Unas horas con Gerardo

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    Al sur de la Maroma, junto a un cerrado bosque de encinas y algarrobos, reside un hombre cuya apacible forma de vida es la clave de su felicidad.

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    Salares aparece como una mancha blanca entre la vegetación

     Hoy, que hace un precioso día de primavera, ponemos rumbo a Salares, ese municipio serrano de la Axarquía. Lo conocéis, ¿verdad? Es uno de los más pequeños de la provincia de Málaga, y tal vez por ello uno de los que mejor ha conservado su encantador aire de tiempos pasados. Por suerte el turismo voraz, que llega cada vez más lejos, no ha alcanzado todavía este lugar, que -casi, casi- se mantiene como siempre fue: un apretado conjunto de casillas blancas construidas sobre la ladera sur de la Maroma, bordeado por la frondosa abundancia de sus cultivos y un gran bosque de encinas y algarrobos que se prolonga hasta más allá de donde alcanza la vista. El paraje es tan tranquilo que casi lo único audible es el canto de los pájaros y el sonido del agua saltando entre los barrancos que recogen las escorrentías de los impresionantes farallones de Sierra Tejeda.
     
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    Una recoleta placetilla en el centro del pueblo

     Paseamos durante un rato por sus calles, cuya arquitectura y trazado nos recuerdan a las de la Alpujarra granadina -aunque éste es un típico pueblo blanco malagueño- sin encontrarnos con nadie. El silencio es palpable; el aire, perfumado y transparente. Al doblar una esquina aparece una vecina ya mayor, subiendo despacio la cuesta arriba, con la que cruzamos unas pocas palabras. "¡Qué bonito es su pueblo, y qué tranquilo!" le decimos. Ella sonríe deslavazadamente: "Bonito sí que es, pero quedamos tan pocos aquí ya…" Y tiene razón; Salares ha pasado de los casi mil doscientos habitantes con que contaba a finales del siglo XIX a las apenas doscientas almas que mantiene hoy. No obstante es una localidad que merece la pena explorar despacio: sus jardincillos secretos y algunos de sus rincones nos contarán, sólo con mirarlos, remotísimas historias atesoradas durante siglos de tiempos fenicios, griegos, romanos y musulmanes.

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    Alminar mudéjar de la Iglesia de Santa Ana

     Aquí las distancias son cortas; en unos minutos de paseo alcanzamos la iglesia de Santa Ana con su magnífico alminar de estilo mudéjar y, algo más abajo, el diminuto y precioso puente romano que salva el cauce del río Salares, en cuya ribera todavía se pueden ver los restos de antiguos molinos y caleras. Estas construcciones sobreviven para demostrarnos que Salares no siempre fue un lugar recogido y despoblado, sino que conoció también sus días de gloria, aquellos en que sus calles bullían de gente y en las casas y en el campo no cesaba la actividad.

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    El puente romano sobre el cauce del río Salares

     Pero la verdadera riqueza de un lugar no son sus monumentos, sino sus gentes. Hoy hemos venido para conocer a un salareño sencillo, muy apreciado por todos los que le conocen; justo ahora nos dirigimos hacia su casa, que se encuentra en una plaza a la entrada del pueblo. Ah, sí… allí está, ¿lo veis? Es aquél que nos espera de pie, bajo ese balcón cuajado de macetas; nos mira con una sonrisa algo tímida. Nos acercamos y lo saludamos con gratitud anticipada, porque Gerardo García Pérez va a mostrarnos uno de sus lugares más queridos, donde pasa la mayor parte de su tiempo, y podremos observarlo mientras realiza la labor tradicional que lleva desempeñando toda su vida.

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    La casa de Gerardo

     Gerardo nos recibe equipado según la costumbre de los pastores de toda la vida: ropa cómoda y resistente, calzado a propósito para caminar por el campo, una buena gorra para proteger la cabeza del sol y, por supuesto, los complementos indispensables que debe llevar encima todo aquel que se dedica al oficio del pastoreo: un morral en bandolera, una honda a la cintura, un cayado en la mano y un perrillo fiel a los pies. No hay que ser muy perspicaz para percatarse de que Gerardo es un hombre reflexivo, prudente y poco dado a la vana conversación; por ese motivo sus palabras resultan doblemente valiosas. Habla en tono bajito, con un marcado acento de la Axarquía; escuchar lo que dice es sentirse, un poco, parte de ese mundo que nos va a enseñar -en el más amplio sentido de la palabra- hoy.

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    Gerardo el pastor; a la derecha, su perro Canelo

     Gerardo cuenta con la ayuda de dos perros pastores -Canelo y Artista- de los que se diría que han aprendido a la perfección el talante discreto de su amo al verlos echados, serenos y casi sin levantar la vista del suelo, pero pendientes del más mínimo movimiento del extremo del cayado. Nuestro amigo guarda su rebaño, compuesto por cuarenta ovejas y diez cabras, en una nave colindante con un hermoso bosque que, según nos cuenta, es de su propiedad desde hace unos años. Se trata de una dehesa poblada por cientos de encinas, alcornoques y algarrobos, algunos realmente magníficos, de mucha antigüedad, bajo cuya sombra el ganado dispone de un terreno excelente -pastos frescos en primavera; bellotas y algarrobas en otoño- donde alimentarse y pasar el día.

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     Es temprano, por la mañana. La primera labor de Gerardo consiste en abrir la puerta de la nave construida con bloques de cemento donde duermen sus animales para que salgan al sol y al aire libre, tras pasar toda la noche estabulados. Tradicionalmente, el ganado dormía en el monte mientras hacía buen tiempo; tan sólo en las noches más frías del invierno se guarecía al calor de los corrales techados e incluso en el interior de las casas. Pero Gerardo guarda ahí a sus animales cada noche sea invierno o verano, primavera u otoño, porque él ya es mayor y sus piernas no están para tanto trasiego.

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     El pastor abre el portón de la nave. Tímidamente -porque advierten la presencia de extraños: nosotros- las ovejas, cabras, corderos y chotillos comienzan a emerger de la oscuridad de su dormitorio. Entre balidos y brincos que levantan una leve polvareda salen trotando unos detrás de otros, beben primero agua en el abrevadero y corren luego en busca de su ración de libertad diaria. Saben que muy cerca les esperan los árboles bajo cuyas copas crece la hierba tierna y abundante que trae la primavera; sin duda este es un lugar perfecto para vivir, si se es una oveja. Al poco rato los animales se han dispersado y pacen libres en la dehesa verde que se extiende por todas partes. Tras el breve tumulto todo queda tranquilo de nuevo; a nuestro alrededor zumban las abejas y se oyen tintinear los cencerrillos del rebaño. Es en ese momento, en que el ganado ya está a sus anchas -lo primero es lo primero-, cuando Gerardo respira tranquilo y nos dedica, amablemente, toda su atención.

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     Nuestro amigo comienza a hablar con esa voz suya, bajita y suave. Que nació en Salares en 1939, cuenta, y que no ha salido de su pueblo más que para cumplir con el obligado servicio militar, al cumplir los veintiún años. Que estuvo destinado en Madrid, y que aquello le pareció tan grande, tan inabarcable en todos los aspectos, que al terminar volvió a su pueblo y ya no se movió de allí; ni siquiera emigró, como tantos de sus vecinos. Que toda su vida ha sido pastor nada más -¡como si eso fuera poco!-; que a los diez años aprendió el oficio de su padre y de su abuelo, y que ya no ha hecho otra cosa porque tampoco ha querido, pues estar con el ganado es lo que más le gusta: caminar junto a los perros y el rebaño en la paz del campo, olvidado de sí, atento a las necesidades de sus animalillos. Y que mientras pueda seguirá en el oficio, pues él no está hecho para quedarse metido en la casa. "A mí no me gusta estar sentado porque se pone uno agarrotado y pesón, y ya para qué queremos más…"

     De vez en cuando, durante nuestra charla, a Gerardo se le escapa la mirada más allá de sus ovejas, por encima del bosque, lejos de donde estamos. Miramos en esa misma dirección: en la ladera de enfrente se vislumbran las ruinas de un cortijo, que destacan entre el verde intenso de los árboles. Le preguntamos por el lugar y Gerardo rompe a hablar de esas ruinas, que son lo que queda de la casa de su infancia. Le ha cambiado un poco el tono de voz; es como si al mirar hacia allá los recuerdos se agolpasen en su mente animándolo a describirnos, con una viveza inusitada hasta ese momento, los primeros veintiún años de su vida, que transcurrieron, felices e inolvidables para él, en el cortijo Casa de Haro.

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    A Gerardo se le anima el semblante cuando habla del cortijo Casa de Haro

     Situado a media ladera y orientado al sur, entre antiguos bancales de labor hoy abandonados y regado por varios arroyos, el cortijo Casa de Haro disfruta de una situación privilegiada. Es tanto el afecto con el que Gerardo describe retazos de su niñez y juventud en aquella casa que decidimos acercarnos hasta ella para conocerla de la mejor forma posible, es decir, de su propia mano. Como los antiguos senderos que llevaban desde el pueblo hasta allí desaparecieron hace tiempo por falta de uso, accedemos al lugar por un carril que se abrió hace unos años, y que nos conduce directamente a la parte de atrás del cortijo.

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    Asentado a media ladera, el cortijo Casa de Haro aún destaca en la lejanía

     Llegamos por fin, y observamos todo con curiosidad. Incluso desde su parte trasera se puede apreciar lo grande y bonita que fue la vivienda para ser eso, una sencilla casa de labor. Sus restos evidencian todavía el lustre de otros tiempos en sus dimensiones, la factura de puertas y ventanas -terminadas en forma de arco- y las dos bonitas chimeneas, rematadas al uso de las típicas casas de la Axarquía. Ante la fachada principal, un moderno cartel anuncia su nombre a los cuatro vientos. Avanzamos hacia la entrada y -sin poderlo evitar, a pesar del estado ruinoso de la construcción- pasamos con precaución a su interior, que no desdice en absoluto del exterior. La estructura principal de la vivienda y los corrales siguen siendo reconocibles. ¡Qué confortable debió ser todo esto en otra época! Gerardo, orgulloso como si hablase de un familiar muy querido, nos describe cada estancia con detalle, como si tan sólo fuese ayer que dejó de vivir allí. Los recuerdos tienen más aroma que un bosque de lilos en flor.

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    El cortijo Casa de Haro fue uno de los más importantes de la zona

     Eran ciertamente otros tiempos, cuando Salares contaba con muchos más habitantes que hoy. Aunque él había nacido en el pueblo, a los pocos días se trasladó con sus padres a este cortijo. Desgraciadamente, la madre de Gerardo murió cuando él tenía diecisiete meses, y su padre, que necesitaba una mujer para gobernar aquella casa, volvió a casarse. La familia que formaban el padre, su segunda esposa -fue como una madre para el niño- y las dos hermanas de Gerardo habitaban en la Casa de Haro junto con los abuelos y varios trabajadores de la finca. Era una vivienda cómoda y anchurosa en la que había sitio para todos, incluso para quienes pasaban por allí y tenían necesidad de hacer noche por cualquier circunstancia.

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    Fachada delantera y una parte de los corrales del cortijo

     En la habitación principal se encontraba la chimenea más grande, que incluía un horno, al estilo de las casas de campo malagueñas. Éste contaba con una puertecilla metálica para cerrarlo y que el calor no escapase mientras se cocían los panes, al tiempo que la chimenea se utilizaba para calentarse y cocinar. A la vera de aquel hogar se reunían la familia y los trabajadores del cortijo, todas las noches. Desde esa habitación principal arrancaba la escalera que conducía a las tres cámaras o dormitorios de la casa, en la segunda planta, donde también había un amplio granero y un pajar. Desde luego, recuerda Gerardo, aquel era uno de los mejores cortijos de aquella zona, y la casa estaba tan bien acondicionada que no tenía nada que envidiar a las del pueblo, al que se llegaba desde allí tras una hora de camino por un estrecho sendero.

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    La habitación principal de la casa; a la derecha, detalle del antiguo horno

     Las habitaciones interiores -las más abrigadas de la casa- eran varias y de buen tamaño, y se destinaban a cobijar el ganado; de esa manera se aprovechaba el calor que generaban los animales para caldear los dormitorios que se situaban justo encima, en la planta superior. Aún se pueden ver los pesebres, de distintos tamaños y formas, dependiendo éstos de si se albergaban allí cabras, ovejas o vacas. El ganado atravesaba la habitación principal cada vez que entraba y salía de la casa al campo y viceversa, como era la costumbre, pues la vivienda estaba diseñada así. Y en virtud de que las pulgas y otros parásitos propios de los animales no se convirtiesen en un problema para los habitantes humanos de la casa, esas dependencias se mantenían limpias desinfectando a menudo con abundante zotal.

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    Disponían de varios tipos de pesebres, en función de los animales a los que estaban destinados

     En un lateral de la habitación principal, junto a la entrada, quedan los restos de una extraña estructura de obra que -según cuenta Gerardo- sirvió para colocar el gran lebrillo en el que se amasaba el pan. Dicha estructura mantenía el lebrillo en alto para facilitar la tarea; aún se aprecia la marca de que estuvo ahí y de ella deducimos que era grande, de al menos unos setenta centímetros de diámetro. Según parece ser, el lebrillo debía ser muy antiguo ya incluso en los tiempos de Gerardo, porque por debajo tenía grabada una fecha que algunos recuerdan todavía: año de 1780.

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    Sobre este armazón de obra se reconoce la marca circular que dejó el lebrillo

     Gerardo continúa evocando el pasado, mientras con las manos nos indica dónde y cómo estaba colocada cada cosa. "Las ventanas eran de madera y estaban pintadas de color marrón; el suelo era de losetas de barro arriba y de piedra abajo, más bonico… no había cuarto de baño, pero íbamos a la acequia y allí nos lavábamos, y la fuente de la que cogíamos el agua para beber estaba unos metros por encima del cortijo; ahora no se ve por las zarzas." En su narración se entremezclan recuerdos y emociones por igual; comprobamos que el cariño que siente por su antiguo hogar no ha menguado con el tiempo. Y no es para menos: durante tres generaciones -ya desde los tiempos de su abuelo, en el último tercio del siglo XIX- fue su familia la que cultivó las tierras y cuidó la casa del cortijo Casa de Haro.

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     Los terrenos del cortijo eran muy extensos -alcanzaban desde las afueras del pueblo hasta las Llanadas de Sedella, muy cerca de la cumbre de la Maroma-, y mantenían unas quinientas cabezas de ganado que incluía cabras, vacas y ovejas, así como cerdos y gallinas, más un par de bestias. Todo se encontraba aterrazado y regado por numerosas acequias provenientes de los ríos Marchena y Salares. Se sembraban vides, garbanzos, trigo, alfalfa, habichuelas, maíz y hortalizas, y el terreno que no se cultivaba era dedicado a pastos para el ganado.

     Gerardo casi nació siendo pastor. Ya desde pequeño se levantaba al despuntar el día y se iba con los perros de la familia, Serrano y Olivero, caminando hasta el atardecer por aquellos cerros con su rebaño, calzado con unas humildes agobías de esparto. Llevaba su comida en un zurroncillo, "lo que se comía entonces, porque no había otra cosa: pan, agua, un cacho de queso, tocino o morcilla seca, que estaba muy buena". Gerardo, niño primero y muchacho después, se pasaba los días vigilando -quizá también soñando, con los ojos entrecerrados- que el ganado no invadiese las sementeras ni fuese por sitios donde no debía.

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     Cuando volvió del servicio militar se topó con la sorpresa de que el dueño del cortijo había decidido ponerlo a la venta -corría el año 1960- y su familia tenía que marcharse. Se mudaron, pues, al pueblo y él se tuvo que conformar llevando su ganado a pastar a los campos que rodeaban Salares. El cortijo Casa de Haro pasó entonces, por el precio de un millón doscientas mil pesetas, a manos del Patrimonio Forestal del Estado, que utilizó sus terrenos para la reforestación de pinos. Así que, durante los veinte años siguientes -mientras los pinos crecían-, no se permitió pasar a nadie por aquellas tierras, hasta que los árboles fueron maduros y se empezaron a conceder los primeros permisos de pasturaje. Gerardo y sus animales aprovecharon la coyuntura para volver, aunque él ya era dueño de unos terrenos que lindaban precisamente con la que fue su casa por seguir, de alguna manera, cerca de ella.

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    Gerardo con sus cabras; foto de Pedro Aguilar Miranda

     Han pasado casi sesenta años desde que su familia se marchó, y no ha vuelto a vivir nadie más en el cortijo Casa de Haro, que desde entonces se está derrumbando, digna y lentamente. Con las modernas ordenaciones del territorio se abrieron nuevos caminos que llegan hasta el cortijo cómodamente; incluso pasa por allí el sendero señalizado Gran Senda de Málaga, de ahí el cartel con el nombre del cortijo y las balizas de madera. Esos terrenos, antaño dominio de cultivos y ganado, de pastores y labradores, son hoy más frecuentados por los montañeros que por los locales. La casa, no obstante las décadas de abandono, sigue mostrando su remanente gallardía a quien atraviesa esos parajes.

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    El poste señalizador se encuentra justo delante del cortijo

     En cuanto a nuestro amigo Gerardo, disfruta tranquilo su vejez en su casita de Salares con su mujer, María Gálvez, y aunque no han tenido hijos viven felices y en paz, ella cuidando de sus gallinas y sus macetas y él recorriendo el bosque de encinas, su particular santuario vegetal. Gerardo continúa saliendo a diario con el rebaño "porque el ganado tiene comer todos los días", y dice, muy seguro de sí mismo, que aunque le regalasen un piso en la capital no se iría allí jamás. Quiere seguir poniéndose las botas por las mañanas y llenando su morral como lo ha hecho toda su vida: con su poquito de agua y de pan, de queso, tocino o morcilla seca, y también, si encarta, de vinillo del terreno, "que todo puede pasar".

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    La sonrisa de Gerardo es la de un hombre feliz

     Antes de irnos le pedimos que nos deje ver más de cerca su bonito zurrón de cuero -hecho por un artesano de Alhama de Granada; lleva colgado de su hombro veinticinco años-, su cayado de cañavera -que le ayuda a caminar, vadear arroyos y apartar las zarzas del camino-, y su honda de cuerda. "La honda aleja mucho más que el brazo", explica Gerardo. "Antes las hacíamos de esparto, pero duraban muy poco; ahora las hago de cuerda, que aguanta más", y con un experto movimiento desata la honda que lleva colgada del morral, coge una piedra del suelo y la coloca en la honda, mirando a un lado y al otro antes de lanzarla. "Este trabajo da briega bastante, hay que saber hacer de todo, pero al que le gusta no le estorba", comenta muy satisfecho, tras su demostración.

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    El morral y la honda de Gerardo, en detalle

    Video de lanzamiento con honda de Gerardo (Dura 29 segundos)


     Miramos el reloj; es casi mediodía y Gerardo tiene ya que atender a sus tareas. ¡Se ha pasado el tiempo sin darnos apenas cuenta...! La sabia conversación de nuestro pastor ha llenado por completo la mañana. Estrechamos su mano con afecto. "Hasta otra", nos dice sonriendo, antes de darse media vuelta y echar a andar -despacito, porque le duele una pierna- hacia sus animales, que lo esperan acarrados a la sombra de una encina centenaria. Nos quedamos mirándolo mientras se aleja; durante un breve lapso de tiempo, el silencio y la quietud se apoderan de nuestras voluntades. Una tórtola gris cruza el cielo, justo por encima de nuestras cabezas. La felicidad, como la serenidad, también es gris, sin altibajos ni colores chillones, sin cumbres y sin valles. Gerardo y su rebaño desaparecen tras una curva del camino.

    Hasta la vista, Gerardo. Ha sido un privilegio pasar unas horas en tu compañía.

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    Texto y fotografías, Mariló V. Oyonarte


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