¿Podemos coger la tamera?

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     Son las ocho de la tarde y el pez de trigo luce limpio y resplandeciente sobre el empedrado de la era. Frente a él, a pocos metros, en formación decreciente, como una duna arrastrada por el viento, el montón de paja que se pierde por el balate que da al barranco.

     El aire hoy ha corrido solano y fijo. El aire solano entra bien en las eras de Pitres y con él da gusto aventar. Antoñillo y su padre hoy apenas han descansado después de comer: el tiempo justo para que Antonio, el padre, se fumara un cigarro, mientras Antoñillo, tumbado sobre dos sillas, ha tenido tiempo de dormirse y hasta de soñar.

     Como si alguien o algo los hubiera puesto de acuerdo, Pedro, el aparcero, llega justo cuando padre e hijo cogen de la percha sus sombreros de paja para emprender el camino de las eras.
     Antoñillo sabe aventar; y lo hace bien. Pero pronto tiene que soltar el bielgo y coger la escoba: hay que abalear y esa tarea es suya. Y, cuando tenga un clarillo, cribar las granzas.

     María, la madre, llega con una olla de leche fresca y unas tortas de aceite que hoy mismo le han hecho en el molino de Ortiz. -"Vamos, no lo dejéis mucho, que la leche ahora está fresquita". Pero la leche y las tortas tendrán que esperar porque "el aire nunca se sabe cuándo puede cambiar; o echarse, que es peor" -comenta el padre.

     Pero el aire sigue corriendo, fijo, constante, y pronto aquellos dos hombres, y aquel niño, pueden contemplar satisfechos el resultado de su esfuerzo. Unas pasadas del pañuelo para limpiarse el sudor, un largo trago de agua y a sentarse sobre la jerga para dar buena cuenta de la leche y de las tortas.

     -"¿Podemos coger la tamera?" Nadie se había percatado de su llegada, pero ahí están. Son Roberto y Danielillo, hijos de Juanico el de la Carmela. Y el que ha hablado ha sido Danielillo, el pequeño, el menos tímido, el más travieso, "un rabillo de lagartija", que dice su madre.

     Y es que Juanico, como tantos otros en Santa Cruz, no tiene labor; ni propia ni arrendada, Tampoco tiene bestias, ni siquiera un borrico. Es buen trabajador y no suele faltarle el jornal, pero... son tantos en casa; y a veces los temporales de lluvia se hacen demasiado largos. Juana, su mujer, carga cada día con un canastón de ropa que tendrá que lavar en el río; pero la ropa que lava Juana no es suya, que ellos poca tienen. Y Paqui, la hija, ya está sirviendo en casa del médico. Y así, a trancas y barrancas, la economía familiar se va sosteniendo.

     Roberto y Danielillo cogerán la tamera, claro que sí. Pero no sin antes haber devorado media torta de aceite cada uno y un buen vaso de leche que les ha echado María.

     Tras un "gracias" apenas perceptible y limpiándose aún la boca con el dorso de la mano, los dos niños ponen manos a la obra, con la pericia que su ya larga experiencia les da, a pesar de su corta edad. Amontonan el tamo con sus manos, llenan sacos, y, de vez en cuando, se oyen inocentes carcajadas porque "accidentalmente" alguno de los niños empujó al otro, que rodó junto a un saco hasta lo hondo del balate.

     El tamo de hoy, junto al de otras y otras tardes, se irá almacenando en el pequeño pajar de la casa. Y este será el combustible de que dispondrá la familia para echar cada día la lumbre, "la pajá", porque esta lumbre no tiene leña (¿de dónde?) Al calor de su rescoldo, lentamente, se irá cociendo la olla durante todo el día, y al calor de su rescoldo, pasará la familia las veladas invernales. Y el último invento, el hornillón, servirá a Juana para cocer la olla en verano y quitar de la casa el insoportable calor de "la pajá".

    Santa Cruz del Comercio, noviembre de 2014


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