Angustias y el cortijo de la Torre Dona

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    Alhama de Granada y el cortijo de la Torre Dona son dos lugares que Angustias lleva siempre en el corazón.

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    Alhama nos recibe, hermosa y acogedora, abrazada por los contrafuertes de Sierra Tejeda

     Hay algo en Alhama de Granada que atrapa. Antaño ciudad monumental, hoy opulenta y desheredada a un tiempo, tan llena de historia que cada rincón describe un episodio heroico de hace siglos, consigue cautivar hasta tal punto que el sentimiento que experimentan quienes han nacido allí -que los mueve a adorarla sin medida y añorarla cuando están lejos- se contagia también a los que llegan de fuera. Hay algo en Alhama, sí. Indescriptible, espontáneo, ineludible casi, que se percibe ya incluso cuando se da vista a la ciudad desde la carretera; algo -quizá en el aire- que anuncia a los forasteros que arriban, sin lugar a dudas, a tierra amiga.

     En una tranquila calle del casco antiguo reside una alhameña -o jameña, en el habla local- de los pies a la cabeza, Angustias Gutiérrez Velasco. Ella ha conseguido lo que otros paisanos suyos no pudieron: pasar toda su vida en su querida Alhama, sin alejarse jamás de la ciudad donde nació y donde espera terminar sus días, como ella misma dice, "feliz y sin mucha tardanza". Angustias, que está muy cerca de alcanzar los noventa años, siempre pensó que, al igual que todos sus hermanos, ella tampoco viviría más allá de los ochenta y cinco -"¡Agárrate Angustias, que ya te vas!" se dijo al cumplir esa edad fatídica-. Pero no se fue. Y allí continúa, en su casa de la calle Enciso -la misma calle donde nació el ocho de junio de 1927- y en la casa que compró su padre para la familia, que fue, curiosamente, una de las pocas viviendas que logró mantenerse en pie tras el gran terremoto que asoló esa comarca en 1884. Angustias dice que la casa aguantó porque sus cimientos están construidos sobre una sólida roca; ese paralelismo podría establecerse también con su propia vida.
     
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    Angustias Gutiérrez Velasco. Fotografía de su hija Mari Carmen

    En el año 1927 Alhama de Granada era una ciudad de casi ocho mil habitantes, de carácter agrícola y ganadero, aunque también contaba con una importante actividad económica centrada en los molinos harineros. Aunque consciente de su propio pasado como uno de los tesoros del reino nazarí de Granada, la población vegetaba sumida en una creciente decadencia cultural que la hacía bostezar, como una mujer apática, casi ajena a su antigua gloria. En la calle de Enciso nacía entonces Angustias, hija del matrimonio formado por José Gutiérrez y Amparo Velasco. Era la menor de cinco hermanos, y todo iba bien hasta que su casa recibió un golpe terrible al fallecer Amparo inesperadamente. La pequeña Angustias quedó, por lo tanto, huérfana de madre con dos años, mientras que su hermano mayor sólo tenía siete. ¿Cómo sobreponerse a semejante desgracia?

     El amargo suceso no acobardó a aquella familia: José, un hombre ante todo práctico y positivo, tenía las ideas muy claras. "No voy a imponer una madrastra a mis hijos" pensó, y por ello no consintió en casarse por segunda vez, algo raro en aquella época. Afortunadamente para todos, un atisbo de esperanza apareció en la casita de la calle Enciso: una hermana de José llamada Angustias -que no se había casado porque quería ser monja- no pudo abandonar a su suerte a su hermano y sus cinco sobrinillos. La "tita Angustias", que era buena como ella sola, renunció a su vocación religiosa y se hizo cargo sin dudarlo un momento de la casa, de los niños y de su hermano. Ella fue para todos, durante el resto de su vida, mucho más que una madre, hermana y abuela; un apoyo firme y delicado a la vez, una mujer valiente y discreta que demostró con ese acto de amor su entrega a los demás, sin necesidad de pasar por un convento.
     
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    José Gutiérrez, padre de Angustias, también conocido como papá José y José "Perrute", y Angustias Gutiérrez, "tita Angustias"

     Por aquella época, José -o papá José, como lo llamaban en la familia- se trasladaba a diario a una finca donde llevaba unos terrenos en arrendamiento, el cortijo de la Torre Dona. Eran aquellas muy buenas tierras, que procuraban trabajo y sustento a dos familias numerosas, más un buen número de jornaleros. Tras un tiempo yendo y viniendo, cuando la pequeña Angustias cumplió los siete años e hizo la Primera Comunión José se trasladó definitivamente con los suyos al cortijo, con lo que la niña dejó la escuela y a su querida profesora, doña Concha -aún la recuerda-, para iniciar una vida distinta en el cortijo de la Torre Dona. Fue aquella una etapa inolvidable en la vida de Angustias, que se prolongó desde sus siete años hasta que se marchó para casarse.
     
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    El cortijo de la Torre Dona se encuentra actualmente en actividad; gran parte de sus instalaciones se han restaurado y los terrenos están en plena producción

     El cortijo de la Torre Dona. Como si fuesen palabras mágicas, a Angustias se le iluminan los ojos con sólo pronunciar ese nombre. El cortijo se encuentra muy cerca de la población de Alhama, en las estribaciones de Sierra Tejeda. Es un sitio privilegiado no sólo por su situación sino también por la belleza única de los campos que lo rodean: hectáreas de bosques de encinas y fértiles terrenos de labor. Este lugar no ha languidecido como otros, víctimas tristes del éxodo rural: en el cortijo de la Torre Dona no hay campos estériles ni chimeneas apagadas, las puertas no están cerradas ni impera el silencio de los lugares olvidados, donde nunca pasa nada. El cortijo de la Torre Dona fue, y sigue siendo por fortuna, una explotación agrícola y ganadera que bulle a diario, plena de actividad.
     
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    Esta placa sobre la puerta principal de la casa recuerda el año de su restauración

     Corría, pues, el año 1934 cuando la familia de José Gutiérrez, papá José, se trasladó a vivir al cortijo. La vida al aire libre, sin más límite que el horizonte, rodeados de naturaleza y animales, hacía muy felices a los niños y, la verdad sea dicha, a toda la familia. En aquel tiempo este cortijo y otros cercanos estaban habitados por varias familias y sus trabajadores, y todos tenían muy buena relación entre sí. El día a día en la Torre Dona se podría muy bien resumir en dos palabras: trabajo y diversión, porque aquellas gentes laboriosas también sabían disfrutar de su tiempo libre y sacar partido a los medios de que los que disponían; todo no podía ser doblar el espinazo…

    Como solía ocurrir antiguamente, los niños también colaboraban en las tareas de la casa y del campo, cuando podían. Desde muy chica, Angustias aprendió a amasar pan y hacer dulces, a preparar comidas sencillas y a colaborar en pequeñas tareas como buscar los huevos que ponían las gallinas por todas partes -"¡A veces parecía que los escondían, las bribonas!"- y acarrear leña menuda del bosque cercano, para la chimenea de la cocina. Con el trabajo de cada uno de ellos, el cortijo de la Torre Dona se convirtió en una explotación próspera que generaba todo lo que podían necesitar; la familia de Angustias no podía pedir más.
     
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    Fértiles campos de cultivo rodean el cortijo, tan productivos hoy en día como hace un siglo

     Angustias fue creciendo; todos decían que había salido a su madre, Amparo. Era una muchacha alta y delgada, de ojos grandes y expresivos y abundante cabello rizado. Le gustaba mucho hacerse fotos, y las pocas veces que tenía ocasión de salir en una no la desaprovechaba, tal vez porque la vida le había mostrado su cara más cruel arrebatándole a su madre. "En aquella época la gente se moría de cualquier cosa porque no había tantos medicamentos como ahora, y yo quería hacerme fotos por si me moría joven, como mi madre y dos de mis tías, para que luego todos me recordasen, y no se olvidaran de mí".

     La muchacha aprendió sola a leer y escribir, ya con diecinueve años -al dejar la escuela tan pequeña, perdió su oportunidad-. ¿Qué cómo lo hizo? Como no podía leer cuentos, ni novelas, ni siquiera las cartas que le enviaban sus amigas, pidió a tita Angustias que le leyese varias veces la carta de una de ellas. La memorizó entera, y conociendo ya su contenido, se dedicó a copiar pacientemente las letras, dibujando palabra por palabra, y a asociarlas con su significado. Así, a fuerza de tiempo y voluntad, asimiló lo suficiente como para poder leer y contestar las cartas que recibía. De igual modo aprendió a escribir su nombre, copiando los trazos de la firma de tita Angustias; su firma es un calco de la de su tía.
     
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    Angustias a los diecinueve años. Debajo, su firma, copiada literalmente de la de su tía

     
     De complexión fuerte y fibrosa, Angustias no temía al trabajo, por duro que éste fuese. Había algunas tareas que le gustaban mucho, como trillar en la era mientras cantaba cancioncillas, amasar el pan e ir al pozo a por agua cada día a la caída de la tarde, con las muchachas del cortijo. Otras faenas le hacían menos gracia, como cargar costales o la tediosa siembra del garbanzo -"pintar" garbanzos lo llamaban ellos-: caminaban delante de la yunta, dejando caer los garbanzos de uno en uno, mientras el paso del arado los enterraba después. El cortijo contaba asimismo con un inmenso y poblado bosque de encinas y chaparrales -que hoy en día se conserva en perfecto estado- que servía para dejar pastar al ganado, surtir de leña a todo aquel que la precisaba, y para tender la ropa al sol en las ramas más soleadas y cercanas a la casa, entre otras funciones.

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    Angustias muestra la posición en que ponía la mano para ir "pintando" los garbanzos delante de la yunta

     Tenían grandes corrales a un lado del cortijo -hoy sustituidos por otros más modernos- donde guardaban el ganado que había en aquella época: cabras, ovejas, una yunta de vacas y otra de mulos, una yegua, conejos, gallinas y "guarros cebones" -destinados expresamente para la matanza-, que vivían en unas zahúrdas o cochiqueras justo a la orilla del bosque. Con tanta faena era necesario contratar, por temporadas, a algunos trabajadores: segadores, esquiladores, un porquero y un cabrero, entre otros. Cada estación del año conllevaba sus propias faenas. Las obligaciones no entendían de fiestas, pero bien es cierto que cuando éstas llegaban -la Candelaria, el Carnaval, San Marcos, la feria de Alhama, las novenas a la Virgen de la Angustias…- todos en el cortijo de la Torre Dona se disponían a disfrutarlas como merecían.
     
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    Cualquier ocasión festiva era buena para reunirse. A la izquierda de la imagen, Angustias con un grupo de familiares y amigos


    Desde la era del cortijo se puede ver, en toda su extensión, el gran bosque de encinas que pertenece a la propiedad

     Fuese la ocasión que fuese, todos lo pasaban en grande. También aprovechaban los domingos y los días del "esquilo" -cuando se contrataba a los esquiladores de las ovejas- para juntarse con familiares y amigos, en unas alegres reuniones en las que el patriarca de la familia, papá José, era el alma de la fiesta. Algunos sábados pasaban toda la noche cantando y bailando fandangos cortijeros, típicos de Alhama, acompañados por la guitarra, cuyas letras se iban improvisando casi sobre la marcha -"Viva tu gracia, Consuelo / esa que Dios te ha dado, / que para que tú la tengas / a otra se la habrá quitado…"-. Cuando se cansaban de cantar, ponían en marcha una gramola y continuaban el baile en la cocina de la casa, que era muy grande.
     
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    Los antiguos corrales han sido sustituidos por otros de obra, junto a la casa principal

     Parte del atractivo de aquellas reuniones era la comida. Los días anteriores, las mujeres de la familia preparaban abundantes viandas para todos los invitados: se mataban chotos para freírlos, se sacaba queso y jamón y se hacían migas, requesones y dulces -arroz con leche, rosquillos, leche cuajada…-. Papá José, generoso como era su costumbre, sacaba de su despensa lo mejor que tenía para agasajar a sus convidados. Además de ser desprendido, papá José "tenía una gracia que se derramaba", a decir de todos. Le gustaba mucho gastar bromas; los fines de fiesta solían terminar con las risas que provocaba su empeño por manchar de tizne la cara de todo el que se le ponía por delante. Era jocoso hasta consigo mismo, cuando decía: "¡Si yo fuera una mujer sería muy mala, porque todo lo daría…!".
     
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    Angustias en la alameda, la fiesta de San Marcos, con José, que con el tiempo se convertiría en su marido

     La vida transcurría pacífica en el cortijo de la Torre Dona, hasta que llegaron los años aciagos de la guerra y la posguerra. Si bien a la familia de Angustias no le faltó de nada porque en el campo tenían suficientes recursos para alimentarse, sí pasaron miedo cuando la "gente de la sierra" merodeaba por la zona, entrando a los cortijos por sorpresa exigiendo comida o dinero, a la vez que la guardia civil presionaba a todos por igual; tan temibles eran los unos como los otros. Pero por suerte el buen carácter de su padre, el bueno de papá José, que se llevaba bien con todo el mundo y evitaba cualquier confrontación, les evitó más de un disgusto.

     Con los años, Angustias se convirtió en una mujer hecha y derecha. En el vecino Cortijo de la Vera tenía un amigo de infancia con quien empezó a tener relaciones, cuestión que hizo muy feliz a su familia, que conocía al muchacho desde siempre. Angustias y José Flores Negro se casaron en el año 1950 -ella de terciopelo negro y sombrero en lugar de velo, porque era la moda-. Fue entonces cuando la vida de Angustias volvió a dar un vuelco, pues dejó el cortijo de la Torre Dona y se trasladó a vivir a Alhama, aunque su marido trabajaba en el cortijo y por ello volvían cada fin de semana. Los años fueron pasando, la economía mejorando y los hijos llegando. Poco a poco, la familia fue adquiriendo los terrenos del cortijo en propiedad, pues aquella finca era ya parte de sus vidas y no querían desligarse de ella.
     
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    José y Angustias el día de su boda
     
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    El bosque de encinas cubre un extenso territorio que llega hasta el horizonte. Al fondo, asomando entre nubes, la cumbre de la Maroma
     
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    En su interior, el encinar muestra la especial belleza del bosque autóctono mediterráneo, que por momentos da la sensación de ser un lugar hechizado

     Durante la década de los años sesenta parte de la población de Alhama emigró a otras regiones, principiando un proceso que desgraciadamente continúa hoy. La vida en el entorno de Angustias cambió significativamente, pues muchos amigos y familiares se vieron forzados a marcharse, dejando su querida tierra atrás. Angustias y su familia se quedaron, ya que no soportaban la idea de alejarse de Alhama, y una vez más, gracias al cortijo de la Torre Dona pudieron salir adelante. Y, aun cuando papá José ya era muy anciano y tenían lejos muchos familiares, mantuvieron la costumbre de celebrar las reuniones festivas en el cortijo, incluyendo los disfraces carnavaleros a escondidas de la guardia civil, ayudando a mantener viva esa rica manifestación cultural, tan arraigada en la ciudad.
     
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    La jaca "Fandango" pasta bajo la sombra de esa vieja encina, conocida por todos como "la chaparra la mesa". En ese lugar la familia de Angustias solía comer cuando hacía buen tiempo, en una mesa hecha con una enorme piedra. También "echaban un merceor", donde Angustias y los demás niños se columpiaban durante horas. La imagen de esa encina puede verse en el escudo que adorna la fachada principal del cortijo

     La vida quiso golpear una vez más a Angustias, que se quedó viuda con sólo cincuenta años. Pero ella era una superviviente, así que salió adelante llevando una pequeña tiendecita de ultramarinos que la mantuvo activa hasta que se jubiló. Ya retirada, se animó a asistir al Hogar del Mayor de Alhama, donde pasó muchos años realizando manualidades, primero como alumna y después como monitora, participativa como la que más. Hace unos años fue homenajeada por sus compañeros del centro, que le dedicaron un bonito reconocimiento a su entrega y buena disposición. También recibió las felicitaciones de un programa de Canal Sur Televisión, junto a otros mayores de Alhama de Granada.
       
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    Diplomas en reconocimiento de su labor, en el Hogar del Mayor de Alhama de Granada

     Angustias tenía muy buena mano para la artesanía; tanto, que recibía muchos encargos. Gracias a la venta de sus manualidades fue juntando, dentro de una jarrilla de porcelana, una cantidad de dinero -casi dos mil euros- que tiempo después donó a la organización Manos Unidas. "Yo tengo de todo, pero hay criaturicas que no tienen de nada", decía ella muy convencida. Hoy, Angustias reconoce que esa conciencia la heredaron todos de su padre y la tita Angustias, ambos muy sensibles a las necesidades de los menos afortunados.

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    En esta "hucha" fue Angustias reuniendo, poco a poco, su generoso donativo

     Angustias vive actualmente al cuidado de sus hijas en la que fue casa de papá José, a quien muchos todavía recuerdan con afecto en Alhama de Granada. Ella es ahora la cabeza visible de una gran familia compuesta por sus seis hijos, dieciséis nietos y doce bisnietos. Sale poco de su casa y continúa haciendo algunas labores, mientras rememora aquellos tiempos de felicidad imperecedera vividos en el cortijo de la Torre Dona, lugar emblemático que, por fortuna, se ha quedado en la familia para siempre.

     Porque, como Angustias dice, "hay que saber que la vida puede ser bonita aunque no se tenga todo; a mí me faltaron mi madre primero y mi marido después, pero ya ves tú cómo a pesar de eso fuimos felices conformándonos con lo que teníamos, y sin pedir más".
     
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    Angustias conserva la mirada de la mujer fuerte que fue toda su vida. Junto a sus hijas, Angustias y Mari Carmen

    Texto y fotografías, Mariló V. Oyonarte





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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Almijara, caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

      Contactar con Mariló V. Oyonarte 
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