Se hace camino al andar… Mi homenaje a Don Antonio Machado

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    El carácter efímero e inexorable del tiempo en nuestras vidas se representa en la poesía de Antonio Machado.

    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     El carácter efímero e inexorable  del tiempo en nuestras vidas se representa en la poesía de Antonio Machado mediante el símbolo del agua-eterno fluir- y consagrado ya por la tradición: Agua-río en Heráclito, en Dante, en Manrique, es tiempo que fluye incesante hacia la muerte, imagen fugaz de nuestra humana transitoriedad: “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir…” El paso irreversible del tiempo en nuestras vidas deja, inexorablemente, un poso de melancolía: “…y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar…”

     El poeta escucha la monotonía del agua al caer cuya insistente cantinela le recuerda la fugacidad de lo temporal: “Dice la monotonía/del agua clara al caer:/un día es como otro día: hoy es lo mismo que ayer.”  La vida, que es tiempo, fluye con el ritmo incesante de los ríos y las olas, eterna corriente en movimiento…

     Machado, ese infatigable paseante, nos describe, la contemplación de un río, absorto en el crepúsculo de los campos: “Yo iba haciendo mi camino,/ absorto en el solitario crepúsculo campesino.” Ante la visión de la sublime belleza de los campos, de pronto, su espíritu se sobrecoge al contemplar  la eterna corriente y piensa en su alma: “Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría./ (Yo pensaba: ¡el alma mía!)/Y me detuve un momento,/en la tarde, a meditar…/¿Qué es esta gota en el viento/que grita al mar: soy el mar? ”…Su alma, también, como las ondas, peregrina hacia el mar de la muerte. Ya lo expresó el poeta en esos estremecedores versos octosílabos: “Caminante, no hay camino …/ …al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar…” Y con el agua ha compartido su dolorido sentir: “Apenas desamarrada/la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,/se canta: no somos nada./Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera.”

     Pero, ¿qué ha pasado para esa repentina preocupación pascaliana por el destino del hombre?   Qué le lleva a esa gran pregunta existencial: “¿Qué es la gota en el viento/que grita al mar: soy el mar?.” Sencillamente que, Machado, ese eterno viajero por los campos de la tierra, se ha trocado en caminante por los senderos de la existencia. Por eso su palabra poética deja en nuestros corazones un halo de profunda melancolía: “Yo, en la tarde polvorienta,/hacia la ciudad volvía./Sonaban los cangilones de la noria soñolienta./Bajo las ramas oscuras caer el agua se oía.”

     Pero no sólo le hablan a Machado las aguas de los campos, también dialogaban con el poeta las aguas de las fuentes, de los jardines… Unas fuentes, unos jardines tristes y melancólicos como las tardes machadianas…: “…tu monotonía, /fuente, es más amarga que la pena mía.” “El agua de la fuente,/sobre la piedra tosca/y de verdín cubierta, resbala silenciosa.” “iluminando la fuente/en donde el agua surtía/sollozando intermitente. /Sólo la fuente se oía.” “Me llevaré los llantos de las fuentes...” Evidentemente, las fuentes de Machado cantan el dolor de la existencia: “La fuente de piedra/ vertía su eterno/cristal de leyenda… /Seguía su cuento/la fuente serena; /borrada la historia/contaba la pena.” Inevitablemente le inducían a la melancólica meditación o al triste recuerdo.  Un ejemplo muy explícito es el poema VI de Soledades donde el poeta, en una tarde muerta, entra en el recinto cerrado de un parque atraído por el borboteo de una fuente: “Fue una tarde, triste y soñolienta/tarde de verano. La hiedra asomaba/al muro del parque, negra y polvorienta…/La fuente sonaba. / Rechinó en la vieja cancela mi llave; con agrio ruido abrióse la puerta/de hierro mohoso y, al cerrarse, grave/golpeó el silencio de la tarde muerta./En el solitario parque, la sonora/copla borbollante del agua cantora/me guió a la fuente. La fuente vertía/sobre el mármol blanco su monotonía…”  El sonido del agua trae a su melancólico corazón la canción de un ayer perdido e irreparable. Esa monotonía del agua al caer está en consonancia con la de su propia existencia. La fuente es el tiempo que, al pasar, como pasan las aguas de un río, van anegando el corazón de añoranza, de lo que se fue para nunca más volver. Estas fuentes machadianas con las que habla el poeta, como si hablase consigo mismo se han convertido en símbolo exacto del fluir del tiempo.

     Otro de los símbolos machadianos del transcurrir del tiempo es el reloj. Ya está presente en el primer poema de Soledades, “El viajero”, marcando con su mecánica crueldad el transcurso de las horas: “Serio retrato en la pared clarea/todavía. Nosotros divagamos./En la tristeza del hogar golpea/el tic-tac del reloj. Todos callamos”.Su martilleante presencia será una constante en sus poemas : “Daba el reloj las doce… y eran doce/golpes de azada en tierra…/¡Mi hora!-grité-…” Y en el bellísimo poema “Hastío”, donde aflora una profunda tristeza: “Pasan las horas de hastío/ por la estancia familiar, /el amplio cuarto sombrío/donde yo empecé a soñar./ Del reloj arrinconado, /que en la penumbra clarea,/el tic-tac acompasado/odiosamente golpea. /Dice la monotonía/del agua clara al caer: /un día es como otro día; / hoy es lo mismo que ayer.” Casi con las mismas palabras lo decía el murmullo monótono e incesante de las aguas. Tic-tac, siempre igual como recordatorio, desde lo oscuro de un rincón, que la vida humana no es más que un continuo fluir hacia el acabamiento y sin posible solución.

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     Pero, Machado no dialogaba con el reloj como dialogaba con las aguas, porque como poeta y como hombre, sabía que entre el tiempo mecánico de ese corazón de metal y el tiempo emocional de su corazón de hombre, había una diferencia. Así podemos entender que sólo lo colocase en el fondo de sus poemas como símbolo de la angustia existencial que el inexorable paso del tiempo deja en lo más profundo del corazón del hombre. Y es que Machado, cuyo pensamiento se colocaba dentro de la filosofía contemporánea, pensaba el ser como “ser-para-la muerte”: “Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita/son las desagradables posturas que tomamos/para aguardar…Mas Ella no faltará la cita”. Ello explica su desalentada visión del mundo y su horror de pensar que, con la muerte, desapareciesen todos los sueños que, un día, fueron gratos a su corazón.

     En el poema XXI de Soledades, “Daba el reloj las doce…” y que, anteriormente, mencionamos, la presencia de la muerte es tan viva que el poeta cree percibir, en las doce campanadas del reloj, tiempo y muerte fundidos, doce golpes de azada en tierra, los golpes con quien alguien cava una tumba en previsión de su muerte. Ese reloj, diríamos, en palabras de Quevedo, le está cavando a Machado “en su vivir su monumento”; le marca, con su compás de tiempo, el compás con que avanzan los pasos hacia la muerte.

     Machado, al igual que Unamuno, fue también un “agónico”, un alma hambrienta de Dios y de eternidad, aunque sin la rebeldía y el tono de desarraigo presentes en el maestro de Salamanca. Siempre a la espera de una certeza, de una fe que acabase con la “… amargura/ de querer y no poder/creer, creer y creer!”. Un alma, en fin, “siempre buscando a Dios entre la niebla”. Sin embargo, no todo fue niebla y sombra en su camino, porque para seguir viviendo se refugiaba en el consuelo esperanzador de los sueños, ese “residuo luminoso” que el flujo del tiempo deja al pasar: “SE HACE CAMINO AL ANDAR…”. Y, también, porque a pesar de sus dudas y cavilaciones, sabía que el alma en última instancia, triunfaba siempre contra las arremetidas del olvido y la muerte: “El alma. El alma vence… al ángel de la muerte y al agua del olvido.” Y, sobre todo, porque más allá de los sueños sentía latir en sus entrañas una afirmadora voluntad de salvación, una voluntad de vivir. El que tales palabras escribía no podía ser un hombre sin “esperanza”. Porque si su vida y su poesía fueron el diálogo angustioso y solitario de un hombre con su tiempo, también es verdad que aquel diálogo solitario no era otra cosa que la preparación para ese otro diálogo, el último, el intemporal y definitivo, con Dios en la eternidad: “Quien habla solo espera hablar a Dios un día…” Ese Dios que el poeta definía como un “Tú” universal, objeto de comunión universal y amorosa entre los hombres. Un “Tú” que es “Él”, la única y verdadera compañía que puede liberarnos a todos de la inmensa soledad de ser hombres.




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