Una lección magistral

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    Si hay algo que todos apreciamos es una buena clase práctica, de esas que nos permiten descubrir cosas en las que, tal vez por su cercanía o evidencia, no habíamos reparado antes. Es lo que ocurrió a los alumnos del pequeño colegio rural de Agrón.

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    El CPR El Temple (unidad de Agrón)

     Este sencillo edificio acoge el Colegio Público Rural El Temple. Aunque, en realidad, sería más correcto decir que se trata de una mitad del colegio, pues la entidad cuenta con dos unidades, es decir, dos centros que funcionan de manera conjunta: uno en Agrón -precisamente el que visitamos hoy- y otro en la vecina localidad de Ventas de Huelma. Ambos centros reúnen un total de treinta y cuatro alumnos de Educación Infantil y Primaria. De ellos, catorce niños y niñas entre los tres y los diez años acuden a este colegio, el de Agrón. El del CPR El Temple no es un caso aislado, ya que debido al despoblamiento de las zonas rurales son cada vez más los colegios que dividen y desarrollan su actividad docente en varios edificios, obligados por la escasez de alumnos. Es la triste tendencia que viene acentuándose desde hace años; existen, incluso, algunas zonas rurales donde los colegios han cerrado definitivamente sus aulas porque ya no quedan niños allí. El cole de Agrón, al menos, aún conserva catorce.


    El patio de recreo del centro se ha quedado grande, para tan pocos niños

     Aunque a primera vista la edificación presenta un aspecto modesto y algo anticuado, hace sólo cuatro años que la Junta de Andalucía la reformó por completo en su interior, por lo que sus cuatro aulas y la sala de usos múltiples -con biblioteca- han quedado perfectamente adaptadas a los nuevos tiempos. Una de las aulas acoge al grupo de alumnos más pequeños, los que pertenecen a Educación Infantil: Edu, de tres años, Daniela y Melany, de cuatro, y Christian, Rubén, Fran y Cristina, de cinco. La otra aula queda ocupada por los alumnos más mayorcitos, que integran la Educación Primaria: Sergio, de seis años, Aarón y Eva, de siete, David, Salva y Mario de nueve, y Jessica, de diez años. Ambos centros, el de Agrón y el de Ventas de Huelma, cuentan con nueve profesores itinerantes, es decir, que reparten sus horarios entre los dos edificios. El CPR El Temple está acogido al innovador programa "Comunidad de Aprendizaje", mediante el cual los familiares de los alumnos interactúan y colaboran directamente con la comunidad educativa del centro -a través de tertulias, convivencias, excursiones, etcétera-, lo que ayuda a que el ambiente en el colegio sea, si cabe, aún más cercano y familiar.

     Entre las actividades preparadas para el alumnado se había pensado en un "encuentro con la historia" de la mano de alguien local, del mismo pueblo, que conociese bien el pasado de Agrón. ¡Y quién mejor para ese cometido que Antonio, el requeté! Es el vecino más anciano de la localidad y, por ello, probablemente también el más sabio. Se pidió, pues, a Antonio que se acercase al colegio -"un día cualquiera de clase; el que a usted le venga bien"- para describir a los alumnos cómo era la vida cotidiana de los niños en el Agrón de su infancia, de la que han pasado ya nada menos que ochenta años. El carácter afable y gran sentido del humor de Antonio, además, ayudarían a convertir esa charla en algo interesante y ameno para todos. 

     El momento elegido fue la mañana del pasado once de mayo, jueves. Ese día eran Amelia Pino, Pedro Peinado y Paqui Castillo los tres profesores que se encontraban trabajando en el centro y quienes se encargaron, junto a sus alumnos, de recibir como sin duda merecía al "profe" tan especial que iban a tener durante unas horas.

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    Los alumnos Christian, Daniela, Melany, Edu, Fran, Rubén, Eva, Cristina, Sergio, Aarón, Salva, Mario, David y Jessica, con sus profesores Amelia, Paqui y Pedro. Junto a ellos, el "profe" invitado: Antonio el requeté

     Era primera hora de la mañana de un día fresco, luminoso, típico de la primavera; el sol y las nubes se iban alternando en el cielo de forma que tan pronto estaba nublado como hacía un sol radiante -un perfecto día de guiños-. Profesores y alumnos esperaban dentro del colegio la llegada de Antonio, al que recibieron con una cálida y simpática bienvenida a las puertas del centro. Una vez hechas las presentaciones organizaron entre todos una de las aulas, a la que llevaron más asientos y donde -tras un alegre revuelo de sillas, risitas y carreras- los alumnos se sentaron muy formales: los más pequeños delante y los mayorcitos detrás. En pocos minutos estuvieron todos acomodados y, naturalmente, sin que nadie lo ordenase, se hizo el silencio en la clase. Catorce pares de ojitos curiosos se posaban en la figura de aquel abuelo con el que a menudo se cruzaban por las calles de su pueblo, y del que no imaginaban que iban a aprender tantas cosas nuevas.

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     La clase -amplia, llena de sol y alegremente decorada con los trabajos de sus pequeños ocupantes- se convirtió entonces en una suerte de máquina del tiempo que retrotrajo a los allí presentes a muchos años atrás, desde el mismo momento en que Antonio el requeté, con la soltura y gracejo que le caracterizan, comenzó su relato. Conforme los recuerdos iban acudiendo a la llamada de Antonio el ambiente en la clase se relajaba y se hacía más distendido, mientras los pequeños -con una atención y silencio dignos del auditorio más selecto- se iban sumergiendo sin darse cuenta en aquellas historias sencillas, cotidianas y a la vez sorprendentes, de un Agrón muy diferente al que ellos conocían, y que cobraba vida de nuevo a través de las palabras de Antonio.

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     Nuestro amigo evitaba, ciertamente, describir las dificultades de su infancia; las penalidades y tristezas de la época -plena posguerra- en que le tocó a él ser niño. Expuso tan sólo sus mejores recuerdos: los de aquel chiquillo valiente que, a pesar de las calamidades sufridas, seguía jugando y soñando con un futuro mejor. Antonio narraba, con frases sencillas para que los niños lo entendiesen, fragmentos de pura historia vistos a través del prisma de su experiencia: cómo era el pueblo entonces, qué comían -cuando podían comer-, dónde iban, a qué jugaban, cómo celebraban las fiestas... Con admirable sentido del humor, el anciano explicaba sus juegos favoritos -humildes juegos de niños que no tenían prácticamente nada- en los que la principal actividad era, invariablemente, correr. Juegos antiguos, con nombres extraños para estos niños del siglo XXI; sencillos juegos con nombres locales, que seguramente no se usan en ningún otro lugar.

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     "Estaba el renache, que consistía en que corríamos como liebres unos detrás de otros, persiguiéndonos para tirarnos de las orejas cuando agarrábamos a alguno; también jugábamos al dere, que había que saltar unos por encima de otros mientras estaban medio agachados; luego teníamos los marros, que era como una especie de juego de bolos de los de ahora: se amontonaban unas piedras en forma de punta, así alargadas las buscábamos y, desde una raya pintada con un palo en la tierra, se le iban tirando piedras hasta derribar el montón. ¡Ganaba el primero que las tiraba todas! Otro juego que teníamos era la bilagra" -por la descripción de Antonio era un juego parecido al béisbol-: "se colocaba un palillo entre dos piedras, y con otro palo más grande se le daba desde abajo, y una vez en el aire se le pegaba fuerte, para lanzarlo cuanto más lejos mejor…" Otros juegos de los que hablaba han llegado como tales hasta nuestros días, como el clásico escondite, que Antonio y sus amigos disfrutaban saliendo del pueblo y escondiéndose por el campo, y el trompo -con sus típicas cuerda y peonza de madera-, que era precisamente el juego que más gustaba a Antonio.

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    Otros tiempos, vividos directamente ya por muy pocos, en que los niños, alegres y bullebulles, corrían a todas horas por calles sin asfalto, coches ni polución

     El grupito de alumnos, sin excepción, escuchaba la narración de Antonio atenta y respetuosamente, algunos con serias caritas de incredulidad, y todos, grandes y pequeños, con un comportamiento ejemplar, fascinados por el relato del abuelo, que describía a la perfección aquellos tiempos que fueron los suyos, tan lejanos y tan próximos a la vez, tan distintos en algunas cosas y tan parecidos en otras, utilizando en su relato antiguas expresiones agroneñas que los niños, seguramente, no habrían oído con anterioridad. Porque, junto con las antiguas costumbres, también van desapareciendo sus nombres, e incluso las razones de su existencia.



     "Cuando no teníamos más ganas de correr inventábamos otros pasatiempos, ¡que el diablo cuando no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo!", continuaba Antonio. Y, según contaba, uno de los más populares era salir al campo a buscar nidos para observar el comportamiento de los pollitos cuando salían del huevo, cuando sus padres los alimentaban y cuando echaban a volar. Otras veces se iban a los "aguaderos" -zonas cercanas a alguna corriente de agua-, donde atrapaban pequeños pájaros con la planta que llamaban "liria", que aprisionaba a las incautas avecillas por sus cualidades adherentes. O cazaban zorzales y tórtolas -que más tarde vendrían de perlas para que sus madres los echasen al puchero- con las tradicionales trampas de pellizco que había antiguamente en todas las casas.

     ¿Y qué decir de las celebraciones? Pues que haberlas habíalas, pero pocas. Y eran ineludibles por su importancia social, cultural o religiosa, como la Navidad, la Candelaria y las fiestas patronales. Pero esas festividades tenían un forzoso acento de sobriedad -sobre todo en aquellos años- impuesto por la escasez de casi todo, para casi todos. Por aquel entonces los Reyes Magos venían, desgraciadamente, poco cargados de regalos; la mayoría de los niños del pueblo tenía de conformarse con unos caramelos y, los más afortunados, con alguna cosilla más. Es cierto que los columpios llegaban al pueblo en los días de feria, pero eran poquitos los niños que disponían del dinero que pedían los feriantes por darse una vuelta allí. Y tampoco existía la costumbre de celebrar -ni mucho menos de recibir regalos- cuando llegaba el día del santo o del cumpleaños.

     Los niños, levantando la mano ordenadamente, comenzaban a hacer preguntas. ¿De verdad que no se celebraban los cumpleaños? ¿Los santos tampoco? ¿Y no llegaba hasta Agrón Papá Noel? ¿Pinchaban los zapatos de esparto que los niños solían llevar puestos? ¿Y no tenían juguetes comprados, sino que se los hacían ellos mismos? ¿No había juguetes con pilas? Y chuches, ¿había chuches? ¿Por qué no era obligatorio ir al cole cuando él era chico? ¿Tampoco había cuarto de baño en las casas? ¿Entonces, dónde se bañaban o hacían…?


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     Antonio iba respondiendo con paciencia las múltiples preguntas que surgían. Como colofón y para sorpresa de los niños, antes de dar por terminada la "clase teórica" el anciano se sacó del bolsillo una vieja trampa para cazar animales de pequeño tamaño -ratones, pajarillos- con la que hizo una interesante demostración sobre cómo montarla, colocarla y accionarla. La traía preparada, muy previsor él, incluso con su cebo, hecho con un trocito de pan. Con un lápiz y una regla se entretuvieron todos durante un rato probando cómo funcionaba aquel elemental -pero efectivo- artefacto.

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    Los niños mostraron su interés a través de numerosas preguntas

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    La vieja trampa y su funcionamiento atrajeron la curiosidad de todos

     Después de la charla, que duró alrededor de una hora, llegó el turno de la "clase práctica". Todos juntos, maestros y alumnos, salieron a pasear por las calles del pueblo tras los pasos de Antonio en busca de los lugares más significativos del Agrón de su niñez, y de la de todos los de su generación. Cogidos de la mano, vigilados estrechamente por sus tres profesores, los niños pasearon por las familiares calles del casco antiguo de su pueblo, que ese día se les antojaron como nuevas, inspirados como iban por las explicaciones de Antonio. Primero visitaron el lugar donde estuvo la antigua iglesia de Agrón. ¡Era tan bonito, en su sencillez, aquel pequeño templo de un solo cuerpo, con su torre y su campana…! Pero resultó dañado por el terremoto de 1884 y también después, durante la Guerra Civil, con lo que el ayuntamiento consideró que no merecía la pena su restauración; se demolió por lo tanto y se construyó una iglesia nueva al otro lado del pueblo. Antonio contaba que en la vieja iglesia fue donde él mismo se casó. Hoy queda en su lugar una plaza, sin nombre oficial, donde hay colocados unos columpios para los niños. Quién sabe si esa placilla no tiene nombre para que todos la sigan conociendo como se hizo desde siempre: la "Plaza de la Iglesia".

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    El grupo en la plaza que ocupó la antigua iglesia. Debajo, dos preciosas vistas de la misma
     
     El grupo continuó callejeando mientras Antonio no paraba de contar anécdotas, pues esas eran precisamente las calles por las que él y sus amigos correteaban de chiquillos. "En este callejón cantábamos una cancioncilla siempre que pasábamos; bueno, la verdad es que en cada calle sacábamos una coplilla que hacía referencia a los que vivían allí y nos reíamos mucho". Y acto seguido entonaba sin ambages esa antigua coplilla, muy pegadiza por cierto, con un sentido rítmico-melódico sorprendentemente bueno.

    Vídeo

     Al poco rato llegaron todos hasta la esquina donde se situaba la vieja escuela del pueblo. El edificio se encuentra algo deteriorado, pero en pie todavía; por aquella misma puerta pasaban cada mañana los afortunados chiquillos que no tenían que irse a trabajar al campo, como él. "Yo no pude ir ni un día siquiera a la escuela, porque tenía que buscarme la vida como fuera. Y de todas maneras daba igual, porque entonces no era obligatorio ir, como ahora. Entonces habíamos muchos niños en Agrón, ¡yo creo que por lo menos le tocaban cincuenta críos a cada maestro!". Antonio recordaba perfectamente los nombres de los dos maestros que había en aquel entonces: don Carlos para los niños, y doña Elodia para las niñas.

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    La casa que albergó durante un tiempo la escuela aún sigue en pie
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     Desde allí siguieron paseando hacia un extremo del pueblo, camino del paraje que antiguamente se conocía, con toda lógica, con el nombre de "La Fuente", pues allí era donde estaba situado el principal punto de abastecimiento de agua de Agrón, cuando aún no había agua corriente dentro de las casas. Aquel manantial era inagotable -todavía hoy continúa brotando agua de ese punto- y abastecía sobradamente a casas, cultivos, personas y animales; incluso los lavaderos comunes del pueblo estaban allí. En la actualidad esos lavaderos públicos están siendo reformados, y en la entrada de los mismos se paró el grupo para que Antonio les explicase cómo lavaban a mano la ropa las mujeres de Agrón, con aquellos grandes jabones de sosa que fabricaban ellas mismas, porque entonces no existían las lavadoras. En sus tiempos los lavaderos no estaban techados ni el paraje se encontraba rodeado de árboles frondosos, como lo está ahora.

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    A la puerta de los antiguos lavaderos continuó Antonio su interesante narración

     Por último, y para terminar aquella clase tan especial, Antonio, los profesores y los niños se dirigieron a las afueras del pueblo, hacia el lugar donde estuvieron las eras comunes. Todavía se puede apreciar parte del empedrado que las delimitaba, en la amplia explanada. "Aquí", contaba Antonio, "los chiquillos nos pasábamos los veranos, ayudando en las labores de la trilla y el aventado, que eran trabajosas pero a nosotros nos gustaban mucho". Para ellos era casi como un juego: a todos les gustaba montarse en el trillo tirado por un mulo y dar vueltas y más vueltas sobre la parva que olía a heno seco, oyendo las canciones que solían cantar o silbar los jornaleros. A la caída de la tarde, cuando el cálido aire del verano empezaba a soplar, los hombres aventaban el grano bajo la mirada atenta del chiquillerío, mientras la parva quedaba reducida a un montón de paja por un lado y uno de grano limpio, por el otro. Decía Antonio que el paisaje alrededor apenas ha cambiado desde entonces; esos campos se siguen sembrando de cereales -trigo, cebada, garbanzos y lentejas- aunque en menor cantidad que antes, porque estos cultivos ya no son rentables.

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    Las antiguas eras de Agrón; todavía se puede ver el empedrado original

     En aquel bonito entorno dio Antonio por terminada su lección magistral -porque sin duda lo fue-. Antes de volver al colegio, "profe" y alumnos se hicieron unas fotos en recuerdo de aquel día; las caritas sonrientes de los niños reflejaban lo bien que lo habían pasado. Y tan buena fue la experiencia para todos, profesores del centro, alumnos y el propio Antonio que, antes de despedirse, estuvieron hablando de concertar una próxima cita en la que pasarán un día entero -¡con mochilas, bocadillos y todo!- recorriendo los alrededores de la Torre de la Atalaya, de la que Antonio guarda tantos recuerdos.

     Dice una cancioncilla que "quien siembra, espera la mañana / luminosa para recoger; / hasta el agua, que nada anhela / brota esperando alguna sed…" Antonio, fiel a sí mismo como siempre, mira hacia adelante confiando en el futuro y hoy, con ochenta y siete años, continúa sembrando y recogiendo. Se suele decir que cumplir años es el mejor aprendizaje, y es verdad; el viejo Antonio, convertido en maestro merced al paso del tiempo, ha compartido un poco de lo que sabe -un poco de lo que es- con los pequeños Edu, Daniela, Melany, Christian, Fran, Rubén, Eva, Cristina, Sergio, Aarón, Salva, Mario, David y Jessica. ¿Se hace camino al andar, como decía Machado, o más bien es el camino que recorremos el que nos convierte en lo que somos de mayores? Una cosa es segura: algunas personas consiguen dejar una particular estela, una huella imborrable tras de sí.

     Antonio, el requeté -no me cabe duda- es una de ellas.

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    Texto, video y fotografías, Mariló V. Oyonarte

    Accede al artículo que narra la vida de Antonio, el requeté, desde aquí.


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