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––“¿Que no me quiere? ¡Ya me querrá! Que eso dicen de las torres altas”.
Así pensaba.

 En Santeña, sus amigos se admiraban de cómo aguantaba a aquella creída que se tenía por la reina de Saba. Pero no era la moza; era ante todo su madre la que se avergonzaba de que a su hija se le hubiera acercado aquel ‘rejú’(1). Como si en todo el pueblo no hubiera otro.

 Era gordito y de baja estatura, tenía el pelo tieso y los ojos parecían dos pinchazos a un lado y otro del arranque de la nariz. Pero la quería.

 Tampoco era ella una garza real, aunque, al lado de él, podía parecerlo; tenía la cara agraciada, el pelo rubio y unos ojos azules que gustaba mirar. Y no lo quería.

 Pero él había empeñado su vida en el sí, la madre la había empeñado en el no, y la joven, en aquella situación, tal vez ni supiera lo que quería.

 La gente se preguntaba si habría sido lo mismo de haber tenido él dinero. Y es que, segundo de cinco, la familia alojaba además a una huéspeda que nadie ha querido jamás en su casa: la pobreza.

 Los encuentros con la pandilla eran para él un reto a su orgullo y un ataque a su amor propio; pero, cuando decidió el acoso sin tregua, se buscó otros. Si bajaba al río, allí estaba él como quien no lo hace, la miraba y seguía; si iba a la tienda, le aparecía por la esquina; si salía de la iglesia, aguardaba y, cuando quedaba sola, la saludaba en voz baja y proseguía su camino. Así, día tras día. A veces bastaba una mirada, una sola, fija y prolongada, para decirle que no era la casualidad la que lo ponía frente a ella con tanta frecuencia. Las primeras veces ella daba un bufido, miraba para otro lado y aceleraba el paso; o se volvía y cambiaba de dirección. Luego optó por ridiculizarlo en público; él respondía con la sonrisa del que siente la ofensa pero sabe que la victoria está de su lado. “Será mía, lo será”, se repetía una y otra vez mientras amigos y parientes le aconsejaban que la dejara.

 No tardó la madre en saber de estos encuentros y, dispuesta a defender su territorio, entró en acción. Lo buscó para decirle que estaba muy equivocado si pensaba que se iba a casar con su hija. Él, con aplomo, le contestó que los hombres son para las mujeres y las mujeres para los hombres, y que como su hija era una mujer y él, aunque “menguadito”, un hombre, bien podían entenderse sin necesidad de terceros. La señora, no sabiendo qué contestar a razón tan contundente, acudió al insulto: “Pero ¿tú te has mirado, enano de m...? ¿Quién va a poner los ojos en un rejú como tú, chico, gordo, feo y sin tener donde caerte muerto? Mi hija tiene mérito y antes la mato que verla casada contigo”. Él escuchó y aguantó. Como no contestaba, la señora se marchó, amenazante todavía: “Y si sigues acechándola como hasta ahora, también ella tiene un padre que no lo va a consentir”.

 Escenas como ésta ocurrían de vez en cuando, pero él, decidido a no ceder, les restaba importancia. No así sus padres y hermanos. “Déjala ya”, le decían. “Déjala y búscate otra, que las hay mejores y no te van a decir que no”. Él escuchaba y sonreía sin abandonar lo que estuviera haciendo. “Será mía, lo será”. Estaba seguro. Y cada día, vuelta a empezar. Para bien o para mal, aquella mujer había entrado en él y nadie lo podía impedir. Su lucha era suya, de nadie más.

 Y la torre empezó a tambalearse.
 
 Los domingos por la tarde, él y sus quintos se iban al puente a esperar que salieran de misa, y, cuando llegaban, formaban las parejas. Y, al fin, El Gordillo empezó a formar pareja con la moza. Al principio, -hay que decirlo- hacían una pareja más bien rara, distantes uno del otro, ella tiesa como el palo de una escoba y él, casi a remolque, como un perrito de compañía aunque sin acercarse demasiado. Pero la oscuridad de la hora jugaba a su favor y, primero para discutir, luego para arrullarse, en pocas semanas fueron dos enamorados más.

 Todos miraban, perplejos, el cambio de la joven, todos menos su madre, que se echó a temblar. “Si te veo con él te mato. ¿No te da vergüenza? Después de lo que he hecho por ti y ahora me dejas para risión del pueblo y del enano ese. ¿Por tan poco te tienes?”

 La hija oía sin rechistar pero no obedecía. Y los que antes fueran para ella odiosos encuentros se convirtieron ahora en anheladas citas, que, por furtivas, tenían un atractivo especial. Aquellos encuentros fortuitos, aquellas citas fugaces, aquellos roces buscados entre el pudor y el deseo, hacían vibrar los dos corazones noveles en un deliquio amoroso totalmente nuevo que los estremecía igual que un maremoto estremece las entrañas del océano. ¿Renunciar a eso?

¡Por nada!

 La madre, humillada a diario por la negativa de la hija, buscaba la forma de acabar con un idilio que hería su orgullo y, además, echaba por tierra todos sus planes. Porque la señora estaba convencida de que su hija era una belleza y sólo podía imaginarla al lado de alguien de su igual, o, al menos, con apaños, y no con el más arrendundi(2) de Santeña. Así pensaba su hija al principio -decía la señora- y por eso habían hecho frente común. “Pero, claro, como sus amigas tienen todas pareja, ¿qué hace ella? Pues seguir el juego. Pero eso no va a la punta. Y si no, al tiempo”.

 De esta manera intentaba la madre justificar ante el vecindario el cambio de la hija mientras tomaba cuerpo la solución que estaba ideando para acabar de una vez con tan odiosa relación.

 Y fue que se marchaban. Y se marchaban lejos de Santeña, pues estaba convencida de que su hija, en un ambiente de ‘calidad’, sería objeto de deseo para alguien más de su igual y pronto olvidaría la pesadilla del Gordo. En ese lugar tan cercano al edén de sus sueños, -adonde unos parientes habían emigrado años atrás- su marido y su hijo encontrarían un trabajo mejor pagado que el que tenían en el pueblo y ella y su hija se invertirían en algo también. “Es como una capital, grande y con mucho que ver, no un corral de vacas como esto. Y ya verás cómo allí cambias de ideas”.

 La joven, ávida de novedades, se ilusionó. Pensaba en chicos guapos y de porvenir que se fijarían en ella y le ofrecerían una vida de bienestar. Se imaginaba a sí misma, ya casada, de vacaciones por la Costa del Sol, en un lujoso coche conducido por su marido, visitando de paso a sus amigas del pueblo para que vieran lo feliz que era y la de cosas que tenía. Pero había otro lado, el real, y en él estaba El Gordillo, su amor, con quien la ataban sensaciones de indecible deleite. ¿Cómo dejar esto? “Aunque ¿por qué -se decía- no voy a sentir lo mismo con esos jóvenes de los que habla mi madre?” La grieta estaba abierta y, poco a poco, se ensanchaba presionada por las promesas dulces con que la hábil progenitora alimentaba la fantasía de su hija. De tal modo que, en pocos días, estuvo la joven impaciente por marchar a ese Jauja maravilloso donde lo mejor la aguardaba.

 Al recibir la noticia, El Gordillo se hundió. Su niña le hablaba de separación. Él oía de sus labios un río de palabras sobre la decisión en hora mala de sus padres; ella lloraba cogida a su brazo como si quisiera aferrarse a él para siempre; pero detrás de aquel rostro compungido y aquellas palabras de desconsuelo, pudo él notar un tenue y fugaz reflejo de gozo encubierto que lo descorazonó. Como un condenado, oía la sentencia en forma de unas promesas de bienestar que, según sus padres, nunca encontrarían en Santeña.

 “Bienestar...”, musitaba él mientras miraba al suelo. Ella callaba. Le acercó los labios pero no hubo respuesta. “Bienestar... Todas las madres quieren bienestar para sus hijos, pero, en este caso, lo que no quiere tu madre es que te cases conmigo y por eso está haciendo todo lo posible para que lo nuestro acabe. ¿Crees tú que habría hecho lo mismo si otro con dineros se hubiera acercado a ti? ¡Qué va! Pero he sido yo, El Gordo, el feo, enano y sin un duro, como ella dice, el que ha tenido la fatalidad de fijarse en su hija, y eso no lo aguanta su orgullo. ¿Y orgullo de qué? ¿Atáis vosotros los perros con longaniza?

 ¿Os llueven los dineros por la chimenea? ¿No están tu padre y tu hermano, un crío todavía, ganándose el pan con los mismos sudores que los demás? ¿Y es ella una desgraciada por haberse casado con uno del pueblo, pobre pero honrado? ¿Por qué le ha entrado de pronto esa fiebre de bienestar? No, no es el bienestar; es que no me quiere y hará lo que haga falta para acabar con lo nuestro. Pero eso depende de ti, nada más que de ti”.

 Tiró al suelo con brío el cigarrillo que había encendido segundos antes para calmarse los nervios y echó la cabeza hacia atrás, rojo de rabia. “Bienestar, bienestar... ¿Quiere bienestar para ti?” Se volvió rápidamente hacia ella, la miró fijamente a la cara y, como catapultado por una idea, le dijo: “Pues ¡tendrás bienestar! ¡Yo me voy también! Y me iré al fin del mundo si allí puedo conseguir tu bienestar. Ya veremos si es eso lo que quiere o es lo que digo yo”.

 Se contuvo unos instantes pero en seguida la cogió en sus brazos: “¿Para qué quiero yo bienestar si no te tengo a ti?”

 Y días después, tras jurarse amor eterno, se marcharon los dos, ella para el Levante peninsular y él a tierras belgas.

 En Santeña, sus amigos continuaron saliendo como de costumbre y hablaban de ellos, haciendo conjeturas sobre el futuro de la pareja. Ellos escribieron al principio contando cómo les iba. Al año regresó El Gordillo con quince días de vacaciones, que repartió entre la novia y la familia. La relación, según él, -siempre parco en palabras tratándose de este asunto- iba bien y, si nada cambiaba, se casarían el verano siguiente. Trabajaba catorce horas diarias entre jornada laboral y chapuzas y estaba contento porque ganaba dinero para pagar el alquiler del piso donde vivirían mientras estuvieran en Bélgica y dar la entrada de otro en el pueblo de la novia, que sería el lugar de residencia definitivo cuando se hartaran del extranjero. Se le veía ilusionado y feliz, y cuando algún amigo le preguntaba cómo veía la suegra todos estos planes, él se sonreía y contestaba que habían decidido no tenerla en cuenta.

 Pero la suegra los tenía en cuenta a ellos y eso de llevarse a su hija a la gran puñeta no lo iba a consentir. La verdad es que, a medida que pasaba el tiempo y rumiaba la decisión, tampoco a la moza le encantaba demasiado la idea de dejar su tierra y marchar a otra con una lengua distinta y en donde, según decían, llovía sin parar y hacía mucho frío. “¿Y cuánto tiempo vas a tener que estar allí?”, le decía su madre. “Porque no creas que en tres o cuatro años vais a tener piso aquí y muebles y un trabajo para él. Y si lo tenéis será entrampándoos hasta el cuello. Y eso, de por vida. Así que piénsatelo”.

 Con la misma cantinela día y noche, la hija no sabía qué hacer ni qué decir. A veces se levantaba y dejaba a la madre con la palabra en la boca; otras, aguantaba el chaparrón sin rechistar, como si no fuera con ella. Entonces era la madre la que se iba, humillada y magullando palabras sobre la ingratitud de los hijos. Y mientras tanto, las cartas seguían llegando del extranjero, abultadas y casi a diario.

 Volvió El Gordillo de sus primeras vacaciones con una cierta desazón pero con ilusión. Con ilusión por trabajar más todavía para conseguir todo el bienestar y que la estancia de su mujercita en el extranjero fuera lo más grata posible; con desazón porque, a pesar de sus esfuerzos por hacerle comprender la posibilidad que tenían de, en unos años, ganar dinero para iniciar luego, con desahogo, una nueva vida en España, ella, la mujer de sus sueños, la que lo era todo para él, no mostraba especial interés y sí cierta displicencia que él instintivamente interpretaba como un enfriamiento de las relaciones. Aun así, prefería creer que se trataba de apreciaciones suyas, que ella seguía tan animada y cariñosa como siempre y que el equivocado era él. Falso. Flotando quedaba siempre la lacerante sensación de que el fin podía estar cerca. Y se echaba a temblar.

 Como de costumbre, cada noche después de cenar y preparar la gamelle para el día siguiente, se sentaba a la mesa, cogía el cuaderno de papel de cartas y se ponía a escribirle largo, largo, contándole con todo detalle el día que había tenido: lo que había hecho, lo que había visto, lo que había ganado, las veces que se había acordado de ella… “aunque mejor sería decirte los minutos del día que no he pensado en ti, cariño mío, mi vida, mi todo”. Luego pasaba a los arreglos que le estaba haciendo al piso, lo que había comprado… “unos cubiertos de alpaca plateada con nuestras iniciales, media docena de platos y algunos cacharros de cocina, manteles y servilletas… Y también he visto una cama grande con radio en la cabecera que creo que te gustará”. Y le detallaba la cama y le describía el dormitorio y le decía lo que se veía desde cada una de las habitaciones. Y después, le hablaba de lo que harían los domingos cuando él no trabajara: recorrerían el país… “que es muy pequeñito”… irían a Holanda para que viera los campos de tulipanes, visitarían a los paisanos… “hay muchos españoles aquí y hasta un Centro Español y vienen cantaores de nuestra tierra y ponen películas en español”. Le decía también que ya muchos amigos suyos la conocían por fotografía y que tenían gana de verla allí, chapurreando el ‘franchute’.

 Mientras escribía, lloraba de alegría imaginando el futuro tan maravilloso que les esperaba una vez juntos para siempre. Ella sería la española más guapa y mejor vestida de toda la colonia y sus amigos le envidiarían la suerte que había tenido. Terminaba de escribir y con la misma euforia salía a la calle, a la hora que fuese, en busca del buzón para echar la carta, sellada con un beso, y que llegase cuanto antes a su niña. Finalmente, se acostaba, rendido, pero feliz, pensando en ella; y si los fantasmas del recelo le salían al encuentro, él se reía de ellos como se ríe del peligro quien no quiere verlo.

 Eran esas horas de cada noche las más felices de su día. Y, a la mañana siguiente, de nuevo al chantier.

 Pero no se sentía lo mismo en el otro lado. En efecto, las cartas de su querida muñeca fueron perdiendo primero peso, luego frecuencia y, por último, dejaron de llegar. En las primeras le advertía que había empezado a trabajar en una fábrica de juguetes y disponía de poco tiempo para escribir. “Más horas trabajo yo”, se decía él con pena, “y por nada del mundo dejaría de escribirte un solo día”. Primer aviso. Si el toro supiera que cada clarín que suena lo acerca más a la muerte, saltaría por los burladeros y arremetería contra los festivos espectadores en busca de la dehesa. Pero no lo sabe y sigue el juego. El Gordillo sí lo sabía. Y, al primer clarín, se vino abajo. Pensó de pronto en la madre. Tan feliz era imaginando su dicha que el fantasma de la madre se le había desvanecido. “Tengo que hablar con ella a solas…” -decidió un viaje relámpago- “… y que me diga la verdad. Y si hace falta, me la traeré”.

 No fue preciso. En una carta larga, ella le contaba todo. Se había comprometido con otro y no deseaba continuar con él. Le pedía perdón, le deseaba mucha suerte y todas esas cosas que desean y dicen los que, en el fondo, se sienten culpables. No contestó. Leyó la carta una y otra vez, se sentó, puso la tele y no la miró. Se hizo café, se echó un chorro de cognac y se lo bebió. Volvió a leer la carta. La estrujó y la arrojó contra el aparador. Una copa cayó al suelo y se rompió. Recogió los cristales, los echó en la poubelle y salió a la calle. Era tarde. Entró en un club y bebió. Salió y anduvo errante un rato por las húmedas y desiertas calles. Volvió a casa. Al día siguiente había que trabajar. No durmió en toda la noche, pero acudió puntual al trabajo. Al salir, fue en busca de unos parientes. No quería decírselo pero acabó diciéndoselo. Ellos lo animaron: “El mundo no se encierra en una mujer. Hay muchas. Y ya verás cómo se te pasa. Eres joven y trabajador, tienes lo que a cualquier mujer le gusta de un hombre. ¡No seas tonto!”

Lo que todos.

 Se fue a su casa. No podía. Se habían reído de él. Cómo disfrutaría la madre viendo que, al fin, era ella la que ganaba. Pero ¿su niña?

 ¿Era posible? Desde que entró en su vida, sólo había vivido para ella. Y ahora, después de un corto sueño de felicidad, todo se derrumbaba del modo más ingrato.

 No dormía y el trabajo lo agotaba. Probó la droga para darse fuerzas y no caer en falta, pero así no podía seguir. Se acercaban las vacaciones de verano, -en las que habían decidido casarse-, y las deseaba más que nunca. Solicitó el mes de julio y se lo concedieron. Se vino derecho al pueblo. La familia y los amigos lo vieron llegar con aire jovial y más hablador que de costumbre, lo que extrañó sobre todo a su madre. Aquellas ganas de hablar y de reír sin ton ni son ocultaban un fondo amargo que la intrigaba y, en cuanto se quedaron solos, le preguntó. Él, que se lo esperaba, la tranquilizó y luego, sereno, se lo contó todo tal como había ocurrido, aunque sin revelarle su estado de ánimo. Como la madre insistía, acabó diciéndole que lo había pasado mal los primeros días, pero que, con el tiempo, se le iría de la cabeza. La madre, aliviada, le dijo que la chica nunca había estado por él, que si lo hubiera querido de veras, ni su madre ni ‘naiden’ en el mundo los habría ‘deseparado’, y que, después de todo, tenía que darle gracias a Dios de haber roto a tiempo porque “si es queriéndose y siempre hay peleas, cuánto más sin quererse”. Pensó El Gordillo que su madre tenía razón, que aquella mujer nunca lo había querido; pero él estaba tan ciego que no pudo verlo.

 Aquella primera noche en su casa, pensando en las palabras de su madre, lloró. Nunca antes, a pesar de los desaires de su niña, había llorado. Recordó los primeros meses, cuando peleaba por ella y se decía para darse ánimos: “será mía, lo será”; recordó los lugares del pueblo: las esquinas, el callejón estrecho, las casas de las amigas, el río, el puente, la higuerilla y tantos otros, donde la había esperado, donde se habían encontrado, donde se habían dicho palabras primero de reproche y luego de cariño, la luz mortecina bajo la cual se habían despedido tras jurarse amor eterno; recordó luego su llegada a Bruselas, la lluvia, el primer día de trabajo y la ilusión renovada cada mañana por preparar el nido donde su muñeca se sintiese a gusto con él, con él solo; recordó el compromiso casi formal de fecha de boda y todas las cosas que había comprado para cuando volvieran casados; recordó la alegría con que se había dejado la piel en aquellos fríos y húmedos chantiers de la capital belga constantemente envueltos en niebla, intentando entenderse con los compañeros turcos, emigrantes como él, que siempre hablaban gritando; recordó la ilusión con que, una tarde después del trabajo y en ropa de faena, había ido a recoger el juego de cubiertos grabados, pensando en el gozo que le harían a su muñeca; recordó la hora exquisita de cada noche en su appartement de la calle N, cuando, después de cenar, cogía el bolígrafo y los pliegos de papel y se ponía a escribirle aquellas cartas en las que vaciaba su alma -pues no quería que hubiese secretos entre ellos- para decirle lo que ella significaba para él, cuánto la quería y cómo la echaba de menos; recordó, en fin, el tiempo en que la esperanza lo había hecho feliz. Ahora, todo había terminado. Todo. Su vida era aquella mujer y aquella mujer ya no sería suya.

 Era tarde pero todavía se oía a gente tomando el fresco en las puertas. En las cámaras, donde él estaba durmiendo, no hacía mucho calor porque una de las ventanas daba al barranco y se comunicaba con la de la calle, estableciendo una corriente fresquita. “¡Qué bien está uno en su casa!”, pensó. Y, aunque tarde, cogió el sueño.

 A la mañana siguiente, sus hermanos pequeños subieron y se metieron en la cama con él. Él les volvió a contar muchas cosas de la bonita ciudad donde ahora vivía, les enseñó postales y fotos hechas por él de su célebre plaza y les volvió a llenar las manos de caramelos y bombones. Luego se levantó y desayunó con ellos. La madre observaba y veía que su hijo era desgraciado, que la herida sangraba a borbotones y que su adorado Gordillo se moría. Él, sabiendo que no podía engañarla, le echó el brazo por encima y la apretó contra su pecho. Quería tranquilizarla y que no sufriera. También su madre era mujer, -pensó-, pero ¡qué distinta!

––“Voy al bar”, -dijo cuando acabó de desayunar. Los hermanos lo retuvieron todavía un rato para enseñarle las cajas de cartón agujereadas donde guardaban colorines y un par de tórtolas que les había traído el padre días antes. Una vez libre de ellos bajó a la plaza, atravesó la carretera y entró en el Ferubi. Saludó a los que no había visto la noche anterior y preguntó por otros de la pandilla. Nadie le hizo preguntas sobre la novia o el casamiento pero él se daba cuenta y sufría. A pesar de todo, reía, gastaba bromas y hablaba de cosas que no venían a qué. Luego se asomó al puente para ver el río. En el agua nadaban los barbos a contracorriente y se arremolinaban en rápidos culebreos persiguiendo unas miguitas de pan que alguien arrojaba desde la orilla. Qué gratificante todo aquello. Miró río abajo y vio la tupida alameda y, al final del camino en curva que la bordea, el Tablón, donde seguía bañándose la gente. Recordó que allí, en aquel lugar algo velado por los álamos y las cañas, había visto él a su muñeca bañándose con otras amigas. Dejó el puente y volvió al bar. Invitó a los que estaban, conocidos o no, y, cuando fue mediodía, subió a su casa para almorzar. Luego quiso echar la siesta y se tumbó en una manta extendida sobre las frescas losas de la cocina, pero allí estaban sus hermanos pequeños otra vez y durmió poco. Cuando refrescó algo la tarde, bajó de nuevo al bar. Jugó al dominó hasta que llegaron sus quintos. Hablaba y hablaba preguntándoles por la familia, por los ausentes, por el pojar y por los jornales. No podía callarse. Hablaba como se respira, como si le fuera en ello la vida. Y bebía. Bebían todos pero él lo hacía sin parar y no permitía que nadie pagara: “Somos quintos ¿no? Y quién sabe cuándo volveremos a juntarnos otra vez”. “Eso es que pronto se va a casar con alguna ‘mamuazel’ de ésas de por allí y se le achicará el cabresto”, dijo alguno bromeando. Rieron los demás y él, siguiendo la broma y moviendo la cabeza, contestó: “pudiere, pudiere”.

 Siguieron todavía un rato así; luego se fueron marchando hasta quedar solos él y un amigo. Salieron y, en vez de ir a acostarse, se sentaron en la muralla. Era tarde pero del río y la alameda subía una brisa fresca que invitaba a alargar la velada. Hubo un silencio entre ellos que realzó el encanto de la noche. Acostumbrados a ella, no por eso eran menos sensibles a su hechizo. Luego, en un arranque de afecto, El Gordillo se volvió hacia el amigo, le puso la mano en la rodilla y, mirándolo fijamente a la cara, le dijo:
 
––“¡Ay! ¡Si pudiera uno volver atrás!”

 Y en seguida bajó los ojos. El amigo lo miró, preocupado, y, tras unos instantes, le habló.

––“Claro que puedes. Lo que pasa es que te has encerrado en esa mujer y no quieres salir de ahí. Esa mujer nunca te ha querido. Todos nosotros lo sabíamos porque ella se lo decía a las amigas. Y si se encaprichó un tiempo contigo fue porque no quería quedarse sola y por darle en la cabeza a su madre, que estaba siempre atosigándola y dale que te pego con que no y que no; pero todos nosotros nos dábamos cuenta. Y tú, como estabas tan enamorao, pensaste que iba en serio. Aquí, como amigo, te digo que no te has perdido nada y que lo que tienes que hacer es sacártela de la cabeza y pensar en otras cosas; que ya encontrarás quien te quiera de verdad. Y no tienes que ir lejos. Aquí mismo, en el pueblo, las tienes si quieres. ¡Por favor!” Él escuchaba con la mirada en el suelo mientras jugueteaba con una piedrecita llevándola de un lado para otro con el pie. Cuando el amigo dejó de hablar, levantó la cabeza y miró fijamente a algún punto. ¡Lo mismo que su madre! ¡Lo mismo que todos! Aquella mujer nunca lo había querido y él había estado ciego. Lo único real durante aquella larga fiebre era la piel que se había dejado en los andamios de Bruselas. Al fin, dijo:

––“Gracias, amigo, pero no resulta fácil empezar otra vez. Lo aposté todo y lo he perdido todo”.

 Era muy tarde cuando se separaron.

 A la mañana siguiente, preocupada la madre porque tardaba en levantarse, fue a llamarlo, pero la puerta estaba atrancada y él no contestaba. La echaron abajo y quedaron horrorizados. De una viga del techo que daba sobre la escalera, pendía sin vida el cuerpo de su hijo, de su adorado Gordillo.

(1) Persona desmirriada y de poca presencia.
(2) Expresión local para denominar a alguien pequeñito, feúsco y de poca presencia. Sinóni- mo de ‘rejú’.