Josefina Manresa: Una pasión para Miguel Hernández

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     1931, 1932, 1933… Esa curva marcada con fechas, en la Orihuela de la juventud del “horno” y su muchacha, llevaba asimismo bordado en el corazón un signo: el querer.

    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     ¿No andaban enamorados los amigos de Miguel, y concretamente Carlos Fenoll y Ramón Sijé? ¿No era condición de vida el unir poesía y estampa de mujer? Eran casi fatalmente, paisajes invitadores de amor, los que el joven poeta iba contemplando. Y desde esos años indicados a lo largo de ilusiones (con sabores y sinsabores) en una vida ejemplar, Miguel se sentirá como atado a eslabones del corazón, hasta el mismo día triste y aciago de su muerte, pensando en su esposa, dedicándole las tres o cuatro palabras que de sus labios surgieron. Es la pura verdad. A todos se entregaba con pasión, pureza. Los sentimientos de amor ocupan un lugar muy importante en la línea de la vida (y, por lo tanto temática) de Miguel. Un amor único, auténtico, como de exclusividad. Es decir, hondo y duradero. Se resume en un nombre y apellidos: Josefina Manresa Marhuenda. “Amor y poesía cada día” era el lema de Juan Ramón Jiménez; sin vocerío, pero sí viviéndolo y poetizándolo, es el lema también en Miguel Hernández. Es más: si hubiese que plasmar en un solo vocablo su vida y su obra, el resumen se llamaría “amor”. Siempre hasta la cárcel y la muerte. Incluyéndose todo, en repetidas ocasiones de su corto vivir y a lo largo de sus composiciones literarias, se sabe que Miguel se topó (acaso también por vocación e intuición) con tres heridas que a él le hirieron: vida, amor, muerte, en alternancia de prioridades, según las circunstancias. Pero amor siempre. Amor cuyo primer indicio concreto sean tal vez unos renglones que figuran en carta de Miguel, escrita en Madrid, durante su primera estancia allí, y con fecha del 17 de marzo de 1932; es carta dirigida a Ramón Sijé felicitándole por su santo, donde se añaden unos renglones para Fenoll, por motivo especial. Y se lee: “Carlos, ¿te acuerdas de la niña aquella que vi la última tarde de mi estancia en Orihuela? Pienso en ella a todas horas. No te rías. Aunque te parezca absurdo estoy como tú…Haz el favor de darle (lo más discretamente que puedas y a solas si es posible) ese sobrecito”.

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     Es arranque de amor, acaso la primera declaración de Miguel a una chica, a “la niña aquella” de Orihuela. En Miguel, incólume y brillante, dentro de la impulsión y seriedad, sólo hubo un horizonte amoroso, en todos los sentidos de la palabra: Josefina Manresa Marhuenda.

     En la composición titulada “A mi gran adorada Josefina” ya parece presentir el próximo futuro de la herida de amor y así lo expresa, con su constante referencia a su mundo campesino-pastoril y dejando patente su amor y su dolor, dos de sus tremendas y definitivas heridas: “Tus cartas apaciento/metido en un rincón/y por redil y hierba/les doy mi corazón (…) /Cuando me falte sangre/con zumo de clavel, /y encima de mis huesos/de amor cuando papel”.

     Cabe hablar de los prolegómenos de este querer, del “descubrimiento” del amor. En sus idas y venidas, y siendo la “niña aquella”, o ya definitivamente Josefina, cuando acude a trabajar en la oficina notarial, surgió la estampa de la muchacha. En 1934, Miguel descubrió una silueta de chica muy morena, con ojos y pelo como el azabache y rostro de gran palidez. Muchacha del sur, levantina, matizada por siglos de sol y mediterráneo. Era (es y será) “su” Josefina. Miguel cree que debe ser modista, pues la ve entrar en un taller de costura. Miguel clava sus ojos en ella y ella acaba por clavarlos en él. Intercambio de ojos-flechazos. Miradas y más miradas. Miguel quisiera hablarle, pero ella rehúye, como asustada. ¿Es surtidor de amor? Como subraya el fatalismo arábigo-andaluz, “lo que ha de ser no puede faltar”. Tenía que “ser”, pues ese amor tiene que realizarse lo que se impone: el naciente amor. Ya no le despreciaba la muchacha. Ella, o el centro de sistema de vida. Ella, como sol y astro, desde ese tiempo de Orihuela, momento primerizo de un querer prolongado hasta su momento final, en 1942, con terrible exclamación de pena y pasión: “¡Ay, Josefina, qué desgraciada eres!”.

     Andando los años, en la biografía compartida, su amor en y por Josefina tiene heridas hondas junto al estremecimiento del gozo. Así, novio, esposo, padre, siendo, por consiguiente, ella novia, esposa, madre, se añadirá para Josefina una cuarta fase de invasora tristeza y dura tragedia: La viudedad. El amor que hará que lleve a cuestas el dolor de ser viuda de amor.

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     En ese 1934 la poesía se encarga de ir acogiendo las llamaradas del dúo juvenil. ¿No iba a plasmar, un muchacho rebosante de ambiciones poéticas, su canto jubiloso de entonces, su canto de amor?. Y así fueron sus versos de dicha y esperanza. Versos de amor, enredadera de sonrisas y miradas. Una muchacha, una poesía, una canción…Así nació un soneto que el poeta ofreció a la muchacha. ¡Su primera ofrenda!: “Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo, /nacida ya para el moreno oficio; /ser graciosa y moreno tu ejercicio/y tu virtud más ejemplar ser cielo. //¡Niña!, cuando tu pelo va de vuelo, /dando del viento claro un negro indicio, /enmienda de marfil y de artificio/ser de tu capilar borrasca anhelo. //No tienes más que hacer por ser hermosa, /ni tengo más festejo que mirarte, /alrededor girando de tu esfera. //Satélite de ti, no hago otra cosa, /si no es una labor de recordarte. /-¡Date presa de amor, mi carcelera!”

     Prisión de gozo, sin barrotes; alegría de nuevas amanecidas, de ímpetu juvenil y poético. Amor eje del vivir. Amor, símbolo de un corazón prendido en verdades de cárcel y carcelero. Momentos de intensa iniciación sentimental. Pero ese amor seguirá firme su andadura. Su libro “El rayo que no cesa”, lleva una dedicatoria de amor claro y firme: “A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya”. Canción amorosa en los días de Orihuela. No hay aún nubarrones en sus vidas. Pero en 1936, llegará la discordia y el luto, la tristeza y las lágrimas. Y aquellas heridas poéticas, simbólicamente pregonadas-vida, amor, muerte- pasarán a ser cruda realidad. Pero, Miguel no ceja nunca en su empeño amoroso y lo proclama a los cuatro vientos. “El amor ascendía entre nosotros”. “Llama de amor viva” sanjuanista. Porvenir de recuerdos…Necesidad de amor donde siempre halló respuesta. En el ímpetu de la gozosa juventud y en la dulce y serena mirada de la madurez.

     Miguel Hernández, ahondó en los acontecimientos del corazón y de la tierra, radicalmente herido en su felicidad, pero siempre optimista, junto a esa estrella que iluminó su vida y guiara sus pasos hasta su fatídico destino, junto a su Josefina.


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