El molino de arriba


 
 Tenía ganas Maribel de dar por allí una vuelta y volver a ver de cerca aquel antiguo molino; o lo que queda de él. Y fuimos, fuimos esta mañana. Recorrimos sus alrededores, recordamos, comentamos…

 Cuántos recuerdos, sus recuerdos, mis recuerdos, los nuestros. Bajo los membrillos que hay (o había) por debajo del molino lavó Maribel muchas veces la ropa; desde la parte alta transportó en la cadera cántaros y cántaros de agua hasta su casa del Carril. También yo en mi niñez llevaba desde allí agua a casa con el carrillo prestado de mi tío Joseíco; y, ya un poquito mayor, cargas en las aguaderas a lomos del caballo Marinero o del mulo Africano. Y acompañé de niño a mi madre mientras lavaba en el mismo sitio donde más tarde lo haría Maribel; y acompañé a mi padre y le ayudé en multitud de ocasiones a echar el esparto en agua (a “cocerlo”) y a sacarlo y a extenderlo para que se secara. Y los recuerdos comunes, aquellos encuentros “casuales”, cuando ella llegaba a llenar su cántaro mientras yo daba agua a las bestias… Cuánto tiempo ha pasado.

 Siempre me han impresionado, y aún hoy, tan mayor y después de tanto tiempo, me siguen produciendo una extraña sensación esos “pozos” en la parte de arriba, “los cubos del molino”, que, con su complementario sistema de canalizaciones y tablones, conducían el agua al punto oportuno para mover la muela, el cilindro o la amasadora; incluso, en algún caso, para producir electricidad. Y aún recuerdo cómo arrastraba yo la barriga contra la pared, con el cántaro en una mano y buscando algún asidero con la otra, para salvar el estrecho paso por el que se llegaba al lugar donde se llenaba el agua.

 Muchos molineros-panaderos ha habido en mi familia. Desde que mi padre, mozuelo él, se hiciera cargo junto con mis tíos Fernando y Matilde de este mismo molino, esta dura profesión siempre ha formado parte, y sigue formando, de la vida de mi familia paterna. Mi padre me contaba que, cuando llenaba la tolva de trigo, ponía un campanillo en lo alto y se echaba a dormir; el ruido del campanillo lo despertaba cuando la tolva se quedaba vacía.  Y es que la mayoría de nuestras antiguas panaderías eran a la vez molinos. Molinos donde aquellos panaderos-molineros convertían en harina el trigo que a finales de verano sus clientes le iban entregando como pago del pan que durante todo el año habían ido comprando fiado.

  El procedimiento, sin embargo, no era el apunte diario, como en las tiendas, sino los “vales”; vales de medio kilo, de un kilo, de dos… que se compraban por fanegas y se iban entregando diariamente a cambio del pan. Llegado el tiempo de pagar, el panadero te ajustaba la cuenta y tantas fanegas de vales tenías apuntadas, tantas fanegas de trigo tenías que entregarle. Con mi hermano comento a veces aquellos tiempos suyos de repartidor, cuando salía de mañana con dos bestias cargadas de pan y volvía en ocasiones a las tantas de la noche, andando, con dos cargas de trigo. Y esto sin domingos, festivos ni vacaciones.

 Eran los hermanos Pérez Sánchez los dueños de este negocio en aquellos tiempos. Pero yo recuerdo haber visto en él anteriormente a la familia de mi amigo y compañero de aficiones musicales, Francisco, “Francisco el molinero”, que posteriormente se estableció en Loja y en cuya panadería del Barrio Alto alguna vez pude degustar sus ricos productos artesanales.

 Siguiendo el curso de nuestro viejo Marchán, dos kilómetros río abajo encontramos el Molino Vega, mucho mejor conservado que el anterior, pero cuyas máquinas también dejaron de funcionar hace muchos años. Cecilio Pérez, su dueño, gestionó esta empresa durante muchos años, aunque en sus últimos tiempos el negocio fue cedido en alquiler a mi hermano y mis cuñados Juan Miguel y Pepe que iniciaron aquí su aventura empresarial panadera.

 Y, aunque esto hoy nos pueda arrancar un gesto de admiración y extrañeza, aún existía en nuestro pequeño pueblo un tercer molino harinero, este “de sacano”, y situado en el interior del pueblo. Era el molino de Ortiz, muy cerca de mi casa del Carril. Curiosamente, este molino lo recuerdo, sobre todo, por el poyo de piedra que tenía junto al portón de entrada, lugar de encuentro de los chiquillos del barrio para nuestros nocturnos juegos callejeros, pues este lugar tenía el privilegio de contar con uno de los escasos puntos de alumbrado público de aquella época.

 Alguna vez he comentado cómo echaba yo de menos el río en mis largas temporadas pasadas en Agrón, más si era en verano. La segunda gran diferencia, muy ligada a la anterior, entre estos dos pueblos de mi niñez fue, sin duda, el molino; el molino harinero y toda la vida que en torno a él se generaba. La tahona de Agrón, la panadería de Guillermo y Aparicio, era algo muy distinto a los molinos- panadería de Santa Cruz. Ni siquiera recuerdo al panadero repartiendo con su burro o caballo por la calle (tal vez lo hiciera y yo no lo recuerdo). Pero sí recuerdo que mi prima Encarna me mandaba muchas veces a comprar el pan a un despacho (independiente de la panadería) que esta familia tenía en su casa de la carretera; o a otro, en la calle S. José, cerca de la casa de mi tío Manuel, el cartero. Y también recuerdo ver a Aparicio con una tabla de pan sobre la cabeza para llevarlo a cocer al horno. Y es que algunas familias amasaban en su casa una cantidad considerable, con la que se abastecían para varios días, conservando el pan en una orza.



 En alguna ocasión sustituí a mi hermano en su reparto cortijero mientras él se quedaba en la era con mi padre; por nada, por gusto de cambiar de faena. También alguna noche lo acompañé en el entonces tan artesanal trabajo de la elaboración del pan, llegando a hacer con cierta soltura los pesos en aquella balanza de platillos y pesas doradas. Nada que ver con las actuales panaderías tan mecanizadas, tan automático todo. Incluso el reparto callejero resulta frío cuando ves a los panaderos o panaderas colgando el pan en las puertas, metido en su bolsa de plástico, y apenas alguna vecina sale al oír la bocina; porque tampoco suena su característico pregón: “panaderoooo…”