquesa"

     La marquesa era una enamorada de los paisajes de la Almijara, y pasaba largas temporadas en su palacete de Cázulas. Estaba situado en un estratégico mirador cerca del pueblo de Otívar, y se asemejaba casi a un diminuto reino de taifas donde esta señora era soberana indiscutible. El recinto del palacete incluía las casas para sus trabajadores, una serrería, dos molinos de harina, un molino de aceite, un lagar donde se pisaba la uva y un salto de agua que proveía de electricidad a las viviendas e instalaciones de la propiedad. Quienes vivían y trabajaban al servicio de la casa marquesal eran conscientes de su suerte: aquello era un como un pueblecillo, pero con todas las comodidades de la ciudad, pues disfrutaban de buenos accesos, luz eléctrica y agua corriente en todas las casas, y unos alrededores que se mantenían limpios y cuidados, por expreso deseo de la señora.

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    Dependencias del palacete de Cázulas a principios del siglo XX

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    Trabajadores de Cázulas con sus familias

     La marquesa era una mujer seria, consciente de su posición social y económica, y educada según antiguas normas. Muy religiosa y estricta, estaba acostumbrada a ser obedecida al instante, pero también -a decir de quienes la trataron- fue buena, respetuosa y justa con quienes dependían de ella. Su propiedad funcionaba como una entidad autosuficiente: sus trabajadores llevaban las tierras y animales del marquesado, además de los molinos de harina y de aceite, la serrería, el lagar y la vaquería. Y luego estaban "los de fuera”, que acudían desde los pueblos circundantes para llevar a cabo otras actividades en la finca: caleros, carboneros, leñadores, podadores, resineros, jornaleros para la recogida de la aceituna o el trigo, etcétera.

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    El palacete de Cázulas es hoy en día un lujoso hotel rural

     Los terrenos de la marquesa eran tantos que algunos se arrendaban para facilitar su mantenimiento; uno de ellos fue el cortijo de la Cueva de la Umbría. El lugar, en plena montaña almijareña, es una más de las numerosas oquedades naturales que el hombre aprovechó hace siglos como refugio. Está situada en la ladera norte del Barranco de la Umbría, conocido también como la Cañada de las Alberquillas -son muchos los rincones con varios nombres, por allí-. Actualmente los campos que rodean la cueva aparecen incultos, invadidos por un manto tan espeso de aulagas, romeros y retamas que impide el paso casi por todas partes. Tan sólo quedan los vestigios del antiguo sendero que llevaba hasta el lugar y permite, a duras penas, acercarnos hasta las ruinas del cortijo. Antonio Recio Ruiz es bisnieto, nieto, hijo y primo de la última familia que vivió en el cortijo Cueva de la Umbría, lugar que conoce muy bien a través de los relatos de sus familiares, que cuidaron con tesón de aquella finca durante tres generaciones; casi un siglo de su propia historia -desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX- se encuentra allí.

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    Antonio Recio Ruiz

     De todos los cortijos que se asentaron por esa zona de la Almijara el de la Cueva de la Umbría es, y fue siempre, el más pequeño y humilde. Según cuentan Antonio y su primo Francisco Salas Arcos este cortijillo, que pertenece al término municipal de Otívar pero se encuentra más cerca de la localidad de Jayena, estuvo habitado desde hace varios siglos aprovechando la cueva natural. Con los años, a ésta se le fueron añadiendo unos gruesos muros de piedra seca para ampliar el espacio aprovechable, así como para proteger su interior del frío invierno de las montañas. En tiempos antiguos se accedía al lugar gracias a una senda que subía zigzagueando por la empinada ladera, a la vez que se cruzaba con otras tantas que llevaban al río y a distintos parajes del cortijo. Hoy, esa senda original está prácticamente desaparecida bajo un ancho cortafuegos que la sepultó para siempre.

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    El Barranco de la Umbría o Cañada de las Alberquillas es un lugar aislado y solitario
     
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    Bajo ese cortafuegos discurría el sendero de acceso al cortijo de la Cueva de la Umbría

     A la derecha del cortafuegos emerge un ramal de la vereda primitiva, que llevaba -y aún lleva- hasta la Cueva de la Umbría. Perfectamente visible en algunos tramos y en otros engullida por aulagas, retamas y jarales, la vereda conduce en un corto trecho hasta la puerta del cortijo, que al estar construido a base de piedras pasa desapercibido, tan perfectamente mimetizado con el entorno rocoso, que no se ve hasta que se está ya muy cerca de él.

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    El senderillo presenta tramos en los que desaparece casi por completo bajo la vegetación
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     Tras una revuelta del sendero se abre a nuestra vista el Barranco de la Umbría; si caminamos un poco más, veremos las ruinas ante nosotros. Están en la ladera izquierda, casi invisibles, al abrigo de unas grandes rocas; allí resiste, solitario y en silencio, el cortijillo de la Cueva de la Umbría. Alrededor sólo se escucha el viento, que suele soplar bastante por esos pagos. Qué distinto debió ser todo aquello en otra época, cuando las tierras circundantes pertenecían a otros cortijos, habitados entonces por muchas familias y todos esos campos estaban en plena producción…

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    El cortijo Cueva de la Umbría es prácticamente invisible desde cierta distancia

     Siempre fue éste un lugar modesto comparado con los cortijos de los alrededores, y muchos fueron los hombres y mujeres que intentaron salir adelante allí a base de trabajo y más trabajo, labrando esas tierras y criando su ganado. El terreno de cultivo que pertenecía al cortijo alcanzaba las quince fanegas de tierra de labor, o las "treinta obradas" -que es como se medían las tierras antiguamente-, es decir, el tiempo que empleaba una yunta de bestias en ararlo todo: unas ocho hectáreas, en medidas actuales. Entonces, el agua abundaba porque llovía mucho; el barranco llevaba todo el año y alimentaba multitud de acequias, que la distribuían por todas partes. Además, contaban con una fuente de la que manaba "un brazo" de agua fresquísima a unos cincuenta metros por debajo del cortijo; es posible que el nombre de Cañada de las Alberquillas viniese de tal cantidad del líquido elemento.

     La Cañada de las Alberquillas se encontraba cultivada hasta donde podían acceder las yuntas para labrar. Contaba con terrenos de secano donde se sembraban cereales como trigo, avena, avenate, lleros, cebada, lentejas y garbanzos, y de regadío donde se cosechaban excelentes habichuelas verdes, pimientos, tomates, maíz y otras hortalizas. ¡Quién lo diría observando hoy aquellas laderas, tan cubiertas de maleza! Pero la actividad principal del cortijo Cueva de la Umbría fue siempre la ganadería. Durante muchos años, nutridas manadas de cabras y ovejas -de cientos de cabezas- pastaban por aquellas lomas y proveían a sus propietarios de carne y productos derivados de la leche, cuando llegaba la época de "hacer la cabaña" -el momento de fabricar quesos, requesón y suero-. También hubo cerdos para hacer matanza, gallinas para huevos y carne, perros, gatos y bestias de carga para trabajar y desplazarse. Era un cortijo, al fin y al cabo, en una época de trajín continuo, en la que toda la sierra estaba llena de personas y animales; cuesta creerlo, al ver ahora allí tanta soledad.

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    La entrada principal al cortijo Cueva de la Umbría

     A medida que nos acercamos a la casa se revelan las antiguas formas de la construcción: los vanos de las puertas, las piedras de los muros -caídos casi en su totalidad-, los huecos donde debieron estar las ventanas… una vez en su interior, podemos comprobar que el recinto habitable debió ser más amplio de lo que ahora parece, pues el piso está colmatado por la tierra que décadas de intemperie han ido acumulando en el suelo. La habitación previa a la propia cueva tenía delante dos escalones de piedra que hoy son nada más que un montoncito de piedras. Según los testimonios de Antonio y Paco, esta habitación -en la que había un pequeño horno de ladrillo a la derecha de la entrada- tenía varias ventanas y era alegre y espaciosa; se destinaba a cocina, almacén de comida y dormitorio, a la vez que servía de antesala a la cueva en sí, a la que se accede por una puerta a nuestra izquierda.

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    La primera habitación, rectangular y despejada, contaba con horno y varias ventanas. A la izquierda se encuentra la puerta de entrada a la cueva
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     Por ese hueco entramos al interior de la cueva. Llama la atención la amplitud del lugar, a pesar de que a primera vista pueda parecer pequeño. A la izquierda encontramos la chimenea, haciendo esquina para aprovechar mejor el espacio, de la que sólo quedan unas piedras requemadas y el hollín, pruebas innegables de que allí una vez ardió un buen fuego y se cocinó para familias y trabajadores. Ese espacio estaba destinado a zona común, pues era en torno a la chimenea donde se hacía la vida cuando no había trabajos que realizar; allí se reunían todos al final de la jornada para comer alrededor de una mesa, sentados en sillas o en asientos hechos con troncos de madera, y conversar sobre las incidencias del día. En aquella época se paraba muy poco en la casa, porque todos, hombres y mujeres, trabajaban en el campo mientras hubiese luz del sol.

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    El sitio de la chimenea y cocina, que fue sin duda el corazón de la casa

     No había tabiques interiores; las "habitaciones" se separaban por medio de cortinillas. A la derecha de la zona de cocina se extiende el resto de la cueva, en un amplio espacio que sus habitantes aprovechaban sabiamente: junto a la pared y recorriéndola en casi toda su longitud, un gran atroje servía para guardar todo tipo de granos y semillas. Al fondo, la cueva formaba una cavidad que se utilizaba como pajar -y también como improvisado dormitorio, si alguien necesitaba acomodo por un tiempo-. Enfrente del atroje se situaban las camas que pudiesen caber: lo justo para acomodar un colchón donde poder descansar. Y todavía se pueden ver las vigas de madera que recorrían el techo de las habitaciones, que se llamaban "tirantas" y servían para colgar y almacenar enseres y herramientas de labor.

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    En esta parte se situaba el atroje (a la derecha, junto a la pared) y al fondo estaba el pajar. Enfrente del atroje se colocaban las camas

     Como todos los cortijos de antes, la Cueva de la Umbría también contaba con su horno para cocer pan; se encontraba en la pequeña explanada empedrada que se extiende frente a la entrada de la casa. Pero de ese horno ya no queda nada, sólo los restos de ladrillos que lo formaban, desperdigados por el barranco. Los corrales estaban a la espalda del cortijo, en la solana de la Majada de la Hiedra, pues en la umbría hacía demasiado frío para los animales; los inviernos allí eran especialmente fríos y lluviosos, y dicen que nevaba mucho. Sin embargo, el gallinero estaba al final de una escalerilla tallada en plena roca, muy cerquita de la casa. La era del cortijo se situaba unos cincuenta metros por encima de éste, en un rellano empedrado, muy expuesto a los abundantes vientos que barren esas laderas.

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    La escalerilla de piedra que lleva al rellano donde se situaba el gallinero

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    La tapia de mampostería que sostiene la placeta donde estaba el horno, a la entrada del cortijo

     El precio estipulado por la marquesa de Cázulas por el arrendamiento de aquellas tierras se pagaba bien en dinero, bien en forma de grano y animales -según viniese el año-. La marquesa tenía por costumbre visitar sus cortijos y terrenos cuando llegaba el buen tiempo; se ponía en marcha desde su palacete de Otívar con un pequeño séquito de mulas, sirvientes y comida que la acompañaban en todo momento. Ella viajaba en una hermosa jaca, sobre una silla portátil que se ajustaba a los arreos llamada "amugas". Cuando la marquesa recorría sus propiedades, tarea que le llevaba varios días, siempre procuraba hacer noche -quién sabe por qué- en el más humilde de sus cortijos, que era precisamente el de la Cueva de la Umbría. Y cuenta Paco Salas que "aunque ella llevaba sus avíos de comer, a la señora le gustaba mucho probar las viandas que se guisaban en el cortijo, sobre todo la fritura de choto". La marquesa sabía que en la Cueva de la Umbría siempre la trataban bien, hasta el punto de que, cuando llegaba la hora de retirarse a descansar, se le cedía la mejor cama que hubiese disponible, aunque los miembros de la familia terminasen esa noche durmiendo en el pajar.

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    En la Majada de la Hiedra (mirando hacia la Cueva de Funes y la Cueva Colica) tenían los corrales y unas huertas de regadío. Hoy esos terrenos están llenos de maleza

     Pero todo tiene su época de esplendor, y también de decadencia. A finales de los años cincuenta del siglo XX la marquesa vendió parte de aquellas fincas y los cortijos fueron quedando abandonados, pues el nuevo propietario no quería ganado por allí. La última familia que habitó el cortijo de la Cueva de la Umbría -la del primo de Antonio, Paco Salas, precisamente- se marchó en el año 1958. Y cuentan Paco y Antonio que a partir de entonces los muros de la casa se fueron desmoronando con una rapidez inusitada, como si fuesen conscientes de que nunca más viviría nadie allí -si las piedras hablasen, quizá se quejarían amargamente-. Durante generaciones medraron allí familias enteras, naciendo unos y muriendo otros; hoy ya no queda nada. Sólo se descubren algunas evidencias de que aquello una vez fue un hogar, si paramos a buscarlas por los alrededores del cortijillo abandonado.

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    La suela de una vieja abarca que alguien calzó un día; está en el interior de la cueva

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    Los ladrillos del horno, trozos de lebrillo y otros restos desperdigados por el barranco nos recuerdan que el lugar fue un hogar para muchas familias

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    Incluso el antiguo y oxidado percutor de un arma de fuego queda allí. ¿A quién perteneció, qué historias podría contarnos?

     Las ruinas del aislado cortijillo de la Cueva de la Umbría continuarán sumidas en el silencio, quién sabe por cuánto tiempo más. Nadie podría imaginar, observando su sencilla fábrica de casita pobre, que al resguardo de sus muros reposaron -y seguramente soñaron- no sólo pastores y labradores, sino también la persona más poderosa en ese momento y lugar, la marquesa de Montanaro, con su séquito. A todos los acogió esta casa cuando estaba en pie, sin distingos de ninguna clase. Hoy, cumplidos su tiempo y su destino, añorando quizá su lumbre mientras la vida continúa alrededor, asume su futuro, que no es otro que formar parte para siempre de las rocas que la rodean. Tal vez, la historia de esta casita podría ser una lección de vida -discreta, terminando sin aspavientos ni estridencias- para todos nosotros.

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    Texto y fotos: Mariló V. Oyonarte

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